domingo, 18 de julio de 2021

033 ALCAUDÓN & VASTRA-OTH

 

La coincidencia era un concepto al que Meredith Alcaudón daría muchas vueltas en el futuro, sobre todo tras lo que iba a suceder en Pealea.

Oficialmente se trataba de un mundo de recreo. Una pequeña luna habitable reconvertida en centro de ocio y juego. Casinos, hoteles, acompañantes personales (forma educada de referirse a la prostitución de lujo), deportes extremos y toda clase de divertimento que pudiese pagarse con dinero. De cara a la galería, solo aquello cubierto por los ámbitos de lo relativamente legal (lo moral ya era otra historia).

La otra cara de la moneda... más allá de las zonas de luz y oropel estaban los antros de mala muerte, cantinas, centros de contrata de mercenarios, asesinos y ladrones y en general los hogares de cientos y cientos de trabajadores y almas pobres intentando llegar vivos al día siguiente y rapiñar lo máximo posible para garantizar algo mejor para sus progenies. En el mejor de los casos.

En la práctica, una situación habitual en los mundos de periferia lejos de la influencia del Concilio, no muy distinto de Cias. Las diferencias eran que Pealea estaba regido por consorcios abiertamente criminales y no por corporaciones legalizadas, y que sus habitantes al menos podían ver el cielo y tener esperanzas de quizá algún día salir del arroyo y ascender.

El mundo criminal, pensó Meredith al tiempo que miraba por entre los pliegues de la persiana de la habitación de su motel, Igual de cruel, sucio y despiadado pero a veces aquí basta con reventar las cabezas adecuadas para ser alguien sin tener que preocuparse de nada más.

Era también un entorno considerablemente más discreto y menos propenso a la vigilancia corporativa constante. Oh, de seguro habría algún Don o líder de mercenarios totalmente paranoico, pero no hasta los extremos de medir los minutos que pasabas en el baño para determinar cuánto deducir de tu sueldo.

Esa discreción era, consideró ella, lo que habría llevado hasta allí al elusivo supervisor de los operativos que habían intentando matarla y a quien estaba siguiendo el rastro. 

Solo tenía un nombre, y una especie: Legarias Bacta, gobbore. A ojos del público aparentaba tener una carrera como periodista de tres al cuarto de un diario independiente de la red y se movía constantemente de un mundo a otro.

La realidad, razonaba Meredith, es que seguramente lo hacía para designar trabajos a los agentes de su organización.

Los operativos se regían por un sistema de cadena de mando flexible. Cada operativo individual respondía a un supervisor, cada supervisor a un coordinador... y tras los coordinadores había al menos otros dos o tres rangos cuya nomenclatura se desconocía. Se regían por códigos clave, un lenguaje propio y un nivel tal de signos, contraseñas y consignas que eran casi una sociedad propia al margen del resto de la comunidad galáctica.

Solicitar los servicios de los operativos era otro rompecabezas. Contactar con ellos la primera vez podía ser complicado. Se rumoreaba que eran ellos quienes contactaban contigo si veían indicios de que se pudiese precisar de sus servicios y se contase con los recursos suficientes para el pago. Una vez utilizada la organización por primera vez, podía establecerse algún método de contacto más regular si se requería de nuevo su asistencia. No podía contratarlos cualquiera.

En la práctica era difícil que un operativo estuviese bajo el cargo de un mismo supervisor más de una vez o que siquiera supiese su nombre. Y lo mismo entre un supervisor y un coordinador, etc. Meredith tenía la sospecha de que la persona a la cabeza de toda la organización era la única o el único que sabía los nombres y distribución de todos sus agentes. El que ella hubiese podido sacar el nombre del supervisor de los operativos que habían ido a por Mantho Oth y a por ella era un golpe de suerte.

O quizá una trampa. Porque en los dos últimos días había comenzado a dudar de quien estaba cazando a quien.

Había sido algo sutil, una sensación de que estaba siendo observada. Emisiones emocionales parecidas a gritos de alarma emanando de toda maquinaria y pieza de electrónica a su alrededor. Meredith se encontraba ahora ante el dilema de determinar si el supervisor no habría previsto que ella pudiese dar cuenta de dos operativos básicos para ofrecerse a sí mismo como un cebo a seguir y atraparla de lleno en un entorno lejos de sus terrenos más familiares.

