lunes, 30 de enero de 2023

101 DÍA TERCERO (IV)

 

“¡¡JOOOODEEEEEEEEEER!!”

¿La persona que había gritado semejante exabrupto verbal como si su alma se le escapase del cuerpo? La doctora Iria Vargas, jefa residente del departamento médico de los Rider Corps.

¿La razón por la que semejante expresión había escapado de los labios de la habitualmente más serena y comedida doctora? El tremendo salto que la había arrojado desde la sede de los Rider Corps hasta pasar por encima de la azotea de dos edificios cercanos y finalmente estrellarse contra el cemento y metal de un tercero, quedando aturdida por unos instantes.

¿Qué había permitido a una joven atliana no solo llevar a cabo semejante proeza sino también sobrevivirla? La bio-armadura conocida como Glaive.

Tumbada sobre la azotea en la que acababa de caer, la doctora habría supuesto a nivel superficial una visión de pesadilla extra para los desafortunados habitantes de la capital mundial de Occtei, en aquel preciso momento asediada por cientos de miles de esquirlas propagadas por Keket, la Reina de la Corona de Cristal Roto.

Construida a partir del tejido biomecánico de restos de centuriones garmoga, un usuario humanoide podría ser confundido a primera vista por una de las abominaciones que llevaba más de un siglo aterrorizando la galaxia. Era solo con un vistazo más detallado que podrían apreciarse las diferencias.

El tratarse de una figura femenina sería el primer indicio. Los centuriones garmoga no tenían sexo pero su morfología por lo general presentaba rasgos asociados con humanoides masculinos. Otras diferencias se harían más evidentes: la Glaive era una bio-armadura segmentada, con partes con partes más blindadas de un gris oscuro en extremidades y torso y otras de un negro de aspecto más flexible y orgánico en las articulaciones, cuello y manos. Tampoco presentaba la morfología mutable y deforme de muchos centuriones garmoga, optando más bien por unos rasgos definidos y fijos.

Incorporándose tras su accidentado aterrizaje, la doctora se llevó una mano a su aturdida cabeza, cubierta también por la armadura y mostrando más elementos que la diferenciaban de los ciclópeos rostros sin rasgos de los garmoga. Dos ojos cristalinos y blancos brillaban bajo una sobre la que reposaba una esfera rojiza y brillante, similar a las esferas mórficas. Todo ello coronado por una púa que emergía en vertical como un cuerno frontal sobre el cráneo cubierto.

“Oooh”, se lamentó la doctora, dando un par de cortos pasos, “Tengo que tener más cuidado con esto.”

“¡Doctora Vargas!”, llamó una voz a sus espaldas.

Iria se volvió y pudo ver la forma descendente de MX-A3, la última unidad Janperson superviviente. El droide contaba con una capacidad de vuelo limitada tras sus reparaciones, muy lejos de la maniobrabilidad de la que había gozado en el pasado. Iria saludó levemente con la mano, indicando que estaba bien.

“No ha pasado nada, ningún hueso roto”, dijo, intentando mantener controlados los latidos de su corazón, “Es solo que resulta complicado ajustar la movilidad con semejante aumento de capacidades físicas salidas de la nada al ponerse esto…”

“Recomiendo seguir moviéndonos”, dijo MX-A3, “Mis sensores detectan múltiples formas de vida hostiles en las áreas circundantes.”

Casi como confirmación de sus palabras, el silencio que cayó entre los dos se vio cortado por el sonido de la ciudad. Gritos, disparos, explosiones y vehículos. En las dos últimas horas los cuerpos de seguridad de los Corps habían formado equipo con las Tropas Auxiliares del Concilio para establecer áreas seguras y rutas de evacuación, pero el avance de las esquirlas a través de residencias civiles parecía imparable. Cientos de naves monoplazas y lanzaderas se habían elevado a los cielos intentando huir. Los más inteligentes se alejaban del espacio aéreo de la ciudad antes de ascender, lo que proporcionaba mayores oportunidades de no ser interceptados por un nuevo lanzamiento de pilares de cristal ennegrecido desde la pirámide o de una de sus descargas de energía destructiva.

Iria notó como se le revolvía el estomago. No sabría decir si era por su accidentado salto, por la armadura comenzando a dejar notar sus efectos secundarios o por una respuesta psicosomática a todo el trauma de la situación circundante.

No se atrevía a aventurar cuál era la actual cifra de muertos.

“Si… será mejor que sigamos…”, susurró Iria, “Las partes altas de la mayoría de edificios parecen estar despejadas y cuanto más nos alejemos del centro, mejor. La residencia de Alicia debería ser segura, si…”

Si ha conseguido llegar hasta allí, pensó, no atreviéndose a decir las palabras en voz alta.

“Por cierto, MX… Con las prisas se me olvidó preguntártelo… ¿Tienes lo que te pedí que recogieras?”

El droide asintió, extendiendo su brazo. Un panel del antebrazo se deslizó dejando ver un pequeño compartimento conteniendo seis pequeños viales equipados con agujas hipodérmicas, llenos con un líquido azulado fluorescente.

“Todo en orden doctora, pero no termino de comprender su propósito.”

“Los Rider llegarán, tarde o temprano. Esperemos que más lo segundo. Pero seguramente llegarán acusando agotamiento, por mucho que intenten sobreponerse. Y cuando lo hagan van a necesitar toda la poca ayuda que podamos darles”, explicó la doctora, señalando a los viales, “Y eso, será nuestra principal herramienta.”

La máquina asintió. No cruzaron más palabras, siguiendo su camino. Iria solo esperaba que llegasen a tiempo, que pudiesen asegurar el bienestar de Alicia Aster y que consiguiese hacerlo todo antes de que la armadura que vestía comenzase a matarla.

