sábado, 20 de marzo de 2021

003 TIARRAS PRATCHA

 

Sabía que mandarían a alguien a por él pero nunca se le ocurrió que serían ellos.

Tiarras Pratcha trabajaba apresurado aprovechando el poco tiempo que le quedaba. Alto y en buena forma pese a su edad, el viejo humano vestía únicamente un ajustado traje termal de protección para el trabajo en entornos peligrosos. El científico terminó de introducir el código que activaría el dispositivo que  pronto convertiría la computadora de su laboratorio improvisado en una caja muerta inservible, llevándose por delante el trabajo que había conseguido realizar allí los últimos meses bajo el auspicio de Ko Nactus y sus piratas. Excepto, por supuesto, la información más vital que ya había transmitido y dejado escondida en un rincón oculto de la red donde solo él o unos pocos más podrían encontrarla.

Ir a Krosus-4 había sido una buena idea, pero solo de forma temporal. Conseguir el patronazgo de Ko Nactus había resultado más sencillo de lo que había esperado tras su encuentro en Nosia. El phalkata era codicioso y tenía un ego fácil de alimentar con sueños de gloria. Proporcionarle la localización de un lugar recóndito para su proyecto criminal le había granjeado las simpatías de él y los otros dos capitanes piratas con los que Nactus había fundado su flotilla.

Comprometerse a contribuir en el desarrollo de armamento y vehículos, además de establecer una estación médica para los piratas, también había ayudado considerablemente a elevar el estatus de Pratcha entre aquella carroña semi-inteligente. A cambio: anonimato, protección y un lugar apartado donde poder seguir trabajando lejos del Concilio y, sobre todo, lejos de los Corps. Que le encontrasen no era un "¿y si?" sino un "¿cuándo?", y cuanto más consiguiese postergar el momento y más tiempo ganase para obtener las pruebas que necesitaba, mejor.

Pero el tiempo se acababa.

Y han mandado a los cinco, pensó, Deben estar desesperados, he debido acercarme más a la verdad de...

"¿Doctor?"

Con sus pensamientos interrumpidos, Pratcha se volvió. A la puerta de la estancia se hallaba Axas, su ayudante. El joven atliano, no muy distinto de un humano de su misma edad salvo por la piel verde y los ojos de un rojo brillante, lucía alarmado y casi sin aliento como si justo hubiese terminado de correr una carrera. A unos pocos pasos detrás de él, en la penumbra del pasillo mal iluminado, estaba su hermana Dovat, de piel azulada y ojos de un brillante ámbar.

"Axas...", comenzó Pratcha, pero un pitido le hizo volverse de nuevo a la computadora. Los monitores parpadeaban escupiendo líneas de código rojas. Chispas y humo comenzaron a brotar del viejo equipo. "Está hecho", suspiró, "Tenemos que marcharnos."

"Hemos preparado un pequeño esquife cerca de la salida secundaria", dijo Dovat, "Podemos llegar rápido si usamos los viejos túneles de mantenimiento."

Pratcha asintió. Alejándose de la computadora se acercó a la mesa más cercana donde un peculiar objeto descansaba suspendido en el aire, situado sobre un micro-neutralizador de gravedad. Se trataba de una esfera plateada de superficie liquida y cambiante. Pratcha la tomó con su mano enguantada y la esfera cambió de forma. Axas y Dovat observaron el proceso con una atención casi reverente. El objeto adoptó un aspecto que les recordó a uno de los viejos comunicadores a distancia que se usaban en generaciones pasadas, metálico y de forma rectangular, con lo que parecía ser un indicador luminoso circular en el centro. Pratcha lo situó en su cintura, donde habría estado la hebilla de un cinturón si su traje de una pieza hiciese uso de uno. La esfera transformada se adhirió de forma casi magnética y Pratcha pudo sentir una ligera corriente de energía emanando del dispositivo y recorriendo su cuerpo.

"Axas, dame la llave."

Axas se llevó  la mano al bolsillo izquierdo de su chaleco, sacando un pequeño cilindro metálico del tamaño de un cigarrillo. Se lo entregó a Pratcha, quién lo tomó con delicadeza levantando la pequeña pieza hasta sus ojos para mirarla más de cerca. En sus manos el pequeño cilindro se aplanó de forma instantánea, adoptando una forma similar a la de una tarjeta de información. Su tamaño era una correspondencia exacta con una ranura en el dispositivo que ahora reposaba en su cintura.

