sábado, 29 de mayo de 2021

021 VECINOS PREOCUPADOS

 

Athea Aster se volvió, clavando su mirada en la perpleja recién llegada.

La mujer, una humana joven de cabellos rubios y aspecto asustadizo, tenía aún extendida la mano con la que aparentemente se disponía a dar unos toquecitos en el hombro de Athea hace unos instantes para llamar su atención. Ahora se encontraba paralizada como un animal salvaje antes las luces de un vehículo acercándose a gran velocidad.

Finalmente, saludó con su mano extendida y una sonrisa nerviosa en el rostro.

"Yo... erm... ¿hola?"

"Hola."

Athea por su parte se mantuvo reservada. Transcurrió un instante de silencio incómodo antes de que la recién llegada se aclarase la garganta y retomase el intento de conversación.

"Oh, bueno... disculpa si te he asustado. Soy Pat, vivo ahí al lado", dijo al tiempo que señalaba la casa a la derecha de la de Mantho, "¿Eres amiga de los Oth o...?"

Athea sonrió, una sonrisa tranquilizadora, abierta y amigable. Cuando habló de nuevo su voz no tenía ya su habitual tono de reserva, sino una calidez recargada que invitaba a la confianza. Si sus hermanas y hermanos la hubiesen visto en ese momento habrían retrocedido sintiendo un terror abyecto ante la enorme falsedad que suponía aquella máscara de su personalidad.

"Soy una compañera de trabajo de Mantho, estábamos algo preocupados por él", dijo al tiempo que extendía su mano para estrechar la de la vecina, "¡Oh, disculpe mis modales! Amanda Starr."

"Bueno, un placer conocerla señorita Starr. Y cualquier amiga de Mantho es amiga mía. En este barrio somos un poco como una gran familia ¿sabe?", dijo Pat, "Aunque es raro..."

"¿Raro?"

"Bueno, tenía la impresión de que los Oth se habían ido de vacaciones o de viaje. Hace dos días Mantho tuvo una charla con su marido y éste y los niños se marcharon. Mantho mencionó algo de reunirse con ellos después. No he vuelto a verlo desde ayer, y la casa está totalmente cerrada, así que asumí que ya se había marchado también. Pero ahora me dice usted que están preocupados por él en su trabajo..."

"Hace dos días dejó de venir a trabajar y no nos han dicho nada al respecto. Ni un aviso de traslado, ni un substituto, como si nunca hubiese estado allí. Tampoco responde a ninguna llamada de su dispositivo personal.", replicó 'Amanda', "Lo discutimos en la oficina y nos echamos a suertes quien vendría a ver si estaba bien."

"Oh cielos, eso sí que suena extraño", dijo Pat, "¿Crees que puede haber pasado algo serio? Nunca nos contó mucho en qué consistía su trabajo..."

"Somos... analistas. Analistas de sistemas. Cosas de seguridad cibernética, es un poquito complicado. Nada más", respondió Athea haciendo aún uso del tono de voz casi jovial y ligeramente condescendiente, aunque atemperado por la inusitada seriedad de trasfondo en la conversación, "En fin, si no está tendré que buscar en otro sitio, muchas gracias Pat."

"Oh, no hay por qué darlas", respondió la vecina. De repente se quedó mirando a Athea con el ceño ligeramente fruncido, "Oye Amanda, no quiero ser grosera pero ¿nos hemos visto antes? Me resultas familiar."

Athea se encogió de hombros con una risa nerviosa al tiempo que comenzaba a alejarse de la entrada de la casa, "Me lo han dicho muchas veces, debo parecerme a alguien famoso. Adiós, Pat."

La vecina respondió sonriendo de oreja a oreja y sacudiendo su mano de forma efusiva para decir adiós antes de darse la vuelta y volver a su casa. Athea avanzó medio centenar de metros, pasada otra vivienda antes de torcer a su izquierda y atravesar el jardín hasta los patios traseros, con cuidado de que no la viese nadie más.

Podía oír el ruido de las actividades de algunos vecinos en el interior de las casas, unos pocos parecían estar trabajando sus jardines. Por fortuna sabía moverse de forma que nadie prestaría atención o pensaría en merodeadores.

Avanzando con calma y poco a poco, volvió a la casa de los Oth, esta vez por la parte de atrás. El patio trasero ajardinado tenía un par de árboles y un pequeño columpio. Había juguetes de plástico y una pelota. Nada había sido recogido, como si se hubiese dejado con prisas.

Athea se acercó a las puertas que daban al jardín. Puertas correderas de cristal, lujosas pero inseguras. Presionó el mecanismo de apertura y la puerta se deslizó sin problemas. Estaban abiertas, sin cierre de seguridad y aparentemente sin ninguna alarma.

No pinta bien, nada bien, se dijo.

Entró con cuidado en la vivienda. El acceso daba pie a lo que era una amplia sala de estar iluminada por la luz que entraba desde el patio trasero. Una vez más pudo ver juguetes tirados en el suelo, un libro con un marcador y una revista entreabierta sobre una mesita frente al sofá... indicios de que quien hubiese dejado la casa lo hizo sin tomarse tiempo para recoger las cosas de forma apropiada.

Athea se paró un momento y se concentró, extendiendo sus sentidos. De nuevo, no detectó ningún signo de que se hubiese disparado ninguna alarma o mecanismo de seguridad. También notó un olor desagradable que por el momento parecía contenido a una estancia del piso superior de la casa.

Athea tomó aire para calmar su impaciencia y buscó las escaleras, cerca de la entrada principal de la casa, para comenzar su ascenso.

Los escalones eran firmes y nuevos así que se ahorró el cliché del resonar de la madera vieja a cada paso que subía. Por supuesto, eso la dejaba con un silencio opresivo únicamente roto por su propia respiración. No sabría decir qué alternativa era mejor o peor.

El segundo piso estaba claramente organizado en torno a un pasillo en forma de L con habitaciones adyacentes. El olor parecía provenir de la puerta al fondo a la derecha desde las escaleras. Otros olores químicos indicaban que se trataba con casi total seguridad del cuarto de baño de la casa.

Athea abrió la puerta. El cuarto de baño no parecía tener ninguna ventana o acceso al exterior así que además del olor intensificado solo la recibió la oscuridad. Pero pudo ver con bastante claridad el interior incluso antes de alargar su mano hasta el interruptor de la luz al lado de la puerta y presionarlo.

Mantho Oth era un narkassa. Como cuadrúpedos de cierta envergadura, los narkassa solían favorecer grandes bañeras en vez de duchas o habitáculos verticales. El baño era grande, y la bañera de un lujoso mármol y grandes dimensiones se situaba en la esquina izquierda al fondo.

Estaba totalmente llena de un líquido negruzco y ligeramente burbujeante del cual asomaba el cráneo y parte de los hombros semidisueltos del fallecido Mantho Oth, inclinados contra los azulejos de la pared. Tenues volutas de humo y gas parecían emanar del cuerpo.

Athea sintió de nuevo la presencia de alguien a sus espaldas, pero esta vez optó por no hacer nada.

Una mano sosteniendo algo metálico en su palma se asentó contra su sien y Athea Aster recibió una descarga neurálgica en su cráneo que la hizo caer de bruces al suelo. Sintió las convulsiones recorriendo su cuerpo y no hizo nada para contenerlas.

De pie junto a ella se encontraba la vecina de antes, Pat. Su expresión amigable había dejado paso a una mueca que solía ser habitual en los rostros de aquellos que se saben o creen superiores y disfrutan regodeándose de ello.

En su mano izquierda extendida la carne de su palma se había abierto dejando salir un dispositivo circular metálico, no más grande que un botón, con el que había usado la descarga aturdidora.

El dispositivo se retrajo y la ranura de su mano se cerró. La piel no presentaba signos visibles de haber estado abierta hace unos instantes exhibiendo un implante cibernético.

"No sé porqué, pero tuve una corazonada contigo", dijo Pat.

Athea no respondió, siguió en el suelo, presa de las convulsiones. Su mirada perdida y vidriosa.

Pat hizo un gesto de desdén hacia la bañera, "Putos narkassa. Si fuese de cualquier otra raza el ácido ya lo habría disuelto y estaría de camino al alcantarillado. Pero no, este cabrón tenía que ser grande. Un día y medio así, y lo que le queda."

Se llevó su mano derecha a la espalda y extrajo una pequeña pistola blanca con un resplandor azulado en su cargador. Una emisora de proyectiles degradables. Se disolvían unos minutos después del impacto haciendo imposible rastrear el tipo de arma.

Pat continuó hablando, casi como si disfrutara del sonido de su propia voz.

"Nos informaron de que el objetivo podría haber contactado con alguien más", dijo, "Se mandó a otros dos operativos a rastrear el posible contacto, pero si fallaban alguien tenía que quedarse aquí a ver si alguna alimaña venía a husmear, y me ha tocado. Y mira por donde, tú viniste a husmear... quizá te creíste muy lista con tu numerito de la compañera de trabajo preocupada, pero se te notaba la falsedad a parsecs, Amanda, si es que de verdad de llamas así..."

El cuerpo de Athea Aster dejó de convulsionarse.

"Gracias por aclarar unas cuantas cuestiones", dijo.

Pat se quedó momentáneamente paralizada, de pura sorpresa. Una víctima de una descarga neural no debería ser capaz de vocalizar en menos de una hora, "¿Pero qué...?"

Ese momento fue más que suficiente.

Athea se incorporó, como impulsada por un resorte, situándose en posición vertical frente a Pat en menos de un segundo. Golpeó a la operativa asesina con la palma de su mano directamente en el pecho. Pat salió volando a lo largo de todo el pasillo antes de estrellarse contra la pared en el extremo opuesto donde hacía esquina.

