domingo, 29 de mayo de 2022

074 LA BATALLA DE OCCTEI (IV)

 

Nada estaba saliendo bien. Nada estaba saliendo bien en absoluto.

En el creciente caos que era su mente, embriagada por un poder que potenciaba sus capacidades tanto como parecía estar desequilibrando sus emociones, la frustración de Dovat aumentaba de forma constante a niveles peligrosos. De la euforia inicial había pasado a la irritación, de la irritación a la frustración, y ahora con un nuevo obstáculo y tras haber sido forzada a salir de nuevo al exterior, dicha irritación había dado paso a una ira creciente que hervía en su interior, dispuesta a explotar a la más mínima oportunidad.

Se levantó, saliendo del agua de la fuente y empujando restos de escombros a sus pies antes de volver a pisar sobre la superficie de la plaza. Su vista estaba fija en Iria Vargas, la recién llegada que la había arrastrado hasta allí.

Iria Vargas, que en aquel momento intentaba mantener a raya su propio terror. La joven doctora atliana no cesaba de dar vueltas en su mente a como solventar aquella situación con el mínimo daño posible para todas las partes.

"¿Dovat? ¿Puedes entenderme?", preguntó.

Dovat no respondió. Avanzó un paso saliendo totalmente de la fuente, caminando sobre el bordillo destrozado.

"Dovat, por favor...", dijo, "Si tu armadura es similar a la de los Riders y tu alma está ligada al Nexo como pasa con ellos... estás mostrando síntomas de lo que se conoce como Síndrome de Sincronización Berserker. Tus sentidos e instintos están siendo amplificados por el poder mórfico del Nexo más allá de lo que tu mente racional puede procesar. Tienes que calmarte."

Dovat siguió sin responder. Avanzó otro paso.

"Dovat...", continuó Iria, "Mira, sé cuáles son las órdenes respecto a ti, pero seguro que los Riders pueden poner ejercer algo de presión a tu favor, saben lo que hiciste en Cias para salvar a aquella gente, podemos ayudarte..."

Una vez más la única respuesta fue el silencio.

"Dov...", comenzó Iria de nuevo, cortándose la palabra en sus labios cuando la otra atliana saltó desde su posición dispuesta a golpearla.

Iria Vargas no era una combatiente. La bio-armadura Glaive otorgaba una potenciación a sus sentidos, su velocidad, fuerza y reflejos, pero no a la experiencia. Así que si bien hubiese podido ser capaz de bloquear el golpe o de hacer una finta para esquivarlo y proceder a un contraataque inmediato, la mente de la doctora reaccionó con otro tipo de reflejo inmediato. La huida.

Iria Vargas saltó hacia atrás. Ello, combinado con las capacidades de la Glaive, multiplicó la potencia de su movimiento haciéndola retroceder al menos medio centenar de metros más allá de la plaza hasta llegar a la calle, evitando el cráter que Dovat acababa de generar con un puñetazo en el punto exacto donde Iria había estado hace unos segundos.

¡Cinco infiernos, cinco infiernos, cinco infiernos!, pensó, entrando en pánico.

Dovat sacó su puño incrustado del suelo, incorporándose y dispuesta a continuar su asalto cuando una masa de metal la embistió por su izquierda.

La unidad trooper Janperson MX-A2 había seguido a las combatientes hasta la superficie. El droide se habían lanzado de lleno contra Dovat y comenzó a golpearla repetidamente. Las descargas de los golpes generaban localizadas ondas expansivas de desplazamiento de aire y el suelo bajo ambos luchadores comenzó a agrietarse por la presión.

Pero estaba claro que los golpes dañaban más a la misma unidad MX-A2 al propinarlos que a Dovat al recibirlos, aunque la atliana de armadura plateada y roja parecía sentir los impactos, habiendo retrocedido unos pasos y usado sus extremidades para cubrirse.

Un sonido en el aire le indicó que las otras unidades Janperson iban de camino, habiendo emergido desde el interior del edificio y descendiendo en vuelto directo hacia ella.

