domingo, 22 de mayo de 2022

073 LA BATALLA DE OCCTEI (III)

 

Alma sabía que Solarys estaría agotada cuando llegasen a su destino, pero ese era un precio que en aquel momento estaba dispuesta a pagar.

Los Dhar Komai siempre habían sido capaces de efectuar viaje supralumínico, pero en aquella ocasión la mezcla de determinación, ira y miedo en Rider Red estaba empujando a su Dhar a superar sus límites.

Aunque habían abandonado Alirion al mismo tiempo, había dejado atrás a sus hermanas y hermanos casi al instante. Las estelas de color del resto de Dhars se habían disipado a sus espaldas, siguiendo su rastro a través del hiperespacio.

Desde el interior de la silla-módulo en el lomo de Solarys, Alma pudo ver el vacío distorsionándose en torno a ellas, las estrellas convirtiéndose en delgadas líneas de luz multicolor y la energía del Nexo bailando en espiral a su alrededor, al tiempo que ella y su Dhar atravesaban las barreras del espacio a velocidades casi incomprensibles para una mente humana.

Pero continuaba sintiendo que iban demasiado lento. Cada segundo era una eternidad en la que Iria seguía corriendo peligro.

Alma Aster llegaría a tiempo a Occtei, no tenía alternativa. No podía permitírselo.

 

******

 

MX-A2 volaba. No por decisión propia.

Todos y cada uno de los sensores de la unidad trooper Janperson se habían convertido en una fuente de datos confusos casi imposibles de procesar. Su visión indicaba un posicionamiento que chocaba de frente con los sensores de equilibrio interno, al tiempo que constantes avisos de daños se repetían como una cacofonía digital en lo más hondo de sus microprocesadores.

Todo culminando en un apenas percibido impacto contra metal acompañado de una detonación cuando el cuerpo del droide impactó contra otro de los vehículos del hangar, que comenzaba a asemejarse más a un cementerio mecánico en llamas.

Entre los amasijos de hierro y el humo pudo ver a MX-A1 saltando de nuevo contra la intrusa, que sujetó el puño de la androide y girando sobre si misma la convirtió en una improvisada arma, usando a A1 para golpear a MX-A3 en el aire cuando estaba a punto de caer sobre ella.

Las otras dos unidades Janperson cayeron en una masa de miembros mecánicos retorcidos. MX-A3 fue la primera en incorporarse, pero apenas pudo hacer nada.

Dovat saltó contra el droide y sujetándolo por su cabeza lo empujó hacia el suelo, hundiendo su cabeza en el cemento con un crujido metálico acompañado por el chisporroteo de chispas y descargas de energía derivadas del brutal impacto.

Dovat procedió a arrastrar a la MX-A3 contra el cemento durante al menos una docena de metros, dejando un surco profundo en la superficie como si una garra enorme hubiese arañado el hangar. Finalmente alzó de nuevo al droide, agarrándolo con firmeza en torno a su cuello.

MX-A3 intentó defenderse lanzando un golpe directo contra la cabeza de la atliana. Su puño metálico impacto con suficiente fuerza para crear una pequeña onda expansiva que resonó como un trueno localizado en torno a la cabeza de Dovat, pero está apenas dio señales de notar el impacto más allá de una risotada a la que siguió un nuevo golpe por su parte contra la unidad Janperson.

MX-A3 se sintió desorientada. Por una fracción de segundo la IA habría jurado perder la consciencia pues no consiguió determinar como pasó de estar en manos de la guerrera mórfica atliana a estar desplazándose en posición semivertical por el aire antes de empezar a notar de nuevo la gravedad.

Activó sus dispositivos de flotación intentando frenar la caída, pero Dovat saltó sobre ella propinando una patada sobre su torso que lanzó a MX-A3 contra el suelo a tal velocidad que la unidad Janperson quedó incrustada en un pequeño cráter.

La unidad MX-A2 salió del vehículo donde apenas hace menos de un minuto había sido arrojada y se lanzó envuelta en llamas contra Dovat, acelerando todo lo que se lo permitieron sus dañados sistemas.

Dovat recibió al droide con un salto, girando en el aire para golpear de nuevo con su pie en un movimiento de arco que, de una forma que tuvo que ser calculada de algún modo, lanzó a A2 directo contra la desafortunada A1 que acababa de levantarse.

MX-A3 intentó incorporarse, pero la auto-reparación de sus sistemas aún no había restablecido el control sobre sus extremidades inferiores. El droide apenas pudo sentarse en el suelo, observando desde su posición semienterrada como Dovat se volvía en su dirección al percibir el movimiento.

La atliana comenzó a caminar hacia MX-A3. La unidad Janperson intentó poner en marcha cualquier capacidad defensiva que le permitiese conservar la integridad de su torso ante lo que estaba claro iba a ser un ataque que podría poner punto y final a su autonomía inmediata.