 

******

Alicia Aster llegó a su piso sin problemas.

Lejos de las zonas de impacto, era quizá la localización más segura de la ciudad. Los hechizos que lo rodeaban lo hacían invisible, casi inexistente a cualquier intruso hostil. Puede que no fuese tan seguro como un bunker, y el impacto accidental o azaroso de algún proyectil no podría ser descartado, pero en su interior Alicia Aster estaba en mejor posición de sobrevivir que ninguna otra persona de la ciudad antes todo lo que estaba ocurriendo.

Por eso no pudo quedarse dentro más de media hora antes de salir de nuevo a la calle, armada con un rifle de proyectiles acelerados, un escudo cinético y vistiendo un traje termal blindado.

Si su piso podía ser un refugio no iba a dejar que fuese ella la única que lo usase.

Moverse por las calles no era fácil. Aun en el área de periferia Alicia pudo ver a algunas de las criaturas. Humanoides similares a esculturas esculpidas en cristal. No sabía que capacidades poseían realmente, ni siquiera sabía si su arma sería útil, pero al menos parecía que los sentidos de los seres no eran tan distintos de los de la mayoría de especies conocidas. Manteniéndose en las sombras y caminando con cuidado de no dejarse ver, parecía ser capaz de burlarlos.

Las dos horas siguientes fueron un juego del gato y el ratón constante, con Alicia encontrando a supervivientes y ciudadanos escondidos en los rincones más inverosímiles y guiándolos de vuelta a su casa. Era consciente de que estaba teniendo una suerte inmensa, y de que en cualquier momento algo podría torcerse. Pero ya había conseguido meter en su piso a dos familias con niños y a otra media docena de individuos.

Moviéndose por la calle, pegada al suelo, podía ver a lo lejos las luces del corazón de la ciudad. Pero ahora eran los reflejos de las llamas y los disparos. Toda el área adyacente al cuartel de los Corps sonaba como si se estuviese entablando allí una batalla campal. Quizá no estaba muy lejos de la verdad. La mayoría de criaturas parecían confluir aún sobre las áreas centrales de la gigantesca urbe.

Las mayores áreas de población, pensó, Las mejores zonas para conseguir víctimas y engrosar sus números.

Alicia no había visto la asimilación de las esquirlas en acción, pero algunas de las personas que había rescatado sí. No sonaba agradable.

Y cuando sean suficientes se extenderán por el resto del planeta haciendo lo mismo, casi peor que los garmoga.

Eso era algo que la estaba preocupando. Toda la situación no era peor, técnicamente, que si estuviesen bajo el asedio de un ataque garmoga. Pero había un aura opresiva que Alicia estaba bastante segura no se daba en las infestaciones de los devoradores de mundos. Una suerte de temor primario que parecía emanar sobre todo de aquella pirámide que flotaba sobre el centro de la ciudad como un siniestro depredador esperando la muerte de una presa moribunda para devorar la carroña.

La idea de ser tomado por aquellas cosas, de dejar de ser tú para convertirte en otro pedazo de cristal dispuesto a perpetuar ese ciclo con tus amigos y seres queridos, era…

Alicia hubiese preferido a los garmoga. Los garmoga solo te comían. Era algo rápido. En una muerte rápida nunca dejas de ser tú, aún cuando de ti solo quede el recuerdo.

Fue entonces cuando la oyó, gritando y aullando de terror.

Alicia se levantó levemente, poniéndose de rodillas y observando al fondo de la calle desde detrás de un vehículo estacionado. Pudo ver a la niña corriendo, una gobbore de pelaje dorado visiblemente exhausta pero en tal estado de pánico que no podía dejar de moverse. Tras ella, a menos metros de los que serían tranquilizadores y acercándose, dos esquirlas corrían con ella. Una aún estaba cubierta por restos de ropa y pelaje desgarrado. Seguramente uno de los padres de la pequeña, asimilados y convertidos en monstruos delante de ella.

Alicia se incorporó totalmente e hizo un gesto con la mano. La niña la vio y comenzó a correr en su dirección.

Alicia sabía que su suerte se había acabado. Su única oportunidad real consistiría en tomar a la muchacha en brazos y correr con ella, esperando poder despistar a los monstruos. Pero temía que las esquirlas solo estuviesen jugando. Aquellas cosas habían dado problemas a los Riders, sus capacidades de movimiento debían ser muy superiores en realidad a lo que estaban demostrando en aquel momento.

Pese a ello, no dudó. Ni por un instante.

Empuñando el rifle, Alicia apuntó con cuidado y disparo dos ráfagas de proyectiles cinéticos que pasaron por encima de la cachorra gobbore sin rozarla, atinando de lleno a las dos esquirlas. 

Los seres trastabillaron, aquejando los impactos. Algo es algo.

Todos los impactos fueron plenos a pesar de la imprecisión del rifle. Todos atinaron sin desperdiciar ni un proyectil.

Alicia Aster era hija de su madre después de todo.

domingo, 22 de enero de 2023

100 DÍA TERCERO (III)

 

Occtei.

No podía decirse que Keket carecía de cierto sentido de lo dramático.

Entrar en la atmósfera del planeta y penetrar la primera línea de defensas sobre el lado del mundo sumido en la sombra de la noche, opuesto a su sol, era claramente un movimiento buscado. Su pirámide emergería de la misma noche a ojos de las masas aterrorizadas en la superficie. Un horror antiguo rompiendo la ilusión de seguridad en la que vivían. La Reina de la Corona de Cristal Roto casi podía saborear el terror.