Entonces, en un parpadeo, Dovat agarró el brazo derecho de MX-A2, tirando de él al tiempo que propinaba una fuerte patada sobre el torso del androide, arrancando la extremidad de lleno en una explosión de chispas y energía liberada.

Al tiempo que MX-A2 salía despedido con un brazo de menos, MX-A1 aterrizó a unos pocos metros a la derecha de Dovat y procedió a descargar todo el armamento de proyectiles instalado en su cuerpo. Una nube de fuego y humo explosivo envolvieron a la guerrera atliana con una ensordecedora cacofonía.

Dovat se limitó a salir del área de impacto, atravesando el muro de llamas como si fuese una cascada de agua y se lanzó contra la MX-A1. Agarro la cabeza del droide con ambas manos.

"¡Estoy empezando a hartarme de vosotros!", gritó. Y apretó, ejerciendo una enorme presión.

El cráneo metálico de la unidad Janperson más antigua estalló en una nube de fuego, chispas y metal fundido incandescente escurriéndose por entre los dedos de las manos de Dovat. El resto del cuerpo cayó inerte ante la atliana.

Un sonido llenó el aire de la plaza, un chirrido electrónico emitido por la MX-A2 que a Iria recordó mucho a un grito de desolación.

La segunda unidad Janperson se lanzó de nuevo contra Dovat a pesar de su brazo mutilado. Dovat no esperó a recibir el ataque, sino que acudió a su encuentro saltando contra el droide incluso a más velocidad, con un aura de energía azul envolviendo su cuerpo. La embestida entre ambos se saldó con los dos brazos de Dovat atravesando el torso de la desafortunada máquina, para acto seguido separarlos en un movimiento que la llevó a cortar el metal del Janperson como si fuese mantequilla, cercenando su torso por la mitad en una nueva explosión de chispas que cayeron de forma inocua sobre el casco y torso de Dovat.

MX-A3 flotaba en el aire a pocos metros de altura del suelo, inmóvil y con sus piernas aún inutilizadas, observando lo que acababa de ocurrir. Casi parecía que la última de las unidades Janperson había sido paralizada por el shock al presenciar lo ocurrido a sus predecesoras.

Dovat saltó hacia el último droide, dispuesta a terminar lo empezado.

Pero se vio interrumpido por Iria apareciendo justo encima suya y propinándole una fuerte patada en la cabeza que arrojó a Dovat de nuevo al suelo de la plaza. La guerrera se levantó enseguida, pero para entonces Iria ya estaba de nuevo frente a ella, canalizando su miedo en un ataque constante movido por el pánico.

¡Un arma! ¡Un arma! ¡Necesito un arma!

Movida por dicho pensamiento, un silbido cruzó el aire y dos hojas de metal afilado surgieron de los antebrazos de blindados de la bio-armadura Glaive. Iria no se lo pensó dos veces y golpeó con aquellas improvisadas espadas.

Las hojas chocaron de lleno contra el aura de energía que envolvía el cuerpo de Dovat. Chispas doradas y azuladas llenaban el aire a cada impacto acompañadas por un sonido similar al de una fuerte descarga de electricidad estática. Iria golpeaba a lo loco, sin técnica y sin calcular su propia fuerza, movida por el miedo y un deseo irrefrenable de frenar a su oponente.

Resultó ser algo sorprendentemente efectivo. Por unos instantes hizo retroceder a Dovat, golpe tras golpe, descarga de energía tras descarga de energía. La guerrera atliana podía sentir el dolor de los cortes aunque no tocasen su carne y comenzaba a acusarlo.

Finalmente Dovat consiguió sobreponerse a uno de los ataques e intentó golpear a Iria, pero ésta se agachó dejando que el golpe apenas rozase la antena de su casco y propinó un doble tajo con sus dos espadas al bajo vientre de Dovat. El ataque se saldó con una nueva explosión de chispas y la guerra de la armadura plateada y roja cayendo al suelo tras dar unas vueltas sobre sí misma en el aire.