Dovat alzo su brazo derecho, cerrando su puño envuelto en un aura de luz azulada.

Y en ese preciso instante el suelo estalló a sus espaldas.

 

******

 

Iria Vargas respiró hondo, intentando mantener un tenaz control sobre su propio miedo. No estaba segura de haberlo conseguido del todo, tal y como delataba el ligero temblor en sus rodillas.

Se encontraba en una subsección del laboratorio de desarrollo a la que muy pocos tenían acceso. Ella misma no lo tenía hasta que el Director Ziras se lo había proporcionado hace apenas unos minutos.

En la guerra contra los garmoga se habían desarrollado armas antes y después del éxito de la creación de los Riders y los Dhar Komai.

Las unidades Janperson habían sido de las primeras, útiles hasta cierto punto pero marcadas como obsoletas ante las capacidades y rendimiento superior de la familia Aster. Las esferas mórficas de producción en masa como las que habían sido ilegalmente apropiadas por Tiarras Pratcha habían sido un intento posterior al establecimiento de los Riders, un experimento para crear guerreros mórficos en masa con lazos temporales al poder del Nexo que fracasó dada su alta mortandad en las primeras pruebas.

Más recientemente, ejemplos como el tal Shin creado por la Sentan Corp y cuya verdadera naturaleza y capacidades estaban aún siendo determinadas.

Y luego estaban rarezas como la que ahora mismo flotaba en una cámara de éxtasis ante sus ojos, un pentágono de carne metalizada y palpitante, con una joya roja incrustada en su centro como un grotesco ojo. La obra maestra del Doctor Takaya, lo más parecido a un científico loco que había visto nacer la humanidad desde que habían llegado a la galaxia.

La bio-armadura Glaive, un ente simbiótico artificial creado a partir de retro-ingeniería basada en los restos de otros seres.

Drones garmoga.

Takaya era un firme creyente de que las mejores armas que usar contra el diablo eran las del mismo diablo. Llevó aquello a extremos literales al crear aquella abominación... que los Rider Corps nunca destruyeron ateniéndose a órdenes del Mando, planteando la posibilidad de que fuese útil algún día.

Iria había leído los informes. Todos los datos acumulados indicaban que la bio-armadura era segura durante un plazo de cuarenta minutos antes de que empezase a consumir la energía vital del anfitrión para forzar una unión permanente. Su biología atliana era lo suficientemente cercana a la humana para que no se produjese un rechazo, así que confiaba con contar con el mismo tiempo. Esperaba que fuese suficiente.

Tomó aliento, e intentó que su voz no sonase temblorosa al dirigirse a los sensores de la unidad de contención.

"Computadora, código GLAIVE-09876-Sigma-Epsilon-Pi. Autorización del Director Ziras Tokuma/Ace-1985."

Con un zumbido de estática, la barrera de energía que envolvía a la bio-armadura se disolvió, dejando a está flotando en el campo de éxtasis. Iria la tomó delicadamente con las manos.

"Glaive....", susurró, y la esfera escarlata en el centro del pentágono bio-orgánico relumbró con un fuego interior. Dicho pentágono saltó de las manos de Iria, flotando en el aire y desplegándose en distintas partes unidas por filamentos que parecían más tendones alargados que cableado. Todas y cada una de esas partes volaron hasta chocar contra el cuerpo de Iria, su torso y sus extremidades, cubriéndola en un tejido negro y metálico.

La doctora sintió como si todo su cuerpo estuviese siendo atravesado por millones de agujas, pero al mismo tiempo notó una sensación creciente, una necesidad de movimiento incapaz de ser reprimida.

La doctora atliana vio como la última pieza, conteniendo la espera carmesí, volaba ahora directa  a su delicado rostro verde, cubriéndolo. Por unos segundos lo sintió como una mortaja y el pánico la embargó temiendo la asfixia. Pero finalmente el aire entró de nuevo en sus pulmones y la negrura que había cubierto su vista fue sustituida por una visión más clara y nítida de la que habían gozado jamás sus ojos.

No era únicamente su vista, todos sus sentidos habían sido potenciados. Pudo percibir los sonidos y los impactos del combate en el hangar muchos metros por encima de su cabeza.

Sabiendo que no tenía tiempo que perder –cuarenta minutos y contando– Iria Vargas saltó. Apenas había flexionado los músculos de sus pantorrillas y aún así salió disparada a lo alto, atravesando el techo del laboratorio con un chillido de sorpresa.

Tendría que acostumbrarse rápido a aquello, porque parecía que las unidades Janperson no iban a durar mucho más.

 

******

 

Dovat avanzó hacia el droide caído, preparada para golpearlo de nuevo.

Una parte de ella estaba alarmada, gritando en algún rincón olvidado de su mente porque no sabía qué estaba sintiendo. La había invadido una suerte de euforia enfermiza. Quería seguir luchando contra aquellas máquinas, dejarse llevar, dejar que todo el poder que recorría su cuerpo al materializar aquella armadura se desatase y al diablo con las consecuencias.