Occtei era un mundo más defendido que Avarra, pero de poco les estaba sirviendo en aquel momento. Descargas continuas de proyectiles y haces de energía emitidos por múltiples sistemas de defensa planetaria diseñados para lidiar con el riesgo de un enjambre garmoga parecían no tener efecto sobre el constructo que descendía desde los cielos sobre la ciudad-capital del mundo.

Rompían la oscuridad, iluminando la enorme masa de negrura cristalina piramidal que flotaba sobre ellos con un desgarro de luz roja en su cúspide. Keket habría podido arrasar toda la ciudad de un golpe, convertirla en un cráter quebradizo como hizo con la de Avarra en una muestra de poder. Pero la Reina no quería mostrar su poder bruto en Occtei de aquella manera. Aquel era el mundo de los guerreros que se habían atrevido a insultarla. Su rabia sería quirúrgica, lenta y metódica. Occtei sería una labor de sufrimiento exquisito, dedicado y calculado. Keket iba a convertir la toma de aquel mundo en una sesión de tortura que culminaría con el espíritu roto de los Riders. Algo que planeaba gozar inmensamente.

La Reina cerró sus ojos y se sumió en el corazón del constructo piramidal. Su cuerpo pareció fundirse con la superficie y ser absorbido por la gigantesca estructura. En cierto modo, las pirámides eran tanto sus retoños como lo eran las esquirlas. Y en aquel momento, aquella se estaba convirtiendo en una extensión de si misma. Keket se hundió más y más, hasta el mismo centro, abrazada por el cristal cortante y el poder crudo.

La Reina sonrió en su tumba-fortaleza.

Desde el exterior, un espectador casual habría podido ver como toda la superficie de la pirámide de cristal negro parecía burbujear, como si se hubiese licuado pese a mantener su forma estructural.

En un instante, la pirámide se vio cubierta de innumerables potrusiones, como gigantescas púas emergiendo de su cuerpo. Un gigantesco alfiletero de cristal triangular. Y en otro instante, siguiendo al anterior con la futilidad de los hechos que no pueden ser frenados, dichas púas fueron despedidas en una explosión de poder. Miles de millares de dagas de cristal gigantescas, cada una portando una esquirla, cayeron sobre la capital de Occtei.

Keket sintió a sus criaturas resonar a través del Canto. Su gozo y su dicha en su servicio a la Reina. Pronto se les unirían las nuevas voces de los conversos cuando comenzasen a tomar a los millones de ocupantes de aquella ciudad uno por uno.

Mientras tanto, se conformaría con los gritos.

Cuando los Riders llegasen lo único que quedaría de su hogar sería un ejercito de enemigos aguardándolos.

 

******

 

Camlos Tor.

Vas a ser un héroe, Kam-en.

La misma voz femenina de siempre. La misma cadencia cargada de esperanza y anhelo. El mismo sentido de calma que aliviaba los destellos de dolor en sus recuerdos desaparecidos.

Shin no sabía a quién pertenecía aquella voz. La carencia de la memoria dolía, pero al mismo tiempo lo aliviaba. No podía lamentar la pérdida de algo que no recordaba haber tenido. Pero eso no restaba su importancia, ni minimizaba la insistencia constante de aquellas palabras en el rincón más apartado de su mente. Resonaban cada vez más y con más fuerza, y lo hacían cada vez que un nuevo retazo de información llegaba a sus oídos sobre lo que estaba ocurriendo.

Mundos atacados. Una nueva amenaza que había llevado a la mayor movilización militar del Concilio en el último medio siglo. Y ahora, Occtei...

Por eso había acudido al laboratorio por iniciativa propia, avanzando a través de los pasillos de la instalación al tiempo que ignoraba las miradas de curiosidad y desconcierto del personal que no estaban acostumbrados a ver al bio-guerrero abandonar su estancia sin haber recibido la orden para ello.

Entró en el laboratorio y sus sentidos registraron al instante la carga de ozono en el aire que delataba la presencia del que era básicamente un ocupante perenne del lugar.

“Doctor”, dijo Shin. Como siempre, su voz sonó monocorde, lenta, grave y cavernosa.

La figura que trabajaba en el laboratorio se volvió hacia él.

El doctor, cuyo nombre Shin aún desconocía pese a los meses que el individuo había pasado trabajando con él y supervisando que su cuerpo no se desintegrase en un fallo biológico, era un fulgara. Una especie de seres cuyos cuerpos físicos eran corrientes de electricidad pura contenidos de en trajes de aislamiento. Los fulgara solían modificar la morfología y rasgos de esos trajes según las circunstancias: movilidad, trabajo, relaciones sociales con otras especies, etc. El traje de contención estaba conformado por cerámica flexible y carbono, y en aquel caso imitaba los rasgos insectoides de los eldrea de la Sentan con quien llevaba años trabajando. Irónicamente, parecía más un eldrea que él mismo Shin, quien pese a ser miembro de la especie había sufrido notorias alteraciones físicas al ser convertido en lo que era ahora.

Shin pudo leer cierto grado de sorpresa en el lenguaje corporal del científico, aún a pesar de lo difícil que resultaba discernir algo así en alguien que técnicamente carecía de cuerpo y habitaba un traje como si fuese un recipiente.

“¡Shin!”, exclamó, “Es la primera vez que sales de tus habitaciones por ti mismo. Vaya, vaya, esto supone todo un logro a nivel de desarrollo...”

Shin no respondió, limitándose a observar la parlotería del fulgara hasta que este se calló cayendo por unos instantes en un incómodo silencio.

“Hum... bien”, dijo, y carraspeó. Un sonido extraño para un ser que técnicamente no tenía garganta y que resonó casi como un chasquido de estática e interferencias a través de los instrumentos de vocalización de su traje, “¿Qué se te ofrece? No creo que hayas venido solo por mera curiosidad.”

