jueves, 23 de diciembre de 2021

056 ALGO VIEJO, ALGO NUEVO

 

Arthur Ziras era un hombre muy estresado.

No era una afirmación hecha a la ligera. Era prácticamente su estado natural desde que había ascendido al puesto de Director de los Rider Corps, pero había situaciones que lo acentuaban y lo hacían recaer en viejos vicios.

Esa era la principal explicación a la neblina cargada de nicotina que impregnaba el aire de su despacho mientras, sentado ante su escritorio, conservaba con las tres figuras holográficas situadas ante él, miembros del Alto Mando de la Humanidad, sus inmediatos superiores y lazo directo con el Concilio.

Dichos individuos decidieron pasar por alto la falta de formalidad que suponía el acto de Ziras de masajear sus sienes mientras mascullaba improperios tras leer el informe que acababan de proporcionarle.

"¿Cuándo va a ser esto?", preguntó, levantando la vista.

La respuesta vino del individuo situado en el proyector holográfico central, un varón obeso de mediana edad y de aspecto opulento.

"En menos de una hora, el proceso en sus fases finales ha sido una auténtica operación relámpago. Será una ceremonia pública en los reconstruidos Jardines de Concordia, un claro intento de capitalizar simpatías hacia la parte de los embajadores", respondió.

"¿Y qué vamos a hacer al respecto?"

"¿Oficialmente? Nada", intervino la figura del proyector holográfico a la derecha de Ziras, una mujer vestida con un sencillo uniforme militar negro. Solo las estrellas doradas en su pechera indicaban su rango de Almirante.

"No se ha incurrido en ninguna ilegalidad", continuó, "De la misma forma que nuestro Proyecto DHARS es una iniciativa semi-independiente por parte de nuestro gobierno en colaboración con el Concilio y el apoyo de los Eldara, también lo es la propuesta de la Sentan."

"Que sean una corporación privada en vez de un cuerpo de gobierno es algo puramente académico a estas alturas", dijo la persona en el proyector a la izquierda, un hombre anciano con implantes cibernéticos en lugar de ojos, "Hemos revisado toda la documentación, pero es sólida. El proceso es legal, y cuentan con el apoyo del gobierno central de Neaf. Parece ser que más de la mitad de los activos de la empresa están en manos de miembros de los eldrea."

"Lo cual les da un acceso directo a la aprobación del Concilio como especie fundadora", concluyó Ziras, "Demonios."

"No creo que debamos ver esto como una desventaja", explicó el individuo central, "Es cierto que podría redirigir la opinión pública, pero nada garantiza su viabilidad a largo plazo, ¿Mmm?"

"Por eso no haremos nada oficialmente... ¿Extraoficialmente? Eso aún está por ver", dijo la mujer.

"¿Cuál recomiendan que sea la postura de los Corps ante esto?"

"Colaboración, cordialidad", dijo el anciano, "Somos la organización veterana. Seguramente intentarán orquestar algún tipo de competitividad o rivalidad artificial, pero debemos presentarnos de forma sensata. Casi como mentores."

"Y cuando tropiecen –y sin duda lo harán, con nuestra ayuda o no– estaremos ahí para tender una mano", dedujo Ziras, "Bueno, si falta menos de una hora imagino que los Riders se enterarán por su cuenta. Los llamaré para dejar clara la postura oficial más tarde."

Una parte de él tuvo que reprimir un escalofrío al pensar cuál sería la reacción de los Riders a todo esto, especialmente Avra.

Cinco infiernos, esto va a ser un nuevo dolor de cabeza ¿no es así?.

"¿Dónde se encuentran los Aster ahora mismo?", preguntó la mujer.

"De permiso."

 

******

 

El local se llamaba NEXUS.

Durante años habían discutido sobre si tomarlo como una broma, una señal del destino o simple casualidad. Particularidades de nomenclatura aparte, era uno de los pocos lugares en que los Riders podían disfrutar de tiempo libre en la capital planetaria de Occtei sin renunciar del todo a su privacidad, por diversas razones. Había sido así desde hace años.

Era a partes iguales un bar y sala de baile. Contaba con dos niveles, y en el superior se situaba una segunda barra y un área de bebidas al margen de la pista de baile del área inferior.

En una de las esquinas, al pie de la barra y bajo un proyector holográfico de entretenimiento se situaba un habitáculo circular semicerrado, una suerte de pequeña área VIP en torno a una mesa redonda, en la que cuatro de los Aster se encontraban de paisano en aquel momento, buscando relajarse tras los acontecimientos de los últimos días.

El alcohol no hacía nada a sus metabolismos, salvo algunos de los licores más fuertes cuyo consumo habría matado a un ser humano normal con solo un vaso. Pero la atmósfera de luces tenues de aquella parte del local combinada con la música los ayudaba a desconectar.

Antos sostenía un vaso lleno de un líquido rojo ante sus ojos, fijados en su brazo.

"¿Está temblando? Creo que está temblando."

"Tu brazo no está temblando, Antos. Tu pulso está tan firme como siempre", dijo Armyos con tono tranquilizador.

"Es que aún noto algo del entumecimiento. Menos que antes, pero..."

"Joder, Antos", interrumpió Avra golpeando la mesa con el vaso que acababa de vaciar, "La doctora te dijo que estabas bien, no se te va a caer el brazo."

"El análisis taumatúrgico señalaba que tu campo mórfico se estaba recuperando ¿no?", preguntó Armyos.

"Si, pero esa sensación no se me va de la cabeza... si volvemos a encontrarnos con esas cosas las voy a empalar con mi lanza desde lejos."

"¡Ja!"

"No era un eufemismo, Avra."

"En mi realidad lo es, e impongo mi realidad sobre la tuya, así que ajo y agua."

"¿Cuánto licor de Ycol has bebido?", preguntó Armyos sacudiendo la cabeza.

"Pues... uh...", Avra dirigió su mirada hacia tres botellas vacías, "Vaya, esto es menos de lo que esperaba para hacerme efecto... debo estar haciéndome vieja."

Un pequeño pitido sonó en la muñeca derecha de Armyos. El Rider Orange consultó la pulsera con el dispositivo de comunicaciones.

"Es un mensaje de Alma. Dice que va al templo a ver a Amur antes de pasarse por aquí."

"Sigh, ya está lanzándose a cosas de trabajo de lleno otra vez. Seguro que va a consultarle sobre lo que vimos en la luna de Valphos... La verdad, hubiese esperado que pasase todo el día con Iria", dijo Antos.

"La doctora tenía trabajo, creo que han quedado para algo mañana", dijo Avra mientras examinaba una de las botellas, comprobando si aún quedaba liquido que se pudiese aprovechar.

Silenciosa hasta ese momento, Athea Aster se levantó.

"Voy a por más bebidas", dijo, y abandonó la mesa en dirección a la barra del bar.

"Mmm...", musitó Avra con el ceño ligeramente fruncido.

"Parece que va a hablar con ella", dijo Armyos, "La verdad es que llevan un tiempo sin tener una conversación."

"Esperemos que no terminen a gritos", susurró Antos, dando un sorbo a su licor.

A pesar de la distancia, Athea pudo oír las palabras de su hermana y hermanos, pero optó por hacer oídos sordos. Se acercó a la barra, casi vacía. En aquellas horas el local aún estaba lejos de llenarse y el área superior nunca tenía la misma afluencia que el inferior. La camarera no estaba atendiendo a ningún cliente en aquel momento.

Era una mujer humana de aspecto joven, a pesar de que el blanco de su ondulado cabello eran canas naturales y no una coloración exótica. Solo ello junto a unas pocas líneas en torno a sus ojos y labios denotaban que tenía más edad de la que aparentaba. Su piel era oscura, y sus ojos de un verde azulado brillante se centraron en Athea en cuanto esta se situó frente a ella.

"¿Avra necesita más licor?"

Athea asintió. La mujer se la quedó mirando.

"¿Hay algo más que quieras decirme?", preguntó, levantando una ceja.

"Si, lo siento... yo... Ya sabes que esto nunca se me ha dado bien."

"Conversar en plan casual nunca ha sido lo tuyo. Tampoco intentar iniciar una conversación, la verdad", dijo la camarera cruzándose de brazos, "Algo te está preocupando, y solo puedo asumir que es por todo lo de los últimos meses."

Athea asintió de nuevo, "Es... una sensación que tengo desde antes de los de Camlos Tor. Desde lo de la muerte de ese técnico del que te hablé. La sensación de que todo se está complicando más de lo que debiera, y..."

"Ah, esto no es una conversación casual después de todo", interrumpió la mujer con un bufido exasperado, "Al menos habrías podido venir a casa para ello, habría sido más apropiado."

