sábado, 26 de junio de 2021

028 QUIÉN PUEDES LLEGAR A SER

 

El centurión fue una sorpresa para Dovat.

Oh, supo lo que era nada más verlo. Había leído informes y visto grabaciones de infestaciones pasadas y enfrentamientos de los Riders con ese tipo de criaturas en múltiples ocasiones. Lo que la extrañaba era lo temprano de su presencia. Era aún demasiado pronto en el ciclo interno de la infestación para que centuriones garmoga comenzasen a aparecer.

Algo olía a podrido en todo aquello.

El centurión golpeó extendiendo su brazo izquierdo. Los dedos al final de la extremidad se fundieron formando una hoja afilada que se extendió hacia delante con gran rapidez al tiempo que se producía el golpe. De no ser por sus nuevos reflejos, Dovat habría sido atravesada de lleno.

Haciéndose a un lado, la joven atliana agarró el brazo extendido del garmoga y tiró de él al tiempo que propinaba una fuerte patada al torso del ser. El brazo fue arrancado de cuajo y una nueva masa de fluido negruzco y alquitranado la salpicó de lleno. El centurión retrocedió, llevándose la otra mano al muñón desgarrado al tiempo que emitía unos chirridos de dolor.

Sin mediar más palabra, Dovat tomó el brazo arrancado, aún configurado como una suerte de espada improvisada, y golpeó al centurión garmoga en el cuello con él. La fuerza del golpe fue tal que la decapitación resultó instantánea.

En todo ese tiempo, el resto de drones los habían estado rodeando pero manteniendo sus distancias, observando. Dovat pensó con un escalofrío que parecían evaluarla.

Los ojos rojizos y mecánicos incrustados en sus carnes grises nunca le habían recordado tanto a cámaras de grabación como hasta en aquel momento. Como si los garmoga fuesen una mera extensión usada por algo para observar a distancia. No era un pensamiento agradable.

Pero tendría que dejar las divagaciones para el futuro, si es que sobrevivía. En el momento que la cabeza cercenada del centurión tocó el suelo, el enjambre entró en movimiento de nuevo. Cientos de drones se abalanzaron sobre ella.

Dovat saltó hacia lo alto, girando sobre sí misma como una peonza y sacudiéndose de encima a aquellos drones que se habían acercado demasiado. En el aire, un dron de considerable tamaño la embistió. Aquellos monstruos no podían revolotear pero estaba claro que podían saltar a distancias y alturas muy respetables.

El impacto la hizo atravesar un edificio, plataformas de seguridad y un par de chabolas improvisadas sobre los tejados antes de terminar en una de las azoteas. Apenas había comenzado a incorporarse cuando los drones estaban ya de nuevo cayendo sobre ella.

Dovat sintió una punzada de dolor por todo el cuerpo, como un calambre simultáneo en todos sus músculos. Un tenue pitido llegó a sus oídos y vio la luz de la esfera mórfica en su pecho. El resplandor azul era más tenue y los parpadeos rojos se estaban incrementando.

Esto no es bueno, pensó, No me queda mucho tiempo, y si sigo así...

Otro centurión cayó en la azotea justo frente a ella. Era algo más grande que el anterior y su forma humanoide lucía más deforme. Parte de su gran tamaño se debía a una suerte de enorme bulto en su espalda del cual emergía un tercer brazo mecánico segmentado como si fuese una cola de escorpión, rematado en un apéndice aserrado con el que intentó golpear a Dovat.

Dovat agarró el apéndice y sintió como se clavaba en su carne a pesar de la armadura. Pese a estar muda e incapaz de vocalizar, parecía que aún podía emitir algunos sonidos. Gritó de dolor.

Ignorando la punzada de los cortes en sus manos y la creciente sensación de agarrotamiento que recorría su cuerpo, Dovat tiró con todas sus fuerzas y arrojó al nuevo centurión fuera de la azotea, a los suelos de las calles inferiores. Apenas lo había soltado cuando pudo oír a sus espaldas de nuevo el sonido del resto del enjambre dispuesto a asaltarla una vez más.

Soltó un suspiro frustrado. En aquel momento sintió cierta envidia de los Riders. Aún cuando estaban solos, ellos tenían armas. Ella parecía no poseer ninguna. Y tenían siempre sus espaldas cubiertas al lidiar con drones en gran número, con la ayuda de los Dhars.

Pero yo no tengo un dragón gigante que ejerza control de masas descargando oleadas de plasma ardiente en el enemigo, pensó, Lo único que tengo...

El sonido de disparos de gran calibre inundó el aire. La masa de drones a espaldas de Dovat vio cortado su avance en seco y muchos de ellos terminaron convertidos en masas informes por los impactos de las descargas de energía acertando de lleno. Una cortina de proyectiles se extendió entre Dovat y los drones, escudándola y diezmando a un gran número de los ejemplares más cercanos.

La joven atliana alzó la vista. Allí estaba, volando sobre ella, su lanzadera. Con un par de cañones que estaba bastante segura que no formaban parte del equipamiento estándar de la nave hace unas semanas, pero eso sería algo que dejar también para una charla más adelante. En aquel momento se limitó a sonreír.

No, Dovat no tenía un dragón enorme guardando sus espaldas.

Tenía a su hermano.

 

******

 

Axas nunca había disparado armamento de aquel calibre. Lo encontró alarmantemente sencillo. La idea de que matar pudiese ser tan fácil de aprender, al menos desde el punto de vista técnico, se le antojaba muy incómoda.

Claro está, en lo referente a lidiar con garmoga, dicha incomodidad era poco menos que inexistente, substituida por una fijación clara y precisa de mantener a su hermana a salvo y de paso quizá conseguir un poco de venganza por lo sucedido a sus padres.

Solo un poco.

Sentado a su lado en la cabina de mando Ivo Nag maniobraba la lanzadera con una gracilidad y precisión de movimientos que Axas nunca hubiese esperado de la vieja nave.

Algo que quedaba constatado por los ruidos de metal tensado y el fuselaje y motores llevados al límite. De ser una criatura viviente, la nave estaría emitiendo quejidos por el excesivo esfuerzo.

"Ella puede hacerse cargo de los que se acerquen, pollito", explicó Nag, "Pero necesitas limpiar la zona a su alrededor para que no la abrumen y para que podamos bajar a recogerla."

"Entendido", respondió Axas, y continuó disparando. Además de las rápidas descargas de energía soltó un par de proyectiles físicos que estallaron en llamas de plasma llevándose por delante a un par de centenares de garmoga varias azoteas más allá y en las calles de abajo.

"¡Reserva esos misiles para cuando hagan falta de verdad, maldita sea!", graznó Nag al tiempo que movía a la nave de posición con un brusco tirón, esquivando una embestida de drones voladores, "No sabemos cuándo..."

Dejó de hablar, como perplejo ante algo.

"¿Doctor?", preguntó Axas.

"Pollito, eres más joven que yo y tienes mejor vista... mira al norte y dime que no soy el único que lo ve."

Axas apartó la vista del punto de mira por un instante, y miró en la misma dirección que Nag. Pudo verlo. Entre los escombros de un sector abandonado de La Zanja, donde la infestación parecía medrar en mayor número si la masa de drones era indicativo de ello, un resplandor verde flotante en el aire del cual drones y centuriones emergían de forma constante. Un portal.

Y a su lado, una enorme masa metálica, como un enorme huevo. Vibraba y palpitaba con la vida que se formaba en su interior. De cuando en cuando algún dron tocaba su superficie y era absorbido por la masa, fagocitado.

Una quimera garmoga en gestación.

"Tenemos que recoger a tu hermana. Ya", dijo Nag.

 

******

 

Tras un instante suspendida en el aire sin hacer nada, la lanzadera volvió a ponerse en movimiento con una nueva descarga de disparos sobre los drones. Dovat había dando cuenta de otro centurión que había emergido desde niveles inferiores el edificio abriendo un boquete en el suelo de la azotea al pie de ella.

La atliana vio como la nave intentaba descender tras despejar parte del área. La puerta lateral se abrió y Dovat pudo ver a su hermano llamándola, haciendo gestos para que se acercase.

Pese a lo afinado de sus sentidos le costaba oírlo. El ruido de los drones se intensificaba y la sensación de agotamiento parecía comenzar a trascender más allá de su cuerpo. Un leve mareo la hizo trastabillar al tiempo que comenzó a caminar hacia la nave.