“Necesito una revisión y puesta a punto”, dijo Shin, “Siguiendo los protocolos de misión estándar previos a una salida para interceder en una incursión.”

El fulgara miró fijamente al eldrea modificado.

“Shin, esos parámetros son para tu intervención en un caso de una incursión garmoga. Y no hay ninguna en proceso en los registros...”

“Es por la situación en Avarra. Y en Occtei.”

De haber tenido ojos visibles o cualquier órgano ocular equivalente, los del científico fulgara se habrían abierto de forma desmesurada por la sorpresa.

“¿Cómo has...?”

“Retazos de conversaciones. Voces de los empleados y técnicos en los pasillos. El sonido de transmisiones y dispositivos de comunicación en distintos puntos de la instalación...”

El doctor avanzó hacia Shin, reprimiendo el impulso de frotarse las manos, “Has... has podido... Oh, bendiciones del Hacedor. Si tus sentidos se han desarrollado tanto que has podido percibir sonidos a tanta distancia a pesar del aislamiento en tus estancias y toda la infraestructura a tu alrededor... ¡Esto es glorioso!”

“Doctor”, repitió Shin, “No tenemos tiempo. Necesito que revise la Perla y me proporcione un visto bueno para una intervención.”

“Absolutamente no”, interrumpió una nueva voz.

Ogun-Mori se encontraba en el umbral de las puertas a la sala laboratorio, con los brazos cruzados y una expresión severa en su rostro insectoide.

“Esperaba una jornada de rutina hoy. Imaginad la desagradable sorpresa de ser informado por un supervisor preocupado de que nuestra mayor inversión ha decidido hacer una excursión por su cuenta fuera del recinto habitable dispuesto para él.”

“Esa es una forma muy eufemística de referirse a su...”, comenzó a decir el Doctor antes de ser interrumpido de nuevo por el CEO de la Sentan Corp.

“Así que en vez de dedicarme a mis asuntos, he tenido que bajar hasta aquí para hacer control de daños personalmente e intentar aclarar unos cuantos puntos”, continuó Mori, avanzando con paso firme hasta situarse frente a Shin.

El Doctor tuvo que reprimir una risa.

Todo el lenguaje corporal de Ogun-Mori exclamaba intimidación, pero el verlo estirarse para mirar al mucho más alto Shin cara a cara resultaba involuntariamente cómico.

“¿Hay algo que tengas que decir al respecto, Shin?”, preguntó Mori, con un tono de falsa y condescendiente amabilidad.

Vas a ser un héroe, Kam-en.

“Hay una emergencia. Un enemigo”, dijo Shin, su voz más queda que de costumbre. Fue todo lo que dijo, como si no hiciese falta elaborar más.

Ogun-Mori suspiró.

“Shin, Shin, Shin... Lo que está ocurriendo ahí afuera ahora mismo no es de tu incumbencia. Te convertimos en... te creamos para ser el primero de una nueva serie de guerreros que combatirán la amenaza de los garmoga. Nada más y nada menos. Esas cosas, esas esquirlas... son asunto del Concilio. No tuyo ¿Entendido?”

“Hay gente muriendo.”

“Hay gente muriendo en la galaxia a todas horas, Shin”, replicó Mori dejando entrever más la irritación en su voz, “Mira, parece que tendré que dejarlo más claro y reiterar unas cuantas ideas que deberían estar mejor asentadas en tu cabeza.”

El CEO comenzó a dar golpecitos con el dedo sobre el pecho de Shin al tiempo que hablaba, para enfatizar sus palabras.

“Eres. Nuestra. Propiedad”, dijo, “Eres un producto. Un producto creado para un fin específico. Cualquier capacidad que tengas para improvisar o pensar por ti mismo es un simulacro limitado a su uso en el campo de batalla, pero somos nosotros los únicos que pueden decirte cual va a ser el campo de batalla. Fuera de él callas y obedeces, nada de jugar a pretender ser un héroe. Ahora, el doctor te hará una revisión pero no para lo que tu querías sino para determinar porque ha pasado esto y corregir el problema. Tras ello volverás a tus estancias y continuarás tu entrenamiento y no irás a ninguna parte hasta que nosotros te lo digamos ¿Lo has entendido?”

Shin observó a Mori en silencio por unos instantes. Había una tensión extraña en el aire.

“Si”, respondió finalmente, “Entiendo”.

Ogun-Mori sonrió satisfecho y dio unas suaves palmaditas sobre la quitinosa mejilla derecha del guerrero biomecánico.

“Buen chico”, dijo, antes de volverse hacia el doctor, “Quiero un diagnóstico completo de todos los procesos neuronales. Quiero saber de dónde ha salido este... impulso. No querría tener una repetición de esto o verme forzado a activar el seguro de control.”

“No creo que tengamos que llegar a nada tan extremo, señor”, dijo el médico fulgara, emanando de nuevo el aroma a ozono con cada chasquido del comunicador de su traje. Hizo un gesto a Shin, llamándolo a situarse en uno de los sensores, “Ven muchacho, acabemos con esto...”

Vas a ser un héroe, Kam-en.

Shin hizo caso. Shin obedeció. Caminó cabizbajo a dónde se le había indicado con un aire de resignación.

Ogun-Mori abandonó la sala laboratorio con una sonrisa pero su ceño aún fruncido.

 

******

 

Apenas había pasado un mes desde que las alarmas resonaron en las instalaciones de los Rider Corps. Apenas había pasado un mes desde que se activaron los protocolos de evacuación por última vez. Apenas había pasado un mes desde que Iria Vargas había cometido una locura que ahora estaba repitiendo sin miramientos, al correr a los niveles inferiores en dirección contraria a todo el mundo intentando abandonar las instalaciones.

