jueves, 23 de diciembre de 2021

056 ALGO VIEJO, ALGO NUEVO

 

Arthur Ziras era un hombre muy estresado.

No era una afirmación hecha a la ligera. Era prácticamente su estado natural desde que había ascendido al puesto de Director de los Rider Corps, pero había situaciones que lo acentuaban y lo hacían recaer en viejos vicios.

Esa era la principal explicación a la neblina cargada de nicotina que impregnaba el aire de su despacho mientras, sentado ante su escritorio, conservaba con las tres figuras holográficas situadas ante él, miembros del Alto Mando de la Humanidad, sus inmediatos superiores y lazo directo con el Concilio.

Dichos individuos decidieron pasar por alto la falta de formalidad que suponía el acto de Ziras de masajear sus sienes mientras mascullaba improperios tras leer el informe que acababan de proporcionarle.

"¿Cuándo va a ser esto?", preguntó, levantando la vista.

La respuesta vino del individuo situado en el proyector holográfico central, un varón obeso de mediana edad y de aspecto opulento.

"En menos de una hora, el proceso en sus fases finales ha sido una auténtica operación relámpago. Será una ceremonia pública en los reconstruidos Jardines de Concordia, un claro intento de capitalizar simpatías hacia la parte de los embajadores", respondió.

"¿Y qué vamos a hacer al respecto?"

"¿Oficialmente? Nada", intervino la figura del proyector holográfico a la derecha de Ziras, una mujer vestida con un sencillo uniforme militar negro. Solo las estrellas doradas en su pechera indicaban su rango de Almirante.

"No se ha incurrido en ninguna ilegalidad", continuó, "De la misma forma que nuestro Proyecto DHARS es una iniciativa semi-independiente por parte de nuestro gobierno en colaboración con el Concilio y el apoyo de los Eldara, también lo es la propuesta de la Sentan."

"Que sean una corporación privada en vez de un cuerpo de gobierno es algo puramente académico a estas alturas", dijo la persona en el proyector a la izquierda, un hombre anciano con implantes cibernéticos en lugar de ojos, "Hemos revisado toda la documentación, pero es sólida. El proceso es legal, y cuentan con el apoyo del gobierno central de Neaf. Parece ser que más de la mitad de los activos de la empresa están en manos de miembros de los eldrea."

"Lo cual les da un acceso directo a la aprobación del Concilio como especie fundadora", concluyó Ziras, "Demonios."

"No creo que debamos ver esto como una desventaja", explicó el individuo central, "Es cierto que podría redirigir la opinión pública, pero nada garantiza su viabilidad a largo plazo, ¿Mmm?"

"Por eso no haremos nada oficialmente... ¿Extraoficialmente? Eso aún está por ver", dijo la mujer.

"¿Cuál recomiendan que sea la postura de los Corps ante esto?"

"Colaboración, cordialidad", dijo el anciano, "Somos la organización veterana. Seguramente intentarán orquestar algún tipo de competitividad o rivalidad artificial, pero debemos presentarnos de forma sensata. Casi como mentores."

"Y cuando tropiecen –y sin duda lo harán, con nuestra ayuda o no– estaremos ahí para tender una mano", dedujo Ziras, "Bueno, si falta menos de una hora imagino que los Riders se enterarán por su cuenta. Los llamaré para dejar clara la postura oficial más tarde."

Una parte de él tuvo que reprimir un escalofrío al pensar cuál sería la reacción de los Riders a todo esto, especialmente Avra.

Cinco infiernos, esto va a ser un nuevo dolor de cabeza ¿no es así?.

"¿Dónde se encuentran los Aster ahora mismo?", preguntó la mujer.

"De permiso."

 

******

 

El local se llamaba NEXUS.

Durante años habían discutido sobre si tomarlo como una broma, una señal del destino o simple casualidad. Particularidades de nomenclatura aparte, era uno de los pocos lugares en que los Riders podían disfrutar de tiempo libre en la capital planetaria de Occtei sin renunciar del todo a su privacidad, por diversas razones. Había sido así desde hace años.

Era a partes iguales un bar y sala de baile. Contaba con dos niveles, y en el superior se situaba una segunda barra y un área de bebidas al margen de la pista de baile del área inferior.

En una de las esquinas, al pie de la barra y bajo un proyector holográfico de entretenimiento se situaba un habitáculo circular semicerrado, una suerte de pequeña área VIP en torno a una mesa redonda, en la que cuatro de los Aster se encontraban de paisano en aquel momento, buscando relajarse tras los acontecimientos de los últimos días.

El alcohol no hacía nada a sus metabolismos, salvo algunos de los licores más fuertes cuyo consumo habría matado a un ser humano normal con solo un vaso. Pero la atmósfera de luces tenues de aquella parte del local combinada con la música los ayudaba a desconectar.