En su pecho la luz de la esfera mórfica ya no presentaba un resplandor azul con ocasionales parpadeos rojizos. Si acaso el patrón se había invertido y la luz era ahora de un rojo intenso interrumpido por leves destellos azules que decrecían en intensidad. El simple hecho de dar un paso comenzaba a parecer un esfuerzo.

En ese momento, uno dron saltó hacia la lanzadera. Era uno de los grandes, quizá el más grande que Dovat hubiese visto hasta entonces. Si aquella cosa embestía a la nave esta tendría problemas para mantenerse en el aire.

Ivo Nag tenía buenos reflejos. Vio venir al dron y comenzó a mover la lanzadera. Axas estuvo a punto de perder el equilibrio y caer ante el brusco viraje.

Para Dovat todo estaba sucediendo como a cámara lenta. Pese a la maniobra de Nag, la corta distancia y velocidad de movimiento del dron garantizaban el impacto.

No, pensó.

Era algo inevitable. Podía casi verlo. Aquella cosa chocando, la lanzadera cayendo. Con suerte estallando y dando una muerte rápida a sus ocupantes.

No.

Fue por puro instinto. O quizá no. La sensación de una presencia que había sentido en el trasfondo de su mente se acentuó de nuevo. Como si alguien estuviese sobre su hombro, susurrando a su oído. Dándole instrucciones.

Dovat supo que debía hacer.

Alzó sus brazos, con los puños cerrados. Los entrecruzó ante sí, en forma de X, como si se escudase. Pero en su mente brilló algo muy distinto de un escudo.

NO.

De sus brazos en cruz surgió un haz de energía luminosa de color blanco con ligero tinte azul, acertando de lleno al dron garmoga, volatilizando a la criatura en el aire antes de que impactara contra la lanzadera.

Por un instante se hizo el más absoluto silencio. Todo el enjambre garmoga pareció quedarse paralizado ante lo que acababa de ocurrir. Dovat cayó de rodillas.

El enjambre se puso en movimiento de nuevo, furioso. El chirrido de los garmoga inundó el aire y en su posición Dovat no pudo oír la advertencia de Axas cuando la lanzadera se vio obligada de nuevo a apartarse por el gran número de las criaturas.

Algo la golpeó, y Dovat salió arrojada por los aires. Sintió una punzada de dolor en el pecho mientras caía, pero estaba bastante segura de que en esta ocasión no tenía nada que ver con la esfera mórfica. Solo unas mundanas y predecibles costillas rotas.

Chocó contra el suelo tras atravesar otro edificio de lleno, emitiendo un quejido de dolor. Lo primero que notó, cuando su cabeza dejó de dar vueltas, fue el resplandor verde. Era una luz enfermiza, había algo antinatural en ella que sugería enfermedad y muerte.

Dovat enfocó su vista y vio que estaba en algún tipo de plaza. Una enorme masa de drones la rodeaba pero manteniendo la distancia. A varias decenas de metros a su izquierda, una gigantesca y palpitante masa metálica vibraba.

Una quimera, pensó, Dioses...

Un chirrido metálico, extrañamente articulado, llamó su atención haciéndola mirar al frente.

Un portal, responsable del resplandor de luz verde, flotaba en el aire. Hasta hace unos instantes había estado escupiendo drones y centuriones garmoga, pero en aquel momento dicha actividad parecía haber cesado. Tres centuriones se situaban frente a la formación de energía, sus oscuras siluetas recortadas por la luz, observando a Dovat. La situación se le antojó extrañamente formal.

¿Van a ejecutarme?, pensó.

El centurión central, visiblemente mayor que sus compañeros, emitió otro par de sonidos metálicos al tiempo que la señalaba para acto seguido hacer un gesto hacia el portal. Los otros dos asintieron y comenzaron a avanzar hacia ella.

No, no van a ejecutarme. Quieren llevarme con ellos de vuelta a través de esa cosa.

El pensamiento la hizo temblar de terror e intentó levantarse, pero apenas pudo incorporarse. Con alarma, se percató de que la armadura sobre sus piernas y brazos comenzaba a parpadear, a transparentarse, dejando entrever la piel bajo ella.

La esfera mórfica brillaba casi en su totalidad en rojo, emitiendo una serie de pitidos que taladraban su cerebro.  

Los dos centuriones se acercaron, dispuestos a prenderla, cuando estallaron de golpe recibiendo impactos desde el aire, como tantos otros drones alrededor. El enjambre se alzó, en un caos constante, bajo la lluvia de energía escupida por los cañones de la lanzadera.

Por segunda vez, Axas e Ivo Nag habían acudido en su ayuda. En la cabina de mando el viejo phalkata se aferraba a los controles de pilotaje al tiempo que Axas disparaba los cañones en todas direcciones como si estuviese poseído, creando una cortina de muerte alrededor de su hermana, manteniendo a los drones y centuriones alejados de ella.

"¡Los misiles pollito!". Gritó Nag, "¡Suéltalos todos y convierte esa plaza en un jodido desierto de tierra quemada!"

Dovat vio como una oleada de proyectiles salía de la lanzadera y caía a plomo hacia el suelo. Con un último esfuerzo y un grito mezcla de dolor y de furia, Dovat saltó de nuevo, elevándose por el aire hasta chocar contra la fachada más cercana. Desde esa posición, comenzó a trepar hundiendo manos y pies en el cemento y metal, ascendiendo a la carrera hasta la azotea al tiempo que el suelo de la plaza bajo ella se convertía en un mar de llamas de plasma.

El portal comenzó a vibrar, emitiendo descargas de energía, relámpagos verdes que comenzaron a impactar contra todo lo que había a su alrededor. La descarga de plasma y energía cinética de las explosiones lo estaba desestabilizando.

Si esa cosa estalla... puede llevarse medio continente consigo...

De nuevo, la sensación en su cabeza. Una idea surgida de la nada. No sabía cómo, pero estaba segura de que funcionaría. La energía era energía, después de todo. La clave del mismo Nexo. Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma.

Un sonido ensordecedor inundó el aire. Bañado por el plasma, el cascarón de la crisálida garmoga se había abierto y la recién nacida quimera había emergido. Como muchas de las quimeras del pasado, su aspecto era único, como una mezcolanza de criaturas. El cuerpo del gigantesco ser, de unos sesenta metros de altura, parecía insectoide aunque ligeramente antropomorfizado. La cabeza en cambio presentaba rasgos reptilianos, con una mandíbula inferior segmentada, y una suerte de melena o collar de pelaje en torno al cuello.

Mientras presenciaba el grotesco nacimiento, Dovat pudo oír a la lanzadera descendiendo a unos pocos metros detrás de ella y a Axas llamándola de nuevo desde la puerta de carga. La joven atliana se incorporó y se volvió hacia su hermano.

"¡Dovat! ¡Maldita sea, tenemos que irnos!", gritó Axas al tiempo que gesticulaba indicándola que se acercase.

Dovat sonrió a su hermano, aún sabiendo que él no podía ver aquella sonrisa. Negó con la cabeza.

"¿Dovat?", musitó Axas.

Se giró de nuevo y echó a correr hacia el borde de la azotea.

"¡Dovat, no!"

Sus piernas le pesaban. Y también sus brazos. Toneladas. 

La luz roja en su pecho brillaba con intensidad y una sensación de ardor comenzó a extenderse por todo su cuerpo desde los pulmones. Su armadura se transparentaba y parpadeaba en distintos segmentos, como si estuviese a punto de desintegrarse totalmente.

Dovat saltó, arrojándose de lleno hacia el portal de los garmoga. 

Sabía que lo que iba a hacer la mataría con total seguridad, pero era también la única forma que se le ocurría de cerrarlo que no implicase mayor destrucción.

El portal era energía. La esfera mórfica era energía del Nexo, cada vez más inestable. Se anularían mutuamente, redirigiendo la energía del portal. En vez de ella cruzándolo, el portal sería absorbido por su cuerpo como una batería hambrienta. Una batería que no sobreviviría a dicha carga.

Pero al menos habré cortado el acceso de los garmoga. Al menos eso ganará más tiempo y dará más oportunidades a los Riders de salvar este mundo sin que se pierdan más vidas. Esto no es lo que quería, pero puedo vivir con ello lo poco que me queda.

Sonrió mientras caía, pidiendo disculpas a Axas. Pensando en que pronto vería a sus padres y al tío Tiarras. Su cuerpo chocó contra el portal.

Ocurrieron muchas cosas en muy poco tiempo, en ese preciso instante.

Posiblemente el fragmento de tiempo más decisivo en la historia reciente de la galaxia desde que cinco jóvenes vieron sus almas ligadas al poder que emanaba de todas las cosas vivas.