Eran algo muy retorcido y rebuscado, casi a niveles de un holoserial dramático y de los baratos, pero era la clase de basura que se esperaría de escoria como aquella.

Por ello había optado por recurrir a la espera. En una habitación de motel modesto que ocupaba todo un bloque de pisos, con solo dos accesos al exterior. Una puerta al pasillo y una ventana que daba a una caída de varios centenares de metros. Difícil de proteger, esperando sentada como carnaza fácil.

Si aquel cabrón quería jugar a los cebos, se lo pondría sencillo. A veces la mejor forma de lidiar con una trampa o enemigo era sentarse a esperar a ver quien perdía primero la paciencia.

La granada de gas rompiendo el cristal de la ventana de la habitación e inundando la estancia de humo fue una respuesta bastante expeditiva.

No es delicado ni quirúrgico, pensó, No le importan rastros o daños colaterales, solo que se haga el trabajo. Fuerza bruta.

En otros rincones de la galaxia la organización a la que pertenecía no toleraría métodos así en uno de sus supervisores, pero en Pealea sería algo sencillo de encubrir.

Con un gesto de su cabeza Meredith lanzó la granada de vuelta por donde había entrado con su telequinesis. Y justo cuando vio la sombra humanoide descender de lo alto y a punto de atravesar lo que quedaba del cristal de la ventana, Meredith saltó. No se percató de la puerta de su habitación abriéndose de golpe tras ella.

Meredith Alcaudón atravesó el cristal y chocó de lleno contra quien debía ser Legarias Bacta, el operativo supervisor que hasta hace unos instantes se disponía a entrar descendiendo desde la azotea sujeto a una correa de seguridad extensible. Su problema es que dicho sistema estaba pensando para el peso de un solo individuo humanoide, no para dos.

Por ello, Alcaudón chocando de lleno contra él en un abrazo demente a cientos de metros de altura provocó que comenzasen a descender a una velocidad peligrosamente alta, dando vueltas en círculo a cada vez mayor velocidad.

Intentó golpear a Meredith en la cabeza con el codo, pero sujetar la correa con una sola mano reducía el freno y el giro constante comenzaba a desorientarlo. Intentó  situar su pistola, una láser estándar y único armamento que parecía llevar encima, para disparar a la mujer a bocajarro aún siendo consciente del riesgo de herirse a sí mismo.

El gatillo se movió, pero en la dirección opuesta a la que habría presionado él. Con tal fuerza que aplastó y rompió la falange de su dedo.

Causar una embolia podía requerir un poquito de concentración, pero mover una pieza de metal era algo instintivo para Meredith Alcaudón. El armonizar con el espíritu de la pistola también ayudó.

Por eso el arma le estalló prácticamente en la mano a Bacta, que aulló de dolor. 

Al mismo tiempo, Meredith concentró toda su telequinesis en los arneses de la correa, aflojándolos al tiempo que daba un tirón que los movió hacia la fachada del edificio, atravesando la ventana de una de las habitaciones inferiores afortunadamente desocupada, quedando de nuevo en el interior del motel.

Meredith sintió fragmentos de cristal clavársele en la espalda, atravesando sin problema la tela de su camiseta, pero ignoró el dolor incorporándose con sorprendente rapidez.

"Muy bien, amigo", dijo, "Estás desarmado, así que mejor que empecemos a charlar antes de que tenga que ponerme desgradab..."

No llegó a terminar la frase. Legarias Bacta se incorporó como impulsado por un resorte, y con un ladrido furioso propinó un golpe a Meredith que la lanzó a varios metros hasta chocar contra el camastro de la habitación. Cuatro marcas de garras brillaban rojas en su rostro por el zarpazo.

Estúpida, estúpida, estúpida, pensó, Recuerda que es un gobbore, no un humano como los otros dos...

