lunes, 5 de diciembre de 2022

095 DÍA SEGUNDO (V)

 

Avarra.

Nada más salir del hiperespacio justo por encima de las capas más altas de la atmósfera del planeta, sintieron su presencia.

Fue como una súbita presión impregnando todo, aún a miles de kilómetros de distancia.

Chocó contra las mentes y las mismas almas de los Riders como el oleaje contra las rocas. Cayó como un gran peso sobre sus espíritus, acompañado de una oleada de miedo e intimidación. Los Dhars, sintiendo inmediatamente la inquietud de sus jinetes, rompieron formación y comenzaron a volar erráticamente.

“¡Tranquila, peque! ¡Tranquila!”, gritó Alma Aster en el interior de su silla-módulo, al tiempo que intentaba centrar su mente en el lazo psíquico que compartía con Solarys para calmar a la gigantesca criatura.

Sus hermanas y hermanos llevaban a cabo el mismo acto con sus respectivos Dhar Komai. Algunos, como Adavante o Tempestas, se calmaron enseguida, pero otros requirieron un esfuerzo mental extra, como en el caso de Volvaugr y sobre todo el de Sarkha. El Dhar Komai negro de Athea Aster siempre había sido el más impredecible e independiente de las bestias draconianas de los Riders, e incluso tras conseguir apaciguarlo podía percibirse como la criatura parecía estar en mayor tensión que los demás.

“¿¡Qué cojones ha sido eso!?”, exclamó Avra Aster, recuperando el aliento e intentando ignorar como los latidos de su corazón se habían acelerado.

“Algún… algún tipo de proyección espiritual, supongo”, comenzó Armyos.

“No”, interrumpió Antos, “Eso era poder puro, sin contención. No oculta su presencia… es lo contrario de lo que hacemos nosotros, siempre mantenemos nuestro poder contenido hasta cierto punto.”

“Si lo hemos sentido aquí arriba, no quiero imaginar el daño psíquico pasivo que puede estar causando en la superficie a las tropas del concilio o a la población en evacuación”, dijo Alma.

“Lo creas o no, lo estarán llevando mejor que nosotros”, explicó Antos, “Nuestra conexión con el Nexo nos hace más sensibles a… bueno, a eso. Una persona normal no tiene los sentidos lo suficiente afinados para recibir un golpe así de lleno, no importa a qué especie pertenezca.”

“Así que además del riesgo físico nos arriesgamos a un daño psíquico si nos enfrentamos directamente con Keket”, observó Athea.

“Genial, esto mejora por momentos”, gruñó Avra, “¿Nos dejamos ya de cháchara?”

En el interior de su silla-módulo, Alma Aster asintió. Aunque los demás no podían ver el gesto sintieron su resolución a través del lazo que los unía.

“Procederemos como cuando apoyamos a la Balthago en Krosus. Los Dhar Komai con la flota y nosotros en el planeta”, comenzó, observando la disposición de la flota del Concilio y su infructuosa batalla contra los constructos piramidales, “Tres Dhars para cada pirámide, manteniendo distancias y atacando en busca de puntos vulnerables. Mientras tanto nosotros saltaremos a la superficie.”

La silla-módulo en el lomo de Solarys se abrió y Alma Aster emergió, dejando que la ingravidez la extrajese sin esfuerzo. Los demás Riders siguieron su ejemplo, observando el planeta bajo ellos.

“No resulta difícil determinar dónde se encuentra ella a pesar de todo lo expansivo de su presencia”, dijo Athea.

“Cierto. Sigue situada en las coordinadas de lo que queda de la capital. Y apostaría a que ya sabe que estamos aquí”, respondió Alma, “Preparaos para el descenso.”

“Muy bien. Seré yo quien lo pregunte”, añadió Avra, con una sonrisa lobuna oculta por su casco, “¿Cráter o Destello?”

 

******

 

Keket estaba exultante. Por primera vez en cientos de milenios tenía que hacer un esfuerzo para mantener la compostura y no caer en risas juveniles.

Aún no la tenía en su mano extendida sobre el suelo cristalizado, pero podía sentirla moviéndose bajo la superficie, ascendiendo a su llamada a pesar de todos los irritantes sellos de protección mágica que había encontrado a diversas profundidades.

El fragmento de su corona quebrada pronto rompería la última barrera y volaría a sus manos desde los abismos en donde había sido sepultado hace milenios.

Fue en ese instante cuando volvió a sentirlos. Se habían tomado su tiempo desde su llegada hasta ahora. Keket presumió que, al igual que con los Rangers de antaño, su presencia y la presión generada por su poder en los ámbitos del espíritu y el alma habían causado cierto nerviosismo y descontrol entre los recién llegados Riders.

Eso la tranquilizó, la hizo ignorar y aplastar la semilla de incertidumbre que habían sembrado el día anterior.