Dovat pudo sentirlo. Esa misma presencia que había estado agarrada a su subconsciente desde que despertó tras la operación. 

Un sentimiento de... aprobación.

Dovat sintió el poder abrazando su alma.

En ese preciso instante, a años luz de distancia, en un mundo controlado por los garmoga, un portal se disipó en silencio dejando solo tras de sí una voluta de humo verde ante la perplejidad de la horda de monstruos a su alrededor.

En Cias, en el punto en que Dovat chocó contra el portal, ahora se alzaba un pilar de luz azul deslumbrante. Un ruido como el de mil truenos resonó a lo largo y ancho del planeta.

Axas observaba desde la puerta de la lanzadera, con ojos llorosos y expresión de puro asombro.

En la superficie, los garmoga huían despavoridos de la luz. La gigantesca quimera recién nacida retrocedió varios pasos, sintiendo miedo por primera vez en su breve existencia.

La luz se disipó, y en su lugar ahora había una figura humanoide.

Dovat. Su roja y plateada armadura completa de nuevo, limpia y sin ningún tipo de desgaste. La esfera mórfica en su pecho brillando con un potente resplandor blanco. Por unos instantes la joven no se movió, como si ni ella misma estuviese segura de qué había ocurrido.

La quimera garmoga rugió, desafiante, ante la presencia de aquel nuevo intruso.

Dovat se giró hacia la bestia. Con pasos que retumbaron contra el suelo tomó posición de combate, mirando a la quimera cara a cara sin ninguna dificultad.

Gracias a la envergadura de su ahora gigantesco cuerpo, de estatura similar a la del monstruo.

Desde la cabina de mando de la lanzadera que sobrevolaba la escena le llegó la risa eufórica y casi histérica de Ivo Nag.

martes, 22 de junio de 2021

027 MODIFICACIÓN

 

Puede que esta no haya sido la mejor idea que hubiese podido tener, pensó Dovat.

Tras saltar desde la azotea, dejando atrás al doctor Nag y a su hermano y salvado a la familia de Resva y ganado tiempo para tantos otros que aún ascendían hacia lo alto del  edificio, Dovat había vuelto sin dudarlo junto a los garmoga. 

Estaba dispuesta a dar combate sin cuartel a los monstruos para asegurarse de que el mayor número posible de supervivientes tuviese una oportunidad de ponerse a salvo y abandonar el planeta o hallar un refugio temporal.

Puede que estuviese algo borracha de poder. Su carencia de indecisión en volver de lleno al corazón de la marabunta de bestias que arrasaba las calles de La Zanja parecía corroborarlo. Pero aún con eso no se había hechos ilusiones de que ella sola podría frenar toda una infestación garmoga a nivel planetario.

A decir verdad, el simple hecho de contener la oleada de monstruos en un único punto comenzaba a ser una labor francamente difícil, incluso con sus nuevos poderes.

No se terminan nunca, se dijo.

Tras el salto, Dovat descendió tras la primera línea de avance de la oleada de la calle principal. Su impacto en el suelo llegó acompañado de otra descarga de energía que esparció a los garmoga a su alrededor. Los más afortunados siguieron de una pieza. El resto, desmembrados en partes, fueron rápidamente canibalizados por sus congéneres.

Tras eso, todo había sido una sucesión de golpes, patadas y movimiento continuo de un punto a otro, pues quedarse quieta era una invitación a una condena de muerte.

La mayoría de drones garmoga no eran demasiado grandes y caían con facilidad, pero su número era considerable. Y por supuesto, no todos eran tan manejables.

Algunos de los drones garmoga eran sensiblemente más grandes, casi como vehículos de tamaño medio o naves monoplaza. Criaturas de formas retorcidas de carne grisácea y metal espinoso, de extremidades variables y con unos seis a ocho metros de envergadura.

Dichos ejemplares parecían incapaces de revolotear como sus congéneres más pequeños pero se desplazaban por el suelo en distancias cortas a una velocidad y agilidad muy superiores a las que debería tener una criatura de su tamaño.

El primero de ellos que vio embistió a Dovat en el costado lanzándola contra la fachada de uno de los edificios y haciéndola atravesar la pared como si fuese de papel. Si algo así le hubiese ocurrido hace unas semanas, Dovat sería en aquel momento una mancha vagamente humanoide entre los escombros y no la figura roja y plateada que se alzó de nuevo, furiosa y dispuesta a devolver el golpe.

Desplazándose en un parpadeo, Dovat se situó justo frente al garmoga que la había empujado y golpeó con todas sus fuerzas con un derechazo. El impacto dio de lleno en la cabeza del ser y la arrancó de cuajo, dejando a la vista una masa de carne ennegrecida y esparciendo un fluido alquitranado que parecía ser su sangre.

Por el rabillo del ojo Dovat vio a otro garmoga de tamaño similar acercándose por su izquierda. Un ruido de pasos apresurados le indicó que uno similar se aproximaba por la derecha.

Esa era otra cuestión que la estaba preocupando. La flanqueaban, tendían emboscadas... Es cierto que en el frenesí devorador que parecía mover a la horda de la infestación resultaba algo difícil de notar, pero aquellos seres eran claramente capaces de pensar y planear, al menos hasta cierto punto.

Aún así, había algo mecánico y simple en ello. Dovat no tenía claro si se trataba de una capacidad propia pero limitada de los garmoga o de si estaban siendo dirigidos o coordinados de algún modo por algún factor externo.

Las dos posibilidades eran, cada una a su manera, preocupantes.

Dovat saltó en línea vertical, sacudiendo a algunos drones de los más pequeños que revoloteaban cerca. Los dos drones de gran tamaño que corrían hacia ella embistieron el uno con el otro y parecieron enzarzarse momentáneamente en un enfrentamiento malhumorado.

La atliana volvió a descender, cayendo sobre ambos como una maza. En la caída Dovat notó un cambio en su masa corporal, como si de repente fuese mucho más pesada pero sin que su tamaño se alterase.

El impacto dio de lleno en el garmoga de la derecha. Básicamente haciendo explotar la mitad de su cuerpo en pedazos. 

Apenas tocado el suelo Dovat se abalanzó sobre el otro dron y agarró las pinzas en torno a su boca, tirando de ellas y arrancándolas de cuajo para acto seguido clavarlas en la carne de la criatura como si se tratase de una pareja de puñales improvisados.

El golpe fue profundo, alcanzando los pútridos órganos internos del garmoga, dejándolo moribundo.

El ser cayó hacia delante y Dovat lo  sujetó, girando sobre sí misma y empleando el impulso para usar el gran cuerpo de la bestia a modo de gigantesca maza contra la oleada de drones que intentaba descender sobre su posición.

Tras media docena de vueltas en círculo ganando espacio libre a su alrededor golpeando a todo dron que intentase ir directo contra ella, Dovat soltó al que sujetaba y el ser voló por los aires hasta estrellarse y terminar espachurrado contra uno de los gigantescos pilares metálicos que se alzaban entre los edificio de La Zanja para sostener la Ciudad Alta.

No pudo quedarse a observar su obra. Dovat tuvo que moverse de nuevo cuando otra nube de drones descendió sobre el área en que se encontraba.

Su armadura plateada y roja ya no brillaba. La sangre negruzca y restos de carne aplastada de las bestias la salpicaba. Y de forma lenta pero constante, la joven atliana comenzaba a notar cada vez más la presión y tirantez en sus músculos al moverse.

Los garmoga no dejaban de venir, pero ella se estaba cansando.

En su pecho la esfera mórfica brillaba con un resplandor azul, pero parpadeos de una luz rojiza intermitente estaban comenzando a ganar frecuencia.

Se le acababa el tiempo.

 

******

 

Axas e Ivo Nag habían alcanzado el espaciopuerto tras sortear el laberinto de azoteas y puentes improvisados, llevando consigo a la familia que Dovat había rescatado y escoltando a modo de guías improvisados a muchos otros residentes de La Zanja que, como ellos, buscaban ponerse a salvo.

Habían perdido a algunas personas por el camino. Drones garmoga solitarios, alejados de la horda principal, revoloteaban de un lado a otro como si fueran exploradores, y de vez en cuando se arrojaban sobre algún pobre diablo desprevenido.

Un barteisoom que había estado caminando justo delante de ellos por un rato fue uno de los desafortunados. El dron pareció salir de la nada y empalarlo de lleno en el torso, empujando a su víctima y elevándola al aire.

Allí se enzarzó con otro dron y desde las azoteas pudieron ver cómo las criaturas partían en dos al desgraciado. Axas ignoró la sensación de malestar en su estómago y las náuseas, y apuró el paso.

