martes, 27 de septiembre de 2022

087 DÍA PRIMERO (I)

 

Avarra no era un mundo extraño al horror.

Su población era una amalgama conformada en su mayoría por la población nativa del planeta (los avarri, pequeños mamíferos de piel blindada) y los millones de visitantes de otras especies que había traído consigo el ingreso en el Concilio hace siglos.

Situado cerca de la antigua frontera entre los territorios del Concilio en el cuadrante Dálet y el antiguo domino del Imperio Laciano, Avarra había sido un puesto de avanzadilla para múltiples bandos en distintos conflictos. El prospero mundo industrial y comercial había ardido y había sido reconstruido en múltiples ocasiones.

En la guerra contra los garmoga, había sido objeto de un intento de infestación repelido con éxito por los Riders. Gracias a su labor, Avarra en la actualidad era un mundo pacífico. Próspero y orgulloso de sus cicatrices.

Ese último ataque fue hace unos cincuenta años. Aún lo suficientemente cercano para que la población reconociese los incipientes signos de que una evacuación planetaria iba a ponerse en marcha.

Los cielos se habían visto inundados por las siluetas de cientos de naves de al menos dos flotillas del Concilio, con muchas tantas otras ajenas al ojo del observador común situadas en órbita. Destructores, fragatas y escuadrones de cazas monoplaza dominaban un espacio aéreo en el que el tráfico había sido cortado excepto en una serie de posiciones estratégicas para facilitar una salida ordenada del planeta para la población civil.

Población que ya había comenzado dicho proceso con relativa calma aún antes de que sonasen las primeras alarmas. Ese fue el momento en el que los habitantes de Avarra se percataron de que no estaban lidiando con la evacuación típica relacionada con una infestación garmoga. No fue un enjambre de dichas bestias lo que oscureció los cielos cercanos a la ciudad capital planetaria aún más que la flota de naves llegada hace horas. Una construcción piramidal, de enorme tamaño y oscura como un jirón de la misma noche pudo ser vislumbrada en el horizonte.

Y de repente el cielo se tornó rojo.

Un haz de energía surgió de la pirámide haciendo que el cielo celeste de Avarra se convirtiese en un lienzo de un profundo carmesí. Muchas naves de la flota consiguieron evitar el ataque, pero decenas fueron atrapadas de lleno, estallando en bolas de fuego que se extendieron hasta las capas más altas de la atmósfera. Misiles, láser y descargas de plasma y energía volaron de la flota en dirección al enemigo. El firmamento se convirtió en un espectáculo de letal pirotecnia esta vez si visible al ojo común a ras de suelo a pesar de la enormidad de las distancias.

La evacuación, que había seguido un proceso tranquilo y ordenado, se convirtió al menos en esa parte del hemisferio del planeta en una carrera mucho más frenética.

 

******

 

"La construcción piramidal ha entrado en la atmósfera en el hemisferio norte de Avarra, sobre la masa continental de..."

"...ráfaga de energía ha dejado fuera de juego a unas treinta naves de la primera..."

"¡Los sensores indican el lanzamiento de múltiples pilares cristalinos desde la pirámide en dirección a la superficie!"

"...desplazándose a lo largo del ecuador del..."

"...informa de que los ataque balísticos apenas han conseguido..."

"¡...nuevas áreas de evacuación ya! ¡La población civil podría estar...!"

"...el tamaño del constructo no se corresponde con los datos de la Balthago, es mucho más grande..."

"...extrañas alteraciones gravitacionales en torno al objetivo dificultando la labor de..."

"¡Tropas de contención dispuestas para despliegue en superficie!"

La cacofonía de mensajes, comunicados de órdenes y avisos de auxilio en tiempo real era la banda sonora que desde hace apenas una hora se había convertido en el absoluto centro de atención del Mariscal Akam en el puesto de mando en Camlos Tor.

El primer ataque había causado pérdidas serias y el número de muertes ya era más alto de lo que habían indicado las primeras proyecciones del ataque y más de lo que le hubiese gustado, pero el resto de flotas de la armada estaban llegando al planeta. Una vez finalizada la evacuación, Akam estaba dispuesto a autorizar el uso de atómicas si era necesario.

"¿Señor?", murmuró una tímida voz a sus espaldas. Akam se volvió.

Frente a él se encontraba un técnico de comunicaciones vas andarte visiblemente nervioso, encorvado para situarse a una altura cercana a la del Mariscal al tiempo que sostenía ante su persona un holo-disco de comunicaciones.

"El Director Ziras, de los Rider Corps", dijo el técnico, "Me pidió que le avisase si..."

Akam asintió, tomando el holo-disco sin pronunciar palabra e indicando con un gesto de la cabeza al técnico que se retirase. Alejándose de los monitores y la cacofonía de comunicaciones del frente, Akam activó el dispositivo. Un holograma de la cabeza y parte superior del torso de Arthur Ziras se formó con una luz parpadeante y temblorosa ante el rostro del militar simuras.

"Director Ziras", saludó.

"Mariscal Akam", respondió el director de los Rider Corps, "Hemos recibido el llamamiento e iniciado la operación. Confieso cierta... perplejidad."

"La solicitud de ayuda está clara y se han seguido las líneas de petición habituales, director", dijo Akam, "Pero por si necesita una aclaración, la presencia de los Riders no será necesaria en Avarra."

"¿Está seguro de que la armada podrá dar cuenta de ello?"

"La armada está más que preparada. Permita que le recuerde que en ocasiones hemos repelido incursiones garmoga, incluso antes de la formación de sus Corps."

"A costa de la pérdida de la biosfera planetaria en ocho de cada diez casos ¿Van a usar atómicas? Seguro que a los avarri les entusiasma que su mundo natal se haya convertido en un erial radioactivo cuando puedan regresar", replicó Ziras, "Y el enemigo al que se enfrentan ahora no son los garmoga, no puede aplicar las mismas doctrinas de combate."

Akam frunció el ceño, intentando contener su irritación.

"Las proyecciones de nuestros analistas son claras. Una fuerza convencional es más que suficiente. Y sus Riders tienen su propia labor que cumplir ¿no es así?", preguntó.

Ziras se quedó en silencio por unos instantes, pensativo, antes de responder.

"De todos modos, en cuanto los Riders hayan terminado su asignación, los redirigiré a Avarra como refuerzo."