Dovat comenzó a levantarse de nuevo cuando se dio cuenta de que Iria había cesado su ataque. Sintió un dolor punzante y bajó su vista. Pudo ver en su vientre un corte en la armadura, bastante profundo, que parecía estar ya regenerándose o recomponiéndose. Pero eso no quitaba que efectivamente había sufrido una herida real por primera vez desde su primera transformación. En milésimas de segundo su ira pasó a ser miedo y de ahí giró de nuevo a la rabia.

Alzó la vista con un sonido similar a un gruñido animal escapando de sus labios y se centró en su oponente.

Iria Vargas estaba de pie frente a ella, paralizada, con una de sus hojas manchada con un líquido oscuro que solo podía ser la sangre de Dovat.

"Yo... yo..."

Con un gritó de rabia, con su armadura de nuevo brillando con energía incandescente, Dovat se abalanzó contra Iria dispuesta a terminar con ella.

La unidad MX-A3 se dejó caer en ese momento entre las dos, desplegando un escudo de energía frente a sí misma y la doctora Vargas. Dovat golpeó el escudo y el resultado fue una bola de luz y poder expansiva.

Iria salió volando, arrojada por la fuerza del puñetazo a pesar de la protección brindada por la unidad Janperson. Estaba segura de que estaba gritando pero no podía oírse a sí misma.. El único sonido era el estruendo de la energía proyectada en aquel golpe que estaba consumiendo el centro de la plaza.

Su avance se detuvo de lleno, esta vez con un impacto directo contra el muro del lado occidental de la plaza que la separaba de un área verde a modo de parque. Iria cayó sentada al suelo, con su espalda casi encajada en el muro y pudo ver como antes de que la bola de luz comenzase a disiparse, la unidad Janperson caía al suelo a varios metros de distancia y con sus piernas totalmente destrozadas.

El estruendo de la explosión se atenuó, pero ahora el sonido que inundaba el lugar era un grito de rabia.

Dovat emergió de entre los restos de luz de la explosión, caminando lentamente pero con paso firme. El aura en torno a su cuerpo se había convertido en una nube tormentosa de poder y energía que arrastraba consigo los pequeños restos del suelo quebrado bajo sus pies, elevando la roca y escombros en el aire alrededor de la guerrera atliana.

Su armadura parecía desgastada en algunas partes pero había comenzado ya a regenerarse. La esfera luminosa de su pecho seguía emitiendo la misma luminosidad azul pero parecía más tenue, como si fuese a empezar a parpadear en cualquier momento.

"¡Lo habéis estropeado! ¡LO HABÉIS ESTROPEADO TODO!", gritó Dovat de forma cada vez más incoherente. Si no era detenida existía la posibilidad de que el síndrome consumiese sus capacidades racionales de forma permanente.

Todo el poder que la había estado envolviendo como una nube tormentosa empezó a abandonar el resto de su cuerpo y a concentrarse únicamente en su puño derecho.

Iria supo que no importaba cuanto se cubriese o lo fuerte que la hiciese la bio-armadura. Aquel golpe la mataría en el acto. Pudo ver a lo lejos a MX-A3 arrastrándose a duras penas por el suelo... no parecía que pudiese repetir su jugada de hace unos instantes para protegerla.

Iria intentó levantarse, pero se dio cuenta de que no podía. Sentía sus piernas pero éstas no respondían. No sabía si era el miedo, o agotamiento, o que la bio-armadura se había visto dañada por aquella descarga de poder. Simplemente, no podía moverse.

Que jodidamente oportuno, pensó, con una resignada calma interior que a ella misma le resultó extraña.

Parpadeó y en el instante que lo hizo Dovat pasó de estar a varias decenas de metros de distancia de ella a estar solo apenas a dos metros, con su puño en alto ardiendo como un sol en miniatura.

Iria cerró los ojos, esperando el dolor del golpe con la esperanza de no sentir mucho antes de que todo terminase.

No sintió el golpe.