El último tramo había sido el más difícil. El espacio puerto estaba situado en una zona elevada pero apartada de los edificios. Eso significaba que debían descender y caminar a ras de suelo.

La concentración de drones allí parecía ser escasa, y otros grupos de refugiados parecían estar ya cruzando sin demasiado problemas, repeliendo a drones solitarios con armamento convencional. Aún con eso, la situación no era ideal, y otras tantas vidas se perdieron.

Ivo Nag había sacado una pequeña arma a saber de dónde. Parecía una pistola normal, pero cuando de camino a las lanzaderas un par de drones se les acercaron, el doctor dio buena cuenta de ellos. El arma disparó lo que parecían pulsos de energía rojos que hicieron explotar a los drones, como si una burbuja de calor los hiciera reventar desde el interior.

"Microondas concentradas", dijo el viejo phalkata, como única explicación antes de continuar su camino al espacio puerto.

Una suerte de milicia improvisada se había situado alrededor del lugar. Habitantes de La Zanja de todo orden y concierto. Ciudadanos privados y los que hasta hace unas horas habían sido criminales, traficantes o asesinos. Actuando en conjunto con toda arma que habían podido reunir para salvaguardar la posición de aquel punto de evacuación.

A pesar de la marea de personas y de que algunas lanzaderas, pequeños cargueros y naves monoplaza comenzaban a tomar vuelto pese a estar evidentemente sobrecargadas, parecía que la lanzadera personal de Axas y Dovat seguía en su sitio y no había sido apropiada por nadie.

Resva, la niña atliana, y su familia aún estaban con ellos.

"¿Vendrán con nosotros?", preguntó Nag.

"¡Pues claro que vendrán con nosotros! ¡No podemos...!", comenzó a protestar Axas antes de interrumpirse. Por supuesto, Nag y él tendrían que volar a por Dovat. Ir de lleno al corazón de la infestación para recogerla.

No sería justo arrastrar a aquella familia a un riesgo innecesario.

Nag sacudió la cabeza, dirigiéndose a los padres de Resva, "Aún quedan lanzaderas que pueden llevarles. Lo que mi joven amigo parece haber recordado súbitamente dado su silencio actual es que antes de irnos vamos a tener que volar al centro de donde revolotean esas monstruosidades. La decisión es suya."

Los padres de Resva se miraron por un momento, antes de que la madre respondiese al doctor, "Creo... creo que tomaremos otra de las lanzaderas, si no le importa, doctor."

Nag asintió y ofreció su pistola, "A mi ya no me hace falta, y aunque salgáis de esta roca no está de más que tengáis un seguro", dijo.

La madre tomó el arma, con un gesto agradecido.

Resva, que hasta ese momento había permanecido callada abrazada a la cintura de su madre, se separó de ella y se acercó a Axas.

"¿Tu hermana, con la armadura, es una Rider?"

"No, Dovat es... no, no es una Rider."

Resva asintió, con la seriedad que solo una niña pequeña podía conjurar al afirmar lo que en su corazón sentía como una verdad irrefutable, "Cuando la veas, dile que creo que es más guay que los Riders. Ya me ha salvado dos veces y los Riders ninguna."

Axas sonrió levemente, "Se lo diré."

No hubo más palabras ni más despedidas que unos pocos gestos. No había más tiempo. Axas accedió a la lanzadera seguido de Ivo Nag. Estaba terminando de ajustar los cierres de seguridad cuando la voz del viejo phalkata llegó desde la cabina de mando a la que se había dirigido nada más entrar, adelantándose al joven.

"¡Voy a poner en marcha este pájaro, pollito! ¡Ven a sentarte a mi lado!"

Axas entró en la cabina para ver a Ivo Nag en el asiento de piloto, poniendo todos los sistemas en marcha.

"Puedo pilotar yo, doctor."

"¿Tienes experiencia de vuelo en zonas de guerra?"

"Eh... no."

"Pues yo sí, así que ponte en el asiento de copiloto e inicia el módulo para el control de los cañones de fuego rápido. Tendrás que disparar tú mientras yo maniobro."

Axas ya se había sentado y comenzado a abrochar el cinto de seguridad cuando su estresado cerebro reparó en lo que acababa de decir Nag.

"¿Cañones de fuego r...? Doctor, esta lanzadera no tiene armamento."

"Ahora sí que lo tiene. Un buen par de cañones."

"¿Qué?"

"Los he instalado yo mismo."

Un instante de silencio, antes de...

"¿¡Qué!?", exclamó Axas, "¿Cómo ha...? No, olvide el cómo... ¿¡Cuándo!? ¡Hemos estado todo este tiempo centrados en la operación de mi hermana sin poder hacer nada más!"

"Por las noches. Duermo poco y la mecánica me relaja."

"Pero, pero, pero...", Axas se llevó las manos a la cabeza, "Espere... el requerimiento de energía... ¿cómo va a poner esto en el aire ahora?"

Ivo Nag pulsó los últimos botones y la terminal de pilotaje frente a él se iluminó en verde. Un ruido ronco y ruidoso comenzó a resonar por toda la lanzadera, haciendo temblar a la nave. El fuselaje emitió un quejido resentido.

"No te preocupes por eso pollito. También he cambiado el motor y redirigido los conectores."

"Oh dioses..."

"Y también os he puesto un nuevo dispositivo de hipersalto", continuó Nag, "Bueno, es de segunda mano, pero bastante mejor que el cutre que teníais antes. Al menos ahora este cacharro podrá hacer viajes luz largos de más de tres sistemas."

Resignado, Axas soltó un suspiró y tomó los mandos frente al asiento de copiloto. Una interfaz nueva, con un holograma naranja interactivo, lo instaba a seleccionar modalidades de disparo.

"Disparo rápido, disparo preciso, carga detonadora...", leyó con voz queda.

"¿Nunca has usado algo así?", preguntó Nag.

"No."

"Bueno... es sencillo. Apuntas y disparas, y el ordenador de calibración hace el resto", dijo el doctor, dándole una palmada en el hombro, "Ahora, vamos a recoger a tu hermana y reventar a algunos de esos cabrones."

martes, 15 de junio de 2021

026 QUIÉN ERES REALMENTE

 

El Supervisor de Seguridad nº 8793ab no estaba contento. Gotas de sudor perlaban su ceño fruncido y las púas de su cabeza y espalda estaban tensas, rozando de forma incómoda contra la cobertura de su uniforme.

La mayoría de sus compañeros ya se habían marchado, siguiendo los protocolos de evacuación. Por sorteo, por pura maldita suerte, el joven ithunamoi había sido uno de los pocos elegidos para quedarse atrás unos minutos más como parte del equipo de monitorización y coordinación en tierra.

Entendía que era una labor necesaria para mantener vigilado el avance garmoga antes de la llegada de refuerzos y saber a dónde dirigir a los efectivos de seguridad de la Ciudad Alta cuando las bestias rompiesen la brecha.

Lo cual en su opinión era mera cuestión de tiempo. Aunque sus superiores tenían esperanzas de que la superficie entretuviese lo suficiente a los garmoga, las emisiones energéticas de la Ciudad Alta y toda la presencia de naves de evacuación terminaría atrayéndolos.

Hablando de la superficie... las cosas no marchaban bien. 

Las cámaras de seguimiento mostraban como la vieja zona abandonada de La Zanja y la parte central desde el sur habían sido ya casi cubiertas en su totalidad. El asalto había comenzado oficialmente hacía 20 minutos, aunque se estimaba que los garmoga podrían haber estado presentes al menos un cuarto de hora antes de su detección.

En ese tiempo ya habían consumido casi toda la totalidad del gigantesco centro urbano en torno a su punto de llegada y sin intervención y con su propagación acelerada por la consumición de recursos, seguramente en unas pocas horas habrían tomado la península entera y tendrían ya un avance notorio en el continente.

Dejar a toda aquella gente a su suerte allá abajo no le parecía bien, pero 8793ab no escribía las reglas y no estaba tan loco como para discutir una orden de sus superiores. Dadas las tensiones actuales, la desobediencia seguramente se penalizaría con una caída directa a La Zanja.

De esta forma, se limitó a observar y a dar indicaciones a las tropas en lo referente a la cobertura de puntos de acceso con las áreas inferiores. Según el ZiZ una flotilla del Concilio estaba en camino, y se esperaba a los Riders en un plazo de unos cuarenta minutos. Con suerte la capital ya estaría evacuada para aquel entonces y...