Antos sostenía un vaso lleno de un líquido rojo ante sus ojos, fijados en su brazo.

"¿Está temblando? Creo que está temblando."

"Tu brazo no está temblando, Antos. Tu pulso está tan firme como siempre", dijo Armyos con tono tranquilizador.

"Es que aún noto algo del entumecimiento. Menos que antes, pero..."

"Joder, Antos", interrumpió Avra golpeando la mesa con el vaso que acababa de vaciar, "La doctora te dijo que estabas bien, no se te va a caer el brazo."

"El análisis taumatúrgico señalaba que tu campo mórfico se estaba recuperando ¿no?", preguntó Armyos.

"Si, pero esa sensación no se me va de la cabeza... si volvemos a encontrarnos con esas cosas las voy a empalar con mi lanza desde lejos."

"¡Ja!"

"No era un eufemismo, Avra."

"En mi realidad lo es, e impongo mi realidad sobre la tuya, así que ajo y agua."

"¿Cuánto licor de Ycol has bebido?", preguntó Armyos sacudiendo la cabeza.

"Pues... uh...", Avra dirigió su mirada hacia tres botellas vacías, "Vaya, esto es menos de lo que esperaba para hacerme efecto... debo estar haciéndome vieja."

Un pequeño pitido sonó en la muñeca derecha de Armyos. El Rider Orange consultó la pulsera con el dispositivo de comunicaciones.

"Es un mensaje de Alma. Dice que va al templo a ver a Amur antes de pasarse por aquí."

"Sigh, ya está lanzándose a cosas de trabajo de lleno otra vez. Seguro que va a consultarle sobre lo que vimos en la luna de Valphos... La verdad, hubiese esperado que pasase todo el día con Iria", dijo Antos.

"La doctora tenía trabajo, creo que han quedado para algo mañana", dijo Avra mientras examinaba una de las botellas, comprobando si aún quedaba liquido que se pudiese aprovechar.

Silenciosa hasta ese momento, Athea Aster se levantó.

"Voy a por más bebidas", dijo, y abandonó la mesa en dirección a la barra del bar.

"Mmm...", musitó Avra con el ceño ligeramente fruncido.

"Parece que va a hablar con ella", dijo Armyos, "La verdad es que llevan un tiempo sin tener una conversación."

"Esperemos que no terminen a gritos", susurró Antos, dando un sorbo a su licor.

A pesar de la distancia, Athea pudo oír las palabras de su hermana y hermanos, pero optó por hacer oídos sordos. Se acercó a la barra, casi vacía. En aquellas horas el local aún estaba lejos de llenarse y el área superior nunca tenía la misma afluencia que el inferior. La camarera no estaba atendiendo a ningún cliente en aquel momento.

Era una mujer humana de aspecto joven, a pesar de que el blanco de su ondulado cabello eran canas naturales y no una coloración exótica. Solo ello junto a unas pocas líneas en torno a sus ojos y labios denotaban que tenía más edad de la que aparentaba. Su piel era oscura, y sus ojos de un verde azulado brillante se centraron en Athea en cuanto esta se situó frente a ella.

"¿Avra necesita más licor?"

Athea asintió. La mujer se la quedó mirando.

"¿Hay algo más que quieras decirme?", preguntó, levantando una ceja.

"Si, lo siento... yo... Ya sabes que esto nunca se me ha dado bien."

"Conversar en plan casual nunca ha sido lo tuyo. Tampoco intentar iniciar una conversación, la verdad", dijo la camarera cruzándose de brazos, "Algo te está preocupando, y solo puedo asumir que es por todo lo de los últimos meses."

Athea asintió de nuevo, "Es... una sensación que tengo desde antes de los de Camlos Tor. Desde lo de la muerte de ese técnico del que te hablé. La sensación de que todo se está complicando más de lo que debiera, y..."

"Ah, esto no es una conversación casual después de todo", interrumpió la mujer con un bufido exasperado, "Al menos habrías podido venir a casa para ello, habría sido más apropiado."

"Lo siento, no pensé... ha sido un impulso" dijo Athea, bajando la vista, "Creo que tengo miedo, Alicia."

La mujer se la quedó mirando fijamente, cualquier leve deje de exasperación desapareciendo de su rostro y dejando paso a una leve preocupación.

"Eso es inusual, y aún más viniendo de ti, mamá", replicó Alicia Aster.

Al ver que Athea Aster –Rider Black, su madre– parecía tener problemas de nuevo para encauzar su amago de conversación, Alicia posó una mano sobre sus hombros.