La pistola había saltado de sus manos, y la joven rubia había caído sentada al suelo, deslizándose tras el impacto contra la pared con un grito ahogado y una sensación que estaba segura se parecía bastante a la que sentiría alguien de haber sido atropellado.  

"Vamos, levanta", Athea avanzaba por el pasillo. Su voz había vuelto a su tono neutral de siempre, pero había una corriente de algo parecido a la ira resonando en sus palabras, "Si tienes esa cosa en la mano seguro que no es la única mejora que te han metido."

Pat emitió un sonido casi animal de ira al levantarse. Extendió su mano izquierda y la piel de su palma se abrió de nuevo dejando a la vista el dispositivo aturdidor. Éste chisporroteó con un resplandor rojizo y emitió un rayo del mismo color dirigido de forma directa a la cabeza de Athea.

Cualquier otra persona de cualquier otra especie no habría contado con los reflejos necesarios para evitar el impacto de algo más rápido que un parpadeo.

Athea Aster solo necesitó un microsegundo para ajustar toda la posición de su torso y cuello de forma casi imperceptible de tal manera que la descarga de energía apenas la rozó en la mejilla al pasar a su lado.

En su honra, Pat no se quedó quieta de nuevo ante lo que acababa de presenciar y avanzó cargando contra Athea a la carrera.

La operativa asestó varios golpes que la Rider Black esquivó sin problemas, aunque ligeramente impresionada, por mucho que la molestase admitirlo. Podía notar que en aquellos puños de aspecto delicado Pat parecía tener suficiente fuerza para causar más daño del que alguien de su complexión podría infligir con normalidad.

Athea respondió con un amago de golpe, sin poner toda su fuerza en ello, con intención de aturdir o noquear a su oponente, pero parecía haber subestimado la rapidez de la asesina. Pat esquivó el golpe y aprovechó para ponerse a espaldas de Athea con una voltereta, acercándose a su pistola caída y tomándola con firmeza.

Semiincorporada, de rodillas en el suelo, Pat apuntó a Athea con el arma y una sonrisa desquiciada en sus labios, "No tengo ni puta idea de quién eres realmente, pero se acabó."

Athea se limitó a inclinar la cabeza a un lado y levantar una ceja, divertida, "¿Sabes? La verdad es que es jodidamente refrescante que aún no me hayas reconocido. No pasa a menudo."

"¡Me importa una mierda!", gritó Pat, y disparó repetidas veces.

Una vez más, pese a la rapidez de los proyectiles y la corta distancia, Athea pudo esquivar los ataques. Hizo más que eso.

Un resplandor de luz blanca y negra oscuridad cristalina se materializó en su mano izquierda. Su arco Saggitas brilló al ser empuñado, y Athea Aster disparó una flecha de pura energía que empaló la pistola y la mano de Pat.

Pat se quedó mirando su mano y comenzó a gritar, sosteniendo su brazo. En una pequeña porción de su cerebro que no había sido inundada por el dolor, el terror se asentó al reconocer por fin a quién tenía delante.

Por su parte, Athea no le dio más vueltas. 

Sabía cómo funcionaban los operativos y era consciente de que Pat no podría decirle mucho más de lo que ya había soltado. Siempre se podía contar en que gente así aflojase la lengua cuando estaban seguros de su absoluta superioridad. Pero era imposible que Pat supiese quién estaba realmente detrás de las órdenes para asesinar al pobre Mantho Oth.

Así que Athea no tuvo reparo alguno en que su siguiente flecha atinase a la asesina de forma directa en el ojo derecho, atravesando el cerebro y abriendo la parte trasera de su cráneo como un melón reventado.

El cuerpo de Pat cayó de espaldas al suelo con un sonido húmedo y desagradable. El arco de Athea se disolvió en sus manos, y la Rider Black apretó los puños al saberse frente a un callejón sin salida para averiguar la verdad.

Su esperanza ahora era que, quienquiera que fuese el contacto real de Mantho Oth, tuviese mejor fortuna que ella.

miércoles, 26 de mayo de 2021

020 MUNDANO

 

Alma y el Director Ziras llegaron a la sede de los Rider Corps justo cuando el lugar se hallaba inmerso en el frenesí de actividad previo al horario de comidas. Trabajadores de todos los campos apuraban sus labores para dejar la máxima cantidad de tareas listas antes de tomarse un descanso temporal en su jornada.

Era un hábito que parecía común a casi todas las razas de la galaxia. Había algo casi reconfortante en aquel pensamiento, o al menos eso pensaba Alma Aster.

Alma se despidió del director con un gesto de la mano cuando éste tomó el ascensor a los niveles superiores, donde sin duda aún le esperaba una amplia sesión de revisión de informes y charlas con el Mando de los Corps. La Rider Red, por su parte, se dirigió al Complejo Residencial.

Se cruzó con algunos de los guardias y técnicos, devolviendo saludos. La avergonzaba admitir que cada vez más le costaba tener presentes los nombres de muchos miembros del personal. Cada año parecía que se movían más rápido, entrando y abandonando sus puestos, siendo sus presencias un mero instante. Era por eso por lo que intentaba atesorar lo máximo posible los pocos momentos que podía conseguir con Iria.

Tuvo que resistir la tentación de dar un rodeo hasta la zona sanitaria para verla, pero sabía que a estas horas estaría inmersa en algún trabajo de última hora, o repasando notas de las últimas revisiones médicas o quizá elaborando nuevos tratamientos. Pese a su juventud, Iria Vargas siempre se había tomado muy en serio su papel como principal asistente médica para los Rider Corps y no dejaba pasar ninguna oportunidad de mejorar.

Puede que Alma y los demás Riders en la práctica no precisasen de tanto auxilio en lo referente a su salud (una de las muchas ventajas de tener tu alma unida a una energía taumatúrgica ligada a todas las formas de vida de la galaxia), pero algunos hallazgos de la novia de Rider Red habían contribuido sin duda a salvar más de una vez el pellejo de algunos de los soldados de los Riders Corps que en ocasiones se les unían como auxiliares en purgas contra los garmoga, o de otros miembros de las tropas y flotas del Concilio, civiles evacuados, etc.

Alma estaba segura de que si no fuese por algunas redes burocráticas que impedían que Iria publicase muchos de sus trabajos por cuestiones de seguridad, la joven doctora seguramente tendría un puesto de honra en la historia de la medicina galáctica.

Dicho sea, hemos de tener presente que Alma Aster no era del todo imparcial en lo referente a Iria Vargas.

Buscando alejar sus pensamientos momentáneamente de la doctora atliana antes de que diesen un giro a derroteros más distractivos o inapropiados, Alma descendió hasta la cantina-comedor del Complejo Residencial.

Era una gran área semicubierta conectada al patio interior. Parte del techo era extensible para protegerse de los elementos si era necesario, pero retirable los días de buen tiempo para disfrutar de la luz natural. Junto a los accesos a las cocinas se encontraban las zonas de autoservicio con multitud de alimentos organizados por tipo de plato, grupo alimenticio y grupo proteínico apropiado para las distintas especies que allí se reunían. 

Después de todo, no todos los trabajadores de los Rider Corps eran humanos, y las dietas de la galaxia eran tan variadas como sus habitantes.

A aquella hora ya comenzaban a formarse ordenadas colas de soldados, guardas, técnicos y otros miembros de los laboratorios y el personal buscando sustento, repartiéndose luego por la multitud de mesas que cubrían la gran estancia.

En una de dichas mesas, cerca de la zona del patio, Alma pudo ver a los demás Riders. Al menos a tres de ellos.

Avra estaba dando buena cuenta de diversas fuentes de algo semicrudo que parecía tener tentáculos al tiempo que hacía aspavientos mientras comentaba algo a viva voz. Armyos atendía educadamente, asintiendo como respuesta mientras absorbía una fuente de ramen. Antos por su parte era el único sin comida sólida, contentándose con ingerir al menos media docena de batidos energéticos.

Sigh, tendría que hablar de eso con él algún día, se dijo Alma, Pero con nuestros metabolismos es una batalla perdida.

Los estudios nutricionales centrados en los Riders habían sido... inconcluyentes. Se había postulado que no era necesario para ninguno de los cinco Aster el consumir alimentos de ningún tipo, limitándose su nutrición a la hidratación. Teóricamente sus cuerpos absorbían energía y radiación ambiental y solar que mantenía sus células cargadas.

Pero los Riders sentían hambre, y diversas pruebas habían apuntado a una mejoría en sus tiempos de respuesta y rendimiento general si se mantenía una carga calórica diaria por encima de 4000 Kcal.

La opinión general es que se trataba de algún resquicio psicosomático de sus organismos pre-tratamiento, pero otros creían que la absorción de energía externa era solo un complemento para equilibrar un metabolismo acelerado. Una suerte de salvaguarda en previsión de largos períodos de ayuno.

Al margen de eso, podían comer casi cualquier cosa, por insalubre que resultase. Sus cuerpos daban buena cuenta de todo: cada recurso y contenido de los alimentos ingeridos era procesado con tal nivel de optimización que hasta el más nefasto alimento industrial podría resultarles de provecho.

Incluso sin los niveles de ejercicio insanos con los que se forzaban a sí mismos, ningún Rider sufriría jamás problemas de salud derivados de su dieta. Por ello, el que Antos decidiese considerar un montón de batidos de chocolate como una alternativa válida para la hora de comer no era algo que se le pudiese reprochar.

Por eso cuando Alma se sentó a la mesa junto a ellos mirándolo de forma inquisitiva, él se limitó a encogerse de hombros mientras absorbía el líquido ruidosamente con una pajita.

"¿No tomas nada Alma?", preguntó Armyos.

"No tengo hambre",  respondió Alma, llevándose una mano a la sien, "Dioses, nunca me acostumbraré a tener que estar delante de un montón de senadores."