Pero ahora parecía que habían conseguido centrarse, y Keket sintió un estallido de poder en las alturas a miles de kilómetros de distancia…

… replicado casi instantáneamente y de forma explosiva a sus espaldas.

Cinco destellos de color y energía inundaron el área a unos cincuenta metros de su posición. El poder desatado en forma de onda expansiva habría arrojado por los aires a cualquier otro desafortunado ser que estuviese cerca del área, pero Keket se mantuvo firme.

No se movió ni un milímetro, ignorando el aire y la nube de escombros volando a su alrededor. En ningún momento retrajo su brazo extendido, manteniendo su palma abierta hacia el suelo.

Los destellos de luz se atenuaron y la humareda levantada se disipó. Y frente a ella la Reina de la Corona de Cristal Roto pudo ver por fin a los Riders en persona. Resultaron ser una visión familiar y extraña al mismo tiempo.

Las armaduras de los antiguos Rangers solían imitar a tejidos, buscando flexibilidad pareja a la protección, con sus cascos y ocasionalmente otras piezas de vestuario menores siendo los únicos materiales rígidos. Pero a pesar de los cientos de variaciones entre escuadrones, la constante es que la armadura era obviamente un traje.

En cambio, las armaduras de los Riders parecían casi una segunda piel blindada que abrazaba el cuerpo y musculatura de su portador, de un material brillante y que extrañamente le recordó a su propio cristal. Había algo orgánico en ellas, al tiempo que daban la impresión de ser luz sólida, materializada por pura fuerza de voluntad. El aspecto metálico de los cascos, ornamentados con detalles draconianos, era el mayor factor de divergencia.

Había también otros detalles mejores que solo podía percibir si se concentraba, aunque fuese solo un poco.

La armadura del Rider púrpura, delgado y esbelto, parecía emitir constantes y pequeños destellos a cada movimiento, como si bajo su cristalina superficie hubiese minúsculas explosiones de poder contenido. La azul, baja y musculosa, chisporroteaba ocasionalmente con pequeñas chispas de electricidad en sus articulaciones. El naranja – ¿o quizá era alguna variación de dorado?– refulgía como si reflejase llamas sobre su corpulento físico. La Rider de la armadura negra, de complexión atlética, parecía una sombra viviente absorbiendo la luz. Era algo que Keket abría aprobado si no fuese por el aura de pálida y tenue luz blanca que parecía emitir en contraste.

Finalmente, adelantada al resto, la Rider de la armadura roja. De físico fuerte aunque sin llegar a los niveles de la azul y el naranja. La más alta de los cinco y lo más probable, como solía ser habitual con aquellos que lucían armaduras de tan detestable color, la líder. Su armadura era de un rojo profundo y vivo, casi sanguíneo, dando la impresión de tener una superficie en constante movimiento. Una capa ondeaba a su espalda. Era la única con semejante añadido.

“Keket”, dijo. Fue tanto una afirmación como lo más parecido a un saludo que iba a recibir.

La Reina de la Corona de Cristal Roto sonrió con la gracia de un monarca.

“Rider Red, presumo.”

Y en ese instante, con un sonido seco al atravesar el suelo quebradizo, un fragmento de cristal ambarino emergió junto a sus pies y voló hasta su mano.

Los Riders sintieron el cambio al instante. Las Cinco Luces del Universo retrocedieron un paso al unísono, por puro instinto. Sus armas se materializaron en sus manos en un instante.

Curioso, pensó Keket, sus armas son proyecciones de poder y no objetos físicos. Hasta en eso son diferentes.

“Riders”, dijo, dejando de lado sus pensamientos, “Ayer cometisteis un pecado imperdonable contra mi persona. Mi primera conquista, mi nueva cuna para mis esquirlas, borrada de la existencia por vuestros actos.”

Keket giró el fragmento ambarino de su corona sobre la palma de su mano, observándolo mientras hablaba.

“Por ello os arrebataré lo que os resulta más querido. Un mundo por un mundo, por desgracia no voy a poder malgastar mi tiempo con vosotros aquí y ahora”, prosiguió, “Ya tengo lo que he venido a buscar.”

La respuesta de Alma Aster fue un nombre.

“Athea.”

La última vocal apenas había abandonado sus labios cuando el proyectil disparado por la Rider Black ya surcaba el aire en dirección a la mano de la Reina Crisol. Buscando arrancar aquel fragmento de la misma. Ninguno de los Riders sabía exactamente qué era aquella cosa, pero incluso con un vistazo superficial a la Reina pudieron atar cabos.

Sobre el rostro desconcertantemente humano de Keket descansaba una corona de cristal ambarino fragmentada, y si aquel pedazo en sus manos era la parte necesaria para completarlo… Bueno, Alma no sabía exactamente qué ocurriría, pero todos sus instintos le estaban gritando para impedir que aquella corona volviese a estar completa una vez más.

Y así, la flecha de energía oscura de Athea voló veloz y certera hacia su objetivo.