"Vale, esto es lo que vamos a hacer. Vamos a llevarle una botella a tía Avra, luego llamaré a Tasoom para que cubra mi turno y tu y yo nos vamos a mi casa para charlar tranquilas. Allí me sueltas todo ¿vale?"

Antes de que Athea pudiese dar una respuesta, la voz de Avra resonó en el local, imponiéndose incluso a la música: "¡ATHEA!".

La Rider Black se volvió hacia la mesa donde estaban los otros tres Riders. Alicia y ella pudieron ver a Avra Aster de pie sobre el asiento haciendo aspavientos con los brazos y señalando al proyector holográfico, donde parecía que se estaba emitiendo un boletín de noticias de última hora.

"¡Tienes que ver esto!", gritó.

 

******

 

Los Jardines de la Concordia en Camlos Tor aún estaban en proceso de reconstrucción tras siete meses desde la incursión de los Garmoga.

Pese a ello, una considerable multitud, cientos de miles de personas de todas las especies conocidas del espacio del Concilio parecían haberse congregado allí.

Sobre el imponente y decorado palco frente a los accesos a la pirámide senatorial, Ogun-Mori se habría permitido sonreír de poder hacerlo con sus rígidas mandíbulas aserradas, similares a las de un saltamontes. Como todos los eldrea que cohabitaban con la mayoría de la galaxia, se encontraba en la tercera fase de su ciclo vital. La especie insectoide solo tenía proporciones humanoides y capacidad sapiente en dicha etapa de sus vidas, tras pasar por las de larva y pupa.

Si, podría haberse permitido una sonrisa. Este día era una celebración tras años peleando para sacar adelante su proyecto. Dio una última mirada a la izquierda de la plataforma del palco, donde oculto tras unos paneles con publicidad de la Sentan Corp aguardaba su gran triunfo.

Una señal de luz por parte de los drones cámara que retransmitirían todo a la galaxia y el son de la tonadilla corporativa de la Sentan le señaló que era el momento de comenzar su intervención. Dio una última mirada a la multitud. Bien, parecía que había abundantes representantes de la prensa y de las embajadas. No parecía haber nadie del órgano senatorial, aunque estaba seguro de que estaban atentos a la retransmisión.

"Amigas y amigos", comenzó, "Estoy seguro de que muchos de ustedes ya me conocen. Ogun-Mori, actual CEO de la Sentan Corp, los mayores expertos en medicina y biogenética del cuadrante Alef. Sin duda se preguntaran a que se debe toda esta parafernalia, tan a la antigua, tan rebuscada. Sobre todo cuando en la Sentan normalmente anunciamos nuestros nuevos productos de formas más discretas y directas a nuestros clientes."

Hizo una breve pausa. Bien, parecía que estaban atentos.

"Pero hoy es una ocasión especial", continuó, "Hoy no vamos a anunciar un producto que vender. Hoy nuestra clientela es toda la galaxia y sus buenas gentes que tanto han sufrido. Si algo aprendimos hace siete meses, aquí, en este mismo lugar, es que la amenaza garmoga es más real que nunca y que los Riders, nuestros campeones, no pueden estar en todas partes."

Eso es, apuntala sus faltas pero sin ser activamente antagonista, pensó, Debes presentarte como una alternativa pero no quemar puentes.

"¡Por ello, tras años de estudio y sacrificio, la Sentan Corp puede anunciar hoy con orgullo que los Riders ya no lucharan solos!", exclamó, haciendo un gesto hacia el lado izquierdo de la plataforma.

Los paneles con logos corporativos se desplazaron al tiempo que comenzó a sonar una melodía triunfal. Una figura emergió bañada por las luces del palco y los flashes de los drones cámara, atrayendo toda la atención de los presentes.

Era un eldrea, su aspecto insectoide lo denotaba, pero como ningún otro de dicha especie. Su segundo par de brazos inferior había desaparecido dejando una figura humanoide de cuatro extremidades similar a la de los atlianos y los humanos. Era alto y robusto, y como otros eldrea no hacía uso de ropajes dejando expuesto su exoesqueleto.

Dicho exoesqueleto se asemejaba más a una armadura que a otra cosa. Era de color verde en brazos y piernas y pardo en su torso. Las mandíbulas aserradas de su rostro, más redondeando y aplanado que el de otros eldrea, parecían atrofiadas, dejando entrever una boca de aspecto casi humano tras ellas. Sus ojos eran de un rojo carmesí brillante y de gran tamaño, pareciendo casi lentes que ocupaban gran parte de una cara coronada por dos antenas retráctiles posicionadas como una V.

"¡Les presento al mayor logro de la civilización eldrea y de la Sentan Corp! ¡El fruto de años de desarrollo en bioingeniería, cibernética y aplicaciones mágicas de potenciación!"