"Lo siento, no pensé... ha sido un impulso" dijo Athea, bajando la vista, "Creo que tengo miedo, Alicia."

La mujer se la quedó mirando fijamente, cualquier leve deje de exasperación desapareciendo de su rostro y dejando paso a una leve preocupación.

"Eso es inusual, y aún más viniendo de ti, mamá", replicó Alicia Aster.

Al ver que Athea Aster –Rider Black, su madre– parecía tener problemas de nuevo para encauzar su amago de conversación, Alicia posó una mano sobre sus hombros.

"Vale, esto es lo que vamos a hacer. Vamos a llevarle una botella a tía Avra, luego llamaré a Tasoom para que cubra mi turno y tu y yo nos vamos a mi casa para charlar tranquilas. Allí me sueltas todo ¿vale?"

Antes de que Athea pudiese dar una respuesta, la voz de Avra resonó en el local, imponiéndose incluso a la música: "¡ATHEA!".

La Rider Black se volvió hacia la mesa donde estaban los otros tres Riders. Alicia y ella pudieron ver a Avra Aster de pie sobre el asiento haciendo aspavientos con los brazos y señalando al proyector holográfico, donde parecía que se estaba emitiendo un boletín de noticias de última hora.

"¡Tienes que ver esto!", gritó.

 

******

 

Los Jardines de la Concordia en Camlos Tor aún estaban en proceso de reconstrucción tras siete meses desde la incursión de los Garmoga.

Pese a ello, una considerable multitud, cientos de miles de personas de todas las especies conocidas del espacio del Concilio parecían haberse congregado allí.

Sobre el imponente y decorado palco frente a los accesos a la pirámide senatorial, Ogun-Mori se habría permitido sonreír de poder hacerlo con sus rígidas mandíbulas aserradas, similares a las de un saltamontes. Como todos los eldrea que cohabitaban con la mayoría de la galaxia, se encontraba en la tercera fase de su ciclo vital. La especie insectoide solo tenía proporciones humanoides y capacidad sapiente en dicha etapa de sus vidas, tras pasar por las de larva y pupa.

Si, podría haberse permitido una sonrisa. Este día era una celebración tras años peleando para sacar adelante su proyecto. Dio una última mirada a la izquierda de la plataforma del palco, donde oculto tras unos paneles con publicidad de la Sentan Corp aguardaba su gran triunfo.

Una señal de luz por parte de los drones cámara que retransmitirían todo a la galaxia y el son de la tonadilla corporativa de la Sentan le señaló que era el momento de comenzar su intervención. Dio una última mirada a la multitud. Bien, parecía que había abundantes representantes de la prensa y de las embajadas. No parecía haber nadie del órgano senatorial, aunque estaba seguro de que estaban atentos a la retransmisión.

"Amigas y amigos", comenzó, "Estoy seguro de que muchos de ustedes ya me conocen. Ogun-Mori, actual CEO de la Sentan Corp, los mayores expertos en medicina y biogenética del cuadrante Alef. Sin duda se preguntaran a que se debe toda esta parafernalia, tan a la antigua, tan rebuscada. Sobre todo cuando en la Sentan normalmente anunciamos nuestros nuevos productos de formas más discretas y directas a nuestros clientes."

Hizo una breve pausa. Bien, parecía que estaban atentos.

"Pero hoy es una ocasión especial", continuó, "Hoy no vamos a anunciar un producto que vender. Hoy nuestra clientela es toda la galaxia y sus buenas gentes que tanto han sufrido. Si algo aprendimos hace siete meses, aquí, en este mismo lugar, es que la amenaza garmoga es más real que nunca y que los Riders, nuestros campeones, no pueden estar en todas partes."

Eso es, apuntala sus faltas pero sin ser activamente antagonista, pensó, Debes presentarte como una alternativa pero no quemar puentes.

"¡Por ello, tras años de estudio y sacrificio, la Sentan Corp puede anunciar hoy con orgullo que los Riders ya no lucharan solos!", exclamó, haciendo un gesto hacia el lado izquierdo de la plataforma.

Los paneles con logos corporativos se desplazaron al tiempo que comenzó a sonar una melodía triunfal. Una figura emergió bañada por las luces del palco y los flashes de los drones cámara, atrayendo toda la atención de los presentes.

Era un eldrea, su aspecto insectoide lo denotaba, pero como ningún otro de dicha especie. Su segundo par de brazos inferior había desaparecido dejando una figura humanoide de cuatro extremidades similar a la de los atlianos y los humanos. Era alto y robusto, y como otros eldrea no hacía uso de ropajes dejando expuesto su exoesqueleto.

Dicho exoesqueleto se asemejaba más a una armadura que a otra cosa. Era de color verde en brazos y piernas y pardo en su torso. Las mandíbulas aserradas de su rostro, más redondeando y aplanado que el de otros eldrea, parecían atrofiadas, dejando entrever una boca de aspecto casi humano tras ellas. Sus ojos eran de un rojo carmesí brillante y de gran tamaño, pareciendo casi lentes que ocupaban gran parte de una cara coronada por dos antenas retráctiles posicionadas como una V.

"¡Les presento al mayor logro de la civilización eldrea y de la Sentan Corp! ¡El fruto de años de desarrollo en bioingeniería, cibernética y aplicaciones mágicas de potenciación!"

El ser se situó junto a Ogun-Mori mientras éste hablaba, caminando hacia él con paso firme. Al volverse hacia los espectadores y cruzarse de brazos, los miembros del público con afinidad a la magia pudieron sentir un leve pulso de energía contenida, como si aquella criatura estuviese limitando de forma consciente su propio poder.

Ogun-Mori continuó.

"¡Tienen ante ustedes al primero de una nueva línea de defensa de la galaxia contra los garmoga!", exclamó, "Amigas y amigos míos...¡Les presento a SHIN!"

miércoles, 15 de diciembre de 2021

055 GENIALIDAD DEMENTE

 

La joven vas andarte, de piel rojiza y cabellos plateados, lucía una sonrisa que no encajaba para nada con las calles por las que se estaba moviendo.

Caminaba con un paso firme y decidido, abrazando a su esbelto y larguirucho torso la bolsa de plástico biodegradable en donde guardaba víveres recién adquiridos.

Venato era un puerto espacial lleno de claroscuros. La estación, construida en el corazón hueco de un asteroide, había sido de siempre un centro para el turismo y el ocio desde que dejó atrás sus orígenes de modesta colonia minera. Hoteles de lujo, parques temáticos, casinos... diversión para toda la familia.

Pero contaba también con áreas menos recomendadas. Áreas con casinos en los que el pago con sangre era tan importante como el pago con créditos, donde imperaban negocios a los que los miembros más "educados" de la sociedad preferían evitar, donde las celebraciones más decadentes y hedonistas podían romper los tabúes establecidos si uno tenía el suficiente estómago, depravación y bolsillo para ello.

En una de esas áreas, en los sectores inferiores de Venato, es por donde caminaba la joven vas andarte. Los neones gastados y parpadeantes de los establecimientos a su alrededor se reflejaban en el asfalto humedecido por la simulación de clima artificial que hasta hace unas horas había dictaminado que el lugar se merecía una llovizna.

Su sonrisa era más luminosa que cualquiera de esos carteles. Era pura. Era inocente.

Y aún así, ninguno de los habitantes de las sombras se atrevió a acercarse a la chica. Todos los que la veían se hacían a un lado, dejando un amplio espacio, permitiendo que se moviese sin impedimentos ni obstáculos, sin ningún encontronazo.

Su sonrisa era pura e inocente, pero los habitantes del vientre putrefacto de la estación sabían reconocer a un depredador peligroso en cuanto lo veían.

Goa Minila era una asesina, después de todo.

El que llevase ropa civil en ese momento en vez de su viejo uniforme no disimulaba del todo su forma de moverse.

Bueno, asesina en prácticas. Nunca había llegado a tener un puesto propio dentro de los Operativos, condenada a saltar de supervisor en supervisor. Nunca había tenido una asignación personal, siempre había sido una asistente en los trabajos de otros.

Goa se paró en seco en medio de la calle. Para un observador casual la expresión de su rostro parecería una curiosa mezcla de perplejidad e irritación.

La vas andarte procedió a sacudir su cabeza de un lado a otro, para finalmente darse una bofetada a sí misma.

Ya no era una Operativa. No señor. Haría bien en recordarlo, y si su cabeza seguía dándole vueltas a ser una Operativa pues tendría que golpearla más fuerte hasta empezar a borrar las memorias.

Tras darle una vuelta a esos pensamientos en su cabeza, Goa Minila bufó y asintió de nuevo con una sonrisa, como si acabase de tener una conversación con un interlocutor invisible.