"Como desee, Director Ziras. Pero estoy seguro de que tendremos la situación bajo control antes de que su presencia sea necesaria. Y recuerde que tendrían que atenerse al mando de la flota. Esto no es una de sus cacerías de bichos", replicó el Mariscal, cortando la comunicación.

En su despacho en la sede de los Rider Corps, Arthur Ziras observó como se desvanecía la proyección holográfica del Mariscal Akam con una expresión de resignada preocupación.

Cierto, no es una cacería de bichos, pensó. Es una guerra. Y temo que usted está más obsesionado con la idea de una victoria gloriosa antes que con contar con la posibilidad de necesitar ayuda.

 

******

 

Los Dhar Komai atravesaban el hiperespacio, cruzando la galaxia a mayor velocidad que la más rápida de las naves, bañados en la energía del Nexo que impregnaba cada célula de su ser. 

Aunque en aquella dimensión que permitía romper las limitaciones de la velocidad de la luz no se podía hablar de una distribución espacial propiamente dicha, las cinco draconianas bestias biomecánicas se desplazaban en una suerte de formación de vuelo clara y ordenada.

Sarkha iba ligeramente más adelantado que el resto. El Dhar Komai negro contaba con un físico que se asemejaba al de un gran murciélago, con sus alas siendo sus extremidades superiores en lugar de brazos. Su esbelto y sinuoso cuerpo de una docena de metros lo denotaba como el más pequeño de todos los Dhars, pero también el más veloz. Su cuello largo remataba en una cabeza serpentina y cornuda y un afilado aguijón adornaba la punta de su colas.

Justo detrás de Sarkha, la gigantesca forma de Solarys volaba con sus enormes alas extendidas. Con unos cincuenta y dos metros de la cabeza a la cola, la Dhar Komai roja era la más grande y de mayor envergadura de los cinco, y también la única hembra. Su cuerpo reptiliano denotaba un ligero antropomorfismo que sugería que era capaz tanto de correr sobre cuatro extremidades como sostenerse en una posición bípeda, con brazos desarrollados que contaban incluso con pulgares oponibles. Su piel rojiza estaba surcada por vetas y grietas de las que emanaba un constante flujo de energía carmesí incandescente que refulgía también en los ojos de su cornamentada cabeza.

A ambos lados de Solarys se encontraban los Dhars naranja y azul, Volvaugr y Tempestas.

Situado a la izquierda de Solarys, Volvaugr era uno de los Dhar Komai más peculiares. Cuadrúpedo, con una envergadura de unos veinte metros y cubierto en escamas doradas fundidas con piezas de metal hundidas en su carne, era el Dhar en el que más se podía apreciar de forma visible el elemento biomecánico de aquellos seres. Algo ejemplificado en sus alas retráctiles de metal, emitiendo constantes chisporroteos de energía  que dejaban un rastro visible tras el Dhar, como una estela.

A la derecha, Tempestas serpenteaba a través del hiperespacio, girando sobre sí mismo. El Dhar Komai azul contaba con un cuerpo alargado y sin alas de casi una treintena de metros de longitud, cubierto por filamentos cristalinos de un color celeste que se asemejaban a pelaje. Su cabeza reptiliana estaba rodeada por una melena de dichos filamentos que le otorgaba un cierto toque leonino. Volaba gracias a una proyección de energía constante que envolvía su delgado cuerpo serpentino en un aura de un azul eléctrico.

Finalmente, la retaguardia estaba cubierta por el segundo Dhar Komai más grande después de Solarys

Adavante, el Dhar Komai púrpura contaba con un cuerpo cuadrúpedo similar al de Volvaugr, pero más grande con unos treinta y dos metros de la cabeza a la cola, con alas extendiéndose desde sus hombros. Su cuerpo era también de aspecto más robusto y de cuello corto, cubierto por oscuras escamas que emitían destellos de luz purpurea al reflejarse cualquier fuente de luz sobre su superficie.

Todas y cada una de estas portentosas criaturas contaban con una silla-módulo injertada en sus cuerpos, en la parte superior de su lomo. En su interior se encontraban sus jinetes, los Riders. El lazo psíquico que los unía con cada uno de sus Dhars Komai les permitía no solo una sincronización y comunicación inmediata con las bestias, sino incluso establecer ese lazo mental entre los mismos Riders usando a sus Dhars a modo de intermediarios.

Era esa habilidad la que usaban para conversar entre sí en aquel preciso momento desde el interior de las sillas-módulo mientras atravesaban el hiperespacio, donde ningún sonido podía ser transmitido.

"¿C-606?", resonó la indignada voz de Avra Aster, "En serio, ¿por qué tenemos que ir ahí si ya sabemos donde se está montando la batalla?"

"Avra, ya te lo hemos explicado...", comenzó Alma antes de que su hermana pequeña la interrumpiese de nuevo.

"¡Ya lo sé, ya lo sé! Posible punto del primer ataque registrado de Keket, revisar el área, zona estratégica, blah, blah, blah... Pero si hay algo que podrían hacer los de la armada es asegurar un sistema solar ¿no? Para defender un solo planeta como Avarra iríamos mejor nosotros."

"Siendo sincero, creo que Avra tiene algo de razón, aunque no lo haya expresado de la forma más diplomática", dijo Armyos.

"Cierto, si C-606 está hasta arriba de Esquirlas nosotros cinco solos no vamos a ser mucho más que una distracción", añadió un exasperado Antos, "Quiero decir, traer aquí al grueso de la flota para restringir movimientos de dentro a fuera del sistema y crear un cordón tiene más lógica que mandar a un escuadrón como el nuestro. Somos muy bestias en combate directo y contención planetaria, pero no somos omnipresentes..."

"El Mariscal es joven, y es ambicioso", dijo Athea.

La voz serena de la Rider Black pesó sobre todas las demás, cortando el ritmo de la conversación al tiempo que sus hermanas y hermanos asimilaron lo que intentaba decir.

Alma suspiró, "Si, yo también me temo que estamos dentro de otro tira y afloja político."

"Ah, mierda", refunfuñó Avra, "¿De qué tipo?"

"Bueno, como ha dicho Athea, el nuevo Mariscal es joven y ambicioso. La clase de persona que en un entorno militar seguramente quiera labrarse un nombre. Todo esto huele a una maniobra con cierto deje de propaganda para dejar claro ante la galaxia que las tropas del Concilio siguen siendo formidables y más que capaces de lidiar con cualquier amenaza aún sin contar con nosotros", explicó Alma Aster.