Era consciente hasta cierto punto de que debía poner freno a aquello, neutralizar a aquellas máquinas e intentar retomar la búsqueda de aquello a por lo que había venido, o toda su incursión no habría servido para nada, pero aquel instinto de combate la arrastraba.

Era algo embriagador que no conseguía controlar, y que ahora mismo la llevaba a intentar continuar luchando contra un oponente caído.

Si su cerebro pudiese verbalizar sus ideas en aquel estado se había preguntado a si misma qué demonios estaba haciendo, pero no podía.

Entonces, el suelo estalló a sus espaldas, apenas a un par de metros, en una explosión de polvos y fragmentos de cemento que la golpearon como inofensiva metralla.

Dovat se volvió y por un segundo la invadió el pánico, porque lo que tenía delante le recordó demasiado a los centuriones garmoga, aunque no tardó en darse cuenta de que la recién llegada era algo distinto.

Para empezar, era una figura visiblemente femenina y más menuda que cualquiera de los centuriones garmoga. La bio-armadura que la recubría estaba segmentada, con partes más blindadas de un gris oscuro en extremidades y torso y otras de un negro de aspecto más flexible y orgánico en las articulaciones, cuello y manos. En general, parecía una versión plenamente formada y sin deformidades de un centurión, con mayores rasgos de definición en su morfología y sin las alteraciones constantemente cambiantes.

Dos ojos cristalinos y blancos estaban fijados sobre ella y en la frente, coronada por una púa que emergía en vertical como un cuerno, reposaba una espera rojiza que a Dovat le recordó a la esfera mórfica de su pecho.

Antes de poder hacer nada, la recién llegada se lanzó contra Dovat a una velocidad igual o superior que la suya.

Dovat apenas pudo reaccionar antes de percatarse de que su nueva oponente no pretendía golpearla. La había empujado, abrazándose al torso de Dovat por la cintura, apretando con fuerza como una tenaza.

En ese momento Iria Vargas habló, con una voz que resonó metálica y cavernosa.

"¡Glaive! ¡Boost!"

Orificios se abrieron en el torso y piernas de la bio-armadura expulsando un chorro de vapor seguido de una descarga de energía. Ambas combatientes salieron despedidas en un ascenso vertical vertiginoso.

Dovat estaba desorientada. Su vista solo podía centrarse en la figura que la seguía agarrando por el torso en un abrazo inmovilizador. Podía sentir sus  brazos apretando y cortando su respiración.

Sintió también el cemento y metal atravesado y apenas vislumbró las distintas estancias que estaban cruzando en su ascenso. De repente todo se hizo blanco, sus ojos abrumados por una luz cegadora. Sintió en su armadura la brisa del aire como si tocase su misma piel desnuda y cuando sus ojos se recuperaron, pudo ver el azul del cielo.

Su nueva rival la había hecho salir al exterior, sacándola del edificio de los Corps.

"¡No! ¡NO!", gritó, pero Dovat apenas pudo hacer nada más antes de que Iria Vargas girase en el aire y la lanzase contra el suelo. La atliana de mayor envergadura chocó contra las placas decoradas de la superficie de la plazoleta que había ante la puerta de acceso principal para visitantes del complejo, la misma que había atravesado cuando llegó al lugar.

Rebotó con el impacto y voló otros pocos metros hasta incrustarse contra la fuente decorada con una escultura de bronce de uno de los Dhars.

Iria Vargas descendió, cayendo sobre sus rodillas a una decena de metros, visiblemente aún intentando acostumbrar sus movimientos y reflejos a las capacidades que le otorgaba la bio-armadura. Se llevo una mano de uno de sus oídos cubiertos, un acto de puro reflejo pues su casco ya había establecido las comunicaciones en el mismo momento en que ella lo había pensado.

"¡Director Ziras! ¡He conseguido sacarla del edificio, hay que..."

"Doctora, ya he redirigido a las tropas y toda el área en un radio de un kilómetro ha sido evacuada", interrumpió Ziras, "Estamos iniciando preparativos para desplazar a los ciudadanos y ampliar la zona, pero por el momento tiene ese espacio para reducir a la intrusa sin tener que preocuparse por pérdida de vidas."

Iria se levantó, notando que en su caída había dejado una enorme grieta en la superficie. Ante ella pudo ver a Dovat incorporándose en la fuente. El bordillo de ésta había sido destruido y el agua se derramaba libremente sobre la plaza.

Iria casi pudo sentir la ira que emanaba de la guerrera de la armadura plateada y roja. La joven doctora atliana tragó saliva.

"Eso está muy bien señor, pero no creo que vayamos a tener garantías en lo que respecta a daños estructurales o a mí misma."

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