La joven vas andarte retomó su caminar como si nada. Tras unos diez pasos, comenzó a tararear una vieja canción cuyo nombre no recordaba y cuya letra había reducido a leves murmullos.

Goa Minila ya no era una Operativa. No, ahora era... bueno, no sabría decir muy bien que era ahora.

Tendría que preguntarle al señor Vastra-Oth.

 

******

 

Sus amigos en Venato habían cumplido.

Cuando estaba vivo, su marido nunca le había preguntado sobre su pasado en aquel lugar antes de su entrada en el ejército, de la misma forma que Tobal nunca había hecho demasiadas preguntas a Mantho sobre su pasado como cibercriminal antes de obtener una carrera respetable.

Aunque había dejado aquella vida atrás –y tenía claro que había sido una de las mejores decisiones de su vida– Tobal Vastra-Oth nunca había roto del todo el contacto con viejos conocidos, amigos y antiguos jefes.

En parte por razones sentimentales, pues sabía que a pesar de sus circunstancias muchos de ellos eran gente medianamente decente que no habían tenido mucha suerte u oportunidades, o que simplemente habían decidido que no querían más complicaciones en sus vidas tras acostumbrarse a la rutina de las calles.

Pero también por puro pragmatismo. Una parte de él siempre había deseado que nunca fuese necesario, pero al mismo tiempo siempre había creído que era conveniente mantener amistades en lugares así porque nunca sabías cuándo te podrían hacer falta.

La vida da muchas vueltas, después de todo. Hace ocho meses su marido aún estaba vivo, por ejemplo. Hace ocho meses no habría tenido que mandar a sus hijos a vivir con sus abuelos mientras él se ponía a buscar respuestas.

Hace ocho meses no había conocido a Meredith Alcaudón.

Hace ocho meses no habría pensado que se encontraría en un garaje reconvertido en loft en un viejo bloque de apartamentos en los barrios bajos de Venato, reuniendo material para hacer operaciones de mantenimiento a la lanzadera que habían robado a un asesino a sueldo profesional.

Asesino a sueldo profesional que en ese momento se encontraba retenido en la celda improvisada en que habían convertido un viejo container de materiales.

Legarias Bacta no había soltado palabra alguna. Tampoco es que le hubiesen intentado sonsacar mucho. Meredith tenía su cabeza en otros asuntos, y después de todo ya tenían un rastro hacia Esbos gracias a Goa Minila...

La puerta que daba al exterior se abrió, deslizándose con un chirriar metálico.

"¡Ya estoy de vuelta!"

¿Cómo era aquella expresión que usaban los humanos? Ah, sí, 'hablando del rey de Roma...'

Goa Minila cerró la puerta tras de sí, se descalzó dejando sus botas al pie de la entrada y prosiguió descalza al interior, hacia la esquina del garaje donde estaba situada una pequeña zona de cocina.

"¡He hecho la compra. Señor Vastra-Oth! ¡Lo indispensable, lo esencial! ¡Manduca pal cuerpo!"

Tobal suspiró, dejando las piezas con las que había estado ocupado sobre la mesa de trabajo y comenzó a usar un viejo trapo para limpiarse los restos de aceite de las manos. El ex-soldado angamot posó su único ojo ciclópeo, segmentando como el de un insecto y de un vibrante color azul, sobre la muchacha.

Desde que se habían asentado hace seis meses y medio en Venato, Goa había pasado de prisionera parcial a asistente, y parecía que últimamente había desarrollado una vocación como chica de los recados. Siempre que era necesario obtener algo –ya fuese comida, ropas u equipamiento– la joven vas andarte se presentaba voluntaria.

De ser más cínico, Tobal Vastra-Oth se habría preguntado si la muchacha no habría estado trazando rutas de escape, preparando algún tipo de triquiñuela o sabotaje,  pero siempre se había considerado un buen juez de carácter y había dictaminado que Goa Minila era de fiar... siempre que se la mantuviera alejada de armas u objetos afilados.

Estaba convencido de que parte de ello se debía también a que la joven –y dioses, con catorce años era solo una cría– estaba intentando replicar algún tipo de vida normal que nunca había tenido.

"He comprado esas cositas que tanto le gustan en salsa", parloteaba la muchacha al tiempo que vaciaba la bolsa que había traído consigo, "Y esas bebidas que le gustan a la señora Alcaudón, incluida la que contiene ese alcaloide del grupo de las xantinas que sigo creyendo debería consumir en menor cantidad. Puede que sea una sustancia psicoactiva relativamente suave, pero bebe demasiada..."

"A Meredith le gusta la cafeína, Goa. Prácticamente casi toda la especie humana es adicta. Es o eso o la teobromina", bromeó Tobal.

"Aún así... alcaloides. Puagh", dijo Goa, "Metabolismos de otra galaxia, desde luego."

Había terminado de vaciar la bolsa y guardar los productos en la despensa, dejando solo una lata de bebida energética con cafeína que Goa agarró como si estuviese sosteniendo un tubo de ensayo lleno de substancias peligrosas.

"Creo que se la voy a dar ahora, ¿Ha parado a descansar algo?"

Tobal sacudió la cabeza.

"No, ni una pausa desde que te fuiste. Iba a darle una hora más y si no terminaba por hoy yo mismo le daría al botón..."

"Pues entonces iré a darle su alcaloide, seguro que le hace falta", replicó la joven.

Goa caminó hacia el fondo del loft, a un área separada por paneles móviles que la convertían en una estancia separada del resto. Deslizando uno de ellos, se abrió paso y sus ojos compuestos de forma almendrada se cerraron momentáneamente hasta que se pudo acostumbrar al resplandor.

Pantallas, docenas de pantallas y monitores colgando de la pared o usando las grandes cajas de servidores y ordenadores como soporte. Toda la estancia estaba sumida por un zumbido quedo de electricidad estática.

Los monitores, todos y cada uno de ellos, mostraban líneas y líneas de código. Letras, números y símbolos que Goa no reconocía, caían como una cascada virtual, algunos de ellos quedándose fijos, formando palabras sueltas. La luminosidad que emitían tenía un tenue tono azulado que hizo pensar a la joven vas andarte en un frío gélido a pesar del calor que emitían todas aquellas máquinas.

Cables caían desde los monitores y las computadoras, algunas tan grandes como una persona. Caían como serpientes y se deslizaban por el suelo hasta el centro de la estancia.

Allí se encontraba la figura sentada de Meredith Alcaudón, repitiendo la rutina en la que se había sumido los últimos meses.

Los cables ascendían hasta el rudimentario casco neural que la tecnópata había improvisado con materiales de segunda. Meredith había cortado su cabello pelirrojo para optimizar su uso. Se había rapado casi al cero, pero ahora su cabeza estaba adornada de nuevo por un cabello corto y rizado.

En aquel instante en vez de su habitual traje y abrigo vestía unos viejos pantalones flexibles y una camiseta de tirantes gastada. Meredith era de baja estatura y cuerpo ancho, con algo de sobrepeso que se veía compensado por la desarrollada musculatura en sus hombros y brazos. Era algo que siempre había llamado la atención de Goa, la mujer era como una antítesis de los altos, delgados y esbeltos vas andarte, mucho más que otros humanos que había conocido.

El rostro pecoso de la tecnópata estaba inexpresivo, perlado en sudor y con sus ojos en blanco al estar su mente inmersa en un estado de comunión total con los fantasmas de las máquinas.

El código encontrado por Mantho Oth, el código recuperado del fugitivo Tiarras Pratcha, había resultado ser considerablemente más complicado. Si el responsable de aquel código no era un tecnomago, Meredith estaba convencida de que entonces era algún tipo de loco brillante, pues el nivel de encriptación, trampas y cantidades de código basura rellenando huecos para despistar cualquier intento de descifrado llegaba a unos niveles de genialidad que bordeaban la demencia.

Solo había visto esa atención enfermiza al detalle en sus propios trabajos. Eso no lo hacía más fácil, más bien lo contrario. La familiaridad y experiencia, útiles como eran, también podían hacer medrar una peligrosa y arrogante autoconfianza. Y no podía permitirse eso, por ello volvía una y otra vez sobre sus pasos, asegurándose de que todo marchaba como debía.

Goa Minila la observó, preocupada. Sacudió su mano delante del rostro de la mujer y no recibió respuesta.

Cuando llegaron a Venato, Meredith dictaminó que no proseguirían su persecución de los Operativos hasta que supiese qué era exactamente la información por la que había muerto Mantho Oth y, lo más interesante, porque éste había dejado instrucciones de que una vez descifrada Meredith debía ponerse en contacto con Athea Aster, Rider Black.

Goa dio unas palmaditas sobre el hombro de Meredith, pero una vez más la mujer no reaccionó. Con un suspiro, la joven vas andarte dejó la lata de bebida  junto a ella y abandonó la estancia.