"Cinco Infiernos, la miopía logística...", susurró Antos.

"En el mejor de los casos estamos ante alguien de convicciones muy firmes cegado por las mismas", añadió Armyos, "En el peor, se trata de un miles gloriosus de manual o alguien con resentimiento hacia los Corps."

"Pues menuda gilipollez", dijo Avra, "Es como si el imbécil se hubiese tirado a lo más hondo de la piscina dejando fuera a los flotadores, que somos nosotros."

"Eer... si. Supongo que es una forma de verlo", musitó Armyos.

"Al menos no ha usado una metáfora escatológica esta vez", dijo Antos con un deje jocoso en su voz.

"Obviamente el tipo la va a fastidiar aún más cagando en la piscina", añadió Avra.

"Retiro lo dicho."

"Tenías que provocarla ¿no?", preguntó Armyos.

"Flotadores...", llegó la voz queda de Athea, como si estuviese dándole vueltas a la metáfora de Avra con más seriedad de la necesaria.

En el interior de su silla-módulo Alma Aster sacudió su cabeza, ignorando el peculiar debate improvisado sobre el mal uso de figuras retóricas cuando una señal parpadeó en el interior de su casco.

"Silencio, todos", dijo. Su voz resonó con firmeza en el lazo psíquico que los unía, transmitiendo no solo la orden sino también la seriedad que la acompañaba. El resto de los Riders tomó nota de ello, callándose pero también adoptando un posicionamiento más firme en el interior de sus respectivos Dhars, y afinando sus sentidos al máximo.

Las mismas señales comenzaron a parpadear en sus cascos al tiempo que el hiperespacio ante ellos se abría en un destello de luz multicolor, dejando de nuevo que la negrura estrellada del Mar Interminable los rodease.

"Hemos llegado."

martes, 20 de septiembre de 2022

086 LA TORMENTA: PRÓLOGO


Hace unos ciento cincuenta mil años...

Abrió los ojos con un respingo, tomando aliento de golpe y sintiendo el dolor y la quemazón en sus costillas fracturadas.

No había modo alguno de saber con certeza cuanto tiempo había pasado. Su mente estaba difusa y desorientada. Recordaba el último golpe, el grito y la caída. Recordaba la montaña acercándose de forma vertiginosa mientras descendía envuelto en llamas y nubes de oscuridad cristalina rasgando y cortando, intentando llegar a su piel. Estaba boca abajo en el suelo, y a pesar del casco y la armadura podía sentir la superficie caliente y arenisca bajo su cuerpo.

Intentó levantarse pero no pudo hacer nada más que elevar su torso apoyándose sobre sus brazos. Sus piernas aún no respondían, pero consideró que el hormigueo y el dolor sordo que sentía eran una buena señal de que pronto recuperaría movilidad.

Echó un vistazo  su alrededor. Se encontraba en el interior de un cráter de medio tamaño formado por el impacto de su caída. Parte del calor emanado por el suelo sin duda se debía también a ello. En algunas partes, sobre todo en los bordes, aún había restos humeantes de llamas y volutas de energía disipándose. Troncos de árboles quemados lo rodeaban, carbonizados y convertidos en pilares de vida muerta.

Se giró, reprimiendo un quejido al notar el dolor en su torso. Su armadura parecía estar intacta pero bajo ella su torso seguramente luciría como un único y enorme hematoma. Intentando ignorar el dolor, clavó su vista sobre la montaña contra la que había impactado, casi a un kilómetro de distancia a sus espaldas.

A través del visor levemente oscurecido de su casco pudo ver como parte de la cumbre se había derrumbado, destrozada por el golpe, desplazando enormes cantidades de roca en un corrimiento de tierras que había dejado todo el terreno a su alrededor sepultado.

Notando que la fuerza volvía a sus piernas, se sentó. Tomó aliento antes de por fin poder ponerse de pie, esta vez sin poder evitar un gemido de dolor por el movimiento. No era solo su torso. Todo su cuerpo había aquejado el impacto, lo cual unido a los demás golpes recibidos en batalla y el agotamiento había convertido su sistema nervioso en un mapeado de dolor constante y palpitante que parecía dispararse ante el más mínimo esfuerzo. Una parte de él sabía que estaba tardando en recuperarse más de lo normal, que el poder del Nexo no fluía con el ímpetu habitual, pero aún no estaba preparado para afrontar tal hecho de forma consciente.

Finalmente en pie, si bien ligeramente encorvado por el dolor y sujetando su brazo izquierdo probablemente roto, el Ranger de armadura roja desmaterializó su casco con un destello carmesí, dejando que el aire cálido golpease su rostro ahora al descubierto.

Era un eldara de aspecto joven. Rostro humanoide, de rasgos delicados a la par que afilados y sin nada que pudiese parecerse a cabello o plumaje sobre su cabeza. Su piel de un azul pálido estaba surcaba por finas líneas que descendían en un intricado diseño desde lo más alto de su frente hasta su mentón, pasando por su rostro. Marcas que parecían grabadas en su piel como el trabajo de un artesano. Sus ojos eran de un dorado refulgente sobre una esclera totalmente negra y miraron con preocupación y consternación todo el paisaje a su alrededor.

La idea de haber contribuido a aquella destrucción, aún involuntaria, le causaba una sensación de angustiosa incomodidad.

El Ranger Rojo alzó la vista al cielo. Nubes anaranjadas lo cubrían totalmente, filtrando la luz de su sol de tal forma que todo el ambiente a su alrededor presentaba una tonalidad similar. En lo alto, más allá de las nubes, destellos de luces de distintos colores refulgían y el temblor de las energías desatadas reverberaba como un trueno que se haría sentir en cualquier parte del planeta.

Un refulgir dorado llamó su atención y pudo ver algo descendiendo desde lo alto a gran velocidad. Estaba a kilómetros de distancia pero se movía hacia su dirección a una gran velocidad y en pocos segundos se situó a menos de un centenar de metros de su posición.

Era un vehículo, similar a un transporte monoplaza urbano, pero más blindado y de mayor tamaño. Elementos de su diseño referenciaban a algún tipo de animal felino. El material en el que estaba construido no parecía metal. Su color dorado era de tal intensidad que casi parecía forjado en luz solida, y volutas y chispas de energía recorrían la superficie de la maquinaría siguiendo pulsos que recordaban al latido de algo vivo. Sobre el vehículo se encontraba una figura humanoide y femenina. Su armadura presentaba un diseño prácticamente idéntico a la de él, salvo en su color amarillo.