"Mejor tú que nosotros", dijo Antos. Ante la mirada ligeramente irritada de su hermana mayor, procedió a explicarse mejor, "Quiero decir, puede que no tengamos el problema que tú tienes con hablar en público, pero ¿nos imaginas a Avra o a mi intentando presentar un informe así en plan formal delante de un grupo de políticos?"

"Sería un desastre", dijo Alma.

"La hecatombe", añadió Armyos.

"Como un contenedor de cieno", continuó ella.

"Si, del bien tóxico, y con el cierre de seguridad corroído", prosiguió Armyos.

"Ja ja ja, hilarante, ya os vale", replicó Antos, volviendo a su bebida.

Avra tomó con sus manos algo de su plato. Se trataba de una pequeña criaturita rosada con tentáculos similar a un cruce entre una estrella de mar y un pulpo, retorciéndose lastimosamente.

"¿Seguro que no tienes hambre, Alma? Puedo compartir alguno de estos eukaryos, están frescos."

"Avra. Eso no está fresco. Ese bicho está vivo."

"Se los he pedido así a los de la cocina. Es más divertido comerlos cuando se te agarran a la lengua ¡Y pican!"

"Ya...", dijo Armyos, "Porque están cargaditos de neurotoxinas si no se cocinan de la forma apropiada. Una persona normal ya estaría en el suelo echando espumarajos por la boca."

Antos sonrió, "¿A que lo mío con los batidos ya no parece tan malo en comparación, eh?"

Alma reprimió el impulso doble de llevarse una mano a la frente o asestar un palmetazo a la nuca de su hermano pequeño, "No me hagas hablar... si tuviese hambre me la habríais quitado."

"Oh, venga, no está tan mal", dijo Avra, "Sobre todo empapados en esta salsita verde que traen."

"Avra", dijo Armyos.

"¿Si?"

"Esa es su sangre."

Avra dejó de masticar un momento y se quedó mirando a su hermano. De la comisura izquierda de sus labios un pequeño tentáculo rosado asomaba retorciéndose, como pidiendo auxilio. La Rider Blue se limitó a encogerse de hombros.

"Pues está de vicio", dijo.

Antos intentó no reír para evitar que se le escapase el batido por la nariz. Armyos se limitó a sacudir la cabeza y centrarse de nuevo en sus fideos. Alma gruñó y dejó caer su frente sobre la mesa, justo antes de que una pregunta cruzase su mente.

"Por cierto ¿dónde está Athea?"

Antos vació ruidosamente el último recipiente de batido antes de responder, "Salió hace rato. Dijo que iba al centro de la ciudad a revisar algo."

"¿El qué?"

"Ni idea, ya sabes como es a veces. Nunca nos cuenta nada hasta que considera que es necesario o hasta después de que ya haya pasado lo que quiera que fuese."

"La verdad es que estos dos días tras la misión en Calethea 2 ha estado muy callada", dijo Armyos.

"Es solo Athea, siempre está callada", dijo Avra.

"Quiero decir que más callada de lo habitual", aclaró Armyos, "Como cuando se centra mucho en algo. Puede que lo del portal la haya afectado más de lo que deja entrever, pero tampoco quiero saltar a conclusiones."

"Si fuese algo así nos lo habría dicho", replicó Antos, "No, esto es seguramente alguno de sus proyectos personales."

Alma asintió, pensativa. De sus familia Athea siempre había sido la más inquisitiva y la dada a mantener las distancias. 

De todas formas, se permitió el lujo de relajarse. No era la primera vez que la Rider Black se tomaba un tiempo para sí misma al margen de todos los demás, y si se trataba de algo genuinamente importante Alma sabía que su hermana acudiría a ellos en cuanto los necesitase.

 

******


Aquel barrio debía ser la quintaesencia de los barrios residenciales. Era agradable, con abundantes zonas verdes, casas modulares amplias con jardines y patios traseros arbolados. Situado al pie de los grandes rascacielos que recortaban el horizonte de la capital, resultaba insultantemente idílico.

Athea Aster se sentía terriblemente fuera de lugar allí, aún estando de relativo incognito.

Así era como llamaba a llevar un abrigo con capucha, el pelo recogido en una coleta y unas oscuras gafas rojizas ocultando sus brillantes ojos verdes.

La visita a la terminal de datos en una de las bibliotecas había sido exitosa y no tardó en localizar la dirección pública de residencia de Mantho Oth. Una casa familiar agradable donde, según el registro, residía con su marido y sus hijos adoptivos.

Una casa con niños debería parecer más viva de lo que aparentaba aquella ahora mismo. Ningún sonido, ningún atisbo de movimiento, los paneles cubre-ventanas extendidos...

En el mejor de los casos se han ido de vacaciones, pensó, Pero en el peor...

Athea Aster tomó aire y sacudió la cabeza para centrarse. Avanzó con paso firme hasta situarse frente a la puerta principal de la casa. Decidió pecar de optimista y optó por intentar llamar a la puerta antes de determinar si tendría que hacer algo más drástico.

Su dedo estaba a menos de un centímetro del sensor del timbre cuando sintió una presencia acercándose por su espalda.

domingo, 23 de mayo de 2021

019 CINCO

 

Algo de Alma Aster que muy pocas personas conocían era que odiaba hablar en público a grandes grupos.

Por ello, había cierta ironía cruel en el hecho de que parecía tener un don natural para ello y había terminado convertida no solo en la líder de los Riders sino también en su portavoz a la hora de lidiar con el público de la galaxia, declaraciones a prensa o comités de reunión del Concilio para la presentación y evaluación de informes de misión, como era el caso.

Al final no había sido tan malo. 

El Director Ziras y ella habían tenido que atender solo a los senadores representantes del Concilio Primarca, el cuerpo conformado por las nueve civilizaciones que crearon el Concilio original junto con sus tres miembros asociados. Era algo intimidatorio, pero desde luego mucho mejor que atender a todo el Gran Concilio Senatorial con sus millares de miembros.

Dentro de lo que cabe, Alma creía que la reunión había ido bastante bien. Su exposición de los hechos fue clara. El senador ithunamoi hizo unas pocas preguntas respecto al impacto en el ecosistema, junto con el senador de los phalkata. Preocupaciones razonables, pero fue fácil lidiar con ellos al enfatizar la importancia del cierre del portal.

Lo del portal los tenía nerviosos, pero el que pudiesen ser cerrados parecía haber calmado los ánimos de la mayoría de senadores. Alma sintió una ligera irritación ante esto porque no había garantías de que el mismo método pudiese funcionar de la misma forma en dos ocasiones distintas. Simplemente, sabían muy poco de la capacidad operativa de los garmoga al respecto.

Los senadores de los barteisoom, eldrea y los gobbore no dijeron nada pero parecieron ser los únicos en tomar en consideración dichas observaciones, o al menos esa impresión dio su lenguaje corporal a la Rider. Dada la comunicación vía holograma era difícil determinarlo con seguridad.

Los demás intentaron quitarles hierro a sus declaraciones e incidir en cuestiones referentes a reforzar la prevención y observación planetaria para lidiar con futuros casos de incursión. La senadora de los simuras hizo especial hincapié en ello. Dada la situación de su mundo en los círculos intermedios del cuadrante Dálet, el más afectado por la presencia garmoga, era algo comprensible.

Al final todo el asunto se había cerrado con agradecimientos y felicitaciones a los Riders, la misma letanía habitual siempre que se conseguía eliminar una infestación garmoga sin que todo el planeta quedase comprometido, promesas de mayor observación y mejora en los tiempos de respuesta, y el enésimo debate de creación de comisiones de investigación y creación de dioses sabe cuántos nuevos grupos de trabajo para lidiar con ello, engordando la burocracia y la ilusión de que realmente podían contribuir en algo más allá de prestar sus tropas y pedir auxilio a los Riders.

Política, a fin de cuentas.

"Menuda jodida pérdida de tiempo."

El Director Ziras lo verbalizó de forma un poco más contundente. Sus labios apretaban un cigarro a medio fumar mientras caminaban de regreso a la zona de transportes para volver a la sede de los Corps. Lo que fumaba era un purificador estándar, una carga de nicotina mínima junto con purgadores bioquímicos que limpiaban los pulmones con cada calada. El vicio y la sanidad cogidos de la mano.

"Es el proceso a seguir, señor", respondió Alma. Era una observación perfectamente neutral.

"Lo sé, lo sé, pero no puedes negarme que podríamos estar haciendo cosas mil veces más productivas que estar casi dos horas repitiendo lo mismo que está ya recogido por triplicado en un informe escrito que ya deberían haber leído."

"Por muy completo o exhaustivo que sea un informe, la aseveración de los mismos contenidos por parte de una persona, sea un experto o un testimonio de primera mano, tiende a contribuir a afianzar las ideas vertidas en el texto original además de abrir la puerta a un posible debate para la reiteración o rechazo de las mismas."

Ziras la miró, levantando una ceja.

"Si algún día esta guerra termina deberías meterte en política, Aster. O abogacía."

"Cielos, no", Alma rió quedamente, "O me matarían los nervios o lo haría la vergüenza por las risas de Avra."

La expresión de la Rider Red se tornó pensativa, "La cuestión es que no puedo culparlos por querer que alguien les asegure que las cosas van bien, incluso si no es así realmente."

Habían salido ya de la sede del Centro Gubernamental y se encontraban en el patio exterior, una enorme plaza decorada con fuentes y árboles de hojas verdes y azules brillando a la luz del sol de Occtei, prácticamente un pequeño parque. El mediodía había pasado ya hace unos pocos minutos.