El ser se situó junto a Ogun-Mori mientras éste hablaba, caminando hacia él con paso firme. Al volverse hacia los espectadores y cruzarse de brazos, los miembros del público con afinidad a la magia pudieron sentir un leve pulso de energía contenida, como si aquella criatura estuviese limitando de forma consciente su propio poder.

Ogun-Mori continuó.

"¡Tienen ante ustedes al primero de una nueva línea de defensa de la galaxia contra los garmoga!", exclamó, "Amigas y amigos míos...¡Les presento a SHIN!"

miércoles, 15 de diciembre de 2021

055 GENIALIDAD DEMENTE

 

La joven vas andarte, de piel rojiza y cabellos plateados, lucía una sonrisa que no encajaba para nada con las calles por las que se estaba moviendo.

Caminaba con un paso firme y decidido, abrazando a su esbelto y larguirucho torso la bolsa de plástico biodegradable en donde guardaba víveres recién adquiridos.

Venato era un puerto espacial lleno de claroscuros. La estación, construida en el corazón hueco de un asteroide, había sido de siempre un centro para el turismo y el ocio desde que dejó atrás sus orígenes de modesta colonia minera. Hoteles de lujo, parques temáticos, casinos... diversión para toda la familia.

Pero contaba también con áreas menos recomendadas. Áreas con casinos en los que el pago con sangre era tan importante como el pago con créditos, donde imperaban negocios a los que los miembros más "educados" de la sociedad preferían evitar, donde las celebraciones más decadentes y hedonistas podían romper los tabúes establecidos si uno tenía el suficiente estómago, depravación y bolsillo para ello.

En una de esas áreas, en los sectores inferiores de Venato, es por donde caminaba la joven vas andarte. Los neones gastados y parpadeantes de los establecimientos a su alrededor se reflejaban en el asfalto humedecido por la simulación de clima artificial que hasta hace unas horas había dictaminado que el lugar se merecía una llovizna.

Su sonrisa era más luminosa que cualquiera de esos carteles. Era pura. Era inocente.

Y aún así, ninguno de los habitantes de las sombras se atrevió a acercarse a la chica. Todos los que la veían se hacían a un lado, dejando un amplio espacio, permitiendo que se moviese sin impedimentos ni obstáculos, sin ningún encontronazo.

Su sonrisa era pura e inocente, pero los habitantes del vientre putrefacto de la estación sabían reconocer a un depredador peligroso en cuanto lo veían.

Goa Minila era una asesina, después de todo.

El que llevase ropa civil en ese momento en vez de su viejo uniforme no disimulaba del todo su forma de moverse.

Bueno, asesina en prácticas. Nunca había llegado a tener un puesto propio dentro de los Operativos, condenada a saltar de supervisor en supervisor. Nunca había tenido una asignación personal, siempre había sido una asistente en los trabajos de otros.

Goa se paró en seco en medio de la calle. Para un observador casual la expresión de su rostro parecería una curiosa mezcla de perplejidad e irritación.

La vas andarte procedió a sacudir su cabeza de un lado a otro, para finalmente darse una bofetada a sí misma.

Ya no era una Operativa. No señor. Haría bien en recordarlo, y si su cabeza seguía dándole vueltas a ser una Operativa pues tendría que golpearla más fuerte hasta empezar a borrar las memorias.

Tras darle una vuelta a esos pensamientos en su cabeza, Goa Minila bufó y asintió de nuevo con una sonrisa, como si acabase de tener una conversación con un interlocutor invisible.

La joven vas andarte retomó su caminar como si nada. Tras unos diez pasos, comenzó a tararear una vieja canción cuyo nombre no recordaba y cuya letra había reducido a leves murmullos.

Goa Minila ya no era una Operativa. No, ahora era... bueno, no sabría decir muy bien que era ahora.

Tendría que preguntarle al señor Vastra-Oth.

 

******

 

Sus amigos en Venato habían cumplido.

Cuando estaba vivo, su marido nunca le había preguntado sobre su pasado en aquel lugar antes de su entrada en el ejército, de la misma forma que Tobal nunca había hecho demasiadas preguntas a Mantho sobre su pasado como cibercriminal antes de obtener una carrera respetable.

Aunque había dejado aquella vida atrás –y tenía claro que había sido una de las mejores decisiones de su vida– Tobal Vastra-Oth nunca había roto del todo el contacto con viejos conocidos, amigos y antiguos jefes.

En parte por razones sentimentales, pues sabía que a pesar de sus circunstancias muchos de ellos eran gente medianamente decente que no habían tenido mucha suerte u oportunidades, o que simplemente habían decidido que no querían más complicaciones en sus vidas tras acostumbrarse a la rutina de las calles.