"¡Aton-Ka!", llamó, saludando con la mano antes de saltar del vehículo que había comenzado a desmaterializarse, dejándose caer las últimas decenas de metros sin problema y corriendo hacia él tras tocar tierra.

El Ranger Rojo, Aton-Ka, observó como el casco de su compañera también se disolvía durante su breve carrera hasta llegar junto a él. Al descubierto quedó un rostro felino de pelaje anaranjado amarillento, ojos verdes y melena leonina, marcado por la preocupación. Aparte de eso, la Ranger Amarilla parecía no haber sufrido ni un tercio de los daños que él había experimentado.

"Khanur", respondió el Ranger Rojo, con una inclinación de cabeza, "¿Los demás...?"

Khanur alzó su cabeza un instante. En las alturas los destellos de color, las explosiones y las descargas de energía proseguían, llenando el aire con un retumbar asonante.

"La están entreteniendo, intentando que pierda el rastro", dijo, "Parece que puede sentir el fragmento, pero de forma muy vaga. Pero Tomm-E insiste en que ello ha mermado su poder."

Aton-Ka rió quedamente, "Menos mal. No estaría aquí hablando contigo si me hubiese golpeado con todas sus fuerzas."

"No tendrías que haberme escudado", replicó ella con tono de preocupado reproche.

Él respondió con una sonrisa cansada, "Prometimos cubrirnos las espaldas los unos a los otros, Khanur", dijo, antes de que su expresión se tornase seria de nuevo, "El cielo..."

Se había hecho el silencio. Sobre las nubes anaranjadas habían cesado los destellos de color y el sonido de la batalla.

"¿Crees que la han...?", comenzó a preguntar Khanur, con un deje de esperanza en su voz, pero se interrumpió al ver como Aton-Ka sacudía en negativa su cabeza con el ceño fruncido, sin apartar la mirada de lo alto.

"Entonces Kim y Chantilla han...", susurró la Ranger Amarilla con congoja.

Un nuevo retumbar comenzó a llenar el aire, una vibración constante y en crescendo unida a una sensación opresiva que los habría puesto de rodillas con dificultad para respirar si fuesen individuos normales de sus respectivas especies y no Rangers. En las nubes, una sombra negra comenzó a formarse, una marea de tinieblas que comenzó a expandirse, oscureciendo el cielo como una masa aceitosa, sumiendo la tierra bajo ella en una penumbra que parecía absorber el color de todo a su alrededor.

Pronto la única luz eran las tenues auras de energía de los dos Rangers y el único color el de sus armaduras. Con un breve destello sus cascos se materializaron de nuevo en torno a sus cabezas.

"Creo que es obvio que somos los únicos que quedan de nuestro escuadrón, Khanur", dijo Aton-Ka apesadumbrado.

"Tenía esperanzas de que Tomm-E hubiese discurrido algún truco de última hora", replico la guerrera felina, "Espero que haya podido esconder bien esa condenada cosa, porque la bruja viene a por nosotros."

Efectivamente, una columna de oscuridad solida comenzó a caer desde el cielo, como un chorro de líquido derramándose hasta impactar a unas docenas de metros frente a ellos, en un punto elevado en el exterior del cráter. La oscuridad y las sombras comenzaron a desvanecerse, y una figura emergió, incorporándose alta y regia. Cada uno de los dos Rangers la percibió de forma ligeramente distinta. Para Aton-Ka se asemejaba a los eldara. Khanur vio un reflejo tenebroso de su propia especie. En ambos casos se trataba de una escultura viviente de cristal humanoide más negra que la noche, absorbiendo la luz a su alrededor, con ojos de un rojo incandescente avivados por una furia apenas contenidas.

Keket, la Reina Crisol, observó a los dos Rangers frente a ella con un rictus de rabia en su rostro inhumanamente hermoso. Pequeñas marcas y cortes de color salpicaban y distorsionaban la perfección de su forma. El daño más visible recaía sobre su frente, donde su corona de cristal ambarino, un repositorio de gran parte de su poder, había sido quebrada.

Chispas de algo parecido a la luz, pero fría y muerta, brotaban de la fractura. Un líquido dorado se derramaba desde la misma, cayendo por el rostro de la Reina.

Keket señaló dicho daño, y cuando habló su voz resonó como si una legión de almas hablase a través de ella.

"Decidme", ordenó, "Decidme donde está lo que vuestros compatriotas han arrancado de mi corona y quizá os conceda una muerte rápida y sin dolor."

Los dos Rangers miraron a la Reina. A continuación se miraron el uno al otro.

Khanur asintió, ofreciendo bajo su casco una sonrisa triste que Aton-Ka no pudo ver. Éste respondió con un gesto de asentimiento antes de volver a centrar su atención sobre la Reina Crisol.

Y procedió a adoptar posición de combate. Khanur hizo lo mismo a su lado.

Los Rangers Rojo y Amarillo estallaron en un aura de poder que por un instante disipó la atmósfera de sombras que había caído a su alrededor. La única reacción de Keket fue una mueca desagradable en sus labios.

"¿Rojo?", dijo Khanur, casi como en un suspiro.

"Amarilla", respondió Aton-Ka, conteniendo el temblor en su voz.

"¿Por siempre?"

"Por siempre."

Estaban solos, tenían miedo y carecían de esperanza. Y aún pese a eso, los dos se abalanzaron contra la oscuridad viviente que los esperaba. Sin dar cuartel y sin retroceder. Como tantos Rangers que los habían precedido. Como tantos otros que lo harían en siglos venideros.

 

******

 

El presente...

Keket despertó, con un ligero sobresalto y una desagradable sensación de miedo que jamás se le ocurriría admitir y que ignoraría en cuanto su mente estuviese más despejada.

Un ser como ella no debería estar sujeta a las cadenas del cansancio, pero era cierto que desde que había salido de su letargo su poder aún no se había recuperado del todo, forzándola a breves periodos de reposo en el corazón de su Trono, dejando que sus Esquirlas siguiesen sus instrucciones a través del Canto que las unían a ella.