Ziras arrojó la colilla en una de las recicladoras cercanas a la puerta y observó la plaza. Individuos y familias de diversas especies ocupaban el lugar, haciendo tiempo antes de volver a sus trabajos, o simplemente disfrutando de un buen día con sus pequeños. Una estampa de paz que contrastaba con el verdadero estado enfermo de la galaxia.

Ziras suspiró. Alma se volvió hacia él y no pudo evitar notar que en los últimos días el Director de los Corps parecía muy cansado, casi como si hubiese envejecido una década de golpe.

"¿Cuál es tu opinión de la guerra, Alma?"

"¿Señor?"

"Quiero una respuesta sincera, franca. Nada de propaganda. Dime lo que piensas realmente, Aster."

Alma apenas tuvo que pensárselo.

"Estamos perdiendo, señor."

"Bueno, desde luego no suavizas las cosas..."

"Es... es una cuestión de desgaste señor. Por cada mundo que hemos salvado ellos han tomado más. Sabemos que hay mundos deshabitados que se han convertido en nidos garmoga en los círculos externos de los cuadrantes y en el borde exterior."

"Y eso sin mencionar  las proyecciones de que posiblemente cientos de civilizaciones en estados previos al vuelo espacial o más primitivas de las que no sabemos nada hayan sucumbido a ellos", añadió Ziras.

Alma asintió, "Y el coste ecológico... De los mundos en los que hemos conseguido purgar una infestación, casi la mitad han sufrido alteraciones ecológicas o topográficas serias", Alma emitió un leve gruñido, "Maldita sea señor, hace dos días casi borré un subcontinente entero del mapa en Calethea, y eso fue uno de los mejores casos. En Vesthoga hace setenta años conseguimos purgar a los garmoga pero perdimos toda la colonia al desencadenar una reacción en cadena de todo el sistema volcánico planetario. Y no me haga recordar lo de las lunas de Gauthuss."

"No pocos argumentan que son precios cuyo pago es justificable para salvaguardar la galaxia."

"¿Pero hasta cuando, señor?", preguntó Alma, "La gente aún no se ha dado cuenta pero es cuestión de tiempo de que comencemos a tomar una política de tierra quemada para negarles mundos a los garmoga, replegándonos al interior galáctico..."

"Para eso aún faltan..."

"Siglos. Si seguimos las proyecciones actuales. Pero es obvio que los garmoga están cambiando sus métodos y dichas proyecciones terminarán siendo papel mojado."

Ziras sacó y encendió otro cigarro. Hizo ademán de ofrecer uno a Alma, pero ella negó con la cabeza, "Lo peor es que al final del día... ¿no cambia nada, verdad?", observó el director de los Corps.

"No señor", Alma suspiró, "Al final del día, yo estaré ahí. Mis hermanas y hermanos estarán ahí. Nuestros Dhars estarán ahí."

"Siento que todo este peso esté recayendo sólo en vosotros... siento que no hayamos podido replicar los ritos, que no haya más Riders."

"Tendremos que contentarnos con ser cinco, señor", dijo Alma, "Armyos dice que es un buen número. El cinco es el número de la humanidad, simboliza nuestra fortaleza, nuestra devoción a la causa. El cinco es un número de poder."

Ziras asintió, pero una leve sombra había caído sobre sus ojos, "Si, cinco...Solo cinco."

Cinco era un buen número.

 

******


"¿Dovat?"

Era algo paradójico. La voz de Axas sonaba lejana, pero al mismo tiempo retumbaba en su cabeza como un martilleo. 

Dovat abrió sus ojos, lentamente. El mero hecho de levantar los párpados suponía un esfuerzo doloroso, como si su interior fuese de un material raspante que rozaba contra sus globos oculares, irritándolos.

La intensidad de la luz no ayudaba al atravesar sus pupilas como agujas. Tardó unos instantes en poder enfocar la vista y distinguir las siluetas bajo la lámpara de la mesa de operaciones. 

Axas estaba inclinado sobre ella, con el doctor Nag a su lado. El viejo phalkata sostenía un pequeño dispositivo en su mano que emitía parpadeos de luz verde sobre los ojos de Dovat.

"Bueno, parece que tenemos una respuesta normal", dijo el doctor, "¿Puedes oírme, polluela?"

Dovat intentó hablar pero apenas pudo mover sus labios ni abrir la boca. Un quejido salió de su garganta.

"Bien, eso es esperable", dijo el doctor, "Tus cuerdas vocales están de vacaciones ahora mismo. Parpadea una vez para Sí y dos parpadeos rápidos para No ¿me has entendido?"

Un parpadeo.

"Bien... primero, ¿Tu nombre es Dovat?"

Un parpadeo.

"¿Tienes veinticinco años?"

Un parpadeo.

"¿Puedes mover los dedos de los pies?"

Dos parpadeos.

"Mmmf, normal. Me sorprendería que pudieses, teniendo en cuenta que tu cabeza está separada del torso ahora mismo."

Los ojos de Dovat se abrieron como platos, una expresión de pálido terror asentándose en su rostro.

"¡Doctor!", gritó Axas, más irritado que furioso. Ivo Nag comenzó a graznar. Dovat tardó unos instantes en comprender que era su risa.

"¡Lo siento, lo siento!", replicó el viejo phalkata, "Pero deberías ver la cara que has puesto."

"Doctor, por favor...", comenzó Axas. Dovat por su parte se limitó a fulminar al viejo con una mirada que lo habría matado de haber podido. El phalkata se limitó a sacudir su mano enguantada. Dovat intentó ignorar las manchas de sangre que la impregnaban.

"Bah, no tenéis sentido del humor", dijo, antes de volver a inclinarse sobre su paciente, "Disculpa polluela, pero al menos hemos determinado que tus reacciones están dentro de lo normal en este punto de la operación."

"No puedes sentir nada de cuello para abajo porque aún estamos manteniendo todo tu sistema nervioso en un estado de estasis", explicó Axas, "Y para minimizar las sensaciones..."

"De momento todo va bien. Tus huesos están asimilando el nanocarbono y tus órganos las biofibras de refuerzo sin que se hayan producido rechazos o reacciones adversas. La colonia de nanomáquinas se encargará de tus músculos antes de que se disuelva en tu cerebro tras renovar las conexiones neuronales."

"Te hemos despertado porque te necesitamos consciente para la siguiente fase."

"En unos minutos podrás hablar", dijo Nag, "En ese instante procederemos al injerto en tu sistema nervioso y linfático de los vectores de conexión para insertar la llave mórfica de forma permanente en tu organismo. Te necesitamos consciente para determinar que cada paso del proceso va bien y que la infusión de energía inicial no te convierte en un vegetal."

"Así que durante toda la operación que viene necesito que estés charlando conmigo, hermanita", dijo Axas, "Aunque sea solo para quejarte."

"B... bien...", la voz de Dovat sonó rota, pero firme.

"¡Oh ho!", rió Nag, "¡Vocalizando tan pronto, parece que alguien tiene prisa!"

Ivo Nag dio una palmada de celebración y comenzó a frotarse sus manos enguantadas, antes de salir del campo de visión de Dovat. La joven atliana pudo oír al viejo médico manipulando objetos, ruidos metálicos resonando por toda la habitación, y algo que sonó como un taladro poniéndose en marcha. La expresión en el rostro de Axas no era tranquilizadora.

"¿A... Axas?"

"Tranquila, Dovat... estoy seguro de que el doctor sabe lo que hace."

"Por supuesto que sé lo que hago, pollito", replicó Ivo Nag con buen humor, al tiempo que alzaba un dispositivo que Dovat no pudo dilucidar si se trataba de una pieza de instrumental médico o de tortura, "Ahora terminemos de convertir a tu hermana en un monstruo ¿sí?"

martes, 18 de mayo de 2021

018 OBJETOS DE PEQUEÑO TAMAÑO

 

El operativo empuñó su arma y disparó, reventando la cerradura. 

La puerta era de plastiacero estándar, de sorprendente buena calidad para aquellos apartamentos baratos en una de las zonas más pobres de la capital de Occtei, y la cerradura tenía un cuádruple cierre con refuerzos electrónicos. Una seguridad más que decente. 

Pero nada de eso era obstáculo para un disparo a bocajarro de un proyectil de titanio acelerado de su nuevo MM-4 FR Rockatansky, con doble refuerzo en el cañón, mira avanzada y empuñadura ergonómica con compensadores para el retroceso. La cumbre de las armas de proyectiles de la empresa armamentística ExoMG, en su humilde opinión, y mucho más fiable que esas meapilas de disparos de proyección energética que estaban poniéndose de moda por la galaxia, con sus chorradas de "modos para aturdir" y demás...

Si le dijesen que tenía una fijación algo obsesiva con la idea, y con su rifle en particular, se limitaría a sonreír y encogerse de hombros. No, no. Para el operativo Jenkins una buena arma tenía que hacer pedazos al objetivo, fuese lo que fuese.

Como aquella cerradura en aquel momento. La cual, junto con la maltrecha puerta, ya no era obstáculo para una buena patada que la abriera de golpe, empuñar de nuevo su arma no sin cierta anticipación al entrar en busca de su objetivo, y recibir una cafetera llena de líquido ardiente que pudo sentir en toda la cara a pesar de su casco.

Eso último no era parte del plan.

 

******

 

Meredith Alcaudón reaccionó con una velocidad de reflejos que sus antepasados habrían atribuido como algo más propio de una máquina, incapaces de entender lo que las mejoras en medicina habían hecho a las sinapsis humanas durante siglos de exilio en las naves que los llevaron de una galaxia a otra.

En las décimas de segundo desde el estallido inicial hasta la apertura de su puerta, Meredith se posicionó tomando la cafetera y arrojándola con todas sus fuerzas hacia la entrada sin molestarse en mirar siquiera, confiando en su conocimiento íntimo de la distribución del espacio de la vivienda.