Era una suerte que aquellos ordenadores guardasen los avances en el proceso de descifrado en intervalos de cada dos minutos, porque parecía que el señor Vastra-Oth iba a tener que cortar de nuevo la corriente si querían que Meredith Alcaudón cenase algo esa noche.  

miércoles, 8 de diciembre de 2021

054 PIRATA

 

¿En qué se ha convertido mi vida?, pensó.

Ko Nactus había rozado la gloria. Estaba convencido de ello. Y por eso mismo su vida había caído en una espiral de patetismo desde el día que se acercó demasiado a cumplir su sueño.

Tomando un sorbo de su licor en aquella cantina perdida en una roca en medio de ninguna parte, el phalkata capitán pirata semi-retirado dejó que los recuerdos lo atenazasen.

Unificar todas las tripulaciones pirata del cuadrante bajo su mando. ¿Capitán Nactus? No, no... Almirante Nactus. Oh, habría estado bien. Habría estado muy bien.

Pero desde el principio las cosas habían salido regular. Capitanear una tripulación llena de subordinados ambiciosos y traicioneros, que oscilan de lo preocupantemente capaz a lo peligrosamente incompetente ya era una actividad laboriosa de por sí. Coordinar tres tripulaciones fue un caos desde la misma raíz del concepto.

La logística, el número de miembros, el tener que lidiar con los otros dos capitanes... Cada uno de los tres tenía ideas distintas de cómo se debía enfocar toda la operación. Desde reestructurarse siguiendo un esquema similar al de los grandes sindicatos criminales, básicamente convirtiéndose en uno, hasta centrarse en la descentralización bajo el mando directo de los tres capitanes, primando operaciones de contrabando sobre la piratería.

Nactus por su parte se había atrevido a soñar con el potencial de independencia. Un mundo pirata semi-legítimo al margen del resto de la galaxia. Puede que incluso una dinastía de gobierno.

Pero todo había caído en saco roto.

No habían conseguido mucho más allá de organizar sus tres tripulaciones en una flotilla medianamente competente y asegurarse una base de operaciones bien escondida y segura. La rutina de sus operaciones seguía siendo la de costumbre: el asalto a cargueros y el traslado de las mercancías robadas, la toma ocasional de rehenes... nada nuevo bajo los soles de la galaxia.

Pero con el triple de dolores de cabeza y el no saber si tus órdenes serían obedecidas por la tozudez de los hombres que seguían insistiendo en obedecer solo a "su capitán", a pesar de que los tres capitanes tenían la misma autoridad y debían trabajar como un grupo unificado.

El pirata phalkata no había perdido por aquel entonces las esperanzas aún. Apenas llevaban un año con todo el tinglado. Había tiempo para mejorar, era cuestión de ir ejerciendo influencia y dejar claro a aquella colección de desastres sapientes que él era su mejor garantía como la mejor alternativa a elegir para el mando.

De los tres capitanes, estaba convencido de que él sería el único al frente al final de todas las cosas. Era sencillo presentarse como el capitán razonable, el que trataba mejor a sus subordinados, el que garantizaba el reparto justo de los botines... llegaría el momento en que las otras dos tripulaciones lo querrían a él como único individuo al cargo, y una vez conseguido eso...

Bueno, se había quedado todo en un sueño. El usar su flamante flotilla pirata para asaltar bases terrestres de forma directa, sojuzgar a otras tripulaciones menores para absorber tropas y recursos, el tomar territorio propio como un conquistador de antaño, negociar directamente con los grandes jefes del inframundo criminal de la galaxia sin tener que lidiar con intermediarios, ser visto como algo más que un ratero con una nave... todo quedó en nada.

Así que no, en retrospectiva las cosas no habían ido bien desde el principio pero nada auguraba el desastre. Nactus tenía muy claro cuál fue el punto de inflexión.

Tiarras Pratcha.

Como aquel médico consiguió convencerles de que se le permitiera unirse a ellos era algo que aún le dejaba pasmado, pero estaba claro que el viejo debía tener un pasado más allá de su bata blanca si sabía lidiar tan bien con criminales.

Pero la cuestión es que les había falta alguien que supiese de medicina. Que supiese de verdad, y no solo hacer apaños o primeros auxilios o las mutilaciones que algunos doctorcillos de tres al cuarto de los viejos puertos clandestinos llamaban cirugía.

No, un doctor de verdad era algo muy deseable, así que Nactus desoyó a su propio instinto cuando dio luz verde a la contrata de Pratcha y su traslado a la base de Krosus-4.

Estaba claro que el humano huía de algo y buscaba un escondite, usando a los piratas como tal. Que lo acompañasen aquel par de pipiolos atlianos que lo seguían a todas partes como polluelos recién salidos del huevo también era llamativo.

Habían circulado toda clase de historias entre las tres tripulaciones de la flotilla. Oficialmente el muchacho y la chica –hermanos, si no recordaba mal– eran los ayudantes de Pratcha, sus asistentes médicos y de laboratorio... pero las mentes de los piratas eran letrinas nutridas de pensamientos retorcidos y volaron rumores harto desagradables sobre su relación con el viejo.

Nactus nunca había hecho mucho caso a aquellas historias, aunque algunas de las más coloridas le dejaron claro que debía vigilar de cerca a algunos miembros de su tripulación si tenían que volver a lidiar con rehenes. Solo por si acaso.

Lo que estaba claro es que Pratcha era protector con aquellos dos como si fuesen familia de él, sobre todo con la chica. Y a fin de cuentas, cumplían con su trabajo. Joder, si fue el muchacho quien dio la advertencia el día en que se fue todo a la mierda...

Si solo hubiesen tenido que lidiar con una fragata... incluso con sus refuerzos... quizá, quizá hubiesen podido sacar todo adelante.

Pero no. El destino quiso rendirle cuentas de golpe y le echó encima a los putos Riders. ¡Los Riders! ¿¡Qué demonios iban a poder hacer contra los Riders!?

La fortuna le sonrió un poco al final, o tuvo piedad de él, porque estaba claro que estaban tan centrados en Pratcha –en serio, ¿qué hizo el viejo para que los mandasen a ellos?– que pudo escabullirse en una de las pocas naves monoplaza que quedaban intactas y aprovechar el caos orbital para salir del sistema, dejando atrás a su vieja nave, a su tripulación y todas sus aspiraciones...

Y así estaba ahora, malviviendo como contrabandista, con encargos de poca monta y ahogando sus penas en aquella roca sin nombre sobrecalentada a donde lo había traído su último trabajo.

Tiarras Pratcha, responsable de algo tan gordo que los mayores héroes de la galaxia habían ido en persona a por él. La verdad, hacía meses que no pensaba en el viejo y en sus polluelos.

Quizá por eso no la reconoció al instante. O quizá fue por los demás cambios.

Una sombra se posó sobre él. Sentado en su mesa, Ko Nactus alzó la vista y vio que tenía ante sí a una mujer atliana... como ninguna que hubiese visto jamás.

Los atlianos no eran de las especies más altas de la galaxia, ni de las más robustas. Tendían a ser esbeltos, delicados... Joder, los humanos eran quienes más se les parecían y el humano adolescente promedio tenía más músculo que muchos atlianos adultos.

Así que ver a una mujer atliana de unos dos metros de altura cruzada de brazos que poseían una musculatura que haría llorar de envidia a los angamot, gobbore e incluso a un primarca laciano no era algo que se viese todos los días.

Nactus notó algo familiar en el rostro de la muchacha... Pero no, no podía ser.

"Ha pasado un tiempo, capitán Nactus", dijo ella.

Las brillantes plumas verdes en la cabeza de Nactus se erizaron. Reconoció la voz, y ahora reconocía el rostro, pero...

"Eres la polluela de Pratcha", susurró, por imposible que le pareciera conciliar el recuerdo de la joven atliana de baja estatura que había conocido con la intimidante figura que ahora estaba ante él.

"Sí, soy Dovat. No debí esperar que recordase mi nombre."

Nactus la volvió a mirar de arriba a abajo.

"Tengo preguntas. Pero mi instinto me dice que estaré mejor cuanto menos sepa."

"Tiene un buen instinto, capitán."

Nactus bufó.

"Una lástima que no lo escuchase el día que os contraté junto con el viejo. Quizá no habría terminado todo con mi gente reventada por los Riders."

La expresión de Dovat, hasta ese momento cordial, se tornó seria. Nactus pudo ver como el rostro de la joven se ensombrecía con una emoción de ira contenida, apenas delatada por un ligero fruncimiento del ceño.

El phalkata juzgó que quizá sería mejor cambiar de tema.

"En fin, pasado está", dijo, intentando aligerar el tono de la conversación, "¿Qué haces tú aquí, chica?"