Y siempre se despertaba con esa inquietud, un temor de que hubiesen pasado de nuevo milenios y todo se hubiese perdido de nuevo como cuando la sangre de los suyos fue derramada sobre su pirámide. Por fortuna no era el caso.

La Reina de la Corona de Cristal Roto se incorporó y se elevó en el aire, abandonando el corazón de su trono convertido en tumba, atravesando el interior cambiante de la gran construcción. Todo se movía y reconfiguraba, dejándola paso y formando nuevos conductos para su desplazamiento hasta llegar a la cúspide y salir al exterior, al frío vacío del espacio que para ella suponía un bálsamo.

A pesar de la desagradable presencia de las estrellas, la oscuridad del cosmos le resultaba reconfortante.

Una oscuridad helada, hueca y pura, como en los vagos recuerdos que conservaba de los días antiguos de su niñez. Cuando las futuras estrellas apenas eran nubes de gas disperso y deidades que ya eran viejas jugaban con un universo recién nacido y sin formar.

Observando la negrura infinita, la asaltó un recuerdo muy vivo. Dos guerreros muriendo a sus manos ¿Acaso había soñado con el pasado? Era algo inusual en ella, el siquiera dignarse en recordar aunque fuese de modo subconsciente a aquellos insectos. La breve punzada de dolor en su frente le dio la respuesta al tiempo que llevaba su mano con delicadeza al fragmento quebrado de su corona, acariciándolo con cuidado.

Por eso los recordaba, los últimos del primer grupo de Rangers que habían podido herirla. Tras aquello fue cuando su campaña se comenzó a torcer, una realidad amarga que la había llevado a la capitulación.

Pero esta vez no será así, se dijo.

Keket se permitió una sonrisa afilada. Aquel dolor era buena señal. El viejo poder reconocía al viejo poder y ello quería decir que en algún mundo cercano reposaba el fragmento de su corona quebrada. Debía ser cauta, como había explicado a sus solicitas Esquirlas. Comenzarían poco a poco, siguiendo el modelo de toma de mundos de aquellos grotescos parásitos garmoga que se habían atrevido a invadir el suyo. No temía a las débiles tropas que la galaxia de esta época pudiese arrojar contra ella, pero su instinto le aconsejaba paciencia. Y dicho instinto siempre la había servido bien.

Pero sería un poco más ambiciosa. Sus Esquirlas ya tenían un mundo casi asegurado. Otros dos se antojaban un buen botín inicial para asentar una base que le permitiese reconstruir a su antiguo ejército y poder lanzar una puñalada directa al corazón de la galaxia.

Y cuando encontrase el fragmento de su corona ya no sería necesaria la cautela. Cuando por fin estuviese completa de nuevo ya nada podrá hacerle frente.

Los Riders te detendrán, le había dicho Amur-Ra.

Keket rió. Un puñado de chiquillos, apenas nada comparados con los Rangers de antaño ¿Qué podrían hacer? Sacudiendo su cabeza con un deje incrédulo al tiempo que se apagaba su risa, Keket borró a los Riders de su pensamiento. Enterró también en lo más profundo de su mente la memoria de los guerreros de antaño que se habían atrevido a herirla.

Su corona quebrada palpitó de nuevo con dolor.

 


lunes, 12 de septiembre de 2022

085 LA CALMA (III)

 

"¿Cuánto tardaremos, señor?"

Había pasado una semana desde el asalto a la Balthago, y para la Primera Oficial Astorias Neva, la espera en puerto comenzaba a ponerla nerviosa.

Por fortuna, los daños en la fragata propiamente dicha habían sido mínimos, siendo los puntos de impacto en el casco usado por las esquirlas para acceder a la nave fáciles de aislar. Al menos lo suficiente para un traslado de emergencia a la estación del Concilio en Dumhas, situada en un área de intersección entre los sectores Dálet y Guímel.

Vonn Calkias, capitán de la INS Balthago, acababa de sentarse frente a ella en la mesa del comedor habilitado para oficiales en la estación. Frente a él se encontraba una bandeja con un plato humeante de algún tipo de sopa. Comida de verdad, no las típicas raciones prensadas con las que debían apañarse en la nave.

Puede que para él fuese apetitoso, pero las finas fosas nasales de la joven oficial gobbore estaban teniendo dificultades con el olor.

"Puagh."

Calkias soltó un bufido de buen humor, "¿La sopa de nassu no es de su agrado, Primera Oficial?", preguntó.

"Señor, pertenezco a una especie de superdepredadores carnívoros en un mundo en que las formas de vida vegetal son todas, absolutamente todas, malas noticias. Me abstengo de hacer comentarios."

"Bueno, los ithunamoi contamos con la ventaja de ser omnívoros y ha pasado mucho más tiempo del que me siento cómodo en admitir desde que tomé una última ración de dulce sopa de nassu."

"Discusiones tróficas aparte...", interrumpió Neva.

"Si, si... respondiendo a su pregunta, acabo de hablar con los muchachos del astillero. La reparación va bien, pero seguramente tengamos que esperar al menos otras dos semanas antes de poder tener a la Balthago operativa de nuevo."

"¿Tanto?", preguntó la joven gobbore, "Sé que necesitamos hacer una rotación de la tripulación, preparar los cuerpos de los caídos para enviarlos a sus familias... pero no debería ser más de una semana estándar."

"Es precisamente por los caídos en el ataque por lo que estamos en esta situación", explicó Calkias, "Una especie de cuarentena breve. Quieren raspar todo de arriba a abajo para asegurarse de que no quedan restos de esas cosas."

"Ah, comprensible", admitió Neva, "Pero eso significa que vamos a estar aquí varados mientras todo el mundo se moviliza."

Calkias asintió, intentando combatir la amarga sensación de frustración que crecía en su pecho. Su informe respecto a la situación en C-606 y el ataque a su nave parecía haber prendido un fuego entre el Almirantazgo y la Cancillería que había llevado a una movilización de toda la Armada y Flota del Concilio a un nivel que no se había visto desde los primeros años de la guerra contra los garmoga.

En el último siglo y medio habían sido más un refuerzo para los Riders y sus Dhars. La política de contención respecto a los garmoga se traducía en una flota reactiva que ahora parecía dispuesta a recuperar una posición proactiva ante un nuevo enemigo.

Una parte de Calkias estaba entusiasmada respecto a ello. Y otra preocupada porque tras haber lidiado con una pequeña parte del enemigo no podía evitar preguntarse como podrían hacerle frente de forma efectiva.