Pero también por puro pragmatismo. Una parte de él siempre había deseado que nunca fuese necesario, pero al mismo tiempo siempre había creído que era conveniente mantener amistades en lugares así porque nunca sabías cuándo te podrían hacer falta.

La vida da muchas vueltas, después de todo. Hace ocho meses su marido aún estaba vivo, por ejemplo. Hace ocho meses no habría tenido que mandar a sus hijos a vivir con sus abuelos mientras él se ponía a buscar respuestas.

Hace ocho meses no había conocido a Meredith Alcaudón.

Hace ocho meses no habría pensado que se encontraría en un garaje reconvertido en loft en un viejo bloque de apartamentos en los barrios bajos de Venato, reuniendo material para hacer operaciones de mantenimiento a la lanzadera que habían robado a un asesino a sueldo profesional.

Asesino a sueldo profesional que en ese momento se encontraba retenido en la celda improvisada en que habían convertido un viejo container de materiales.

Legarias Bacta no había soltado palabra alguna. Tampoco es que le hubiesen intentado sonsacar mucho. Meredith tenía su cabeza en otros asuntos, y después de todo ya tenían un rastro hacia Esbos gracias a Goa Minila...

La puerta que daba al exterior se abrió, deslizándose con un chirriar metálico.

"¡Ya estoy de vuelta!"

¿Cómo era aquella expresión que usaban los humanos? Ah, sí, 'hablando del rey de Roma...'

Goa Minila cerró la puerta tras de sí, se descalzó dejando sus botas al pie de la entrada y prosiguió descalza al interior, hacia la esquina del garaje donde estaba situada una pequeña zona de cocina.

"¡He hecho la compra. Señor Vastra-Oth! ¡Lo indispensable, lo esencial! ¡Manduca pal cuerpo!"

Tobal suspiró, dejando las piezas con las que había estado ocupado sobre la mesa de trabajo y comenzó a usar un viejo trapo para limpiarse los restos de aceite de las manos. El ex-soldado angamot posó su único ojo ciclópeo, segmentando como el de un insecto y de un vibrante color azul, sobre la muchacha.

Desde que se habían asentado hace seis meses y medio en Venato, Goa había pasado de prisionera parcial a asistente, y parecía que últimamente había desarrollado una vocación como chica de los recados. Siempre que era necesario obtener algo –ya fuese comida, ropas u equipamiento– la joven vas andarte se presentaba voluntaria.

De ser más cínico, Tobal Vastra-Oth se habría preguntado si la muchacha no habría estado trazando rutas de escape, preparando algún tipo de triquiñuela o sabotaje,  pero siempre se había considerado un buen juez de carácter y había dictaminado que Goa Minila era de fiar... siempre que se la mantuviera alejada de armas u objetos afilados.

Estaba convencido de que parte de ello se debía también a que la joven –y dioses, con catorce años era solo una cría– estaba intentando replicar algún tipo de vida normal que nunca había tenido.

"He comprado esas cositas que tanto le gustan en salsa", parloteaba la muchacha al tiempo que vaciaba la bolsa que había traído consigo, "Y esas bebidas que le gustan a la señora Alcaudón, incluida la que contiene ese alcaloide del grupo de las xantinas que sigo creyendo debería consumir en menor cantidad. Puede que sea una sustancia psicoactiva relativamente suave, pero bebe demasiada..."

"A Meredith le gusta la cafeína, Goa. Prácticamente casi toda la especie humana es adicta. Es o eso o la teobromina", bromeó Tobal.

"Aún así... alcaloides. Puagh", dijo Goa, "Metabolismos de otra galaxia, desde luego."

Había terminado de vaciar la bolsa y guardar los productos en la despensa, dejando solo una lata de bebida energética con cafeína que Goa agarró como si estuviese sosteniendo un tubo de ensayo lleno de substancias peligrosas.

"Creo que se la voy a dar ahora, ¿Ha parado a descansar algo?"

Tobal sacudió la cabeza.

"No, ni una pausa desde que te fuiste. Iba a darle una hora más y si no terminaba por hoy yo mismo le daría al botón..."

"Pues entonces iré a darle su alcaloide, seguro que le hace falta", replicó la joven.

Goa caminó hacia el fondo del loft, a un área separada por paneles móviles que la convertían en una estancia separada del resto. Deslizando uno de ellos, se abrió paso y sus ojos compuestos de forma almendrada se cerraron momentáneamente hasta que se pudo acostumbrar al resplandor.

Pantallas, docenas de pantallas y monitores colgando de la pared o usando las grandes cajas de servidores y ordenadores como soporte. Toda la estancia estaba sumida por un zumbido quedo de electricidad estática.

