domingo, 14 de agosto de 2022

082 PODRIDO

 

Legarias Bacta había caído prisionero a manos de un enemigo en dos ocasiones, contando la presente.

La primera vez había sido sin duda la que había supuesto un peligro más serio e inmediato para su integridad física y su vida. Joven, apenas con un puesto de responsabilidad seria dentro de la organización y capturado por una banda de contrabandistas que creían que un miembro de los operativos como prisionero podría ser una buena fuente de ingresos extra.

Ganarse su confianza y esperar a la mejor oportunidad para escabullirse tras dar buena cuenta de la mayor parte del grupo había sido uno de los pilares que asentaron su ascenso temprano a una posición de Supervisor. Expeditivo, despiadado y sin temor a hacer lo necesario eran valores dentro de la organización, y permitían que se pasase por algo su sadismo casual.

Su cautiverio actual, en cambio, era solo humillante. Su vida no corría el mismo peligro, no estaba retenido por criminales peligrosos de gatillo fácil. Pero la situación era mucho, mucho más humillante. Aún no tenía claro cuál de las dos opciones era la que prefería.

Era cierto que Meredith Alcaudón tenía una reputación notoria entre los círculos de hackers y tecnomagos, y que obviamente Tobal Vastra-Oth contaba con su propio pasado pintoresco repartido entre el viejo servicio militar y una juventud de criminal de tres al cuarto, pero ninguno de los dos debería haber sido un problema serio para los operativos. La mejor organización de asesinos de la galaxia.

Desde luego no deberían haber sido un problema para él, Legarias Bacta. Pero ahora tenía muy claro que los había subestimado y estaba pagando el precio.

Al menos su celda actual era una celda en condiciones.

Primero había disfrutado de las comodidades de un habitáculo de su propia lanzadera personal, robada por aquellos desgraciados. Alcaudón, Vastra-Oth y aquella pequeña traidora de Minila, a la que ansiaba someter a una reeducación personal en cuanto se le presentase la ocasión.

Tras la llegada a Venato lo habían encerrado en una celda improvisada a partir de un container metálico de almacenamiento. Por fortuna su rostro y su brazo ya estaban en mejor estado, aunque sus captores seguían siendo cautos. Mantenían sus manos siempre atadas a su espalda, usando viejas correas de plástico para la sujeción, manteniéndolo alejado de cualquier cosa electrónica o mecánica. Solo lo soltaban para las comidas, las cuales siempre venían en forma de tabletas o porciones que tomar con las manos. Nunca dejaban que tocase un cubierto, cuchillo o cualquier cosa afilada. Le habían dejado solo su ropa interior y quitado todos los botones, broches y cuchillas ocultas.

No parecían tener muy claro que hacer con él. Bacta estaba seguro de que Alcaudón no habría tenido problemas en torturarle para intentar sacarle información si los otros dos no estuviesen con ella. La humana también parecía preocupada (o mejor dicho, obsesionada) con otras cosas. Vastra-Oth y Minila eran quienes interactuaban más a menudo con él en su celda, y las pocas ocasiones en las que había visto a Alcaudón, la condición física de la mujer parecía haber sufrido cierta desmejora.

Su actual celda era más una habitación en condiciones. O mejor dicho, una suerte de cuarto trastero o almacén reconvertido en pequeña estancia. Seguramente el viejo rincón de descanso de un conserje. Al menos ahora tenía un viejo colchón.

Se habían vuelto a trasladar. Bacta no estaba seguro de su actual localización, pero tenía claro que ya no estaban en Venato.

Su encierro no lo ponía fácil, pero su hocico gobbore seguía contando con un olfato más que sensible que le permitía determinar que la atmósfera del planeta en el que ahora se encontraban, aunque igualmente respirable, era notoriamente distinta. Debían estar en algún mundo mayormente acuático. La mayoría de planetas aptos para la vida contaban con océanos que cubrían la mayor cantidad de superficie de su respectivo mundo, pero siempre había una diferencia en el aire de aquellos que carecían de grandes masas de tierra naturales.

Al menos tenía el consuelo de saber que no estaban en un hábitat artificial bajo el agua. Eso complicaría las cosas.

Traslado a un nuevo mundo aparte, su condición de prisionero no había sufrido grandes cambios en su rutina. Vastra-Oth y Minila seguían intentando hablar con él, sonsacar información. Amenazas, ruegos, sobornos... hacían uso de cuanto podían pero el operativo gobbore no abrió la boca. Vastra-Oth intentó privarle de comida durante un tiempo pero no llegó a ninguna parte. Desistió mucho antes de que la situación se pusiese realmente incómoda para Bacta.

Sus captores no eran malas personas. Tenían escrúpulos. Esa era su debilidad. Y la única de ellos que seguramente podría haberle hecho gritar retorciendo sus intestinos con telequinesia no estaba por la labor.

Así que en los últimos meses esa había sido la existencia de Legarias Bacta. Prisionero a manos de aficionados en espera de que se produjese algún giro en la situación. Un giro que cada vez tenía más claro que tendría que ser forzado por él mismo.

No se había atrevido a hacerlo antes por inseguridad en su situación, y porque quería asegurarse de que su estado físico era óptimo.

Su brazo sanó rápido, pero hasta la semana pasada no había notado que recuperase la fuerza del todo. Los pocos ejercicios que había podido hacer con su limitada movilidad habían tardado en dar sus frutos, pero había llegado el momento.