Los gobbore era una especie lupina, de morfología considerablemente fuerte. Sus garras eran como cuchillas y a Bacta aún le quedaba una mano sana. Se había incorporado y avanzado apenas dos pasos hacia una aturdida Meredith Alcaudón para rematarla cuando notó un tirón en la correa aún atada a su arnés.

Alguien estaba descendiendo por el cable que todavía colgaba del exterior.

Bacta se volvió justo a tiempo para ver entrar a otra figura tras él en la habitación a través del ventanal roto. Una figura que, sin pausa alguna, procedió a correr contra el gobbore al tiempo que agachaba su cabeza, embistiéndolo en el torso.

Y empalando al supervisor con su cornamenta antes de que la fuerza del impacto lo lanzase contra la puerta de la habitación, atravesándola hasta quedar su cuerpo roto y ensangrentado tirado en el pasillo.

Meredith se incorporó, sacudiendo la cabeza para despejarse e ignorando el escozor de las marcas sangrantes que seguramente dejarían cicatriz en su rostro.

El recién llegado era un angamot, de gran envergadura, vestido con lo que parecía un viejo uniforme militar negro y gris propio de operaciones especiales que seguramente se le habría ajustado mejor cuando era más joven. Su cornamenta cérvida lucía orgullosa en su cabeza, salpicada por la sangre del gobbore al que había embestido. Su único ojo ciclópeo, segmentando como el de un insecto y de un color azul brillante, se centró en Meredith.

Ella supo al instante de quien se trataba.

"Tobal Vastra-Oth", dijo, "El marido de Mantho."

"Veo que no son necesarias las presentaciones, señorita Alcaudón."

"Lo mismo digo, aunque tengo preguntas..."

Tobal dirigió su mirada al enemigo caído, "La vi en el funeral. Y puedo deducir que está buscando a los asesinos de Mantho. Puedo ayudarla en eso y en más, y no ha sido difícil seguirla sabiendo donde buscar", explicó, "Mantho o bien subestimó la vigilancia de sus superiores o bien sobreestimó sus propias defensas, pero fue consciente de que algo iba mal la misma noche después de su charla con usted y nos mandó a los pequeños y a mi fuera de casa junto con mis padres antes del final. Pero entenderá que no puedo quedarme de brazos cruzados."

"Bueno", suspiró Meredith, "No es la primera vez que trabajo con alguien, así que supongo que bienvenido a bordo. Si no es mucho pedir, deberíamos salir de aquí. La gente no suele prestar mucha atención a tiroteos e intentos de asesinato en estos lugares, pero aparecerán curiosos tarde o temprano."

"¿Qué hacemos con el cuerpo?"

"¿El señuelo? Dejarlo aquí. Quería hacerle unas pocas preguntas sobre Bacta, pero dudo que supiese más de lo que ya sé."

"¿Señuelo?"

"He venido aquí siguiendo el rastro de un gobbore llamado Legarias Bacta, el supervisor de los operativos que mataron a tu marido e intentaron lo mismo conmigo. Un gobbore de pelaje blanco" dijo Meredith al tiempo que se acercó al cadáver y propinó una leve patada en el torso del cuerpo, "Y este cabrón es de pelaje gris y pardo, por no mencionar que ni cuadran las orejas ni los rasgos faciales y forma del hocico."

Tobal asintió, "Así que mandó a otro títere a por usted."

"Es un desgraciado más prudente de lo que me esperaba, pero deberíamos..."

Su voz fue interrumpida por el grito de una alarma. Un sonido intenso y agudo que inundó el aire no solo en aquella ciudad sino en todos los centros urbanos del planeta. Además de eso, Meredith pudo sentir a todas las máquinas, ordenadores y piezas de electrónica gritando.

Se llevó una mano a la sien, sintiendo como si se le clavasen cientos de agujas en el cerebro. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no caer de rodillas.

Tobal lo tuvo algo más fácil, teniendo que preocuparse únicamente de tapar sus sensibles oídos.

"Eso es..."

"Es la alarma del ZiZ planetario local" dijo Meredith, con voz tintada de frustración y miedo creciente, "Joder, mierda, mierda y mil veces..."

Una incursión garmoga.

Tener tan mala suerte no podía ser coincidencia, es algo que Meredith Alcaudón pensaría muchos años después.

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