Los monitores, todos y cada uno de ellos, mostraban líneas y líneas de código. Letras, números y símbolos que Goa no reconocía, caían como una cascada virtual, algunos de ellos quedándose fijos, formando palabras sueltas. La luminosidad que emitían tenía un tenue tono azulado que hizo pensar a la joven vas andarte en un frío gélido a pesar del calor que emitían todas aquellas máquinas.

Cables caían desde los monitores y las computadoras, algunas tan grandes como una persona. Caían como serpientes y se deslizaban por el suelo hasta el centro de la estancia.

Allí se encontraba la figura sentada de Meredith Alcaudón, repitiendo la rutina en la que se había sumido los últimos meses.

Los cables ascendían hasta el rudimentario casco neural que la tecnópata había improvisado con materiales de segunda. Meredith había cortado su cabello pelirrojo para optimizar su uso. Se había rapado casi al cero, pero ahora su cabeza estaba adornada de nuevo por un cabello corto y rizado.

En aquel instante en vez de su habitual traje y abrigo vestía unos viejos pantalones flexibles y una camiseta de tirantes gastada. Meredith era de baja estatura y cuerpo ancho, con algo de sobrepeso que se veía compensado por la desarrollada musculatura en sus hombros y brazos. Era algo que siempre había llamado la atención de Goa, la mujer era como una antítesis de los altos, delgados y esbeltos vas andarte, mucho más que otros humanos que había conocido.

El rostro pecoso de la tecnópata estaba inexpresivo, perlado en sudor y con sus ojos en blanco al estar su mente inmersa en un estado de comunión total con los fantasmas de las máquinas.

El código encontrado por Mantho Oth, el código recuperado del fugitivo Tiarras Pratcha, había resultado ser considerablemente más complicado. Si el responsable de aquel código no era un tecnomago, Meredith estaba convencida de que entonces era algún tipo de loco brillante, pues el nivel de encriptación, trampas y cantidades de código basura rellenando huecos para despistar cualquier intento de descifrado llegaba a unos niveles de genialidad que bordeaban la demencia.

Solo había visto esa atención enfermiza al detalle en sus propios trabajos. Eso no lo hacía más fácil, más bien lo contrario. La familiaridad y experiencia, útiles como eran, también podían hacer medrar una peligrosa y arrogante autoconfianza. Y no podía permitirse eso, por ello volvía una y otra vez sobre sus pasos, asegurándose de que todo marchaba como debía.

Goa Minila la observó, preocupada. Sacudió su mano delante del rostro de la mujer y no recibió respuesta.

Cuando llegaron a Venato, Meredith dictaminó que no proseguirían su persecución de los Operativos hasta que supiese qué era exactamente la información por la que había muerto Mantho Oth y, lo más interesante, porque éste había dejado instrucciones de que una vez descifrada Meredith debía ponerse en contacto con Athea Aster, Rider Black.

Goa dio unas palmaditas sobre el hombro de Meredith, pero una vez más la mujer no reaccionó. Con un suspiro, la joven vas andarte dejó la lata de bebida  junto a ella y abandonó la estancia.

Era una suerte que aquellos ordenadores guardasen los avances en el proceso de descifrado en intervalos de cada dos minutos, porque parecía que el señor Vastra-Oth iba a tener que cortar de nuevo la corriente si querían que Meredith Alcaudón cenase algo esa noche.  

miércoles, 8 de diciembre de 2021

054 PIRATA

 

¿En qué se ha convertido mi vida?, pensó.

Ko Nactus había rozado la gloria. Estaba convencido de ello. Y por eso mismo su vida había caído en una espiral de patetismo desde el día que se acercó demasiado a cumplir su sueño.

Tomando un sorbo de su licor en aquella cantina perdida en una roca en medio de ninguna parte, el phalkata capitán pirata semi-retirado dejó que los recuerdos lo atenazasen.

Unificar todas las tripulaciones pirata del cuadrante bajo su mando. ¿Capitán Nactus? No, no... Almirante Nactus. Oh, habría estado bien. Habría estado muy bien.

Pero desde el principio las cosas habían salido regular. Capitanear una tripulación llena de subordinados ambiciosos y traicioneros, que oscilan de lo preocupantemente capaz a lo peligrosamente incompetente ya era una actividad laboriosa de por sí. Coordinar tres tripulaciones fue un caos desde la misma raíz del concepto.

La logística, el número de miembros, el tener que lidiar con los otros dos capitanes... Cada uno de los tres tenía ideas distintas de cómo se debía enfocar toda la operación. Desde reestructurarse siguiendo un esquema similar al de los grandes sindicatos criminales, básicamente convirtiéndose en uno, hasta centrarse en la descentralización bajo el mando directo de los tres capitanes, primando operaciones de contrabando sobre la piratería.