Recemos para que no tenga que usarla, pensó.

No pocos minutos después tendría que hacerlo.

 

******

 

Si el enemigo huye, dejadles marchar. Si inician hostilidades defendeos. La fuerza letal está autorizada en ese caso.

Esas habían sido las órdenes de Alma, y Avra iba a obedecerlas al pie de la letra. Avra siempre obedecía a Alma, Alma era su hermana mayor y la más fuerte de los cinco, y siempre tenía razón y por encima de todo Avra la quería más que a nada en el universo. Por eso, cuando los demás y ella se separaron en el hangar para tomar distintos túneles de acceso e iniciar la exploración del viejo complejo minero/industrial reconvertido en base pirata para localizar a un fugitivo, Avra no movió un dedo contra ninguno de los piratas que huían buscando una salida o simplemente se apartaban de su camino.

Pero respecto al puñado de idiotas que no tuviesen reparos en abrir fuego sobre ella... bueno...

La fuerza letal estaba autorizada en ese caso.

Por eso, cuando tras girar una esquina las descargas de los rifles de proyectiles acelerados impactaron sobre su casco y su torso causando apenas una ligera molestia punzante, Avra sonrió de oreja  a oreja al mirar al trío de pobres voluntarios para un experimento de reajuste de extremidades que se le habían presentado. La violencia, siempre que fuese dirigida de forma apropiada, era uno de los pocos desahogos sanos que le quedaba.

Tener más de un siglo de edad y madurez pero con un cuerpo de apenas quince años no hacía favores a la estabilidad mental.

El trío pirata parecía haberse quedado momentáneamente paralizado al constatar que ninguno de sus disparos había hecho mella en la Rider Blue. Avra se limitó a saltar hacia delante, con tal fuerza y velocidad que recorrió la docena de metros que la separaban de los piratas en un instante, girando en el aire para propinar una patada al que estaba en el centro. El impacto resonó en el pasillo, un crujir de huesos enfermizo y húmedo al que acompañó el breve quejido del pirata justo antes de salir despedido y terminar incrustado contra la pared de la bifurcación del pasillo a sus espaldas. Muerto en el acto.

Los otros dos piratas reaccionaron casi de forma instantánea. El de la izquierda retrocedió de un salto al tiempo que disparaba de nuevo con su rifle. El de la derecha había desenvainado una termoespada de silvacero e iniciado una acometida contra la Rider.

Avra tuvo que reconocer que estaban mostrando una entereza loable. No les sirvió de mucho.

Con un resplandor de luz azul una espada de aspecto cristalino y del mismo color, casi tan larga como su cuerpo, se materializó en las manos de Avra Aster.

Sonrió de nuevo, como el gato atrapando al canario.


******

 

Antos y Athea recorrían el mismo pasillo. Por lo visto los dos accesos que habían tomado se unían unas estancias más adelante antes de llegar a una sección de acceso a un nivel inferior.

Con un simple gesto de sus cabezas, comenzaron a descender. Antos iba delante. Athea le seguía. La Rider Black extendió su brazo izquierdo abriendo la mano, y con un resplandor pálido que ilumino el sombrío pasillo, un arco recurvado aparentemente sin cuerda y de gran tamaño, tan negro como su armadura, se materializó en sus manos. Acto seguido apuntó con él y sujetó con su otra mano la flecha de energía oscura que se formó de la nada en el arma, emitiendo un zumbido constante.

Y sin mediar más palabra, disparó. Cinco proyectiles, con gran rapidez en apenas unos pocos segundos como si el arco tuviese la cadencia de fuego de un cañón automático. Antos sintió las flechas disparadas a su espalda por su hermana pasando justo a ambos lados de su cabeza y las vio moverse en el aire tomando direcciones distintas hacia la oscuridad del pasillo que se abría ante ellos.

Los dos Riders oyeron los impactos y los quejidos de dolor. De entre las sombras surgieron figuras humanoides, piratas, vestidos con rudimentarios dispositivos de camuflaje y cayendo al suelo con las flechas aún clavadas que comenzaban desvanecerse en el aire.

"Parece que nos preparaban una emboscada", dijo Antos, "¿Cómo pudiste verlos?"

"No podía verlos", respondió Athea.

"¿Entonces como sabías donde estaban?"

Athea se encogió de hombros sin decir nada más.