Sintió el sonido del ataque. Un trueno siendo descargado justo frente a ella, pero no sintió el impacto, no de forma directa al menos. Sintió el desplazamiento del aire a su alrededor, a sus lados, con una fuerza brutal. El sonido del muro resquebrajándose, el suelo arrasado, árboles siendo desarraigados... pero frente a ella apenas nada, como si algo la hubiese escudado.

Y entonces el estruendo cesó y los vientos se calmaron.

Iria Vargas abrió sus ojos.

Dovat estaba en pie, temblorosa, con su puño extendido aún emanando volutas de poder ya disipado. Había golpeado de lleno, pero no a la doctora Vargas sino a la figura ligeramente agachada que se había interpuesto entre ambas. No era la unidad Janperson.

Todo el entorno más inmediato a su alrededor había sido arrasado por la fuerza descargada por el ataque de Dovat, salvo por el área inmediatamente a espaldas de la recién llegada donde Iria Vargas estaba a salvo.

Dovat había golpeado de lleno, con su puño aún en contacto sobre un casco carmesí cuyo visor negro se había resquebrajado, dejando ver un ojo de color esmeralda que había clavado su mirada en ella con una expresión de furia implacable.

Rider Red se incorporó en el más absoluto silencio, con un destello de energía rojiza regenerando el visor de su casco.

A pesar de ser físicamente más alta que ella, a Dovat le pareció que la figura que tenía ahora frente a si era mucho, mucho más grande. La atliana retrocedió unos pocos pasos bajando su puño aun extendido. Podía notar el dolor en sus nudillos y estaba segura de que algunos de los huesos de su mano estaban fracturados.

El silencio fue roto por la voz de Alma Aster. Iria jamás había oído hablar a su novia con aquel tono de frialdad, ni siquiera en los registros de batalla contra oponentes garmoga especialmente insidiosos.

"Dovat", dijo.

El cielo se tornó carmesí y el rugido de Solarys resonó sobre toda la ciudad, un reflejo más explosivo de la fría rabia que sentía en ese momento la Rider Red.

"No estoy impresionada."

domingo, 22 de mayo de 2022

073 LA BATALLA DE OCCTEI (III)

 

Alma sabía que Solarys estaría agotada cuando llegasen a su destino, pero ese era un precio que en aquel momento estaba dispuesta a pagar.

Los Dhar Komai siempre habían sido capaces de efectuar viaje supralumínico, pero en aquella ocasión la mezcla de determinación, ira y miedo en Rider Red estaba empujando a su Dhar a superar sus límites.

Aunque habían abandonado Alirion al mismo tiempo, había dejado atrás a sus hermanas y hermanos casi al instante. Las estelas de color del resto de Dhars se habían disipado a sus espaldas, siguiendo su rastro a través del hiperespacio.

Desde el interior de la silla-módulo en el lomo de Solarys, Alma pudo ver el vacío distorsionándose en torno a ellas, las estrellas convirtiéndose en delgadas líneas de luz multicolor y la energía del Nexo bailando en espiral a su alrededor, al tiempo que ella y su Dhar atravesaban las barreras del espacio a velocidades casi incomprensibles para una mente humana.

Pero continuaba sintiendo que iban demasiado lento. Cada segundo era una eternidad en la que Iria seguía corriendo peligro.

Alma Aster llegaría a tiempo a Occtei, no tenía alternativa. No podía permitírselo.

 

******

 

MX-A2 volaba. No por decisión propia.

Todos y cada uno de los sensores de la unidad trooper Janperson se habían convertido en una fuente de datos confusos casi imposibles de procesar. Su visión indicaba un posicionamiento que chocaba de frente con los sensores de equilibrio interno, al tiempo que constantes avisos de daños se repetían como una cacofonía digital en lo más hondo de sus microprocesadores.

Todo culminando en un apenas percibido impacto contra metal acompañado de una detonación cuando el cuerpo del droide impactó contra otro de los vehículos del hangar, que comenzaba a asemejarse más a un cementerio mecánico en llamas.