Todo comenzó con una llamada a su comunicador personal despertándola de su sueño tras una sesión de trasnochar en su laboratorio, apenas treinta segundos antes de que la primera alarma del complejo se uniese a la cacofonía de sirenas de emergencia que habían inundado la ciudad.

Una llamada entrecortada, fruto de ser enviada desde otro sistema en otro extremo de la galaxia. La voz de Alma apenas podía oírse con claridad.

“... Iria!...ataque de Keket...Occtei, es inminente... Alicia...”

Recién despertada, desorientada, intentando captar el sentido de una serie de palabras inconexas y de repente a la carrera movida por la alarma, Iria Vargas no tardó en dilucidar lo que estaba ocurriendo.

Un ataque sobre Occtei por parte de las esquirlas pese a su presencia en Avarra, con los Riders seguramente comprometidos en su posición en el otro planeta. Y Alma no solo la había avisado sino que había mencionado a Alicia. Quería que cuidase de su sobrina.

Bueno, para eso tendría que volver a tomarse unas cuantas libertades con equipo experimental. La joven doctora atliana solo esperaba que el director Ziras volviese a pasarlo por alto, asumiendo que sobreviviese a lo que estaba comenzando.

Un sonido ensordecedor acompañado de un temblor repentino sacudió las instalaciones desde los niveles superiores. Algo había estallado, algo grande. Pudo oír gritos de pánico y disparos entremezclados con las alarmas.

Maravilloso. No, no pienses. Sigue corriendo.

Sus pasos la llevaron a una familiar subsección de los laboratorios de desarrollo a la que hasta hace un mes no había tenido acceso pero que había visitado regularmente siguiendo un proyecto personal secreto del que solo ella tenía constancia.

“¡MX-A3!”

En el interior del pequeño laboratorio dedicado a la salvaguarda de armas experimentales en desuso, la última de las unidades Janperson, ya completamente reparada de los desperfectos sufridos durante el ataque de Dovat a la sede de los Corps, aguardaba pacientemente.

“Doctora Vargas”, saludó, “Me alegra ver que se encuentra bien a pesar de la situación presente. La gravedad de la misma crece por momentos.”

La reparación y restauración del viejo droide de combate había sido el proyecto personal de Iria Vargas el último mes, aunque sería más correcto hablar de autorreparación, con MX-A3 aplicando sus conocimientos de ingeniería y la doctora como mera ayudante y par de manos extra capaz de seguir instrucciones con diligencia. Dicha reparación era también una tapadera ideal para la segunda causa de interés de la atliana por la máquina.

A ojos del resto del personal, se trataba de un hobby inofensivo nacido de la gratitud. En realidad, Iria había descubierto que el androide había desarrollado una Inteligencia Artificial completa de forma natural y se había convertido en una suerte de tutora o figura fraternal que la máquina parecía respetar y apreciar.

“Occtei está bajo ataque”, comenzó a explicar Iria, “Necesito que ayudes a cubrir el resto de la evacuación. Minimiza el combate, los oponentes podrían dar problemas a un Rider, no tengo ni idea de si tus capacidades...”

“Puedo ser cauto, doctora”, replicó la unidad Janperson al tiempo que se incorporaba, “¿Qué va a hacer usted?”

Iria no respondió al instante. En cambio, caminó hacia la cámara de éxtasis en el centro de la estancia, donde flotaba un pentágono de carne metalizada que palpitaba como si siguiese los dictados de un corazón grotesco. Una joya roja incrustada en su centro destellaba con cada latido.

La bioarmadura Glaive, un simbionte artificial creado por una mente demente usando materia tecno-orgánica de los donantes más inesperados: drones garmoga.

Iria sabía que desde el instante que se pusiese la armadura simbiótica, tendría sólo cuarenta minutos antes de que comenzase a consumir su propia energía vital. Cuarenta minutos para encontrar a Alicia Aster, la sobrina de su amada, y buscar la forma de ponerla y mantenerla a salvo.

“Voy a hacer algo, muy, muy estúpido.”

 

******

 

La fragata personal del Mariscal Akam surcaba el hiperespacio dispuesto a reunirse con el resto de la flota en Avarra. Dispuesto a dar la cara ante sus hombres y dejar de esconderse en un despacho en un planeta seguro a años luz de distancia.

A estas horas es posible que ya no fuese siquiera el Mariscal, dependiendo de cómo se hubiese tomado su ausencia en Camlos Tor. Como mínimo los miembros de la Judicatura debían estar afilando las guadañas y tampoco creía que el Canciller fuese a estar de buen humor.

Pero por el momento ningún comunicado desde la sede del Concilio había alcanzando la mesa de comunicaciones del puesto de mando de su nave. Ninguna acusación, ninguna orden para retroceder o dar media vuelta. Nada.

No, en el momento en que un chasquido secó anunció la entrada de un comunicado, las noticias que este trajo fueron de naturaleza muy distinta y para nada relacionadas con las bambalinas políticas de su profesión.

“Señor Mariscal, tenemos un comunicado de urgencia desde la flota. Del Almirante Mossoar.”

“Póngalo en el canal del holovisor.”

Con un gesto de asentimiento seguido de rápidos movimientos sobre su unidad de control, el técnico de comunicaciones trasladó la transmisión a la pantalla holográfica del puente de mando. El rostro de Mossoar, un humano de edad ya avanzada, serio y reservado, llenó la imagen.

“Mariscal Akam, señor.”

“Almirante... ¿Cuál es la situación? No puedo creer que su llamada sea por un mero informe salvo que algo haya sucedido.”

“Efectivamente señor”, respondió, “La situación en superficie es crítica y la flota ha sufrido daños, pero por fin podemos intervenir de forma más directa. Los Riders y los Dhars están consiguiendo progresos contra el constructo piramidal restante.”