El ruido del impacto y el quejido del intruso fueron el único informe de su éxito al tiempo que saltaba hacia adelante con su mano derecha extendida. Un pulso telequinético arrojó la micro-memoria del ordenador directa a su mano. Meredith cayó al suelo con una voltereta, situándose a cubierto detrás del sofá con una agilidad que no muchos esperarían de alguien con su físico.

 

******


"¡Me cago en la puta!"

El operativo Jenkins gritó sorprendido frotándose el rostro. El visor había impedido un daño serio a sus ojos, pero esquirlas de cristal habían arañado la zona al descubierto que el casco dejaba de su boca y mentón, y el líquido ardiente tampoco ayudaba.

¿Qué demonios bebía aquella mujer? ¿Magma?

Frustrado y furioso y viendo a su objetivo moverse, Jenkins abrió fuego hacia el sofá, acribillándolo con una ráfaga de proyectiles. Solo paró al sentir la tenaza de una mano en su hombro.

"Tranquilo, imbécil."

La voz de su compañero sonó calmada, pero Jenkins tragó saliva al reconocer el tono de enfado contenido del operativo Otomo.

El segundo operativo se adelantó, entrando en el apartamento. Vestía el mismo equipo que su compañero. Casco con visor, chaleco con blindaje corporal. 

Echó una ojeada rápida al salón-comedor, a la computadora, al sofá destrozado...

"Quédate aquí cubriendo la salida", dijo Otomo.

"Pero..."

"No la cagues más de lo que la has cagado."

Jenkins frunció el ceño, pero obedeció. Habían trabajado juntos en encargos varías veces a pesar de sus diferencias, y solían complementarse bien, pero Jenkins sabía que en ocasiones Otomo podría ponerle un disparo en la nuca sin problema alguno si se irritaba demasiado, y su expresión nunca dejaría de ser de fría profesionalidad.

Otomo caminó con cuidado, empuñando su arma, una más discreta pistola individual con capacidad reforzada en su potencia de tiro. Sus pasos eran lentos, firmes y silenciosos, nunca dejando de apuntar hacia el sofá. Con un último movimiento se situó al pie del mismo con una vista clara de su parte posterior.

No había rastro de Meredith Alcaudón. Pero pudo apreciar una diferencia muy leve en la coloración de algunas de las placas del suelo.

Suelo falso, pensó, Dada la configuración de estos apartamentos es dudoso que se trate de un conducto de huída directo. Posible habitación del pánico, pero me extrañaría. Lo más seguro que solo sea medio de acceso a otro punto del apartamento. Dormitorio, armario o baño. O algún habitáculo menor de refugio. En ese caso...

"Señorita Alcaudón, sé que puede oírme."

La única respuesta fue el silencio.

"No es la primera vez que afrontamos situaciones así, señorita Alcaudón", dijo Otomo, "Su único acceso ahora mismo es la puerta que cubre mi compañero. Ninguna de sus otras habitaciones dan al exterior del bloque y los conductos de ventilación son demasiado pequeños. Y cualquier rincón en que se haya escondido... es una mera cuestión de tiempo que lo encuentre."

"Joder, te conoces bien el oficio."

La voz de Meredith resonó por todo el edificio, como si proviniese de distintos puntos. En la puerta, Jenkins se removió nervioso.

"¿Qué coj...?"

"Ah, un disgregador de sonido para no poder localizarla por la voz", dijo Otomo, quién continuó avanzando hacia el fondo del salón, donde se encontraba la puerta de acceso al pasillo. Tras cruzarla vio a su izquierda otra puerta, vieja, de simple madera. Disparó varias veces a través de la misma antes de abrirla.

El interior era un armario trastero que parecía hacer las veces de archivo, lleno de cajas con papeles, libros y cuadernillos. Aparte de eso y las marcas de sus recientes disparos no había allí el menor rastro de su objetivo.

"Vamos hombre, tampoco va a ser algo tan obvio como el armario", dijo Meredith.

Otomo casi sonrió.

"Es agradable encontrar alguien con un sano aprecio por el juego del gato y el ratón, aunque ese alguien sea quien va a recibir una bala en la frente."

"Bueno, llevaba una temporada bastante tranquila y hacía tiempo que no tenía una buena sesión mano a mano, para entendernos."

Desde la puerta, un aún irritado Jenkins respondió a la voz de Meredith, "¿Es que esto te parece un juego? ¡Te vamos a matar, pedazo de mierda!"

"Jenkins, serénate", replicó Otomo, "Pero mi compañero tiene cierta razón, señorita Alcaudón, se está tomando esto con mucha ligereza."

"¿Querríais que suplicase por mi vida?"

"Es algo que me parecería delicioso, señorita Alcaudón. Hace más dulce el trabajo."

"Ah, genial. Eres uno de esos."

"Todos debemos buscar el disfrute en nuestras vida laborales", respondió Otomo al tiempo que giraba la esquina del pasillo llegando a la puerta del único dormitorio, "Aunque confieso que me esperaba algo distinto de usted. No miedo, claro. Pero algo distinto..."

"¿Ah, sí?"

"Asumo que pese a lo fugaz de nuestra entrada o quizá desde donde esté escondida haya podido dar un vistazo a nuestro equipamiento."

"Si no me equivoco sois de los operativos, asesinos a sueldo, pero vais más preparados para lo que parece una operación paramilitar que un asesinato. Blindaje corporal, armamento de gran calibre... ¿Intentando compensar por algo?"

"Tiene usted una reputación, señorita Alcaudón. No una reputación clara, pero hay suficiente gente en los círculos apropiados que parece tenerle miedo. Nos esperábamos tener que hacer frente a un tiroteo, aún pillándola por sorpresa. Quizá verla usar sus habilidades de tecnomaga con armamento automático instalado en su vivienda..."

"No tengo de esas mierdas, son caras de narices, no hay sitio para la instalación, y no me gustan", interrumpió Meredith.

"Entenderá pues que me sienta algo decepcionado", Otomo entró el dormitorio, también aparentemente vacío. Solo quedaba el baño. Si no la encontraban tendría que proceder a desmantelar las paredes, algo que podía ser trabajoso e irritante.

"Si, hija de puta", intercedió Jenkins, "Nos habían vendido que eras una zorra peligrosa, con tu magia, pero de momento estás siendo como cualquier otra rata que se asusta y se esconde."

"Bueno, soy peligrosa. No suelo usar armas. Como ya he dicho, no me gustan. Prefiero los puños, algún truquito de sabotaje, o mi telequinesis."

"Su telequinesis es una grado 1, señorita Alcaudón. Nos hemos informado", dijo Otomo.

"Si mierdecilla", rió Jenkins, "Con esa mierda de nivel solo puedes mover objetos pequeños, nada más grande que una jodida tazaanglshn... ¿¡Nngh!? ¡UM ABEZGLNNN!"

Jenkins comenzó a chillar. Otomo notó el pánico en su voz. Estaba intentando decir algo, gritar, pero parecía incapaz de vocalizar una sola palabra con un mínimo de sentido. Solo quejidos guturales y rotos salían de su garganta.

Otomo corrió de vuelta al salón-comedor. Jenkins aún estaba de pie frente a la puerta, apoyado en la pared. Su arma en el suelo y la mano derecha sobre su cabeza. La postura de su cuerpo estaba inclinada, como si su brazo y pierna izquierdos fuesen pesos muertos sin sensibilidad. Sus ojos llorosos estaban muy abiertos por el pánico, y sangre de un rojo oscuro caía de su nariz como un torrente carmesí que manchaba sus labios y boca.

"Cierto, solo puedo mover objetos de pequeño tamaño", dijo la voz disgregada de Meredith Alcaudón. Sin ningún atisbo del humor nervioso o asustadizo de hace unos instantes. Solo concentración, implacable.

"Eso incluye tazas, canicas, en ocasiones poder desviar proyectiles..."

Jenkins dejó de gritar y cayó sobre sus rodillas antes de estrellarse de frente contra el suelo con un ruido sordo, salpicando de sangre el punto de impacto de su rostro contra la superficie. Su pierna derecha temblaba ligeramente, de forma espasmódica.

"... o poder dar pellizcos a las arterias y venas de vuestro cerebro. Pellizcos bien fuertes. Espero que tu amigo haya disfrutado el infarto cerebral."

Otomo estaba furioso. También asustado, pero jamás lo admitiría.

"Señorita Alcaudón...", comenzó a decir, pero la voz de Meredith le interrumpió. Su voz, resonando por todo el apartamento como un fantasma incorpóreo.

"Chssst... Me has dado la impresión de ser algo más despierto que tu compañero, señorito operativo, así que te has ganado el privilegio de responder a unas pocas preguntas y no terminar como un vegetal inmóvil al que solo le queda cagarse encima antes de morir."

"¡No pienso respondAAAAAAAAAAAARGH!"

Otomo soltó su arma y se llevó las manos a la cabeza, al tiempo que caía de rodillas.

Solo veía rojo y sentía dolor, un dolor intenso como si una zarpa hubiese agarrado sus ojos y apretado. Se sacó su casco, dejando su rostro al aire. Sus ojos eran ahora masas aplastadas e informes cayendo de sus cuencas vacías, chorreando sangre y un fluido transparente que intentó taparse con las manos. El dolor era tan intenso que se sintió casi desvanecer, y sin darse cuenta ya estaba tumbado en el suelo, retorciéndose.

Por razones obvias no pudo ver como se abría el panel bajo la encimera de la cocina en la esquina del salón-comedor. Meredith Alcaudón emergió de la apertura, ilesa pero cubierta de suciedad y polvo, con una expresión de irritación en su rostro más propia de alguien a quien se le ha caído la tostada del desayuno que de alguien que acababa de hacer frente a dos asesinos a sueldo.