Nactus por su parte se había atrevido a soñar con el potencial de independencia. Un mundo pirata semi-legítimo al margen del resto de la galaxia. Puede que incluso una dinastía de gobierno.

Pero todo había caído en saco roto.

No habían conseguido mucho más allá de organizar sus tres tripulaciones en una flotilla medianamente competente y asegurarse una base de operaciones bien escondida y segura. La rutina de sus operaciones seguía siendo la de costumbre: el asalto a cargueros y el traslado de las mercancías robadas, la toma ocasional de rehenes... nada nuevo bajo los soles de la galaxia.

Pero con el triple de dolores de cabeza y el no saber si tus órdenes serían obedecidas por la tozudez de los hombres que seguían insistiendo en obedecer solo a "su capitán", a pesar de que los tres capitanes tenían la misma autoridad y debían trabajar como un grupo unificado.

El pirata phalkata no había perdido por aquel entonces las esperanzas aún. Apenas llevaban un año con todo el tinglado. Había tiempo para mejorar, era cuestión de ir ejerciendo influencia y dejar claro a aquella colección de desastres sapientes que él era su mejor garantía como la mejor alternativa a elegir para el mando.

De los tres capitanes, estaba convencido de que él sería el único al frente al final de todas las cosas. Era sencillo presentarse como el capitán razonable, el que trataba mejor a sus subordinados, el que garantizaba el reparto justo de los botines... llegaría el momento en que las otras dos tripulaciones lo querrían a él como único individuo al cargo, y una vez conseguido eso...

Bueno, se había quedado todo en un sueño. El usar su flamante flotilla pirata para asaltar bases terrestres de forma directa, sojuzgar a otras tripulaciones menores para absorber tropas y recursos, el tomar territorio propio como un conquistador de antaño, negociar directamente con los grandes jefes del inframundo criminal de la galaxia sin tener que lidiar con intermediarios, ser visto como algo más que un ratero con una nave... todo quedó en nada.

Así que no, en retrospectiva las cosas no habían ido bien desde el principio pero nada auguraba el desastre. Nactus tenía muy claro cuál fue el punto de inflexión.

Tiarras Pratcha.

Como aquel médico consiguió convencerles de que se le permitiera unirse a ellos era algo que aún le dejaba pasmado, pero estaba claro que el viejo debía tener un pasado más allá de su bata blanca si sabía lidiar tan bien con criminales.

Pero la cuestión es que les había falta alguien que supiese de medicina. Que supiese de verdad, y no solo hacer apaños o primeros auxilios o las mutilaciones que algunos doctorcillos de tres al cuarto de los viejos puertos clandestinos llamaban cirugía.

No, un doctor de verdad era algo muy deseable, así que Nactus desoyó a su propio instinto cuando dio luz verde a la contrata de Pratcha y su traslado a la base de Krosus-4.

Estaba claro que el humano huía de algo y buscaba un escondite, usando a los piratas como tal. Que lo acompañasen aquel par de pipiolos atlianos que lo seguían a todas partes como polluelos recién salidos del huevo también era llamativo.

Habían circulado toda clase de historias entre las tres tripulaciones de la flotilla. Oficialmente el muchacho y la chica –hermanos, si no recordaba mal– eran los ayudantes de Pratcha, sus asistentes médicos y de laboratorio... pero las mentes de los piratas eran letrinas nutridas de pensamientos retorcidos y volaron rumores harto desagradables sobre su relación con el viejo.

Nactus nunca había hecho mucho caso a aquellas historias, aunque algunas de las más coloridas le dejaron claro que debía vigilar de cerca a algunos miembros de su tripulación si tenían que volver a lidiar con rehenes. Solo por si acaso.

Lo que estaba claro es que Pratcha era protector con aquellos dos como si fuesen familia de él, sobre todo con la chica. Y a fin de cuentas, cumplían con su trabajo. Joder, si fue el muchacho quien dio la advertencia el día en que se fue todo a la mierda...

Si solo hubiesen tenido que lidiar con una fragata... incluso con sus refuerzos... quizá, quizá hubiesen podido sacar todo adelante.

Pero no. El destino quiso rendirle cuentas de golpe y le echó encima a los putos Riders. ¡Los Riders! ¿¡Qué demonios iban a poder hacer contra los Riders!?

La fortuna le sonrió un poco al final, o tuvo piedad de él, porque estaba claro que estaban tan centrados en Pratcha –en serio, ¿qué hizo el viejo para que los mandasen a ellos?– que pudo escabullirse en una de las pocas naves monoplaza que quedaban intactas y aprovechar el caos orbital para salir del sistema, dejando atrás a su vieja nave, a su tripulación y todas sus aspiraciones...