Entre los amasijos de hierro y el humo pudo ver a MX-A1 saltando de nuevo contra la intrusa, que sujetó el puño de la androide y girando sobre si misma la convirtió en una improvisada arma, usando a A1 para golpear a MX-A3 en el aire cuando estaba a punto de caer sobre ella.

Las otras dos unidades Janperson cayeron en una masa de miembros mecánicos retorcidos. MX-A3 fue la primera en incorporarse, pero apenas pudo hacer nada.

Dovat saltó contra el droide y sujetándolo por su cabeza lo empujó hacia el suelo, hundiendo su cabeza en el cemento con un crujido metálico acompañado por el chisporroteo de chispas y descargas de energía derivadas del brutal impacto.

Dovat procedió a arrastrar a la MX-A3 contra el cemento durante al menos una docena de metros, dejando un surco profundo en la superficie como si una garra enorme hubiese arañado el hangar. Finalmente alzó de nuevo al droide, agarrándolo con firmeza en torno a su cuello.

MX-A3 intentó defenderse lanzando un golpe directo contra la cabeza de la atliana. Su puño metálico impacto con suficiente fuerza para crear una pequeña onda expansiva que resonó como un trueno localizado en torno a la cabeza de Dovat, pero está apenas dio señales de notar el impacto más allá de una risotada a la que siguió un nuevo golpe por su parte contra la unidad Janperson.

MX-A3 se sintió desorientada. Por una fracción de segundo la IA habría jurado perder la consciencia pues no consiguió determinar como pasó de estar en manos de la guerrera mórfica atliana a estar desplazándose en posición semivertical por el aire antes de empezar a notar de nuevo la gravedad.

Activó sus dispositivos de flotación intentando frenar la caída, pero Dovat saltó sobre ella propinando una patada sobre su torso que lanzó a MX-A3 contra el suelo a tal velocidad que la unidad Janperson quedó incrustada en un pequeño cráter.

La unidad MX-A2 salió del vehículo donde apenas hace menos de un minuto había sido arrojada y se lanzó envuelta en llamas contra Dovat, acelerando todo lo que se lo permitieron sus dañados sistemas.

Dovat recibió al droide con un salto, girando en el aire para golpear de nuevo con su pie en un movimiento de arco que, de una forma que tuvo que ser calculada de algún modo, lanzó a A2 directo contra la desafortunada A1 que acababa de levantarse.

MX-A3 intentó incorporarse, pero la auto-reparación de sus sistemas aún no había restablecido el control sobre sus extremidades inferiores. El droide apenas pudo sentarse en el suelo, observando desde su posición semienterrada como Dovat se volvía en su dirección al percibir el movimiento.

La atliana comenzó a caminar hacia MX-A3. La unidad Janperson intentó poner en marcha cualquier capacidad defensiva que le permitiese conservar la integridad de su torso ante lo que estaba claro iba a ser un ataque que podría poner punto y final a su autonomía inmediata.

Dovat alzo su brazo derecho, cerrando su puño envuelto en un aura de luz azulada.

Y en ese preciso instante el suelo estalló a sus espaldas.

 

******

 

Iria Vargas respiró hondo, intentando mantener un tenaz control sobre su propio miedo. No estaba segura de haberlo conseguido del todo, tal y como delataba el ligero temblor en sus rodillas.

Se encontraba en una subsección del laboratorio de desarrollo a la que muy pocos tenían acceso. Ella misma no lo tenía hasta que el Director Ziras se lo había proporcionado hace apenas unos minutos.

En la guerra contra los garmoga se habían desarrollado armas antes y después del éxito de la creación de los Riders y los Dhar Komai.

Las unidades Janperson habían sido de las primeras, útiles hasta cierto punto pero marcadas como obsoletas ante las capacidades y rendimiento superior de la familia Aster. Las esferas mórficas de producción en masa como las que habían sido ilegalmente apropiadas por Tiarras Pratcha habían sido un intento posterior al establecimiento de los Riders, un experimento para crear guerreros mórficos en masa con lazos temporales al poder del Nexo que fracasó dada su alta mortandad en las primeras pruebas.