Y una parte más pequeña y cínica en lo más profundo de su ser temía que todo aquel movimiento de la flota no fuese sino un impulso de alguien al mando buscando un lavado de imagen. Demostrar que la flota podía ser algo más que una fuerza de evacuación y apoyo a distancia. Demostrar que aún podían barrer a un enemigo.

Miradnos, somos la mayor fuerza militar de la galaxia, podemos hacer frente a esto por nosotros mismos. Incluso sin los Riders.

Algo de propaganda.

Calkias siguió comiendo en silencio. Neva lo observó por un momento antes de centrar su atención en el holovisor de su pulsera.

El sabor dulce de la sopa de nassu se había tornado amargo.

 

******

 

Algo de propaganda. En principio no habría estado mal, pero...

"No. Absolutamente no."

La voz de Ogun-Mori cortó las discusiones que se estaban produciendo ante él en la sala de conferencias.

Su tono habitualmente afable y grandilocuente al tratar con el público y aquellos ante los que quería proyectar una imagen más cercana se había tornado frío y seco en aquella reunión con el departamento ejecutivo de la Sentan Corp.

"Pero señor Mori, la presencia de Shin podría suponer una excelente proyección para..."

Mori silenció al ejecutivo de marketing con un gesto de la mano. El empresario eldrea respiró hondo y se permitió dibujar un amago de sonrisa en su boca oculta bajo las mandíbulas aserradas de saltamontes que la cubrían.

"Os entiendo, amigos. Soy el primero en ser consciente del potencial de una buena campaña propagandística. Es la razón por la que finalmente hemos optado para que Shin intervenga también en incursiones garmoga que no atañan solo a los mundos más ricos donde residen los intereses de nuestros mayores clientes", comenzó Ogun-Mori, "Pero hay una diferencia entre lanzar a nuestro producto hacia enemigos contra los que ha sido testado y mostrado plena capacidad que hacerlo contra algo de lo que apenas sabemos nada."

Con un gesto de su quitinosa mano, Mori amplió la imagen del holovisor a su espalda.

"Admito que la idea de Shin erigiéndose como el primer gran héroe en derrotar a una nueva amenaza para la galaxia es muy tentadora y no os reprocho la insistencia... ¿Pero qué es lo que sabemos realmente?", preguntó Ogun-Mori al tiempo que señalaba una serie de documentos, "Nuestros informadores en distintos departamentos del gobierno conciliar no nos han podido dar nada más allá de vagas conjeturas y datos muy censurados. Las medidas de seguridad están siendo más altas y menos transparentes de lo normal, sin duda para evitar causar un pánico entre la población."

"La mayoría de medios están transmitiendo una historia oficial sobre nuevas maniobras. Otros especulan con algún tipo de nueva ofensiva contra los garmoga", interrumpió una voz precedida por un chasquido de estática. El científico fulgara al cargo del proyecto había entrado en la sala sin aviso previo, para consternación de los presentes.

A Ogun-Mori no pareció importarle, saludando al doctor con un gesto de la cabeza.

"¿Alguna observación con la que iluminarnos, doctor?"

"Shin es un prototipo. Diseñado para ser efectivo contra un enemigo conocido y examinado a fondo. No sabemos nada de este nuevo oponente y sería necio enviar a nuestra inversión más valiosa a algo que podría torcerse de múltiples formas. Olviden las ganancias a corto plazo y piensen en lo devastador que sería perderle sin que podamos afinar el procedimiento que llevó a su creación."

"Ahí lo tienen, amigos míos", añadió Mori extendiendo sus brazos en un aspaviento de pretendida magnanimidad, "No seamos codiciosos. Shin no intervendrá en este nuevo conflicto. Podemos dejar un poco de gloria a otros si con ello garantizamos la continuidad a largo plazo de nuestro producto."

Si, un poco de propaganda habría estado bien, pensó Ogun-Mori, Pero de poco valdría si nos quedamos sin nada que vender.

 

******

 

"¿Ninguna señal?"

Sentada sobre su cama, Alma Aster alzó la vista hasta ese momento fijada en el holovisor de su muñeca al oír la voz de su hermano. Armyos estaba de pie y con sus brazos cruzados, ligeramente inclinado contra el marco de la puerta abierta de la habitación.

El Rider Orange miraba con un gesto inquisitivo y preocupado a su hermana mayor.

"Nada", respondió la Rider Red, "Casi dos semanas desde su marcha y ni una señal del tío Amur."

"No es la primera vez que tiene una ausencia prolongada atendiendo asuntos de los eldara."

"Pero siempre respondía a cualquiera de nuestros mensajes, aunque fuese una mera señal de que lo había recibido."

El "Tengo miedo de que le haya pasado algo" resonó en las mentes de ambos, aunque no hizo falta pronunciarlo en voz alta.

Armyos suspiró, frotándose la nuca al tiempo que entraba en la habitación y se sentaba en el borde de la cama junto a su hermana, apoyando su mano sobre el hombro de ella.

"Estará bien", dijo, "Piénsalo. El tío Amur sabe cuidarse. Es más viejo que la civilización actual."

"Lo sé, lo sé, pero hay tantos cabos sueltos últimamente..."

"Lo de Keket... ¿Cómo se tomaron el informe los peces gordos?"

Alma bufó, con un gesto de incredulidad.

"Bueno, Ziras me aseguró que entendía nuestras razones para no aportar ese dato de entrada", explicó Alma, "En la práctica solo les permite aportar un nombre a la información que ya tienen en el Concilio, pero no me quito de la cabeza que algunos del Mando han debido refunfuñar algo."

"Bah, Ziras puede lidiar con ellos. A estas alturas deberían tener más presente que tenemos cierta autonomía", replicó Armyos, "Lo que está claro es que las cosas van a empezar a moverse en direcciones extrañas."

"Ah, veo que tu también has leído el informe de la Balthago", dijo Alma.

"Creo que la única que no lo ha leído es Avra, y porque Antos se lo resumió de aquella manera...", rió Armyos. Su risa se tornó en un suspiro, "¿A qué demonios está jugando esa Rider Green? Primero nos da una paliza de campeonato..."

"Me la dio a mí, vosotros os librasteis bastante", interrumpió Alma.