Los sensores se volvieron locos.

El Supervisor 8793ab y la media docena de compañeros que estaban con él centraron su atención en uno de los sensores de lecturas de energía.

"¿Qué demonios es eso?", preguntó otra de la Supervisoras, una joven humana con ojos artificiales dorados.

"Un pico de energía, justo bajo nosotros, en pleno corazón de La Zanja... es... no sé lo que es. El espectrograma asigna parámetros similares a los de los Riders, pero no puede tratarse de ellos", aclaró otro de los técnicos, un barteisoom alto de piel verde haciendo uso de sus cuatro brazos en frenética actividad, ocupándose de cuatro terminales distintas de forma simultánea.

"Es bien sabido que los Riders pueden teletransportarse", intervino 8793ab, "¿Puede ser ese el caso?"

"No más allá de distancias orbitales, y no hay señal alguna de los Dhar Komai aún en el área circundante al planeta y la atmósfera. Esto es algo diferente."

"¡Mirad la grabación de la cámara 17!"

"Pasad la imagen al monitor central."

En la gran pantalla frente a ellos se visualizó una estampa del centro de La Zanja, la calle principal infestada de garmoga, y de repente una figura cayendo de un edificio. Por unos instantes pensaron que se trataba de un suicida... hasta que la figura se vio envuelta en una luz cegadora justo antes de tocar tierra.

Dioses y Espíritus de los Antepasados, pensó 8793ab, ¿Qué es lo que estamos viendo?

 

******

 

Resva estaba asustada. 

Su padre no podía levantarse. Habían caído al suelo, y a pesar del calor protector del abrazo de su madre, escudándola de la visión de los monstruos a punto de caer sobre ellos, la niña aún podía oír con toda claridad el retumbar de sus pasos, el zumbido y chirridos antinaturales que emitían. Cada vez más cerca.

Y entonces, aún a través de sus párpados cerrados, hubo luz.

La oleada garmoga frenó en seco y algo pesado cayó justo delante de Resva y su familia.

Entre ojos entrecerrados y llorosos la pequeña atliana vio una figura luminosa golpeando el suelo. 

Una onda de energía se expandió desde el punto del golpe, levantando el asfalto del suelo en oleajes como si se tratase de líquido y llevándose por delante a la masa garmoga más cercana. El número de éstos seguía siendo ingente, pero varios cientos habían sido repelidos de una sola vez.

La figura humanoide se incorporó, y la luz de disipó, dejándoles ver con claridad a su salvadora. Era una mujer alta, seguramente de unos dos metros, y musculosa. Resva no pudo evitar sentir un amago de familiaridad, como si la hubiese visto antes.

No era una Rider, ese fue el siguiente pensamiento de Resva. Pero casi.

Las armaduras de los Riders eran bien conocidas. Brillantes hasta el punto de resultar luminosas, coloridas, de un material cristalino que envolvía los contornos de sus cuerpos de una forma casi orgánica, marcando las líneas de la musculatura de sus dueños. Solo sus cascos metalizados con oscuros visores parecían más artificiales.

La armadura que llevó a Tiarras Pratcha a una muerte prematura era algo más tosca y de aspecto más artificial, cubierta en placas de protección metálicas en pecho y extremidades y con emisiones de energía extremadamente inestables que causaban disipaciones momentáneas de su forma en diversos puntos, transparentándola. Predominaban en ella unos colores blancos y gris apagados y sin armonía. Solo su casco, también con un visor negro, se asemejaba algo a los de los Riders.

La armadura de la mujer que había saltado justo frente a Resva y sus padres para salvarlos era también gris. Pero no el gris apagado de la de Pratcha. Era un gris vivo. Plateado y brillante, resplandeciente.

El cromatismo solo se veía alterado por franjas de un rojo metalizado que bajaban de los hombros hasta el pecho, rodeando una esfera luminosa que emitía un resplandor de luz azulada en el centro. Franjas del mismo color rojo se extendían por brazos y piernas hasta llegar a las manos y pies en una configuración que recordaba a guantes y botas.

El material no se asemejaba al cristal de los Riders o a los metales y fibras más mundanos de Pratcha. La mejor forma de describirlo era como algo similar a un cuero metálico, liso y flexible, que se ajustaba a la forma de su portadora pero sin llegar a parecer una segunda piel.

El casco era totalmente plateado y de rasgos desdibujados, casi como un rostro plano. En vez de un único visor horizontal negro, contaba con dos lentes doradas que le otorgaban un aspecto vagamente insectoide. Una suerte de cresta, en forma de aleta hacia atrás, lo coronaba.

La mujer de la armadura se volvió hacia ellos. Hizo un gesto extraño con la cabeza, como si hubiese intentado hablar pero no tuviese palabras. Tras un breve instante se limitó a señalar hacia arriba e inclinar la cabeza, antes de cerrar el puño y levantar el pulgar en un gesto de... ¿ánimo? ¿seguridad?

El miedo aún no se había ido del todo y la masa garmoga seguía viniendo, aunque recelosa.

Pero a pesar de todo ello, Resva sonrió.

 

******

 

De repente el mundo parecía hecho de luces, sonidos, colores y formas. Más de lo habitual.

Dovat no atinaba cómo comenzar a describir sus nuevas percepciones. Cuando impactó contra el suelo pudo ver las vibraciones como si fuesen líneas de vivos colores, engarzándose alrededor de la onda de luz y energía que desplegó su golpe.

La masa grisácea, enfermiza y discordante que eran los garmoga fue arrasada varios cientos de metros y aún estaban tardando en reagruparse. Si los drones garmoga pudiesen pensar podría aventurarse que parecían desconcertados.

Todo parecía más frágil. Dovat estaba segura de que si intentase ahora su ejercicio de control con los huevos de la cocina de Ivo Nag, éstos quedarían hechos pedazos con un simple roce si no se controlaba.

Se volvió y pudo ver a la familia. Resva, la niña a la que conoció hace unos pocos días, y sus padres. Los tres estaban envueltos por una luz amarillenta que casi le provocó náuseas. Debía ser su miedo. Pero en la pequeña habían comenzado a aflorar destellos dorados más vivaces. 

Esperanza, quizá.

Dovat intentó hablar, pero se sorprendió al ver que no conseguía emitir ningún sonido. Apenas un quejido sordo casi inaudible.

Estoy muda, pensó,

¿Era algo temporal estrictamente limitado a su transformación o un efecto permanente de ahora en adelante? En aquel momento no podía permitirse el tiempo para pensarlo. Intentó comunicarse como buenamente pudo, con gestos algo toscos, y avanzó hacia la familia.

Tomó al padre y a Resva en sus brazos, con extremo cuidado. Se agachó para que la madre se agarrase a su espalda, sujetándose a su cuello. Notó un levísimo pulso de energía, como si una suerte de escudo o barrera en torno a su cuerpo se hubiese extendido levemente para abarcar a los individuos a los que sostenía de forma directa.

Y entonces saltó. 

Dovat ascendió el centenar de metros de la calle a la azotea en un instante, depositando a la familia junto a un pasmado Axas y un Ivo Nag que sonreía como si le hubiese tocado el mayor premio del mundo. Ignoró al resto de personas en lo alto del edificio que permanecían allí paradas, observando la escena con asombro.

Señaló al sur, en dirección a los puertos. Nag asintió, comprendiendo exactamente lo que quería decir al tiempo que ayudaba a incorporarse al aturdido padre de Resva.

El sonido del enjambre garmoga se intensificó de nuevo, retomando las bestias su avance. Parecían furiosas.

Dovat dio una última mirada a la niña y a los padres de ésta. Hace unos días, cuando la había salvado de unos rateros, la chiquilla la había mirado con una admiración que rozaba el fervor. Ese sentimiento parecía multiplicado por mil en aquel instante.

Se volvió hacia su hermano. La expresión del rostro de Axas era indescifrable. Sorpresa, miedo, alegría, preocupación, cierta resignación... Dovat no podía decirlo con claridad.

Dovat asintió, a modo de despedida, y se dio la vuelta saltando de nuevo desde la azotea en dirección a la masa de monstruos.

"¡Dovat, espera!", gritó Axas. Comenzó a avanzar, en un fútil intento de seguirla. La mano de Ivo Nag se posó sobre su hombro.

"Déjala volar sola, pollito. De todos los que estamos aquí ella es la que menos ayuda necesita ahora mismo."

Al menos eso esperaba. El viejo doctor no sabría decir si Axas lo había notado, o si la misma Dovat podía percibirlo.