“¿Restante? ¿Han destruido al otro?”

Mossoar sacudió la cabeza, “Esas son las malas noticias, señor. La segunda pirámide ha abandonado el sistema, rumbo a Occtei. Rider Red y Rider Black en persecución. Esto se está convirtiendo en un conflicto en dos frentes.”

Maldita sea.

Akam se llevó una mano a la frente. Inspiró hondo. Hubo un silencio por un instante que no podía disimular la expectación creciente de todos los presentes.

“Navegación», dijo.

“¿Si señor?”, respondió uno de los técnicos en el puente de mando encargado del trazado de rutas.

“Sáquenos del hiperespacio y prepare una nueva ruta óptima a Occtei”, ordenó Akam, “Almirante Mossoar, necesito que toda nave de la flota capaz de ello se prepare para un traslado al segundo frente a Occtei siempre que su ausencia no comprometa significativamente la situación en Avarra ¿Lo ve viable?”

“Creo que algo podremos hacer, señor.”

 

******

 

La capital planetaria de Avarra era un lago de magma taumatúrgico de una fosforescencia carmesí que brillaba de tal forma que podía percibirse desde el espacio. 

A Avra Aster le parecía tan hermoso como un desgarrón recién trazado sobre la piel de un enemigo.

“Joooder, Alma no se ha andado con miramientos.”

Solo unos minutos atrás, Rider Red y Rider Black habían hecho uso del pleno poder de sus Dhar Komai para dar cuenta definitiva de la Guardia Real de Keket y poder garantizar que su hermana y hermanos restantes pudiesen centrar su atención con total plenitud en la gigantesca pirámide que se había elevado de nuevo a las capas más altas de la atmósfera, envuelta en un constante bombardeo de descargas de energía por parte de los Dhars.

Pero si una posición de la superficie ya estaba parcialmente asegurada...

“Nos han dicho que no nos contengamos”, dijo Armyos desde el interior de la silla-módulo de Volvaugr, “Y la flota está a distancia prudencial, ¿estáis listos?”

“Adavante y yo estamos listos”, respondió Antos.

“Yo nací lista”, rió Avra.

“Técnicamente naciste gritando y arrugada como una uva pasa...”

“¡Eh!”

“Antos, Avra, no es el momento”, interrumpió Armyos, “Pero si, los dos fuisteis bebés de pintas muy raras.”

“¡Ja ja! ¡Mentiras y calumnias!”, gritó Avra, aunque en su voz aún podía oírse un deje de risa al tiempo que su Dhar, Tempestas, comenzaba a brillar con una gran aura azulada de puro poder, “Vamos a filetear a esa jodida pirámide de una vez.”

Los Dhar Komai de sus hermanos siguieron su ejemplo. Adavante estaba envuelto en una turbulenta nube purpurea. Volvaugr era una tormenta de relámpagos anaranjados y dorados que trazaban danzas luminosas alrededor del cuerpo biomecánico de la criatura.

Esperaron a que se repitiese un patrón ya bien medido. La pirámide lanzó desde su rasgada cúspide de un carmesí sanguíneo una nueva descarga de energía de gran potencia que pudieron esquivar. Hasta la siguiente solo tendrían unos quince o veinte segundos. Ese sería el único tiempo en que podrían permitirse no estar en guardia y atacar con total plenitud.

Los Dhar Komai abrieron sus bocas y dispararon al mismo tiempo.

No fueron los haces de llamas o plasma habituales, sino los rayos concentrados que habían usado hace dos días para la destrucción de un planeta. La mayor concentración de poder de las draconianas bestias.

Las descargas de energía penetraron la acristalada  y ya agrietada superficie de la pirámide oscura. Fueron como agujas de luz clavándose en la carne y dejando tras de su un orificio apenas perceptible tras desvanecerse.

Por un instante no sucedió nada.

“No me digas que la hemos cag...”

La cúspide de la pirámide destelló. Pero no era el rojo que delataba la carga de un nuevo ataque en forma de haz de energía proyectada. Tres columnas de luz naranja, azul y purpura emanaron de forma destructiva, reventando la corona de la estructura y propiciando la aparición de grietas que comenzaron a descender por todo el cuerpo de la enorme construcción.

Lo que siguió fue... inesperado. Sabedores de la naturaleza de sus propios ataques, los Riders habían estado a la expectativa de algo más explosivo. Algo más violento. Pero en cambio, la pirámide pareció derrumbarse con una lentitud casi ceremonial. Con fragmentos y gigantescos bloques de cristal negro cayendo desde su cuerpo a tiempo que la parte central del constructo parecía derrumbarse sobre si misma, como si estuviera hueca o una singularidad se hubiese formado en su interior, absorbiendo hasta el último pedazo.

Finalmente, toda luz desapareció. Los colores de energía de los Dhars se disiparon y el rojo ensangrentado y luminoso de la cúspide se apagó tras unos lastimosos parpadeos. De la pirámide apenas quedaba un tercio de su masa original. Lo demás eran fragmentos inertes flotando de forma inofensiva hacia el exterior del espacio. Otros pocos caerían al planeta, siendo consumidos por su atmósfera.

“Menudo timo”, musitó Avra.

“Bueno, pero lo hemos...”, comenzó a decir Antos antes de verse interrumpido por un bostezo, “Oh, mierda”, susurró.

“Yo también lo noto”, dijo Armyos, “Los Dhars van a caer en un letargo de a saber cuántas horas. Intentemos bajar hasta el lago improvisado que han dejado nuestras hermanas. Los restos de energía del lugar podrán servir como recarga.”

“¿Y eso es todo? ¿Quedarnos ahí tomando una siesta?”, preguntó Avra incrédula.