"Estancia temporal con mi hermano y un... asociado", respondió Dovat, "Y ahora mismo me había acercado a la cantina a ver si podía encontrar a alguien para un trabajo de transporte... delicado."

"Bueno, muchacha... desde que perdí a mi tripulación he estado haciendo trabajitos con otro carguero que tenía guardado en uno de mis viejos escondrijos y no le diré que no a más dinero... ¿cuánto pagas?", preguntó el viejo pirata para acto seguido dar otro trago a su bebida.

"Doscientos cincuenta mil créditos como adelanto. Otros doscientos cincuenta mil una vez confirmado el envío. Todos en bonos no registrados y no rastreables."

Nactus se atragantó. Tardó unos segundos en reponerse tras escupir la bebida.

"¿¡Quinientos mil cred...!?", comenzó a exclamar, cortándose en seco al darse cuenta de que otras orejas en la cantina podrían escucharlo, "Quinientos mil créditos... Eso es una locura para un trabajo de transporte... esos números solo se veían en las viejas tratas de esclavos y no pienso meterme en semejante mierda ¿Qué es lo que me estás pidiendo exactamente?"

Dovat se sentó en la silla vacía frente a él y se inclinó hacia adelante sobre la mesa.

"Dígame capitán, ¿está familiarizado con una organización conocida como los Operativos?", preguntó.

"Asesinos a sueldo, son malas noticias", dijo Nactus, "También hacen trabajos de mercenariado pero se les conoce más por hacerse cargo de objetivos individuales ¿Qué tienen que ver con todo esto?"

"La mercancía que necesito que mueva, con absoluta y total discreción, es una pequeña lanzadera y a sus tres tripulantes. Tres miembros de los Operativos."

Nactus no era tonto, sabía que debía decir no. Sabía que había algo en todo aquello que podría terminar mal.

No era tonto, maldita sea. Lo sabía.

Pero quinientos mil créditos... lo que podría hacer con quinientos mil créditos... contratar una nueva tripulación, comenzar de nuevo.

Ko Nactus aceptó.

El pirata phalkata intentó convencerse a sí mismo de que el nudo que sentía retorciendo su estómago no era su instinto llamándolo idiota a gritos.

martes, 30 de noviembre de 2021

053 DIAGNOSIS

 

Occtei, principal mundo de residencia de la humanidad, cedido tras su llegada a la galaxia y sede de los Rider Corps.

Una roca verdiazul, muy similar en su composición atmosférica y geológica a la mitificada Gaea, mundo natal de la especie que perduraba en las historias, leyendas y grabaciones de archivos de datos conservados de la antigua galaxia.

Las similitudes entre ambos mundos no terminaban ahí: tamaño similar, distancia semejante a su sol amarillo, una única luna anormalmente grande en proporción al planeta que orbitaba... Alma siempre se había preguntado si Amur-Ra y la Alianza Elderiana eran conscientes de ello cuando tomaron la decisión de ofrecerlo como hogar a los recién llegados humanos.

La Rider Red paseaba por una galería en la sede de los Corps. Altos ventanales, estrechos y verticales, dejaban entrar la luz anaranjada del atardecer otorgando al lugar una atmósfera de calidez tenue, proyectando largas sombras.

La presentación del informe de misión había sido rutinaria, como lo habían sido las debidas recomendaciones. El tener que lidiar con los malbassa y sus experimentos clandestinos era algo que Alma dejaría en manos del Director Ziras y la burocracia del Concilio.

Era más interesante el determinar un procedimiento a seguir respecto al nuevo enemigo. La autodenominada Esquirla, el ser cristalino que indagando sobre los garmoga había exterminando y consumido una base científica de los malbassa, tomando las vidas de los científicos retenidos y de los separatistas que la habían ocupado horas antes, convirtiéndolos en... bueno, aún no había una denominación establecida más allá de un genérico "víctimas"/reanimados".

Desde luego, no iba a sugerir el "Zombis Acristalados" que había propuesto Avra, por mucho que fuese la única variante ofrecida por la Rider Blue que no tenía algo malsonante en la combinación de nombres.

Sus pasos la llevaron directa al ascensor, y de ahí al laboratorio médico, donde Antos había estado desde el regreso del equipo hace unas horas.

Las paredes en aquel lugar eran de un blanco aséptico y uniforme, pero cerca de la entrada, al margen del área de exámenes y operaciones podían apreciarse los destellos de color de los distintos posters, carteles y paneles táctiles que rodeaban el escritorio y a las viejas estanterías llenas de copias de material antiguo sobre medicina y bioquímica que Iria Vargas atesoraba como si se tratasen de reliquias de un antiguo conocimiento.

La doctora atliana podría acceder a cualquier dato médico con un gesto sobre el dispositivo de diagnósticos que llevaba siempre en su muñeca, pero como le había explicado a Alma en más de una ocasión, había algo mágico en encontrar el saber en un viejo libro que sabías que había pasado por las manos de tus predecesores.

Cuando Alma le preguntó si aquello no era un poco antihigiénico ("A saber dónde han metido las manos los doctores que había antes que tu, Iria...") la respuesta de su novia fue arrojarle una almohada a la cabeza con una risa indignada.

Con una leve sonrisa por el recuerdo, Alma se alejó de la zona de entrada y se dirigió al nivel más profundo del laboratorio médico. En el pasillo, al pie de una amplia ventana de observación se encontraban Armyos, Avra y Athea. En contraste con Alma, que como era habitual vestía un uniforme de tejido termal rojo de una pieza, los demás Riders hacían uso de ropas más informales.

El Rider Orange estaba de pie, plantado de brazos cruzados frente al cristal. Su rostro normalmente jovial reflejaba seriedad, aunque parecía sereno y sin tensión. Armyos vestía un chaleco anaranjado sobre camisa blanca y pantalones oscuros.

La Rider Blue estaba junto a él, inclinada hacia delante con un brazo apoyado sobre el cristal usándolo como soporte para su frente. Avra lucía una camiseta de tirantes de un azul pálido y tejido gastado, junto con unos viejos pantalones vaqueros.

Rider Black por su parte se encontraba sentada en el banquillo situado en la pared frente a la ventana de observación. Como siempre, vestida con pantalones negros ajustados de un material similar al cuero y con su torso cubierto por una amplia sudadera con capucha.

Los tres se volvieron hacia Alma cuando esta llegó, de forma casi simultánea saludando con un gesto de sus cabezas. La Rider Red respondió en consecuencia, situándose a la izquierda de Avra frente al cristal, observando la sala de diagnósticos al otro lado.

Cuando regresaron de su misión, Iria había sometido a los cinco Aster a un proceso de desinfección más exhaustivo de lo habitual y acto seguido había ingresado a Antos en una sala aislada para elaborar un diagnóstico más esclarecedor respecto a la herida de su brazo infligida por una de las víctimas reanimadas por la Esquirla.

Antos se encontraba reclinado sobre una camilla flotante, con una expresión de hastío en su rostro y  su brazo derecho extendido y reposando sobre una plataforma transparente. De ésta emanaba un constructo de luz dorada que había envuelto la extremidad en una suerte de cilindro lumínico sobre el que Iria Vargas, la doctora personal de los Riders, parecía estar llevando a cabo algún tipo de actividad bastante compleja, dado el fruncimiento concentrado de su ceño.

Con un último gesto sobre el cilindro de luz en torno al brazo de Antos, la luz del constructo de tornó verde y un haz holográfico se emitió desde él, desplegando una construcción virtual del brazo del Rider Purple flotando en el aire.

"Bueno, físicamente estás bien. La mordedura de tu lengua ya se ha curado, y no hay daños musculares y óseos en tu brazo", dijo Iria, "Pero dices que aún notas entumecimiento."

"Mmm", asintió Antos, "Y un ligero hormigueo, como si la extremidad estuviera dormida, pero solo en el antebrazo."

Iria hizo unos gestos en el aire sobre el holograma, girando y ampliando la imagen.

"Hay signos de una alteración en tu campo mórfico, aunque ahora son leves...", musitó la doctora. Con un gesto abrupto, Iria cerró el holograma y replegó el constructo de luz que envolvía el brazo de Antos.

"¿Puedes materializar tu armadura solo en tu brazo, por favor?"

Con un leve destello, parte de la armadura de Rider Purple de Antos se manifestó en torno a su brazo extendido como una segunda piel. En el antebrazo, el color púrpura de la armadura presentaba unas marcas ligeramente descoloridas.

Iria movió su mano izquierda sobre el brazo de su paciente. El dispositivo en su muñeca emitió un pitido y una pequeña proyección holográfica fue directamente emitida a la lente que cubría el ojo izquierdo de la doctora.