Tras el salto con el que subió a la azotea, la esfera mórfica en el pecho de Dovat había emitido un breve parpadeo de luz rojiza quebrando su resplandor azulado.

sábado, 12 de junio de 2021

025 TORMENTA

 

Cualquiera que fuese la inteligencia dictando los movimientos de los garmoga, ésta supo determinar un punto de entrada óptimo para garantizar que la respuesta de los cuerpos de defensa del planeta Cias no fuese todo lo inmediata que debía haber sido.

Siguiendo los parámetros de seguridad establecidos tras la situación en Calethea 2, el ZiZ y otros sistemas de observación por satélite pensados para la prevención de la entrada de enjambres garmoga desde el espacio habían derivado la mitad de sus recursos a exploraciones rutinarias de la superficie de cada planeta bajo su supervisión.

El problema era la falta de recursos y optimización derivada de tener que cubrir dos frentes de vigilancia en vez de uno solo en tan poco tiempo desde los cambios introducidos en apenas una semana y media. Algunos mundos y colonias lo implementaban mejor y más rápido que otros.

No era el caso en Cias. 

La prioridad estaba siempre sobre las grandes ciudades flotantes y la capital, quedando los intereses de los barrios bajos de la superficie en segundo plano. La presencia de dichas grandes masas urbanas actuando de cobertura de la superficie planetaria también dificultó la detección temprana.

Para cuando los principales sensores de seguridad en el centro de defensa de Cias comenzaron a dar señales de alarma y confirmaron la presencia garmoga en el planeta, el enjambre ya se había comenzado a extender por las áreas urbanas abandonadas de los barrios antiguos. La Zanja y otras zonas similares eran la siguiente parada.

Los sensores se tornaron rojos en el monitor de uno de tantos trabajadores anónimos. Cuando informó a sus superiores, las mismas señales de alarma se habían extendido a otros puestos de monitorización.

La respuesta de la  burocracia de Cias, un mundo comercio al servicio de aquellos con suficiente renta para poder permitirse su presencia en las Ciudades Altas, fue tristemente previsible.

En cuanto se constató la presencia de los garmoga se dio la orden para iniciar la evacuación y asegurar la zona... en las Ciudades Altas. Todos los cuerpos de seguridad y defensa planetaria atrincheraron las fortalezas urbanas para garantizar que los ricos y poderosos pudiesen salir del planeta sin tener que preocuparse más de lo debido de que algún dron garmoga ascendiera hasta ellos.

No se había expresado en voz alta, pero era algo tácito que se esperaba dar el mismo trato a cualquier intento de huida por parte de los habitantes de La Zanja hacia los niveles superiores. Para la administración y el gobierno planetario de Cias (el cual era básicamente un títere constituido por los intereses de un puñado de megacorporaciones) el papel del resto de la población era ser carnaza.

Si los habitantes de La Zanja y similares áreas podían escapar por sus propios medios o hallar refugio, allá ellos. Pero no gozarían de la protección ni sistemas de evacuación establecidos.

Sus esperanzas recaían en una pronta llegada de los Riders y los Dhar Komai. El problema era la presencia de los Riders en Aurum en una serie de prácticas de entrenamiento. Los Aster saltarían a la acción en el momento que recibiesen el aviso de lo que ocurría en Cias, pero tardarían al menos una hora en llegar.

Así que la gente de La Zanja estaba sola, a su suerte. Los garmoga se entretendrían consumiéndolos mientras los más afortunados habitantes de los centros urbanos ricos abandonaban el planeta en relativa comodidad.

Al menos tuvieron la consideración de activar las alarmas sonoras.

 

******

 

Los mellizos y el doctor aún estaban en la cocina cuando comenzó a sonar. Un lamento prolongado y estridente que parecía ascender desde lo más profundo hasta convertirse en un chillido agudo y continuo, ensordecedor. 

La alarma de infestación.

Axas palideció, sintiéndose paralizado de pies a cabeza. En contraste, Dovat se incorporó como impulsada por un resorte. Su rostro no expresaba menos alarma y temor que el de su hermano, sin embargo.

El rostro envejecido de Ivo Nag había adoptado una expresión de seria gravedad que hasta aquel momento nunca habían visto en él. Podría parecer confiado y sereno a pesar de lo que implicaba la situación, pero la forma en que se había levantado todo el plumaje de su cabeza y antebrazos indicaba un creciente nerviosismo.

Pese a ello fue el primero en hablar.

"A la azotea, vamos."

Ivo Nag salió de la cocina, seguido de Dovat. Axas se levantó de la mesa, haciendo ademán de seguirles, "¿No llevamos nada más?"

"Lo puesto", dijo Nag, "Es una incursión garmoga, pollito ¿nunca habéis estado en alguna?"

"No, no realmente", respondió Dovat, "Pero hemos estudiado los protocolos."

"A la mierda los protocolos", bufó Nag, abriendo la ventana que daba a la parte posterior del apartamento y a las escalinatas y plataformas de emergencia, "No hay dos planetas con los mismos protocolos, y puedo asegurarte que los de aquí son una mierda. Subamos a la azotea."

La actividad y frenesí eran evidentes. No eran los únicos que habían salido a las plataformas. 

Dovat pudo ver a muchos de los habitantes del mismo bloque de pisos y de otros adyacentes abandonando sus hogares. Individuos solitarios, grupos pequeños, familias... algunos corrían como ellos, únicamente con lo que llevasen encima en aquel momento. Otros parecían intentar llevar consigo pequeños equipajes o pertenencias, ya fuesen algo improvisado o algo preparado de antes en previsión de afrontar una situación así.

Unos cuantos ascendían a las azoteas de los edificios, pero una gran mayoría descendía a las calles.

Ivo Nag pareció irritarse ante aquello. Se agarró a la barandilla e inclinó su cuerpo, comenzando a gritar a quien pudiese oírlo, "¡Subid a las azoteas, jodidos imbéciles!"

Unas plataformas más abajo, un vecino respondió, "Pero Doctor, los refugios..."

"¡Los refugios son trampas! Para lo único que servirán es para que los garmoga os encuentren bien almacenaditos como comida en conserva", exclamó Nag, "¡Subid a las azoteas y desde ellas intentad avanzar hacia la zona del puerto, las lanzaderas son la única posibilidad real que tenemos!"

"¿No vuelan los garmoga?", preguntó Axas mientras ascendían.

"Los drones, si", respondió Nag, "Pero mientras tengan acceso fácil a la superficie prefieren arrollarla como un tsunami con dientes antes de ponerse a revolotear por ahí. También depende del número de ellos que esté concentrado en una zona. De todas formas, siempre tendremos más posibilidades en lo alto que si nos quedamos a ras de suelo."

"Tiene que haber cuerpos de seguridad, algún destacamento...", dijo Dovat.

Ivo Nag señaló con un dedo huesudo a la base metálica de la Ciudad Alta.

"Cualquier seguridad digna de ese nombre en este planeta está ahora ahí arriba ayudando a un montón de cerdos inflados de dinero a salir de rositas. Seguramente han atrincherado los accesos para que nadie de aquí abajo pueda subir."

"Pero... la gente...", musitó Axas.

"La gente les importa una mierda, y tienen el pretexto de que es seguridad para frenar a los garmoga. No, la única ayuda que vamos a recibir en La Zanja y otros sitios como éste solo llegará si aparece algún destacamento del Concilio en órbita o cuando lleguen los Riders."

Dovat tuvo que reprimir una pequeña oleada de resentimiento ante la mención de los Riders, y morderse la lengua antes de decir nada. Continuaron ascendiendo por las escalinatas hasta la parte superior. Se encontraban ya a pocas decenas de metros de la azotea.

"¿Cuál es el plan cuando lleguemos arriba?", preguntó.

"Todos estos edificios están o muy pegados unos a otros o unidos por pasarelas o barrios de chabolas semiflotantes", explicó Nag, "Desde aquí podemos ir avanzando de bloque en bloque en dirección sur hasta el espaciopuerto y vuestra lanzadera en la terminal 12."

Los mellizos se quedaron perplejos por un instante.

"¿Cómo demonios sabe dónde hemos dejado nuestra lanzadera?", preguntó Axas.

Ivo Nag graznó un amago de risa, "He hecho mis deberes cuando no mirabais, pollito", respondió, "No os iba a dejar quedaros conmigo sin informarme bien, ¿no?"

Dovat iba a decir algo cuando lo oyó.

La alarma continuaba su lamento estridente, pero aquel sonido parecía venir de lo profundo. Reverberaba, y pudo notarlo en sus huesos. Un temblor de tierra, un zumbido constante acompañado por otra cacofonía de sonidos que tardó un instante en darse cuenta de que se trataban de gritos.