"Detalles, detalles... La cuestión es que nos metió una buena y está abiertamente aliada con los garmoga... ¿Y ahora va y salva una de las naves del Concilio? ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por caridad?"

"Athea comentó más o menos lo mismo", dijo Alma, "Ella cree que era simplemente un acto de eliminar a la competencia."

"Esperemos que ese sea...", comenzó Armyos, para interrumpirse de golpe, siendo su voz acallada por una estridente alarma resonando por todo el complejo de los Rider Corps.

"Esa no es la señal de un ataque garmoga", observó el Rider Orange. Y no lo era. La nueva alarma tenía una cadencia totalmente distinta.

"No", dijo Alma, "Es la señal de un llamamiento a las tropas."

 

******

 

Año galáctico estándar 2044 DF, a tres meses del final de año.

Despertada de su letargo, Keket, la Reina de la Corona de Cristal Roto, inicia su primer asalto abierto contra la galaxia. Tres mundos se ven comprometidos simultáneamente.

Comienza así, aún en pleno conflicto contra los garmoga, la Segunda Guerra Sombría galáctica.

El nuevo conflicto verá su resolución en cuatro días.

Para bien y para mal.

 

******

 

Goa Minila y Tobal Vastra-Oth dormían. 

Legarias Bacta fingía hacerlo en su celda, su mente convertida en una maraña de concentración fijada en una espiral minúscula dibujada con su propia sangre.

La única luz en la residencia de IX-0900 era el resplandor de los monitores ante el rostro pálido de Meredith Alcaudón. Un rostro que mostraba una expresión de desencajada sorpresa y horror ante las palabras que se podían leer en la pantalla frente a ella.

Tras determinar las trampas del cifrado, por fin había comenzado a avanzar realmente en la transcripción del código, Por fin estaba consiguiendo resultados, aún cuando todavía se encontraba en una fase muy temprana donde solo conseguía pequeños fragmentos legibles de los datos contenidos. Ningún documento completo hasta ahora.

Pero aquello... aquello que tenía delante había ganado una aterradora prioridad frente a todo lo demás.

Dos palabras. Dos palabras bastaron para que una losa de miedo helado se asentase sobre el alma de Meredith Alcaudón.


[[PROYECTO GARMOGA]]


domingo, 4 de septiembre de 2022

084 LA CALMA (II)

 

Al igual que había sucedido durante su estancia en Venato, Goa Minila había adoptado una firme rutina en el atolón artificial que servía de base a la ciudad en la que ahora residía con la señora Alcaudón y el señor Vastra-Oth.

Largos paseos y adquisición de víveres. Hacer de chica de los recados le parecía algo muy exótico precisamente por lo mundano que resultaba.

Como era habitual en ella, la joven vas andarte de piel rojiza y brillantes cabellos plateados paseaba luciendo una serena sonrisa que chocaba con el ambiente en el que se movía.

Si Venato había sido un mundo de claroscuros, con áreas para los extremadamente ricos y sectores en los que el mero hecho de caminar por la calle era una invitación abierta a ser atracado, la luna IX-0900 estaba en una suerte de extraño punto intermedio.

La automatización de la factoría central en la plataforma de minería había llevado a los habitantes del atolón a recurrir a la piratería y contrabando en su gran mayoría. Naves y esquifes de todos los tamaños y configuraciones entraban y salían de forma constante de los puertos y áreas de lanzamiento, ascendiendo o descendiendo de los cielos. La mayoría camufladas en los registros como naves comerciales, cuando su "comercio" estaba más bien centrado en la adquisición de bienes de forma forzada o fraudulenta.

Las naves de carga de la mina eran las únicas con un cierto nivel de legalidad.

De alguna forma, aquella situación había hecho de IX-0900 un lugar relativamente más seguro que Venato. Había áreas claramente más favorecidas que otras, con sus habitantes contando con más recursos. Pero al final del día casi todo el mundo en aquel lugar era una variante de contrabandista o pirata y parecía haber un acuerdo tácito de evitar traer problemas a sus propias casas. No había fuerzas de seguridad de ningún tipo, pero si existía la norma no escrita de que cualquiera que comenzase algo se las tendría que ver con los demás.

La discreción era apreciada y el no meterse en asuntos ajenos era lo común. Una de las razones por las que aquel núcleo de población criminal había durado tanto durante tanto tiempo había sido una combinación de la gran corporación minera ofreciendo una suerte de escudo de falsa legitimidad y que siempre habían evitado llamar la atención.

No como aquellos aficionados de Krosus-4 que fusionaron tres flotillas en una sala y terminaron armando demasiado ruido. Las historias circulaban.

Por todo eso Goa Minila notaba las diferencias al caminar por aquellas calles húmedas, siempre bajo una llovizna constante o salpicadas por el oleaje embravecido rompiendo contra las barreras de protección exteriores.

Los habitantes del vientre putrefacto de la estación en Venato habían visto el peligro en la sonrisa de Goa Minila, capaces de reconocer la peligrosidad oculta bajo la por otra parte genuina buena disposición de la muchacha, y la habían dejado en paz.

En IX-0900, los habitantes reconocían esa misma naturaleza, pero sus actitudes eran de respeto y no miedo. E incluso en dos ocasiones, ofertas de trabajo en cuestiones de seguridad o eliminación de elementos indeseables.

Las rechazó, por supuesto. Después de todo, nunca había dejado de ser una simple asesina en prácticas. Solo en prácticas.

La idea de matar por dinero no es que le causase rechazo, pero tampoco la veía como algo atractivo o atrayente. Su breve vida con los operativos había sido el resultado de un condicionamiento parcialmente exitoso más que por cualquier convicción personal.

Y estaba mucho más a gusto con la señora Alcaudón y el señor Vastra-Oth. La señora Alcaudón seguía siendo reservada con ella pero no la trataba como a una idiota incompetente. Y el señor Vastra-Oth, sin menospreciar sus capacidades, la trataba como... bueno, como la muchacha de catorce años que era. Igual que a su hija mayor. Eso estaba bien.

La cuestión es que, desde que había comenzado su estancia en el atolón, Goa había aprendido a observar todas las particularidades de sus nuevos vecinos.

Por eso aquella tarde, volviendo de adquirir unas pocas provisiones (conseguir café para la señora Alcaudón había sido una auténtica gesta), la extrañó e incluso alarmó un poco el sentir que algo estaba fuera de lugar.