"Muchas gracias Antos, ya puedes desmaterializarla."

La armadura se esfumó en una nube de partículas luminiscentes. Antos abrió y cerró la mano.

"Dígame la verdad doctora ¿podré seguir tocando el piano?", preguntó con tono burlón.

Avra intervino desde el otro lado del cristal de observación, "Esa es su forma elegante de preguntar si el brazo aún le vale para hacerse unas..."

"¡Avra!", exclamó Armyos.

"Vale, me callo, me callo..."

Iria se limitó a sacudir la cabeza con resignación y una leve sonrisa en los labios al tiempo que dirigía su mirada a Alma, una conversación sin palabras cruzándose entre las dos.

Fue Athea la siguiente en intervenir, levantándose de su asiento y acercándose a los demás, encauzando de nuevo la conversación.

"¿Cuál es la razón de que la armadura de Antos aún tengas esas marcas?", preguntó.

"En espera de que lleguen los resultados del análisis taumatúrgico, solo puedo hacer conjeturas", explicó la doctora, "Pero diría que es obvio que Antos ha sufrido daños en su campo mórfico, de forma similar a los sufridos por Alma en su combate contra la Rider Green. Similar, pero no idéntica."

"¿Qué quieres decir?", preguntó Alma.

"Tus daños fueron en combate y a raíz de un arma conjurada similar a las vuestras", dijo Iria, "Aunque con lentitud, tu armadura se ha ido regenerando progresivamente, la disrupción en tu campo mórfico fue el equivalente de una herida. Una herida que se ha estado curando los últimos meses. Si no sufres daños de la misma envergadura es posible que en un plazo de tiempo corto no tengas marcas. Pero lo de Antos..."

Iria se interrumpió, cruzándose de brazos e inclinando la cabeza. Su rostro reflejaba frustración y preocupación.

"¿Doctora?", preguntó Antos, visiblemente menos jovial que hace unos minutos.

Iria suspiró.

"Repito que hasta que no tenga los resultados de la taumaturgia no puedo aventurar nada de forma definitiva, lo que vais a oír ahora es... teórico", la doctora atliana volvió su mirada hacia Antos, "Cuando ese ser te agarró, ¿qué notaste?"

"¿Aparte de un dolor más intenso que cualquier otra cosa que jamás haya notado?", preguntó Antos, "Bueno, antes de tocarme noté... fue algo como..."

"Una sensación de pánico irracional", interrumpió Avra, con voz inusualmente queda.

"Como una fobia, como algo gritándonos que no nos dejásemos tocar de forma directa por esos seres", añadió Armyos.

"Creo que eso lo notamos todos, Iria", dijo Alma. Tras ella Athea asintió sin decir nada más. Un silencio incómodo había caído sobre el grupo.

"Creo... creo que es posible que fuese el mismo Nexo advirtiéndoos. O alguna capacidad instintiva derivada de ello", comentó Iria, "A ese ser le bastó tocar a Antos para causar un daño a su campo mórfico similar al de un arma conjurada pero con un dolor mucho más intenso y un impacto psicológico añadido. Simplemente... contacto. El campo mórfico es el constructo derivado de la destilación del poder del Nexo a través de su lazo a vuestras propias almas. El contacto de ese ser es como una suerte de reacción alérgica atacando de forma directa a vuestra alma como resultado."

"Lo que eso implica...", comenzó Alma, dándose cuenta de lo que Iria intentaba decir.

"Como toda reacción alérgica, su severidad es variable. Pero tal virulencia con un mero contacto superficial y que solo duró unos segundos me dice que un ataque directo o un contacto más intenso y prolongado o con intencionalidad de daño podría...", Iria se dio cuenta de que sus palabras salían cada vez más atropelladas y se interrumpió un momento para serenarse, "En el mejor de los casos la reacción podría purgar vuestro campo mórfico y cortar vuestro contacto con el Nexo."

"Dejándonos sin poderes", susurró Antos al tiempo que se frotaba su brazo dañado.

"Si, pero que aún conserves una reacción física, ese entumecimiento... Esa sensación no proviene de tu sistema nervioso Antos, proviene de tu mismo campo mórfico, de tu misma alma."

"La posible pérdida de poderes... ¿es permanente?" preguntó Athea.

Iria negó levemente con la cabeza, "No lo sé. A estas alturas es imposible saberlo. Depende de muchos factores. Solo puedo recomendaros que en futuros encuentros con cosas como esas... extreméis las precauciones."  

Y si algo así pueden hacerlo sus víctimas reanimadas, pensó Alma, ¿De qué sería capaz la Esquirla?

Un escalofrío recorrió su espalda al recordar como la criatura se había referido a si misma.

Sierva. 


martes, 23 de noviembre de 2021

I05 INTERLUDIO: LA REINA

 

El mundo tenía muchos nombres y ninguno.

El nombre que le daban sus habitantes, en su lenguaje significaba "hogar" o "nido". Luego estaba el nombre por el que fue conocido en un pasado remoto de la galaxia, ya olvidado. Y el nombre que tenía ahora, un código alfanumérico en las cartas de navegación más completas y de las que no todo el mundo gozaba su uso.

Ella lo había llamado "Trono".

El pequeño planeta había cambiado mucho, sobre todo en los últimos días en comparación con los últimos miles de años, pero para ella los cambios habían sido aún más profundos, remontándose a Eras de un pasado tan remoto que sus habitantes claramente habían olvidado.

Aún estarían vivos de haber recordado quienes eran.

La criatura caminaba por la playa. La negra arena bajo sus pies era cálida y el cielo resplandecía con tonos anaranjados que el mar plateado reflejaba en forma de destellos cegadores.

Su verdadera esencia, su forma, estaba determinada por la percepción. Miembros de cualquier otra especie la verían como un ser similar a ellos mismos, pero antinatural. Donde una gran mayoría de especies tenían piel, carne y huesos, ella era un constructo de puro cristal y ébano.

La superficie de su cuerpo desnudo era lisa y oscura como el universo profundo, absorbiendo gran parte de la luz a su alrededor. Su rostro femenino parecía una escultura tallada, pero era expresivo y dos ojos rojos refulgían en él como brasas de carbón incandescente.

En contraste con la sombra acristalada que era su cuerpo, descansaba sobre su frente una suerte de tiara o corona de un material dorado y transparente, similar al ámbar. No era tanto una prenda como una parte de su mismo ser. Lucía una visible grieta y una de sus tres puntas, la de la derecha, estaba quebrada.

La criatura se detuvo, observando el horizonte, donde el mar de plata y el cielo anaranjado parecían fundirse en un muro de llamas.

Kilómetros a sus espaldas, el paisaje había cambiado de forma drástica.

Donde otrora había una porción significativa de jungla y una aldea habitada se encontraba ahora un profundo cráter. Flotando sobre él, una estructura negra y metálica de forma piramidal y gigantescas proporciones, emitiendo un resplandor rojizo a través de la fina abertura horizontal cerca de su cúspide, como un ojo entrecerrado pero vigilante.

Su nave. Su tumba. El lugar de reposo eterno donde había accedido cumplir su condena hace cientos de milenios cuando su ambición causó la destrucción de todo lo que había construido.

¿Cuánto tiempo había pasado realmente? La percepción del exterior desde su prisión era algo vago e inconstante.

Estaba segura de que había tenido que ser un tiempo significativo, incluso para una criatura de su naturaleza. Era fácil creer que para algunos seres de gran longevidad un largo período de tiempo no sería distinto a un instante para aquellos de más breve mortalidad, pero ella había sentido el paso de cada minuto en su semiinconsciencia.

Hasta que la sangre derramada la despertó.

Tuvo que reprimir una nueva explosión de ira. La contuvo a duras penas, amenazando con dejarse dominar totalmente por ella, pero hacer algo así no la ayudaría en la toma de decisiones, aunque en cierto modo ya tenía muy claro que hacer.

Había sido la gran concesión de su derrota, aquello que la había llevado a capitular y no incidir en el conflicto que se hubiese saldado con una victoria pírrica. La salvaguarda de su pueblo.

Sus crisoles, sus hijos. Era su diosa y su madre y quería más su bienestar que el dominio sobre desagradecidos sacos de carne blanda en estrellas remotas. Cuando sus enemigos dejaron muy claro que el precio de su victoria se saldaría con el fin de su gente... solo entonces ella aceptó los grilletes.

Su imperio cesó, y su pueblo fue condenado al aislamiento en aquel mundo. Su civilización y tecnología destruidas. Su grandeza borrada y olvidada por el cosmos, condenados a la regresión a una existencia anterior a sus más antiguas civilizaciones.

Pero vivos, y a salvo. Podía vivir con eso.