Los tres interrumpieron su ascenso por un instante y observaron el horror.

No fueron los únicos, lo mismo hicieron muchos de los vecinos que los rodeaban. Las expresiones en todos sus rostros eran una mezcla irregular de asombro genuino y terror abyecto. Algunos cayeron en ataques de pánico, otros se dejaron caer como si hubiesen perdido la voluntad de seguir adelante.

Desde el norte, en la calle ancha donde se situaba el bazar, vieron avanzar una ola de metal y carne. Los drones garmoga caían sobre La Zanja como una alfombra viviente, consumiendo todo a su paso. Corroían la superficie del suelo y de las fachadas de los edificios, y daban cuenta de cualquier persona o animal que caía ante ellos.

Una manada de gente corría calle abajo intentando alejarse de la infestación, pero no eran lo suficientemente rápidos. Una vez los garmoga los alcanzaban no duraban demasiado. Era quizá la única piedad que recibían, una muerte relativamente rápida, desmembrados y consumidos.

Dovat reprimió las náuseas ante aquella visión. Su vista (mucho más nítida y capaz de ver a más distancia que nunca, algo que maldijo en aquel momento) se centró en una mujer humana a la que un dron garmoga se había adherido a la cara. El dron la dejó llevándose consigo el pellejo y dejando a la mujer con su rostro desollado y sin párpados gritando antes de que otros tantos drones se abalanzasen sobre ella silenciándola para siempre.

Era solo una de tantas otras estampas similares, produciéndose en escasos segundos una tras otra en la carnicería en que se estaba convirtiendo Cias.

"No tenemos mucho tiempo", susurró Nag, "Subamos. Ya."

Continuaron el ascenso y estaban ya en la última escalinata antes de llegar a la azotea cuando Dovat escuchó unos gritos de pánico que destacaron sobre todo los demás. Una voz que conocía. Miró hacia abajo.

En los niveles inferiores de la escalinata habían girado las tornas. Gente que había estado hasta aquel momento intentando descender para dirigirse a los refugios subterráneos ahora buscaba volver a lo alto. Las masas se apelotonaban intentando ascender para evitar el cada vez más cercano enjambre garmoga, entorpeciéndose unos a otros, arrojándose accidentalmente al suelo al subir a empujones en un pánico ciego.

Dovat la reconoció. La misma niña atliana a la que había ayudado hace unos días. Se llamaba Resva. 

Un varón atliano, supuso que su padre, la sujetaba en brazos intentando alzarla hacia una plataforma superior donde una mujer con la que Resva compartían abundantes rasgos intentaba tomarla en brazos, inclinándose peligrosamente sobre la barandilla de la plataforma.

El metal cedió y la mujer y otros pocos cayeron. El padre de Resva intentó agarrar a su esposa con un brazo mientras sostenía a su hija con otro, pero solo consiguió que ambos fuesen también arrastrados por la caída. El resto de la plataforma inferior comenzó a desprenderse de la fachada, quedando en un equilibrio precario.

Resva y sus padres estaban relativamente ilesos, solo algo magullados por la caída. Pero ahora estaban en la superficie, en la calle, y la oleada garmoga se acercaba.

No había signo alguno de personal de seguridad, o de ninguna milicia, nadie que pudiese plantar cara aunque fuese unos instantes. Los Riders no habían llegado aún y solo los dioses saben cuándo sería eso.

El resto de gente corría, intentando ascender de nuevo, o probando suerte en los callejones, buscando rincones donde esconderse. La mayoría se limitaban a correr calle abajo, esperando que los garmoga se tomasen su tiempo con los que venían detrás, prolongando lo inevitable.

Resva y su madre intentaban ayudar a su padre a incorporarse. El padre parecía haber tenido algo de peor suerte en la caída, visiblemente aturdido y con un corte sangrante en la frente. La mujer atliana podía ver ya a los garmoga y Dovat percibió como el brillo abandonaba sus ojos. Pura resignación. Abrazó a su hija, un último intento de escudarla ante lo que iba a ocurrir.

Nadie iba a ayudarlos.

Igual que nadie ayudó a nuestros padres, pensó Dovat.

En aquel momento, no fue consciente de ello. No escuchó realmente los gritos alarmados de su hermano y del doctor Nag.

Solo tenía aquel pensamiento resonando en su cabeza y la imagen de aquella familia en la calle a punto de afrontar la muerte.

Dovat saltó. Cayó desde la plataforma más alta, docenas de pisos de altura, casi un centenar de metros.

En su esternón, una esfera dormida despertó.

Y se hizo la luz, acompañada por el retumbar del trueno.

miércoles, 9 de junio de 2021

024 PRELUDIO

 

Axas estaba sentado a la mesa de la cocina del apartamento de Ivo Nag, absorto en la lectura de varias notas relativas a la operación que habían llevado a cabo unos días antes, justo cuando Dovat lo sobresaltó al sentarse de golpe en la silla en frente a él.

"¡Ajá!"

Su hermana se había dejado caer sobre la silla y sostenía con ademán triunfal un huevo sostenido entre su índice y su pulgar. Axas sonrió levemente.

"Enhorabuena, el tercero que consigues no romper."

"Es más que eso hermanito, fíjate."

La concentración marcó el rostro de Dovat. Su lengua asomó entre los labios, un gesto que había tenido desde niña cuando centraba su atención totalmente en algo. En su mano, la cáscara del huevo se agrietó, pero sin llegar a romperse del todo.

"Y ahora lo has roto...", dijo Axas.

"Es más que eso, no lo he reventado del todo, es..."

"Aplicación de fuerza controlada, un gran avance", interrumpió la voz de Ivo Nag.

El viejo phalkata entró en la cocina vistiendo una bata verde de cirugía salpicada de manchurrones parduzcos y negros, y con las plumas de sus antebrazos enrojecidas y húmedas hasta la altura del codo. Pese a ello parecía siniestramente jovial, aunque esa era su disposición la mayor parte del tiempo.

Los dos mellizos se le quedaron mirando. El doctor se percató y devolvió su mirada con un gesto interrogante antes de levantar sus pobladas cejas y señalarse a sí mismo.

"Ah, todo esto... tranquilos, he tenido que lidiar con una operación de última hora esta madrugada", explicó, "Un cliente difícil. No quiso pagar lo acordado, así que..."

"Ay dioses", musitó Axas.

"Oh, no, tranquilos, no lo he matado. Simplemente me limité a deshacer todo el procedimiento quirúrgico y dejarlo tirado por ahí. Nada grave."

Que Ivo Nag considerase dicho marco de acción como "nada grave" decía mucho de la clase de persona que era y de la clase de vida que se llevaba en La Zanja. Haciendo caso omiso de la incomodidad de su aspecto, el doctor procedió a asearse en la zona destinada al fregado de platos y cubiertos. Tanto Axas como Dovat tuvieron que reprimir náuseas. Ivo Nag se limitó a graznar quedamente.

"Sé lo que estáis pensando y no hay de qué preocuparse", dijo, "El sistema de regulación del laboratorio ya ha esterilizado todo, solo queda limpiar los restos físicos."

"¿Y no podía hacer eso precisamente en el laboratorio?", preguntó Dovat, ligeramente exasperada.

"Cielos, no... ¿y arriesgarme a manchar el instrumental?", dijo Nag antes de volverse de nuevo hacia los hermanos. 

Mientras Axas se llevaba frustrado la mano a la frente susurrando algo sobre prioridades, el phalkata se sentó junto a Dovat y observó con atención el huevo que ésta había dejado sobre la mesa, "Aún con todo es un logro notable que ya hayas llegado a este nivel de control en tan pocos días. Queda mucho por recorrer, pero está claro que cuentas con los rudimentos mínimos para mantener tu poder a raya de tal forma que puedes interactuar normalmente con tu entorno."

"Seguramente podrás saludar a alguien con un estrechar de manos sin temor a convertir sus huesos en arena o arrancarle el brazo de cuajo", dijo Axas.

Dovat asintió, "Pero ahora queda aprender a hacer lo contrario."

"Si. Aprender a dominar tu poder explotándolo al máximo. Tenemos que constatar cuáles son tus límites físicos y tenerlos bien claros y presentes. Y sólo cuando hayamos conseguido eso procederemos a la activación de la llave mórfica, y no antes."

Dovat se llevó la mano a su esternón, rozando la pequeña esfera injertada en su piel. La inflamación en la carne a su alrededor había desaparecido ya.