Meredith avanzó con calma, tomó la pistola a los pies de Otomo, y la descargó. El operativo se quedó quieto intentando reprimir sus quejidos y sollozos, buscando determinar la posición de la mujer.

"Si vas a intentar atacarme aún estando así, piénsatelo mejor", dijo ella.

Y antes de poder responder o hacer nada, Otomo exhaló un quejido de dolor y se encogió sobre sí mismo. Meredith continuó hablando, dejando caer la pistola y agachándose junto al operativo caído.

"Eso ha sido el equivalente telequinético a una patada en los testículos. Aún con lo de tus ojos, el umbral de dolor debería ser suficiente para notarlo."

Otomo no respondió. Simplemente no pudo. Meredith suspiró.

"Voy a esperar a que te repongas un poquito, lo justo para ver si esta vez estás dispuesto a hablar", dijo Meredith, "Y más te vale que lo estés, porque déjame decirte que arrancarte los cojones con un pensamiento no me resultará más difícil de lo que fue aplastarte los ojos."

El sonido que salió de Otomo no fue muy distinto del quejido lastimero de un animal pequeño y asustado.

"Así que por tu bien más te vale tener respuestas, señorito operativo."

sábado, 15 de mayo de 2021

017 PESQUISAS Y FANTASMAS

 

A solas en su habitación, sentada en pose de meditación sobre su cama, un observador casual podría pensar que Athea Aster estaba teniendo una mañana más o menos relajada.

Nada más lejos de la realidad.

Habían pasado los dos días de gracia ("¡vacaciones!", como insistían Avra y Antos con esa peculiaridad infantil de sus personalidades que nunca había desaparecido del todo) y las rutinas volvían a asentarse.

Alma se encontraba en aquellos momentos en la sala de conferencias a distancia del Centro Gubernamental de Occtei, junto con el Director Ziras, atendiendo al comité frente al Senado del Concilio e informando de los hechos de Calethea 2.

Teniendo en cuenta que ni ella ni el director estaban de cuerpo presente en el edificio senatorial en Camlos Tor, la sede capital de la galaxia, atendiendo al comité mediante una holotransmisión, a Athea se le antojaba como mínimo potencialmente irritante que Alma no pudiese hacer lo mismo desde la sala de comunicaciones de los Corps.

Por supuesto, había consideraciones de protocolo y tradición que seguir, pero con ciento setenta y un años de edad a Athea aquellas formalidades le parecían una pérdida de tiempo.

Continuando su repaso mental a las situaciones de sus hermanas y hermanos, Athea sabía que aquella mañana Armyos había acudido de nuevo a los garajes para dedicarse a sus labores mecánicas. Mezcla de hobby y labor fundamental, era habitual que Armyos colaborase con el personal en la puesta a punto de los vehículos y lanzaderas auxiliares además de dedicarse a sus proyectos personales.

Avra por su parte estaría en las salas de entrenamiento, bien a solas haciendo uso de las simulaciones, o bien vapuleando a incautos cadetes bajo el pretexto de ejercicios de práctica. Al menos a día de hoy tenía más cuidado con ellos y no habían tenido que lamentar ninguna hospitalización seria en al menos un par de décadas.

Antos... sus rutinas eran difíciles de categorizar. Si en aquel momento no se encontraba flirteando (otra vez) con alguien del personal científico, lo más posible es que se encontrase junto a su Dhar. O puede que incluso hubiese abandonado el edificio para dar unas vueltas de incógnito por el centro de la ciudad, quién sabe.

Y Athea... meditaba. Más bien, daba vueltas a una serie de ideas constantes que pintaban una situación potencialmente alarmante.

Un supervisor de seguridad de los Corps comparó una vez a Athea Aster con un perro de presa. Si aquello era un cumplido o un insulto era algo que aún estaba en el aire, pero a la Rider Black no le importaba demasiado.

En cierto modo le daba parte de razón. Cuando se obsesionaba con algo no lo dejaba ir. Claro ejemplo, su situación actual respecto a Mantho Oth.

Tras recibir el mensaje informando de la imposibilidad de restaurar la copia de contenidos del disco duro de Pratcha, Athea se olió inmediatamente que algo no iba bien.

Su primer impulso fue presentarse en el Departamento Tecnológico para hablar con Oth en persona, pero su instinto le indicó que quizá aquello no sería buena idea y que convenía discreción. Esa sensación en el fondo de su estómago nunca le había fallado al lidiar con el peligro durante siglo y medio, así que confió en ella ciegamente.

Athea accedió a la base de datos de los Corps, pero no usando su propia ID personal, sino una identidad falsa que había creado hace ya bastante tiempo correspondiente a un empleado de nivel medio. No le servía de mucho más allá de poder curiosear en algunos archivos que no quería que fuesen rastreados a su terminal virtual personal, como era el caso.

Todo empleado tenía acceso al listado de personal, incluso uno de rango no especial como el de su identidad virtual falsa (más que un mero nombre y una contraseña, Athea había creado todo un perfil de datos y referencias para un individuo que no existía realmente).

Gracias a ello pudo constatar que Mantho Oth ya no formaba parte del personal de los Rider Corps desde el día anterior y que en su ficha aparecía marcado como "Traslado".

Traslado podía tener dos significados distintos. O bien Oth había sido movido a otra sede o puesto en los Corps, lo cual Athea pudo comprobar con rapidez que no era el caso, o bien había abandonado su trabajo para tomar otro propio o en una entidad privada.

La cuestión es que algo así no sucedía de la noche a la mañana. Desde luego, era algo que normalmente necesitaba más de tres días para formalizarse, salvo que se diesen circunstancias extremas, aunque ese no parecía ser el caso.

Por ello, Athea Aster se encontraba en aquel momento inmersa en su espacio mental particular, ordenando ideas en la soledad de su habitación.

Habría preferido hacerlo en la comodidad de la sala de prácticas de tiro, pero consideró que algo de discreción extra era necesaria, y las habitaciones de los Riders estaban exentas de vigilancia más allá de los sensores de seguridad mínimos.

Primero, presentó a Mantho Oth con un disco duro dañado con información relativa a las investigaciones del renegado Doctor Tiarras Pratcha.

Segundo, recibe en un plazo de tiempo anormalmente corto un aviso formal de que dicha operación había sido irrealizable y de que el disco duro había sido destruido.

Tercero, la impersonalidad del mensaje combinado con lo que sabe de Mantho Oth la lleva a la conclusión de que él no es responsable del mensaje.

Cuarto, dos días después Mantho Oth ya no está presente ni aparece listado en su antiguo puesto de trabajo del Departamento Tecnológico.

Primera opción: Oth procede a realizar el trabajo, es imposible, renuncia a su puesto sintiéndose avergonzado por su fracaso, abandona los Corps.

Breve, sencilla, tranquilizadora. Sin ningún sentido si uno tenía en cuenta no solo la profesionalidad de Oth sino el mero sentido común. Nadie abandonaría su trabajo por algo así.

Segunda opción: Alguien o algo impide que Oth proceda con la restauración del contenido. Ese alguien o algo informa a Athea del hecho. Ese alguien es una fuerza administrativa superior dentro de los Corps.

Algo así implicaría a un número de personas bastante elevado, desde los supervisores de Oth hasta el mismo Director Ziras. Preocupante.

Una variante de dicha opción presentaría la posibilidad de Oth teniendo éxito, pero los contenidos de los datos de Pratcha siendo algo extremadamente sensible que lleva a su categorización como material confidencial.

Pero de ser ese el caso, la habrían informado  de que la razón de no poder presentarle los hallazgos era debido a esa nueva situación, y no había sido así.

Y en ambas versiones, Oth termina desaparecido de su puesto. Eso desataba señales de alarma en un sentido o en otro. 

Athea no querría pecar de paranoica, quizá todo el asunto fuese un caso más de burocracia excesivamente sensitiva y torpe, pero una visita en persona a Mantho Oth comenzaba a figurar como una prioridad la mar de interesante para la Rider Black.

Su primer paso sería salir de la sede de los Corps.

Necesitaba averiguar la dirección de residencia de Oth y no quería arriesgarse a que dicha búsqueda figurase en los registros de red. Si había algún tipo de juego sucio en aquella situación, era mejor hacer uso de la red de una terminal pública como usuario anónimo. Los sistemas de conexión de alguna de las bibliotecas o centros de ocio locales podrían valer como alternativa. El flujo de información en esas terminales era tan grande y constante que incluso una vigilancia exhaustiva necesitaría de tiempo para rastrear algo.

Una vez supiese donde vive Mantho Oth, Athea Aster hablaría con él.

Asumiendo que esto no siga degenerando en algo salido de un vid sobre conspiraciones baratas y me lo encuentre muerto, pensó.

Habría querido decirse a sí misma que dicho pensamiento era un pobre intento de broma de mal gusto, pero de nuevo aquella intranquilidad vieja y familiar se asentó en su estómago.

 

******


Un día antes de que Athea Aster determinase su próximo paso a seguir, Meredith Alcaudón abrió los ojos tras una noche sin sueños. Como a ella le gustaba.

Por la pesadez en su cabeza y el brillo de la luz clara a través de las persianas, supo que ya pasaba del mediodía. Occtei teniendo un ciclo diario de veinticuatro horas era una bendición para la población humana.

El dolor en sus cervicales y hombros le indicó  que dormirse en su sofá una vez más no era una buena idea, por mucho que el quitarse la ropa para vestir algo más cómodo y meterse en la cama le pareciese un engorro la noche anterior al estar sumida en un estado casi febril de concentración.

Sintiendo crujir las vértebras de su cuello, Meredith se incorporó con un gesto de incomodidad al tiempo que estiraba sus brazos con un quejido. Se giró y aún semidormida echó un vistazo a su equipo.