Y entonces, sintió la sangre de uno de sus crisoles siendo derramada sobre tu tumba.

Sabía que su pueblo era como otros en muchos aspectos, no estaba tan ciega. Sabía que había conflicto y muertes violentas y la sangre de su gente había sido derramada por ellos mismos incontables veces en los últimos milenios.

Pero esta vez el agresor era algo del exterior.

Peor incluso.

Tardó dos semanas en purgar su mundo de la presencia de los garmoga. Drones y centuriones por doquier sufrieron a sus manos cada vez en mayor número a la par que su poder salía de su letargo.

No podía consumir su carne, una aberración biomecánica que incluso a ella se le antojo repugnante. La Asimilación no funcionaba en aquellos seres y la cristalización era solo parcial. Pero pudo tocar sus rudimentarias mentes y lo que vio en ellas la habría hecho sentir un escalofrío de impotente terror.

Para cuando terminó, todo el hemisferio sur del planeta era un erial, en parte por las acciones devoradoras de los engendros invasores y en parte por las emisiones de cristal creadas por ella misma en la batalla. Los ecosistemas en la parte norte del planeta apenas se sostenían, y para cuando el último de aquellos parásitos abandonó su mundo volando hacia las estrellas, el número de supervivientes de sus crisoles eran apenas un puñado desperdigado.

Podía sentirlos, pues eran parte de sí misma, y ahora que estaba despierta ellos podían percibir su presencia y oír su Canto resonar en sus almas. Había tomado a la más fuerte y la había convertido en una Esquirla. La primera de una nueva estirpe.

De algún modo, la galaxia había cambiado. Sus enemigos habían garantizado la salvaguarda de su mundo para contenerla, pero la presencia de aquellos monstruos devorando a su pueblo cuando despertó era indicativo de que los viejos poderes ya no existían o estaban mermados.

El pacto se había roto. Y de un modo u otro, la galaxia tendría que pagar las consecuencias.

Un brillo de luz blanquecina y un sonido como el de vidrio quebrándose la hicieron volverse. Unos pocos metros tras ella, la arena negra de la playa había comenzado a girar movida por una fuerza invisible y el aire se fracturó. Una daga de cristal negro emergió de la nada y se tornó en una masa retorcida de fragmentos que poco a poco tomaron una forma humanoide.

La Esquirla terminó de materializarse para acto seguido arrodillarse ante su Reina.

"SeñORa", saludó, agachando su cabeza.

La Reina caminó hacia ella, recorriendo los pocos metros que las separaban con una lentitud deliberada. Su nueva Esquirla había vuelto pronto, antes de lo previsto. Podía sentir en el Canto una inquietud creciente.

"Dime, mi niña", dijo. Su voz sonó serena, musical. De escucharla, un ser de carne blanda habría sentido también el impulso de postrarse a sus pies.

"lA gAlaxia. Es cAOs, mi sEñorA", dijo la Esquirla, "CarNes BLanDAS y dÉbileS. pRoMESa Rota."

"Asumo que no hay rastro de la Coalición de los Cinco, ni del Imperium."

"nO, seÑora. hAy un nueVo oRDen. ConCIlio. tAMbién enconTRAmos RasTRo de Los enGenDroS GARmoGa", continuó, "aSedian TODA la gaLaxIa y lOs nuevos PoDeres son inDecisos. VuEStra sOspeCHa se ConFIRMA."

La Reina frunció el ceño y sus ojos rojos refulgieron, emitiendo un chisporroteo de energía. La Esquirla pareció encogerse de miedo

La Reina cerró los ojos y suspiró. No, debía controlar su ira, guardarla para aquellos merecedores de recibirla. Se acercó más a la Esquirla y se agachó, tomando el rostro de su cristalina subordinada entre sus manos, acariciando una de sus mejillas con suavidad. La Esquirla inclinó instintivamente su cabeza, reforzando el contacto.

"No es contigo con quien estoy furiosa, mi pequeña", explicó, "Es obvio que muchas promesas y viejos juramentos han caído en saco roto o se han visto sumidos en las nieblas del olvido."

"hAy Más, mi seÑora."

"¿Oh? Cuéntame."

La Esquirla pareció dudar por un momento.

"Es mEjoR QUe lo vEáis", susurró, "pUes Su preSencia en El mOsaiCo nO es coMo naDa qUe yo pUeDa cOmprEnder."

La Reina respondió con un gesto interesado. Con curiosidad, movió sus manos desde las mejillas de la Esquirla hasta sus sienes. Con un movimiento suave, hundió sus dedos sin ningún esfuerzo en el cráneo cristalino de su subordinada como si éste estuviese hecho de liquido.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la Esquirla, pero ésta no dio señal alguna de sentir dolor. Sintió como el Canto que unía su alma con la de su Reina se convertía en un crescendo coral y estruendoso cuando la mente de la segunda contactó con la suya. Un titán demandando la atención de un insecto.

Una vorágine de imágenes se conformó y la Reina pudo ver el mosaico como lo veía su subordinada y las marcas de sus recuerdos. La luna, la montaña, los malbassa, el laboratorio, y...

Cinco llagas de luz quebrando la realidad a su paso.

No, pensó.

Soles ardientes de poder puro caminando bajo las formas contenidas de la carne blanda. 

No, por favor.

Los colores eran distintos, el púrpura en lugar del rosa y el naranja en lugar del amarillo, y parecían estar ausentes el blanco y el verde.

Pero el rojo estaba en el centro, como siempre. Como una herida palpitante. 

Sintió un viejo dolor en su frente.

No, no, no.

Keket, la Reina Crisol, la Reina de la Corona de Cristal Roto, gritó. 

Se separó de su Esquirla de golpe, emitiendo un aullido de rabia. La Esquirla cayó al suelo, ilesa pero desorientada y aterrada ante la oleada de emociones y rabia que emanaban de su Señora.

Finalmente la Reina se calmó. Contuvo de nuevo un odio tan venenoso que incluso una parte de ella se habría asustado si su mente pudiese pensar con más claridad.

¿Seres como ellos seguían caminando por la galaxia y aún así su gente había muerto a manos de aquellos garmoga?

Intolerable.

Escupió su nombre, al menos el que ella conocía, como una maldición.

Se llevó una mano a su corona de cristal roto. Sí, sin duda se habían quebrantado las viejas promesas.

La galaxia tendría que arder.

lunes, 15 de noviembre de 2021

052 ESQUIRLA

No tenía ojos, pero podía ver.

Lo hacía de un modo que apenas podríamos concebir. Para ella el mundo era un mosaico de quebradizos reflejos y destellos de luz donde lo material y lo inmaterial a menudo se confundía.

Los había observado desde que llegaron, evitando el contacto directo.

Eran distintos de los otros carne blanda.

Vagas memorias heredadas intentaron poner un nombre en su mente que no llegó a pronunciarse en palabras. El nombre de viejos enemigos de su estirpe, maldecidos por el Canto.

Los otros carne blanda, los... malbassa. Si. Se llamaban así, o al menos esa era la aproximación más cercana al término en su lenguaje que había conseguido tras escarbar en sus mentes. Los malbassa eran débiles, como muchos carne-blanda.

No era esto algo que supiese por experiencia propia. Nunca había encontrado carne blanda antes, pero el Canto dictaba que todos eran débiles y útiles únicamente para la toma, la Asimilación.

Pese a ello había optado inicialmente por la prudencia y la cautela cuando llegó a la pequeña luna y atravesó la roca subterránea para alcanzar el corazón de aquella base, siguiendo el rastro de energía de los Devoradores.

Los llamaban garmoga. De haber tenido labios habría escupido ante la mención del nombre. El haber hundido su ser en su carne muerta y en su metal para intentar confirmar viejos miedos no había sido agradable.

Si la roca y el metal de la montaña habían sido una tarea sencilla de abordar, la materia suave y maleable de los carne blanda fue un juego de niños. Sintió algo de vergüenza al dejarse llevar por el frenesí, pero era su primera Asimilación, y sus memorias eran ricas y nítidas. Resultaban adictivas, y el tinte de miedo que las marcaba en los momentos finales antes de su conversión en Fragmentos era demasiado delicioso para no querer probarlo más y más.

Tomó a los de abajo, disgregó una parte de sí misma para llegar antes a los niveles superiores y finalmente se reintegró con su otra mitad tras un juego del gato y el ratón con los carne blanda rezagados, justo a tiempo para esconderse cuando llegaron aquellas nuevas abominaciones, aquellos... guerreros.

Los malbassa eran como pozos de brea de movimiento lento y torpe en su visión. Muchos otros seres orgánicos lucirían de forma similar, como masas de materia torpe y grotesca manchando el mosaico de la realidad.

Pero aquellos cinco...