Y así estaba ahora, malviviendo como contrabandista, con encargos de poca monta y ahogando sus penas en aquella roca sin nombre sobrecalentada a donde lo había traído su último trabajo.

Tiarras Pratcha, responsable de algo tan gordo que los mayores héroes de la galaxia habían ido en persona a por él. La verdad, hacía meses que no pensaba en el viejo y en sus polluelos.

Quizá por eso no la reconoció al instante. O quizá fue por los demás cambios.

Una sombra se posó sobre él. Sentado en su mesa, Ko Nactus alzó la vista y vio que tenía ante sí a una mujer atliana... como ninguna que hubiese visto jamás.

Los atlianos no eran de las especies más altas de la galaxia, ni de las más robustas. Tendían a ser esbeltos, delicados... Joder, los humanos eran quienes más se les parecían y el humano adolescente promedio tenía más músculo que muchos atlianos adultos.

Así que ver a una mujer atliana de unos dos metros de altura cruzada de brazos que poseían una musculatura que haría llorar de envidia a los angamot, gobbore e incluso a un primarca laciano no era algo que se viese todos los días.

Nactus notó algo familiar en el rostro de la muchacha... Pero no, no podía ser.

"Ha pasado un tiempo, capitán Nactus", dijo ella.

Las brillantes plumas verdes en la cabeza de Nactus se erizaron. Reconoció la voz, y ahora reconocía el rostro, pero...

"Eres la polluela de Pratcha", susurró, por imposible que le pareciera conciliar el recuerdo de la joven atliana de baja estatura que había conocido con la intimidante figura que ahora estaba ante él.

"Sí, soy Dovat. No debí esperar que recordase mi nombre."

Nactus la volvió a mirar de arriba a abajo.

"Tengo preguntas. Pero mi instinto me dice que estaré mejor cuanto menos sepa."

"Tiene un buen instinto, capitán."

Nactus bufó.

"Una lástima que no lo escuchase el día que os contraté junto con el viejo. Quizá no habría terminado todo con mi gente reventada por los Riders."

La expresión de Dovat, hasta ese momento cordial, se tornó seria. Nactus pudo ver como el rostro de la joven se ensombrecía con una emoción de ira contenida, apenas delatada por un ligero fruncimiento del ceño.

El phalkata juzgó que quizá sería mejor cambiar de tema.

"En fin, pasado está", dijo, intentando aligerar el tono de la conversación, "¿Qué haces tú aquí, chica?"

"Estancia temporal con mi hermano y un... asociado", respondió Dovat, "Y ahora mismo me había acercado a la cantina a ver si podía encontrar a alguien para un trabajo de transporte... delicado."

"Bueno, muchacha... desde que perdí a mi tripulación he estado haciendo trabajitos con otro carguero que tenía guardado en uno de mis viejos escondrijos y no le diré que no a más dinero... ¿cuánto pagas?", preguntó el viejo pirata para acto seguido dar otro trago a su bebida.

"Doscientos cincuenta mil créditos como adelanto. Otros doscientos cincuenta mil una vez confirmado el envío. Todos en bonos no registrados y no rastreables."

Nactus se atragantó. Tardó unos segundos en reponerse tras escupir la bebida.

"¿¡Quinientos mil cred...!?", comenzó a exclamar, cortándose en seco al darse cuenta de que otras orejas en la cantina podrían escucharlo, "Quinientos mil créditos... Eso es una locura para un trabajo de transporte... esos números solo se veían en las viejas tratas de esclavos y no pienso meterme en semejante mierda ¿Qué es lo que me estás pidiendo exactamente?"

Dovat se sentó en la silla vacía frente a él y se inclinó hacia adelante sobre la mesa.

"Dígame capitán, ¿está familiarizado con una organización conocida como los Operativos?", preguntó.

"Asesinos a sueldo, son malas noticias", dijo Nactus, "También hacen trabajos de mercenariado pero se les conoce más por hacerse cargo de objetivos individuales ¿Qué tienen que ver con todo esto?"

"La mercancía que necesito que mueva, con absoluta y total discreción, es una pequeña lanzadera y a sus tres tripulantes. Tres miembros de los Operativos."

Nactus no era tonto, sabía que debía decir no. Sabía que había algo en todo aquello que podría terminar mal.

No era tonto, maldita sea. Lo sabía.

Pero quinientos mil créditos... lo que podría hacer con quinientos mil créditos... contratar una nueva tripulación, comenzar de nuevo.

Ko Nactus aceptó.

El pirata phalkata intentó convencerse a sí mismo de que el nudo que sentía retorciendo su estómago no era su instinto llamándolo idiota a gritos.