En medio del estrecho salón-comedor de su pequeño apartamento, donde otros hubieran tenido un holovisor o una vieja pantalla plana de vids, se encontraba un frankenstiniano conjunto de cajas negras, computadoras y discos duros, conectados con procesadores externos. Una supercomputadora casera, construida a base de canibalizar y reformar componentes de otras.

Conectada a una ranura del cuerpo principal de aquel monstruo informático, se encontraba la micro-memoria que dos días antes le había proporcionado Mantho Oth, y aún no estaba cerca de poder descifrar mucho.

En el monitor, columnas de números y letras azules caían como una lluvia torrencial. Líneas de código en sucesión buscando restos de cualquier porción de información rescatable de los contenidos allí copiados.

Había intentando los procesos tradicionales de acceso por fuerza bruta, programas de desencriptación, algoritmos de desfragmentación, etc. Obteniendo pocos o nulos resultados, había recurrido a sus dones de tecnomaga.

La tecnopatía le permitía hablar con el espíritu de la máquina. Era algo que siempre resultaba desconcertante.

Las máquinas no estaban vivas, salvo que se tratasen de una verdadera IA, y esas no abundaban. Pero la magia sigue sus propias reglas y un objeto inanimado podía cobrar cierto simulacro metafísico de vida a lo largo de su existencia.

Los usuarios, fuesen de la especie que fuesen, atribuían rasgos a sus máquinas. Las dotaban de nombres, hablaban con ellas, en casos extremos mostraban empatía o afecto más allá del meramente adquisitivo. Desde la más humilde terminal de comunicación por cable hasta la más avanzada supercomputadora, pasando por vehículos, naves, maquinaría médica, escáneres, etc.

Toda máquina usada y concebida por una especie inteligente se veía bombardeada desde el primer día de su manufacturación por una ola de ideas, conceptos, creencias y proyección emocional. Un aspecto fundacional de toda forma de magia del universo, es que se fundamenta en la creencia. Si una suficiente cantidad de individuos creen en algo, ese algo se tornaría real, aunque fuese sólo parcialmente o como un simulacro de lo real.

Y un significativo número de la población de las especies sapientes de la galaxia creía con total sinceridad, aunque de forma consciente no se diesen cuenta de ello o lo negasen, que las máquinas e instrumentos tecnológicos de sus vidas diarias tenían peculiaridades afines a una personalidad.

Así nacen los fantasmas en la máquina. Tras años de exposición a ideas y respuestas emocionales, hasta algo no vivo puede tener un simulacro de vida. Y los tecnomagos podían establecer cierta comunicación.

La experiencia siempre requería concentración y esfuerzo. Era como nadar en un lago de brea.

La mayoría de mentes de la galaxia, aún siendo entre especies distintas, compartían elementos comunes. Si, había disonancias extremas en algunas especies, pero lo vivo reconocía a lo vivo. Por ello los telépatas podían hacer uso de su don más allá de su propia especie.

Los espíritus de las máquinas no podían ser descritos como una mente viva. Realmente no lo eran. Establecer contacto con ellos no era como enlazar con una mente alienígena ajena a la tuya. Era más bien como agarrar un cúmulo de ideas y sensaciones disonantes despersonalizadas, hechas de cristal y metal afilado, usando solo tus manos desnudas para intentar sacar algo en claro.

Con dispositivos con una función muy específica, como aquella micro-memoria, era relativamente más sencillo, pero seguía requiriendo tiempo y concentración. Por ello Meredith estuvo hasta bien avanzada la madrugada intentando encauzar al código para convencerlo de que se descifrase por sí mismo.

Por lo que veía en su monitor, había tenido un éxito parcial. Los datos estaban reorganizándose. Si el resultado final era satisfactorio o no era algo que aún estaba por ver.

Con un suspiro y un nuevo quejido, Meredith se levantó y se alejó del sofá y la computadora avanzando hacia la esquina del salón donde se encontraba una pequeña cocina y una encimera en la que la aguardaba una cafetera y una jarra de café, o al menos un brebaje que podía pasar pasablemente por café si no se estaba familiarizado con las particularidades de la cafeína.  

Decidiendo recalentar el líquido en vez de preparar una nueva remesa, Meredith Alcaudón se percató del parpadeo en la pulsera de comunicación de su muñeca derecha. Alguien había intentado llamarla durante la noche y dejado un mensaje tras no recibir respuesta.

En parte por la concentración de la noche anterior y por su agotamiento posterior, Meredith no se había dado cuenta de ello. Abrió el mensaje y reconoció el código binario, traduciéndolo de forma instantánea.

01010100 01100101 01101110 00100000 01000011 01110101 01101001 01100100 01100001 01100100 01101111

En el preciso instante en que sus ojos terminaron de leerlo, una explosión que solo pudo haber sido provocada por un disparo de un arma de proyectiles reventó la cerradura, y la puerta de su apartamento se abrió de golpe.

martes, 11 de mayo de 2021

016 SOMBRAS Y LUCES

 

La habitación, una sala de comunicaciones improvisada, era quizá el entorno más secreto y seguro de todo el complejo de los Rider Corps. No figuraba en ningún plano, su acceso estaba camuflado, contaba con las mejores protecciones de insonorización y aislamiento, escudos de red y cortafuegos, y salvaguardas y sellados mágicos en al menos cinco planos dimensionales distintos.

En todo el planeta de Occtei no existía un lugar más aislado del resto del mundo. En el resto de la galaxia no había muchos que pudiesen igualarlo o superarlo.

El número de personas en el complejo que sabían de su existencia podían contarse con menos dedos de los que hay en una mano humana.

Una de esas personas se encontraba en su interior en ese momento, en plena conversación con alguien a mundos de distancia. Una voz distorsionada por un filtro electrónico habló primero.

"¿Alguno de los Riders se ha visto comprometido?"

"No, señor. Athea Aster fue quien obtuvo los restos del disco duro de Pratcha, pero ya hemos cubierto ese detalle. También hemos lidiado con el técnico al cargo."

"¿Es seguro?"

"Es un trabajador leal y esperamos que cumpla sin que tengamos que manchar las aguas de rojo. De todas formas, se han tomado medidas de monitorización dado su pasado."

"Si surge algo debe usar agentes externos, reducir la relación con el Proyecto al mínimo."

"Sé hacer mi trabajo, señor. Cuento con individuos de confianza al margen de los Corps que podrían hacerse cargo."

"Bien. ¿Sabemos cómo obtuvo Pratcha los datos?"

"Esa es la pregunta del millón. Pese a su antigüedad con los Corps, Pratcha solo tenía un nivel seis de acceso a los archivos, y los archivos en cuestión que copió están incluso por encima del rango máximo siete. Alguien tuvo que proporcionarlos, pero eso implica que uno de ustedes en el Círculo Interno la ha fastidiado o es un traidor."

"..."

"Vaya, no me digan que hay problemas en el paraíso."

"Existe... cierta aprensión respecto a un individuo concreto ¿Qué sabemos de ella?"

"Nada, como las últimas cien veces que me ha hecho la misma pregunta todos estos años. Oficialmente sigue muerta. ¿Creen que ha tenido algo que ver?"

"Si hay alguien que podría encontrar la forma de comprometer nuestra seguridad sin que lo supiéramos hasta que fuese demasiado tarde, sin formar parte activa del Proyecto en la actualidad..."

"Recemos para que los informes iniciales de su muerte no sean una exageración."

"Tampoco podemos descartar la posibilidad de un agente externo."

"¿Amur?"

"Siempre hemos sospechado que sabe más sobre nuestros movimientos de lo que ha expresado, y a pesar de su siempre conveniente colaboración..."

"Si están pensando en ir a por Amur-Ra podemos darnos por muertos."

"No es una línea que estemos dispuestos a seguir, pero tampoco podemos desechar todas las posibles..."

"No, olvídenlo. Puedo intentar observaciones discretas, pero recomiendo encarecidamente que se abstengan de dar cualquier orden activa contra Amur-Ra. Sería como dispararse en el pie."

"Tendremos en cuenta su consejo."

"Más les vale."

"Volviendo al asunto Pratcha... ¿qué sabemos de sus dos ayudantes?"

"Axas y Dovat, atlianos, sin apellido. Ninguna de las Casas quiso reconocerlos tras la muerte de sus padres a pesar de la acogida por parte temporal de una prima de la línea materna. Pratcha prácticamente los adoptó, así que tendrían derecho a usar su nombre aunque nunca lo hayan hecho. Dada la destrucción de los datos de Pratcha es posible que éste elaborase una copia, total o parcial, que esté ahora en menos de esos dos."

"Los Riders deberían haberlos aprehendido."

"Los Riders son libres de ejercitar su propio juicio, y como Alma Aster sabiamente indicó, si queríamos una operación de limpieza estándar deberíamos haber enviado a un comando estándar."

"Soldados normales no habrían podido con la llave mórfica."

"Cierto, de ahí el empleo de los Riders. Pero tampoco les informamos de qué había robado realmente Pratcha, y Alma actuó con la información de qué disponía y su propio juicio. El problema de crear héroes es que van a actuar como héroes, señor. Si no querían eso deberían haberlos adoctrinado como soldados."

"¿Podríamos enviarles para hacerse cargo de Axas y Dovat?"

"Eso sería un desastre en potencia."

"Explíquese."

"Los Riders tienen como misión principal enfrentarse a los garmoga. Salvar mundos de los garmoga. Salvar la galaxia. Dentro de ese marco de acción tampoco tienen problemas en participar en operaciones de rescate o de mantenimiento de la paz conjuntamente con fuerzas de Concilio. Pero una cacería de un individuo no reconocido públicamente como un criminal los ha incomodado. Lo han considerado un uso de fuerza excesivo, y tienen razón. Si intentamos repetir lo mismo usándolos para quitarnos a esos dos atlianos de encima..."