“No, nuestros Dhars van a tomarse una siesta”, replicó Armyos, “Nosotros tres vamos a purgar a todas las esquirlas que quedan en el planeta.”

lunes, 9 de enero de 2023

099 DÍA TERCERO (II)

 

“¡Tenemos que poner punto final a esto, ya!”

La voz de Alma Aster resonó tanto en el campo de batalla, a través del aire y de los dispositivos de comunicación en los cascos de sus hermanas y hermanos.

Llevaban ya horas enzarzados en combate con la Guardia Real de Keket. Las esquirlas multicolor estaban demostrando ser rivales formidables. Cuando los Riders comenzaron a cambiar sus estrategias intercambiando oponentes o atacando en tándem, las esquirlas comenzaron a adaptarse e incluso a imitar a sus enemigos con una efectividad terrorífica.

No ayudaba que el flujo del combate les mantenía de forma constante a la defensiva, evitando que sus enemigos llevasen a cabo un contacto directo. Pero si bien las esquirlas no habían conseguido propinar ningún golpe de lleno, el agotamiento y el desgaste comenzaba a hacer mella en los Riders. Si no conseguían dar un giro decisivo a la batalla, la situación se tornaría más crítica de lo que ya era.

“Si Keket realmente se dirige a Occtei, las defensas planetarias y las fuerzas de los Corps no podrán hacer mucho para frenarla”, observó Armyos al tiempo que conseguía propinar un fuerte golpe de martillo sobre la esquirla azul, ”Tenemos que terminar aquí pronto para poder acudir.”

“Alma”, intervino Athea, “Tengo una idea.”

“Te escucho”, replicó la Rider Red esquivando otra acometida de la esquirla de su mismo color.

“Es un riesgo, pero creo que debemos asegurar la situación y que luego al menos tu y yo acudamos a Occtei mientras los demás rematan la purga de esquirlas del planeta.”

“¡Purga que aún no hemos podido comenzar!”, gritó Avra mientras Antos y ella hacían retroceder a otras dos esquirlas de la Guardia Real.

“Ahí está la parte arriesgada”, continuó Athea, sin cesar de disparar proyectiles a todo oponente, “Debemos neutralizar primero la pirámide para poder dar un respiro a la flota, aunque tengamos que dejar a estas monstruosidades en la superficie a su libre albedrío un tiempo.”

“Y una vez liquidado el constructo podemos centrarnos en la Guardia Real», dedujo Alma.

“Si. Con los Dhars.”

Si no salía bien, si cometían el más mínimo error... dejarían a dos mundos y al resto de la galaxia a su suerte.

Pero no tenían muchas alternativas ¿verdad?

 

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Los cinco Riders estallaron en destellos de luz, dejando atrás a cinco esquirlas desconcertadas. Las criaturas se miraron entre si, agrupándose y cubriendo sus espaldas temiendo algún tipo de ataque sorpresa. Los Riders ya habían usado su teleportación en combate antes y podían ser impredecibles.

Pero no ocurrió nada. Lo único que rodeó a la Guardia Real fue el silencio inmediato, los ecos de los gritos y la destrucción en los núcleos urbanos cercanos aún no derruidos del todo y el tronar de las naves en los cielos.

Una de las esquirlas, la de color rosa, comenzó a emitir un sonido estertóreo y disonante. Una risa, o al menos lo más aproximado a una risa que aquellos seres podían emitir.

Su única respuesta fue un golpe en la nuca por parte de la esquirla de color negro. Cuando la rosa, visiblemente irritada, se volvió hacia ella, la segunda se limitó a señalar a las demás con un gesto de la cabeza.

Las otras esquirlas observaban los cielos, donde en la lejanía de las capas más altas de la atmósfera podían apreciarse de repente unas familiares y coloridas explosiones de energía.

 

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Fue algo casi instantáneo. Los cinco se materializaron en el espacio, prácticamente sobre los lomos de sus Dhar Komai. En cuanto las draconianas bestias sintieron la presencia inmediata de sus jinetes, cesaron en su sucesión de ataques contra la estructura piramidal y mantuvieron sus distancias al tiempo que los Riders se acomodaban de nuevo en sus sillas-módulo.

“Atención, al habla Rider Red. Flota Conciliar, respondan. Repito, al habla Rider R...”

“La oímos, Rider Red”, respondió una voz masculina y cansada, “Al habla el Almirante Mossoar, creía que estaban ocupándose de la situación en superficie.”

“Hemos recibido información de un posible segundo frente de ataque en Occtei.”

“¡Maldita sea! Tenemos a casi toda la flota aquí, y esa monstruosidad no cede, no podemos prescindir de...”

“De eso es de lo que nos vamos a ocupar ahora mismo Almirante”, interrumpió Alma, “Necesito que se coordine con los demás miembros del almirantazgo y la capitanía. Conformen un perímetro amplio en torno al hemisferio y déjennos espacio. Esto va a ser... expeditivo.”

“Entendido Rider Red. Buena suerte.”

Lo que siguió fue un movimiento en masa de todas las lanzaderas, destructores y fragatas dispersos en el área de combate inmediata. Si la inteligencia que movía a aquella pirámide, fuese lo que fuese, se percató de los cambios que se estaban produciendo a su alrededor, no dio señal alguna de ello.

“Esto no debería ser tan duro como lo del sistema C-606”, dijo Antos, “Pero esa cosa lleva casi una hora aguantando fuego constante de nuestros Dhars.”

“Creo que la clave es la ranura cerca de la cúspide”, indicó Athea, “Es demasiado similar al ojo de la estación Iris transformada. Su ataque es prácticamente una réplica exacta.”

“¿Crees que podrías repetir una jugada como la que hiciste allí con Sarkha?”, preguntó Alma.