Comenzó a descender los últimos escalones, pero al pasar a la izquierda de Antos y antes de adelantarlo, éste la detuvo con su brazo cortándola el paso. En un parpadeo, una lanza púrpura y brillante se había materializado en su mano derecha y Antos la lanzó al fondo del pasillo. Como respuesta recibieron un nuevo grito ahogado y el ruido de un arma pesada chocando contra el suelo. Una sexta figura, otro pirata más grande y corpulento que los demás, cayó de rodillas haciéndose visible al ser atravesado su torso por la lanza de Rider Purple.

Antos chasqueó los dedos y la lanza se deshizo en una nube púrpura para reaparecer en su mano. Se volvió hacia su hermana. Athea no podía ver su rostro tras el casco pero por su lenguaje corporal era obvio que Antos estaba sonriendo con suficiencia.

"¡Ja! Se te había pasado uno."

Athea no respondió inmediatamente. Se le quedó mirando con fijeza hasta que la postura de Antos comenzó a denotar nerviosismo, el incómodo silencio roto únicamente por los gritos y ruidos de batalla, explosiones y pánico en el resto de la base.

"No es una competición", dijo finalmente ella, "Vamos."

Antos suspiró y siguió a su hermana mayor, frotándose la nuca.

Tendría que haber ido con Avra, se dijo, al menos ella tiene sentido del humor.

 

******

 

Armyos había tenido suerte.

Tras entrar  por el acceso que había elegido tras separarse de sus hermanos no tardó en darse cuenta de que llevaba únicamente a lo que parecía una vieja sala de mantenimiento y almacenamiento de herramientas y piezas mecánicas.

Así que en vez de retroceder y desandar lo caminado, Armyos optó por un atajo.

Un resplandor naranja y cálido inundó la sala por unos segundos y Armyos sostenía ahora en sus manos un enorme martillo de guerra con el que golpeó el suelo a sus pies. La primera consecuencia de esto fue que ganó un acceso rápido y directo al nivel inferior. 

Repitió esto una vez más descendiendo otro nivel, lo que llevó a las dos siguientes consecuencias. La segunda consecuencia fue que aplastó a unos pocos piratas. La tercera consecuencia, que uno de los piratas supervivientes que no había salido corriendo y se encontraba caído en el suelo, apuntándole con un rifle de energía cargado y una expresión de puro terror era un phalkata al que Armyos reconoció al instante.

"Capitán Ko Nactus, supongo."

Armyos desmaterializó su martillo y mostró sus manos con gesto conciliador, "No estamos aquí por usted, capitán", dijo, "¿Dónde están sus dos compañeros?"

El phalkata escupió, con su ceño fruncido y las plumas de su cabeza erectas formando una corona verde brillante en torno a su cabeza. En ningún momento bajó su arma.

"Sí, claro, y yo he llegado a viejo creyéndome esas cosas", replicó el phalkata, "Y a esos dos hijos de puta seguramente ya los habéis reventado al llegar, estaban arriba con la flotilla en órbita."

"Ah, supongo que si... pero le aseguro que esta vez le conviene creerme", Armyos levantó un dedo como si estuviese explicando una lección en clase, "Los demás Riders y yo hemos venido a por un individuo muy específico, y no es usted. Pero seguro que lo conoce: Tiarras Pratcha."

"¿El jodido médico?"

"Vamos, Nactus... incluso usted debe saber que es más que un mero doctor en medicina."

Muy lentamente y sin apartar por un instante su mirada del Rider Orange, Ko Nactus hizo descender su rifle al tiempo que se incorporaba del suelo.

"Nunca le pedí detalles de lo que hacía si cumplía sus compromisos, y siempre ha cumplido. Él y los dos pipiolos que lo acompañan", Nactus soltó un bufido que podría haber sido una risa, "Joder, fue uno de ellos quien alertó que la fragata había encontrado la base, si no se hubiese ido todo a la mierda le habría pagado una noche en..."

"Capitán, por favor", interrumpió Armyos, "Centrémonos. El Doctor Pratcha ¿dónde puedo encontrarle?"

"Tiene una especie de labo montado en el subnivel 5. Está cerca de varios túneles de acceso y mantenimiento que conectan con algunos conductos mineros. Así que si ha sido listo ese viejo cabrón quizá ya esté a kilómetros de aquí."

Bueno, pensó Armyos, si eso es cierto quizá no tengo tanta suerte.

 

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