Para frenar en seco en el aire, a menos de un centímetro del pedazo de cristal en la mano de Keket. Los Riders pudieron sentir de nuevo el poder emanando de la Reina cuando su mera fuerza de voluntad materializada en un acto de telequinesia frenó el ataque de Rider Black apenas sin esfuerzo.

“Loable”, dijo Keket al tiempo que tomaba la flecha entre sus manos, antes de que esta se disolviese, “Hum, energía pura condensada. He visto ataques similares, aunque ejecutados de forma menos elegante en el pasado. Mis felicitaciones.”

La Reina de la Corona de Cristal Roto comenzó a levitar, alzándose varios metros por encima de los Riders, “Pero como ya he dicho, no pienso malgastar tiempo con vosotros. Sois apenas una sombra de lo que eran mis antiguos enemigos, y mi nueva Guardia Real será más que suficiente para lidiar con vuestro limitado poder.”

“¿Guardia Real?” musitó Antos.

Keket hizo caso omiso y chasqueó los dedos. El suelo a una docena de metros frente a los Riders estalló y cinco figuras emergieron de un salto, situándose ante los Aster adoptando posiciones de combate.

Las cinco figuras eran esquirlas humanoides, sin ningún rastro morfológico significativo que delatase sus especies de origen. Pero a diferencias de otras esquirlas, solo una de ellas presentaba un cuerpo cristalino de un negro oscuro como el de la noche profunda. Las otras cuatro eran de cromatismos más vivos: rojo, amarillo, azul y rosa.

Sus cuerpos, más robustos y mejor proporcionados que los de una esquirla común, parecían esculpidos en piedras preciosas. Y sus rostros…

“¿Pero qué coño…?”, dijo Antos.

“Sus cabezas, sus rostros, parecen…”, comenzó Armyos.

“Se asemejan a nuestros cascos”, dijo Alma, “O quizá, a los cascos de los Rangers.”

“Imitaciones”, dijo Athea.

“No”, replicó Keket, “Reflejos. Reflejos del fracaso de vuestros predecesores y del vuestro. Mi Guardia Real va a…”

Una carcajada cortó en seco a Keket.

Avra Aster estaba agachada, con sus manos sobre el estomago, partiéndose de risa.

Los demás Riders no bajaron la guardia, pero no pudieron evitar mirar con desconcierto a su hermana pequeña. Frente a ellos, las esquirlas de la Guardia Real de Keket mantuvieron sus poses de combate, pero ligeros movimientos casi imperceptibles delataban cierta sorpresa ante lo que estaban presenciando.

En el aire, Keket observaba intentando evitar que la perplejidad se reflejase en su rostro.

“Uh… ¿Avra?”, preguntó Antos con cierto nerviosismo, “¿Y este ataque de histeria?”

Las carcajadas de la Rider Blue se volvieron más entrecortadas al tiempo que recuperaba el aliento y señalaba a Keket.

“¡Aaay, ja, ja, ja! ¿Mierda, es que no lo veis?”, preguntó, “¡Está cagada de miedo!”

Un silencio sepulcral cayó sobre el área. El rostro de Keket era una máscara inexpresiva. Avra siguió hablando, señalándola a ella y a su Guardia Real.

“Es que está clarísimo… si no fuese así ahora mismo nos la estaríamos viendo con tus esquirlas de toda la vida, como las que encontramos en la luna de Valphos. Pero te acojonamos tanto que te has tenido que sacar de la manga a estas ediciones especiales de colorines, y además plagiando nuestro rollo. Que carencia de estilo, joder.”

La Reina Crisol se mantuvo en silencio y sin que ni un milímetro de sus rasgos faciales se moviese. Pero un aumento en la presión del aire denotó una irritación creciente. Avra sonrió bajo su casco y haciendo caso omiso siguió hablando.

“Así que ahórrate el rollito de que estamos por debajo de tu consideración o demás gilipolleces de que solo somos una sombra de tus viejos enemigos… Lo que hicimos ayer te habría forzado a cambiarte los pantalones si los usases”, dijo la Rider Blue, para rematar con una reverencia burlona, “Su Majestad.”

Se hizo de nuevo el silencio. Los Riders observaban a su hermana con una mezcla de asombro y horror, pero también cierto orgullo. Keket mantuvo su mirada fija en la guerrera de color azul, al tiempo que cerraba su puño sobre el fragmento ambarino de su corona.

Una única palabra delató lo que sentía realmente tras oír todo aquello.

“Matadlos.”

La Reina Crisol salió disparada hacia las alturas, volando a los cielos con una detonación de poder explosivo al desplazar una gran masa de  aire con su brusco movimiento.

Al mismo tiempo, las cinco coloridas esquirlas de la Guardia Real se arrojaron contra los Riders.

Y Avra Aster, con su espadón materializándose una vez más en sus manos, rió de nuevo.

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