"¿Cree que podrían traicionarnos?"

"No, no lo creo. No sin una razón extrema. Los Riders son leales. Pero algo así los volvería suspicaces, al menos un tiempo. Y siempre existe el riesgo de que eso suponga alteraciones en su rendimiento. Dados los últimos sucesos, lo último que necesitamos son Riders con dudas."

"Entonces nos haremos cargo de los mellizos atlianos usando medios dentro de lo convencional una vez hayan rastreado su posición."

"Inteligencia nos indica que podrían estar aún en alguna parte del cuadrante Bet. Abdos, Cias y Delvona parecen ser los mundos con más papeletas. Mucho tráfico de individuos, gran población en el caso de los dos primeros... amplias posibilidades de buenos escondites hasta que puedan obtener mejor transporte. Los encontraremos más pronto que tarde."

"Excelente, manténganos informados cuando proceda con la operación. Buen trabajo y gracias, Director Ziras."

El holomonitor vibró y la silueta bañada en sombras con la que había estado charlando se disolvió dejando solo un haz de luz blanca que iluminó el cansado rostro de Arthur Ziras, director y comandante en jefe de los Rider Corps.

Éste se recostó en su asiento, única comodidad de la pequeña sala. Suspiró llevándose la mano a la frente, sintiendo el dolor de cabeza producido por el agotamiento y otras cosas que no se permitía el lujo de admitir.

"De nada", susurró, "De nada, grandísima escoria humana."

 

******

 

La protoforma esférica de la llave mórfica flotaba cómodamente en un campo de estasis en el laboratorio de Ivo Nag. La superficie metálica del dispositivo tenía una cualidad casi líquida. Parecía moverse y presentar oscilaciones, casi como si algo invisible caminase sobre agua sin quebrar su tensión superficial.

"Es un artilugio fascinante", dijo Ivo Nag, "Aunque espero que tengas presentes que esto se escapa un poco de mis experiencias habituales, muchacha."

Dovat asintió como respuesta.

Ella y el viejo phalkata era los únicos en el laboratorio en aquel momento. Axas había salido a hacer una incursión rápida a los mercadillos de La Zanja en busca de provisiones y material extra. El doctor le había informado de que debía pedir los materiales tal y como estaban redactados en la lista a pesar de las aparentes erratas.

"No es la primera vez que alguien compra en mi nombre, chico", le explicó, "Así sabrán que vas de mi parte y sabrán qué es lo que tienen que venderte realmente, sin rechistar y sin jugártela en los precios. Porque no quieren jugármela a mí."

La reputación de Nag estaba probando ser útil al menos, lo cual en cierto modo era un alivio.

"El tío Tiarras hizo uso de una de las llaves de la remesa inicial del proyecto, de antes de su cancelación. Asumo que usted conoce los principios básicos."

"Trátame de tú, polluela. Y claro que los conozco. Fui uno de los supervisores contratados externamente de ese circo de pulgas. Intentar conseguir una versión de producción en cadena de los Riders, un cacharro que pudiese dar ese poder a cualquiera... eso no iba a terminar bien nunca."

"Por la infusión de energía."

"Eso es solo uno de los factores... esto es el Nexo de lo que estamos hablando", dijo Nag, "El Nexo es algo más que una fuente de energía, es algo vivo, es el poder de todas las cosas vivas de la galaxia. Es magia. Y muchos de los imbéciles al cargo no querían terminar de entenderlo."

"Los humanos no tenían conocimiento de la magia hasta que llegaron a esta galaxia."

"Pero aprendieron rápido lo esencial. Ahí tienes a los Riders. El problema es que eran apresurados, querían mucho en muy poco tiempo y nunca dejaron de ver la magia como otro tipo de ciencia que podrían manufacturar de forma fácil. Su propia experiencia con los Riders y toda la sucesión de fracasos con los Dhar Komai debería haberles enseñado la lección."

"Entonces ¿es cierto? Lo de los Dhars, quiero decir", preguntó Dovat genuinamente interesada.

"Si. ¿Los cinco que hay? Los únicos que sobrevivieron de una remesa de producción con un número inicial proyectado de cientos. Una auténtica flota de esos bichos y solo fueron salvables un puñado. Le hace pensar a uno en el destino porque al final también solo consiguieron cinco Riders viables."

La conversación de vio interrumpida por un zumbido, el aviso del timbre exterior. Tras una comprobación rápida, Axas accedió a la consulta y de ahí al laboratorio de Ivo Nag. Cargaba con dos enormes bolsas negras de las que asomaban piezas metálicas, recipientes y tubos, y llevaba también una larga caja de plástico negro bajo el brazo.

"Ya estoy aquí... todo el mundo pasó a ser extremadamente amable al mencionar su nombre, doctor."

"Hrm... más les vale."

"¿Has traído todo?", preguntó Dovat.

"Todo lo de la lista", respondió Axas mientras depositaba con cuidado el material, "Pero confieso que no tengo ni idea de qué son la mitad de las cosas que traigo."

"Vamos a hacer operaciones muy poco ortodoxas con uno de vuestros cuerpos, pollito", dijo Nag con una sonrisa afilada, "Pronto sabrás más de lo que esperas. Después de todo necesitaré tu ayuda cuanto tenga que abrir a tu hermana en canal."

"¿¡Qué!?"

Dovat miró al viejo phalkata con cierta expresión de alarma, "¿Doctor?"

Ivo Nag se encogió de hombros. Parecía genuinamente perplejo.

"¿No lo habéis hablado aún? Creía que la elección era obvia, dada la fisiología de vuestra especie. Las hembras atlianas sois más resistentes que los varones, querida", explicó, "Contáis con mayores redundancias en vuestros órganos y sistema nervioso. Si vamos a inundar a uno de vosotros con energía del Nexo, tú tienes más papeletas que tu hermano de salir bien parada."

"Supongo... supongo que eso también ayudará en la operación", observó Dovat intercambiando una mirada con Axas. Éste parecía aún intranquilo.

"Oh, sin duda, sin duda", dijo Nag, "¿Recuerdas lo que mencionamos del Nexo hace unos instantes y porqué falló el proyecto inicial de las llaves mórficas?"

"Ya me dijo que no era solo por el exceso de energía, sino por algo más, por la misma naturaleza mágica del Nexo."

"El exceso de energía en sí puede freír un cuerpo no preparado, pero el verdadero problema es que las llaves mórficas fuerzan un lazo con el Nexo. Un lazo no buscado. Son una violación básica de algo vivo y el Nexo responde de forma violenta en consecuencia, consumiendo al culpable."

Dovat bajó la vista, pensando en Pratcha. Axas por su parte aventuró una pregunta, "Entonces, ¿Los Riders...?"

Ivo Nag sacudió la cabeza, "Algo totalmente distinto. Muchas cosas solo las conozco por rumores. Las alteraciones físicas y genéticas a las que se ha sometido a esos cinco son... bueno, podrían escribirse enciclopedias sobre el tema. Se cree que todo pudo empezar incluso con sus mismos progenitores y que ya nacieron con algún tipo de alteración heredada, pero eso son solo conjeturas", contó el viejo phalkata, "Pero todo eso no valdría de nada si el Nexo no hubiese establecido un lazo con ellos. Contaron con Amur-Ra. Llevaron a cabo los rituales apropiados, aunque eso tampoco garantizaba el éxito total. Pero el Nexo los aceptó. El Nexo tiene una conciencia viva y vio algo en los polluelos Aster que hizo que los abrazase con su poder como no había abrazado a nadie en milenios."

"Pratcha nos contó historias, que en el pasado de la galaxia hubo otros...", dijo Axas.

"Y ahora son solo cuentos para los descreídos. Yo también los conozco", replicó Ivo Nag con un reflejo distante en sus ojos, "¿Estáis seguros entonces?"

Dovat asintió, firme.

"La clave es temporalizar el vínculo, de eso tengo que encargarme ultimando la protoforma de la llave, y tendremos que hacerlo de forma conjunta a la intervención en mi cuerpo para garantizar un flujo regular."

"Forzar un vínculo con el Nexo que pueda ser cortado sin un enlace permanente, es ingenioso. Peligroso también, pero ingenioso."

"El problema de las viejas llaves mórficas es que no podían desactivarse una vez usadas. Las alteraciones en mi organismo también deberían servir para prolongar la unión el mayor tiempo posible antes de verme afectada físicamente. Eso junto con el injerto permanente..."

"Dovat," interrumpió Axas, "¿Estás absolutamente segura de esto?"

Dovat miró a su hermano. Axas siempre había sido leal para con su tío, como bien había indicado su casi suicida enfrentamiento con Rider Red, pero en realidad siempre había cultivado en su interior un mar de dudas. La joven atliana suspiró antes de hablar.

"Axas, tenemos que terminar lo que empezó el tío Tiarras. Y habrá gente muy peligrosa que intentará frenarnos. Puede que vuelvan a mandarlos a ellos a por nosotros. Rezo por que no sea el caso, pero si es así..."

"Tenemos que estar preparados", replicó el joven, cabizbajo.

"Si, tenemos que estarlo."

Por nosotros, y por ti, tío Tiarras, pensó Dovat, Por todos los muertos.

Dovat hizo un gesto a Ivo Nag. El viejo phalkata asintió, no sin cierto respeto hacia aquel par de niños, y se retiró a preparar todo el material necesario para comenzar el procedimiento.

Finalmente Dovat se volvió a mirar la llave mórfica, flotando plácida, indiferente al destino que estaba a punto de desatar.

Llevarían la luz de la verdad a la galaxia, aunque tuviesen que hacerlo por la fuerza.