Eran heridas. Llagas de luz y color rasgando el mosaico, quebrándolo a su paso. Su mera visión era a la par dolorosa y fascinante. Los contornos de sus figuras eran trazos borrosos que apenas contenían un poder ardiente que rezumaba de forma constante a su alrededor.

Supo de forma instintiva que si bien estaban ligados a él de una forma profunda y etérea que no conseguía dilucidar, aquel poder hundía sus raíces en algo mucho más antiguo, salvaje y monstruoso que el alma de aquellos cinco seres.

Tenían que ser guerreros. ¿Por qué sino iba a tener un ser vivo la capacidad de quebrar la luz y la materia como aquellos cinco?

Así que optó de nuevo por la prudencia, y decidió observar oculta en las sombras de la ausencia de luz. Pensó en quedarse a mirar qué ocurriría cuando los Fragmentos despertasen, pero un grito de alarma desde el Canto la hizo replantearse dicha decisión.

Optó por atravesar de nuevo el metal, y salir al exterior. La oscuridad estrellada del cielo lunar la recibió con un aire frío y reconfortante y se detuvo un instante a saborearlo. Sintió el despertar de los Fragmentos y su quiebra casi inmediata. 

Alarmada, saltó por la superficie de la montaña, descendiendo de forma grácil gracias a la escasa gravedad.

Su instinto la impelía a mantener su presencia allí, a intentar llevar la Asimilación al mundo cercano, pero las órdenes que había recibido gritaban a través del Canto en su interior con creciente alarma.

Dicha alarma y el sentir la quiebra de los recién nacidos Fragmentos embotó sus sentidos. No percibió los desgarros de luminiscencia gigantescos volando sobre ella y como el más grande, una llamarada alada roja e incandescente emitió un Canto propio que había de ser oído por una de las cinco abominaciones de la luz.

Por eso la Esquirla se frenó en seco cuando un destello carmesí quebró el mosaico frente a ella, haciendo chillar al Canto, y Alma Aster se materializó delante suya espada en mano.

 

******

 

Desde las alturas Solarys vio al ser, emergiendo desde uno de los túneles de ventilación superiores de la parte externa del complejo que no estaba hundida en la roca de la montaña.

La Dhar pudo ver que no era uno de los enemigos tradicionales, los parásitos que su ama y estirpe combatían con regularidad, pero decidió hacer uso de su lazo psíquico de todas formas. Su ama juzgaría que hacer, después de todo siempre tomaba las decisiones apropiadas.

De ese modo, el conocimiento de la Dhar Komai llegó a la mente de Alma Aster justo cuando ella y Athea ascendían para reunirse con los demás. Dando cortas instrucciones a su hermana para seguir adelante, la Rider Red optó por unir su mente a la de Solarys y usar la visión de la Dhar Komai como guía para determinar un punto de llegada.

El Destello fue instantáneo, y en una fracción de segundo Alma Aster pasó de estar en el corazón de la base lunar malbassa a encontrarse en el exterior frente a una criatura de un tipo que no había visto jamás.

Lo primero que llamó su atención, fue la naturaleza aparentemente cristalina del ser.

Al contrario que los transformados malbassa, en los que había un aura de enfermedad quebradiza, no pudo detectar nada semejante en aquella forma de vida extrañamente humanoide.

Fue eso quizá lo segundo que más llamó la atención de Alma. Las similitudes físicas entre la especie humana y otras de su galaxia adoptiva –principalmente los atlianos– había sido objeto a la par de bromas y serios estudios. La opinión general optó por una despreocupada aceptación, un encogimiento de hombros interestelar aceptando la sencilla realidad de que si había alguna ley divina en el universo más allá de la comprensión de sus habitantes, ésta parecía tener preferencias de diseño.

Por eso, lo que extrañó a Alma no fue que el rostro de aquel ser pareciese el de una mujer humana o atliana, o puede que incluso vas andarte, tallado en cristal, ni que su figura y cuerpo le recordase a una estatuilla de cristal azabache humanoide y andrógina.

Era su perfección antinatural. Su inexpresividad. La forma de moverse de un cuerpo que debería ser rígido al carecer de puntos de articulación perceptibles. Incluso el más sutil de sus movimientos despertaba toda clase de alarmas en los sentidos de la Rider. La misma repulsión instintiva ante los malbassa reanimados, como si el Nexo mismo repudiase a aquella cosa.

A pesar de todo, Alma Aster intentó primero establecer contacto antes que recurrir al enfrentamiento.

Debe mencionarse que en ningún momento desmaterializó a su espada Calibor de sus manos.

"Hola."

La criatura no respondió, pero en su fuero interno Alma supo que la había entendido. El ser se limitó a inclinar levemente su cabeza a un lado. Un posible signo de curiosidad.

"Estoy bastante segura de qué puedes entenderme. No quisiera recurrir a un enfrentamiento a pesar de que tus acciones con los residentes de la base denotan hostilidad. Pero tampoco puedo descartar que todo se haya podido deber a un primer contacto desafortunado."

El ser habló. Los labios de la máscara que era su rostro no se movieron. Su voz no fue tanto una vibración de sonido transmitida por la tenue atmósfera como una proyección de palabras directa a la mente de Alma.

"PrIMer cOntaCto."

Alma asintió, "Sí, uno bastante malo ¿Por qué hiciste eso a los malbassa?"

"cArNE BlanDa. AsIMIlaCiÓN. imPeraTivo."

"¿Asimilación?"

"CaRne bLaNDa ImPERfecTa. aSimiLAciÓn. CoRRecCión y diCha. Lo dICta el CANTO."

Alma no sabía qué era aquel "Canto", pero casi pudo sentir el fervor cuasi religioso en la voz de la criatura al mencionar la palabra.

"¿Fue por eso por lo que viniste aquí? ¿Para asimilar a los malbassa?", preguntó la Rider.

"No. rAstRo. BúsQueda de InFormaCiÓn dE lOs deVoRADoreS. GarMoga."

Llegó aquí siguiendo el rastro de los garmoga, pensó la Rider Red, De algún modo percibió a los ejemplares de drones con los que experimentaban los malbassa. Solo puedo asumir que debieron parecerle un objeto de estudio más seguro que seguir el rastro de garmoga vivos.

Las respuestas no hacían sino plantear más preguntas.

"Los garmoga también son nuestros enemigos. Si también lo son de tu gente, a pesar de lo que ha ocurrido quizá podríamos..."

"¡NO!", exclamó el ser, "pErciBIMos intenCiÓn. CaRne Blanda nO fiaBle. pRomeSAS rOTas. pAlaBRAs vacías. No. sÓlo AsiMilaCióN."

Bien, eso parecía zanjar cualquier intento de llegar a una solución diplomática.

"¿Quién eres?", preguntó Alma, "¿Qué eres?"

En las alturas, resonó el rugido de los Dhars y Alma sintió a través de su lazo psíquico que el resto de su familia estaba en camino. En pocos segundos los demás Aster aparecería junto a ella en un Destello de luz.

La criatura debió percibirlo también. Dio un paso atrás y el aire en torno a ella pareció ondularse como cuando era calentado por altas temperaturas. La figura acristalada comenzó a plegarse sobre sí misma, como si hubiese pasado de ser tridimensional a ser un objeto de dos dimensiones, tornándose más pequeña.

Alma tuvo que apartar la vista. Era como si el tejido de la realidad ante sus ojos se hubiese convertido en un mosaico acristalado que se estuviese devorando a si mismo, como si el mismo aire a su alrededor estuviese lleno de grietas.

Es algún tipo de teleportación, pensó. Aún se preguntaba si sería posible frenar el proceso y retener a la criatura cuando cuatro destellos de color a sus espaldas marcaron la llegada de los demás Riders.

La visión ante sus ojos debió suponer todo un shock pues ninguno de los Aster movió un músculo mientras la Esquirla se plegaba sobre sí misma y hablaba por última vez antes de desaparecer.

"sOY EsQuirLa. SiErva. hÁgaSe la voLunTAd del Canto. Su VolUNtAd", proclamó, con un crescendo fervoroso en su voz, "SalVE a lA ReiNa dE la cOrona De CriStal rOto."

Y con dichas palabras y un último chispazo de luz blanca humeante se esfumó, y la ruptura de la realidad se reparó ante los ojos de los cinco Riders.

Alma Aster suspiró, desmaterializando su espada y dándose cuenta de que una enorme tensión abandonaba su cuerpo, como si hubiese estado a punto de entrar en pánico sin ser consciente de ello.

Un silencio pesado cayó sobre las Cinco Luces del Universo, roto únicamente por el colorido pero atinado e incrédulo susurro de Avra.

"Vaaale... ¿Qué cojones acaba de pasar?"

Lenguaje soez aparte, era una excelente pregunta.