De noche, cuando le trajeron la cena, Bacta comió en silencio bajo la atenta mirada de Goa Minila, la responsable aquella jornada de llevarle su alimento y desatar sus manos. La joven vas andarte estaba acompañada por Vastra-Oth, quien se levantaba como una barrera frente a la puerta de la celda.

Si sus posiciones hubiesen sido a la inversa, Bacta habría esperado a la próxima ocasión, pero confiaba en que Minila no fuese tan observadora como el robusto angamot. Cuando terminó de cenar, Bacta cruzó sus muñecas a su espalda sin mediar palabra, siguiendo la rutina de costumbre.

Tensó toda su musculatura lo máximo posible en los dos antebrazos en los instantes previos a que Goa Minila ajustase las correas de sujeción en torno a sus muñecas. Cuando la vas andarte terminó y se retiró junto con Vastra-Oth tras recoger la bandeja de la comida dejándolo solo en su celda de nuevo, Bacta permitió que los músculos de su brazo se relajasen.

Era algo ínfimo, pero al instante notó el agarre de las correas aflojándose y se permitió una leve sonrisa en su hocico lupino. Efectivamente, parecía que la de la mano derecha prometía más posibilidades.

No fue fácil, llevó su tiempo hasta bien entrada la noche y tuvo que dislocar su propio pulgar, pero consiguió soltar su mano derecha, ganando inmediatamente la movilidad de sus dos brazos como si estuviese libre de nuevo.

Ahora, debía pensar en sus posibilidades... de ser más joven su primer impulso habría sido fingir continuar esposado cuando llegasen con su próxima comida al día siguiente e intentar pillarlos por sorpresa, pero la situación jugaba en su contra.

Seguramente podría reducir a Minila sin mucho problema, pero si no conseguía noquear a Vastra-Oth de un golpe ahí se acabaría su intento de huida. Y luego aún quedaría lidiar con Alcaudón.

Pero Bacta había aprendido a ser paciente. Había aprendido muchas cosas útiles, desde luego.

Se llevó su pulgar a la boca y rasgó la piel con sus colmillos, derramando sangre. Ahora necesitaba un rincón discreto de la celda, donde los ojos de sus captores no fuesen a posarse con facilidad.

Los operativos habían nacido como una rama de operaciones clandestinas de la humanidad que se convirtió en un grupo privado, aceptando a miembros de diversas especies y enriqueciendo su arsenal con las diferentes prácticas mágicas de la galaxia. No era un método o herramienta que usasen abiertamente, para evitar conflictos con las organizaciones de los Arcanos, pero todo operativo a partir de cierto rango conocía al menos un par de runas y glifos de uso diverso.

Usando su propia sangre, Bacta trazó en la parte inferior de la puerta, donde sus captores no lo verían al estar abierta, un pequeño signo en forma de espiral contenido por un círculo apuntalado por cuatro líneas. El trazo era tosco y rudimentario, pero bastaría. La práctica ideal sería haberlo trazado con algún instrumental de escritura y derramar una única gota de sangre, pero Bacta confiaba que el uso de sangre como base para todo el signo solventaría las posibles inexactitudes de su dibujo.

Y en la magia siempre había cierto nivel de creencia, incluso en la más rudimentaria.

Se concentró, pronunciando un viejo encantamiento en voz baja pero clara. Las palabras eran antiguas, más antiguas que cualquier civilización actual y habían pervivido a lo largo de millones de años. Pero seguían funcionando y su poder venía dictado no tanto por las palabras en sí mismas sino por la voluntad de quién ejecutase el hechizo.

Bacta sintió un hormigueo en su dedo herido y por un instante vio un brillo de luz dorada en la runa dibujada con su sangre. Con una sonrisa satisfecha supo instintivamente que había funcionado.

Ahora solo debía esperar y confiar en que no habría ningún traslado inmediato por parte de sus captores. La señal de aquella baliza mágica tardaría unos días en ser visible en la sala de la sede principal de su organización, donde todo miembro de los operativos con un cargo de supervisor o superior contaba con un receptáculo de su sangre debidamente registrado.

Pero sus compatriotas pronto sabrían donde buscarlo y podrían rastrearlo sin problemas. Llegarían a donde quiera que estuviese y por fin pondrían punto y final a toda esa farsa.

Aunque una parte de Bacta deseaba que no terminasen con las vidas de sus captores. No, aquello era un gozo del que quería disfrutar él mismo.

Arrancaría la cornamenta de Vastra-Oth con sus propias manos y la usaría para empalar a aquella cerda de Alcaudón. O quizá estrangularía lentamente a uno de los dos forzando al otro a mirar tras arrancarle los párpados. Se le ocurrían un sinfín de deliciosas posibilidades para poner en su lugar a aquellos que lo habían humillado atreviéndose a capturarle como si fuese un don nadie.

Y Goa Minila... bueno, quizá podía ser benévolo con ella. Estaba claro que el condicionamiento del entrenamiento operativo de la chiquilla había fallado en alguna parte. Si, seguía pensando en como podría reeducarla. Personal e íntimamente hasta que solo respondiera a sus órdenes, como debía ser. Y si no funcionaba le vaciaría las cuencas de los ojos, le cosería la boca y la vendería a cualquier enfermo que necesitase de un juguete roto.

Legarias Bacta se sentó, volviendo a deslizar con algo de esfuerzo su mano derecha en la correa a su espalda. Dejó que sus dientes brillaran en la oscuridad con una sonrisa hambrienta en su hocico lupino.

Pronto. Pronto saldaría cuentas.

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