Desde que despertó tras el procedimiento, la había sentido de forma constante. No era tanto una sensación física, de incomodidad o extrañeza como la que podía derivar de injertos cibernéticos o el uso de prótesis. La verdad es que apenas notaba la sensación de la esfera como un objeto extraño adherido a su cuerpo.

Era algo más sutil. Casi como si percibiese una presencia, algo consciente reposando en la trastienda de su mente, esperando una señal. Por una parte no podía sino pensar en ello de forma consciente como algo ligeramente alarmante. Cuando elaboraron el procedimiento nunca habían determinado posibles consecuencias psicológicas o neuronales más allá de las derivadas de una alteración física directa a su cerebro.

Notar una suerte de una presencia viva, distinta a ti misma como polizonte en tu cuerpo, había sido algo inesperado.

Y a pesar de todo ello, una parte de Dovat no podía evitar sentirse... reconfortada. Había una calidez en aquella presencia. Podía sentir como todo el nuevo poder que recorría su cuerpo, aún estando contenido, procedía de allí.

Ivo Nag había mencionado que el Nexo era algo vivo, y que en los casos de las llaves mórficas previas había reaccionado con rechazo a los sujetos de pruebas. Dovat estaba casi segura de que era aquello lo que estaba sintiendo, pero de momento nada parecía indicar rechazo o síntomas adversos.

Estaba sana, era más fuerte que nunca, y las únicas incomodidades de momento habían sido el tener que encontrar ropa para su nueva talla y consumir el triple de comida de antes.

Si dicha cordialidad o tregua de la fuente de su nuevo poder hacia ella se mantenía después de una activación propiamente dicha de la llave mórfica...

Bueno, eso es un río que habrá que cruzar cuando llegue el momento, pensó.

El momento seguramente no sería hasta dentro de unas semanas. El plan de Ivo Nag consistía en trasladarse los días próximos a una residencia de su propiedad alejada del centro urbano, un área con campo abierto para poner a prueba sus capacidades físicas hasta el extremo antes de afrontar el último paso y llevar a cabo la prueba final.

Entonces, y solo entonces, llegaría el momento de activar la llave mórfica.

Esa hubiese sido la situación ideal. Por desgracia nunca iba a llegar a producirse. El destino no entiende de conveniencia, ni de planes, ni de seguridad.

El destino era condenadamente grosero, llegaba sin avisar, y se había propuesto que Dovat tendría que afrontar su prueba en cuestión de menos de una hora.

 

******

 

Había algo casi poético en que comenzase en una encrucijada de caminos.

Un rincón apartado y olvidado de La Zanja, como tantos otros. Un punto de convergencia de cuatro callejuelas que en otro tiempo, antes de que los ricos y poderosos construyeran la enorme plataforma residencial sobre la ciudad antigua, seguramente hubiese sido una pequeña plazoleta circular en el centro de la primigenia urbe. Los restos marmóreos de lo que otrora fue una fuente parecían demostrarlo.

Al mendigo, un viejo angamot de cornamenta desgastada, le gustaba el lugar.

No tenía nombre. Bueno, sería más apropiado aclarar que sí tenía nombre, pero a nadie le importaba. Ni siquiera a él mismo, hasta el punto de que estaba a dos botellas de licor de olvidarlo de forma definitiva, aunque aquello él no podía saberlo seguro.

La cuestión es que no era nadie. Uno de tantos. Vidas rotas como la suya abundaban en La Zanja y en los niveles más bajos de las grandes zonas urbanas de Cias.

A veces personas como él tenían suerte y despertaban el interés de alguien con medios que buscaba mano de obra barata. La vida como siervo podía ser buena si el amo de turno no era un absoluto bastardo. Pero de la misma forma, otros tantos podían terminar convirtiéndose en presa fácil de intereses más siniestros incluso que una vida de servidumbre forzosa.

Decían que los ricos ya no practicaban las antiguas cacerías, pero las viejas historias seguían circulando.

De todas formas, la gran mayoría se pudría en las calles malviviendo de sobras, robo o limosnas, como él. Olvidados, los llamaban algunos. Sombras que malvivían por las calles, abandonados por la Señora Fortuna y los dioses de cualesquiera que fuese su panteón, aunque era algo valiente asumir que allá abajo se pudiese creer en dioses.

Incluso había oído rumores. Rumores de gente como él que había descendido aún más, por debajo de la vieja ciudad. A las antiguas galerías, al antiguo alcantarillado. Buscando refugio en una oscuridad perpetua de la que nunca volverían a salir, convirtiéndose en víctimas de lo que quiera que viviese allí abajo.

En Cias había oído historias así mucho antes de su caída en desgracia, en su vieja vida de cuando aún era un miembro de la sociedad relativamente próspero. Retazos de esa existencia aún aparecían de vez en cuando en el fondo de su cabeza trayendo consigo únicamente amargura, dolor y rabia. El alcohol y las drogas ayudaban a mantenerlos a raya.

Pero la cuestión es que conocía esos cuentos de miedo. 

Por eso siempre había evitado los túneles, las viejas estaciones subterráneas y los desagües. En los días más adversos sabía que muchos los usaban de refugio, pero la luz apenas llegaba a esos lugares y no quería arriesgarse a quedarse dormido en uno de ellos para despertar sintiendo una zarpa húmeda agarrando su rostro.

Por eso le gustaba la vieja plazoleta.

Estaba en uno de los sectores más antiguos de la ciudad. Aquel lugar ya era viejo antes de que se construyese la ciudad alta ¡Los edificios estaban construidos en piedra, por todos los infiernos! Cias era un mundo colonial ¿quién demonios construyó una ciudad de forma artesanal allí hace siglos en vez de usar viviendas modulares? Ni lo sabía ni le importaba, no más allá del refugio que ofrecía.

Los viejos edificios en torno a la vieja plazoleta gozaban de soportales y muros bajos. No eran una grandísima defensa, pero lo mantenían oculto, seco y a salvo de los elementos. Todo ello combinado con el escaso número de personas que se aventuraban por aquel área convertían el lugar en un paraíso para los que como él buscaban abrigo sin querer hundirse totalmente en las tinieblas.

Y allí se encontraba. Era de día y la luz solar caía filtrada y atenuada sobre la vieja fuente de piedra derruida. El mendigo sin nombre estaba recostado a la sombra de uno de los soportales, sosteniendo un petate casi vacío intentando evitar preguntarse cómo llenarlo de cara al futuro.

Al menos no tenía que preocuparse por comer. Diversos artrópodos jugosos de tamaño decente abundaban por allí, sobre todo en las áreas parcialmente inundadas.

Dio un último sorbo a su petate, observando la poca luz que llegaba del cielo tapado por la ciudad alta. Por un instante, la fuente pareció brillar. Se incorporó un poco, adelantando su cuerpo para intentar enfocar mejor su vista. Quizá había algo brillante allí emitiendo reflejos y que justificase el echar un vistazo.

El destello de luz se produjo de nuevo y se dio cuenta de que no era nada reflejándose en la fuente. 

Eran como pequeñas volutas de luz verde, casi cristalina, chisporroteando en el aire. Algún tipo de luciérnaga fue lo primero que pensó, pero más y más comenzaron a surgir de la nada, y a girar sobre si mismas.

El resplandor de su luz esmeralda se intensificó y se concentró. Un olor a ozono impregnó el aire. No hubo una gran descarga de poder, ni ningún ruido atronador y, aparte de una distorsión visual del espacio que hizo que el centro de la plazoleta pareciese vibrar en los instantes previos, lo único que percibió la cansada vista del mendigo fue como aquellas volutas de luz se expandían y fusionaban.

Hasta que dejaron un único disco de luz, de un color verde enfermizo. Flotaba en el aire unos pocos pies por encima del suelo y emitía un zumbido rítmico. 

Era como el latido de algo vivo.

El mendigo se levantó, pasmado. En cierto modo sabía qué era lo que tenía delante. Los portales eran algo más que teoría, habían sido usados como transporte en ocasiones... pero nunca había visto uno en persona. No tan de cerca.

Se preguntó quién demonios querría viajar a un estercolero como aquel usando algo tan trabajoso como un portal.

Recibió su respuesta cuando la primera de las criaturas salió del disco de luz verdosa. 

El mendigo sólo tuvo unos pocos segundos para razonar qué era el ser que se abalanzaba sobre él, seguido por otros similares emergiendo del portal de forma explosiva como el pus de una herida infectada.

Unos pocos segundos antes de que la parte superior de su torso fuese arrancada de cuajo por el primer dron garmoga en Cias.