“¿Atravesarlo de un extremo a otro? No estoy segura. El ojo del Iris era un objetivo limpio, con esto no lo tengo tan claro, no hay forma de discernir la configuración del interior de esa cosa...”

“Pues lo freímos desde fuera”, dijo Avra, “Como con el planeta. Concentramos todo el fuego ahí hasta que reviente.”

“Nuestros Dhars volverán a quedar exhaustos...”, observó Armyos.

Alma no dijo nada. Debían neutralizar aquella cosa cuanto antes y asegurar la posición en Avarra, pero cuanto más tardasen peor sería para Occtei.

“Podemos tres”, dijo Antos.

“¿Qué?”, preguntó Alma, saliendo de su ensimismamiento momentáneo.

“Mira a Athea y dime que no está tan ansiosa de salir corriendo hacia allá como tú”, replicó el Rider Purple, “Tú tienes allí a Iría, y ella y todos tenemos a Alicia.”

“No podemos dejaros hacer esto sol...”, comenzó a decir Athea, pero se calló en cuanto el vacío del espacio fue iluminado por el destello del aura anaranjada de Volvaugr y Armyos amplificándose al máximo.

“Hermanas mayores”, dijo el Rider Orange, “Nos las podemos apañar. Ahora id a salvar a nuestra casa.”

“¡Joder, si!” exclamó Avra, Rider Blue, al tiempo que su Dhar Tempestas también se veía envuelto por una vaporosa aura de poder azulado y relámpagos de color celeste bailando a su alrededor.

“Lo dicho, tres podemos ocuparnos de esa cosa. No es como si fuese del tamaño de un planeta”, añadió Antos. Su Dhar, Adavante, había comenzado a generar también un aura de poder púrpura que parecía rezumar a través de sus escamas como algo sólido.

Si hubiesen estado de pie una junto a la otra, Alma y Athea se habrían mirado e intercambiando una conversación silenciosa a través de sus ojos. Sus uniones psíquicas con los Dhar Komai y por extensión la una con la otra, prácticamente permitió que se produjese dicho fenómeno a pesar de estar en la práctica separadas por kilómetros de distancia en el espacio orbital en torno a un planeta.

“Muy bien”, musitó Alma, “Lo dejamos en vuestras manos.”

“No os contengáis”, replicó Athea, “Pero antes de irnos Alma y yo vamos a dejaros parte de los deberes hechos.”

Y tras haber pronunciado esas palabras, los Dhar Komai negro y carmesí, Sarkha y Solarys, se dejaron caer hacia el planeta a una velocidad vertiginosa, siendo envueltos en llamas al atravesar la atmósfera rumbo al cráter que otrora había sido el centro de la capital planetaria.

“Espera... ¿Van a...?”, preguntó Antos.

“Cruza los dedos para que les salga bien y así solo tengamos que preocuparnos de la pirámide”, dijo Armyos, “¡Preparaos!”

 

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En la superficie, las cinco esquirlas multicolor que componían la Guardia Real no se habían movido.

Sin darse cuenta realmente de ello, Keket había cometido un error en su creación. Obcecada en que fuesen el instrumento de destrucción de los Riders había causado que las mentes conversas de aquellos cinco seres estuviese limitada a parámetros muy concretos. Eran incapaces de decidir por sí mismos a pesar de estar unidos al Canto y poder acceder a toda la masa de conocimiento compartido de sus congéneres.

Por eso, cuando los Riders se esfumaron no los siguieron a pesar de que técnicamente deberían ser capaces de teletransportación como las esquirlas comunes. Fue también por esa falta de iniciativa propia sojuzgada a la idea de que solo existían para hacer frente a los Riders lo que los llevó a permanecer en su posición, a la espera, sin llevar a cabo ninguna acción contra el mundo a conquistar que los rodeaba.

No es que no fuesen incapaces de ello, pero sin una orden directa de Keket...

Por eso, las cinco esquirlas resultaron ser una envidiable y anti-climática diana.

Percibieron el poder y adoptaron posiciones de combate, esperando que los Riders fuesen a materializarse de nuevo para continuar su duelo.

Percibieron el poder pero no se percataron a tiempo de la bola de llamas y plasma de color negro rodeada por un aura blanquecina que descendió desde los cielos contra ellos a una velocidad tal que el aire se distorsionaba a su paso.

La bola que estalló justo encima de ellos envolviéndolos en un mar de fuego oscuro, una sombra devoradora que consumió sus cristalinas fuerzas.

Sobrevivieron. Dañados, pero sobrevivieron a pesar de la brutalidad del ataque recibido. De ser ese el único ataque quizá habrían encontrado tiempo para regenerarse, para absorber recursos, para contraatacar...

... pero la bola de plasma oscuro de Sarkha y Athea fue inmediatamente seguida por un océano de llamas carmesí que llenó todo el cráter que unas horas antes había sido una ciudad. Un erial cristalizado de varios miles de kilómetros cuadrados era ahora un lago de plasma rojo candente cuyo resplandor debía resultar visible sobre el espacio.

El calor generado haría estallar en llamas a cualquier cosa orgánica que se acercase a una distancia de menos de cien metros.

Alma y Solarys no cejaron hasta que pudieron percibir, usando todos sus sentidos, la muerte una a una de las esquirlas de la Guardia Real en aquel infierno. Una de ellas, apropiadamente la de color rojo, consiguió durar lo suficiente para emerger del plasma con un salto e intentar una última acometida contra la Rider Red.

Una flecha de energía oscura, cortesía de Athea, frenó en seco a la criatura al atravesar de lleno su cráneo. El ser cayó de nuevo a las llamas, deshaciéndose en pedazos de cristal rojizo.

Como lágrimas de rubí.