Observó con más atención de la habitual, haciendo buen uso de sus ojos almendrados y segmentados al tiempo que mantenía la serenidad en su rostro. Junto con los pobladores habituales siempre había un gran flujo continuo de individuos y extraños de todas las especies conocidas de la galaxia que iban y venían de la luna.

Goa pudo ver, por como se movían, que al menos una pareja de lacianos saliendo de una de las áreas de carga eran miembros de los operativos.

Evitar pararse en seco como un animalillo asustado supuso un esfuerzo hercúleo. Goa siguió caminando, sin acelerar el paso ni alterar su ritmo. Su sonrisa seguía en su rostro y observaba a la calle y gente su alrededor con aparente indiferencia, evitando transmitir cualquier señal de reconocimiento. A simple vista, la joven vas andarte continuaba su caminar sin inmutarse, como si no hubiese visto nada fuera de lo usual.

El interior de su cabeza, en contraste, se había convertido en una fuente en ebullición llena de ideas paranoides.

Los dos lacianos que había visto... ¿eran conscientes de su presencia? ¿No lo eran? ¿La buscaban a ella? Eran operativos, había miles de razones por las que un miembro de la organización podría estar allí. A Goa Minila se le ocurrieron como un centenar de posibles objetivos solo pensando en las gentes con que se había cruzado los últimos días. No tenían que estar allí por ella, ni por ninguno de los demás. O por Bacta. ¿Estaban allí por Bacta? No podía asegurarlo. Solo había visto a aquellos dos y no disimulaban especialmente, ¿Querían que los viese? Puede. Quizá. No. No sabía si la estaban siguiendo. No podía dar señales de que sospechase de que la estaban siguiendo. Si la estaban siguiendo y ella alteraba su forma de caminar o su ruta de forma imprevista los pondría sobre aviso y los forzaría a actuar. Quizá debiera hacer eso. No. Muy arriesgado, para ella sola. Sigue caminando como si nada, atenta. Pero no des señales de que estés atenta. Ni se te ocurra. Podría usar algún rodeo, intentar despistar a quien pudiese estarla siguiendo. Pero no lo sabía seguro. No, debía seguir serena. Volver a la base e informar nada más llegar, sin rodeos. Quizá no sea nada, quizá lo sea todo. No debía dejar que el pánico la domine. Todo iría bien.

Todo iría bien.

Se lo repitió a si misma hasta que casi se lo creyó.

 

******

 

"Ha sido como encontrar una aguja en un pajar y he tenido que prometer muchos favores a mucha gente a la que me hubiese gustado meter un bisturí por el recto, polluela", dijo Ivo Nag, "Pero creo que tengo un rastro que podría servirnos."

Ivo Nag, Axas y Dovat habían recurrido a una vida nómada por un tiempo tras abandonar Occtei tras la batalla de la atliana con los Riders. Una batalla que finalmente se había saldado con su huida y una pieza de información proporcionada por la misma Rider Black.

Habían hecho uso de su carguero como residencia, parando en puertos pequeños y secundarios para aprovisionamiento, recorriendo rutas secundarias y ahorrando combustible haciendo uso de la capacidad de la nave para mantenerse en órbita geoestacionaria con un consumo mínimo de recursos.

No habían estado más de cuatro horas en tierra firme en cada una de esas paradas, tiempo suficiente para piratear sistemas de comunicación, bases de datos y permitir que Ivo Nag hiciese de las suyas.

El viejo cirujano phalkata era un individuo de muchos talentos y que había gozado de una vida larga y complicada que le había permitido conocer a personajes de toda índole. Usar a sus contactos para rastrear a Meredith Alcaudón había sido idea suya.

Pese a ello, no había sido una labor fácil. La galaxia es... bueno, la galaxia. Encontrar a un único individuo específico en ella era una tarea complicada si el individuo en cuestión no era una figura conocida a nivel interestelar. Los Riders serían el ejemplo más obvio.

Y si bien Meredith Alcaudón era ciertamente conocida en algunos círculos, su reputación no estaba a esa escala, ni de lejos. Por lo que aún teniendo una idea del punto de partida, Ivo Nag tuvo que escarbar en su búsqueda.

Y parecía que finalmente había conseguido algo, con su anuncio al entrar en la cantina del carguero donde los dos jóvenes atlianos se encontraban preparando una cena a base de barras de comida comprimida, diluidas en una masa pastosa.

"¿Cual es el rumbo, doctor?", preguntó Axas.

"Alcaudón se ha estado moviendo desde que dejó su residencia en Occtei y dos cadáveres atrás. Oficialmente no identificados. Extraoficialmente, miembros de los operativos", respondió Nag.

"¿No hay una orden de busca y captura contra ella?", preguntó Dovat.

"No, nada formal. Si la hubo ha sido borrada. Puede que por ella misma, no lo sé. Pero lo dudo dado que sigue teniendo un amplio historial de antecedentes entre múltiples cuerpos de seguridad. Lo más probable es que al ser las víctimas miembros de los operativos las autoridades decidiesen lavarse las manos. Pero estoy divagando...", continuó Nag, "Tras Occtei parece que estuvo en dando vueltas por ahí. Hay huecos en el recorrido, pero nuestra pista más firme parece ser Venato. Tengo constancia de que estuvo durante un tiempo más prolongado que en ninguna otra parada previa, antes de partir de nuevo. No tengo una localización específica, pero puedo hacer conjeturas y quizá tengamos suerte."

Dovat asintió al tiempo que se limpiaba las manos con un viejo trapo, tomando a continuación un par de platos metálicos con unas gachas humeantes poniéndolos sobre la mesa.

"Bien, trazaremos los rumbos a esas localizaciones", dijo sentándose a la mesa poniendo uno de los platos frente a ella y otro frente a Nag, "¿En qué conjeturas se basa?"

"Consumo energético, distancia, posibles registros de viaje en Venato... no viaja sola. Si está buscando viajar de forma discreta, ahorrando recursos y evitando los mundos más poblados solo hay un puñado de localizaciones a las que podría acudir desde Venato sin armar mucho ruido."

Se sentó a la mesa y su sonrisa satisfecha se congeló en su rostro al ver el poco apetitoso contenido del plato puesto ante él. El plumaje de su cabeza se erizó al olisquear levemente.

"Aunque propongo que antes hagamos una parada de emergencia para conseguir comida que no se parezca a los excrementos de las crías de mi especie, por favor."