Más recientemente, ejemplos como el tal Shin creado por la Sentan Corp y cuya verdadera naturaleza y capacidades estaban aún siendo determinadas.

Y luego estaban rarezas como la que ahora mismo flotaba en una cámara de éxtasis ante sus ojos, un pentágono de carne metalizada y palpitante, con una joya roja incrustada en su centro como un grotesco ojo. La obra maestra del Doctor Takaya, lo más parecido a un científico loco que había visto nacer la humanidad desde que habían llegado a la galaxia.

La bio-armadura Glaive, un ente simbiótico artificial creado a partir de retro-ingeniería basada en los restos de otros seres.

Drones garmoga.

Takaya era un firme creyente de que las mejores armas que usar contra el diablo eran las del mismo diablo. Llevó aquello a extremos literales al crear aquella abominación... que los Rider Corps nunca destruyeron ateniéndose a órdenes del Mando, planteando la posibilidad de que fuese útil algún día.

Iria había leído los informes. Todos los datos acumulados indicaban que la bio-armadura era segura durante un plazo de cuarenta minutos antes de que empezase a consumir la energía vital del anfitrión para forzar una unión permanente. Su biología atliana era lo suficientemente cercana a la humana para que no se produjese un rechazo, así que confiaba con contar con el mismo tiempo. Esperaba que fuese suficiente.

Tomó aliento, e intentó que su voz no sonase temblorosa al dirigirse a los sensores de la unidad de contención.

"Computadora, código GLAIVE-09876-Sigma-Epsilon-Pi. Autorización del Director Ziras Tokuma/Ace-1985."

Con un zumbido de estática, la barrera de energía que envolvía a la bio-armadura se disolvió, dejando a está flotando en el campo de éxtasis. Iria la tomó delicadamente con las manos.

"Glaive....", susurró, y la esfera escarlata en el centro del pentágono bio-orgánico relumbró con un fuego interior. Dicho pentágono saltó de las manos de Iria, flotando en el aire y desplegándose en distintas partes unidas por filamentos que parecían más tendones alargados que cableado. Todas y cada una de esas partes volaron hasta chocar contra el cuerpo de Iria, su torso y sus extremidades, cubriéndola en un tejido negro y metálico.

La doctora sintió como si todo su cuerpo estuviese siendo atravesado por millones de agujas, pero al mismo tiempo notó una sensación creciente, una necesidad de movimiento incapaz de ser reprimida.

La doctora atliana vio como la última pieza, conteniendo la espera carmesí, volaba ahora directa  a su delicado rostro verde, cubriéndolo. Por unos segundos lo sintió como una mortaja y el pánico la embargó temiendo la asfixia. Pero finalmente el aire entró de nuevo en sus pulmones y la negrura que había cubierto su vista fue sustituida por una visión más clara y nítida de la que habían gozado jamás sus ojos.

No era únicamente su vista, todos sus sentidos habían sido potenciados. Pudo percibir los sonidos y los impactos del combate en el hangar muchos metros por encima de su cabeza.

Sabiendo que no tenía tiempo que perder –cuarenta minutos y contando– Iria Vargas saltó. Apenas había flexionado los músculos de sus pantorrillas y aún así salió disparada a lo alto, atravesando el techo del laboratorio con un chillido de sorpresa.

Tendría que acostumbrarse rápido a aquello, porque parecía que las unidades Janperson no iban a durar mucho más.

 

******

 

Dovat avanzó hacia el droide caído, preparada para golpearlo de nuevo.

Una parte de ella estaba alarmada, gritando en algún rincón olvidado de su mente porque no sabía qué estaba sintiendo. La había invadido una suerte de euforia enfermiza. Quería seguir luchando contra aquellas máquinas, dejarse llevar, dejar que todo el poder que recorría su cuerpo al materializar aquella armadura se desatase y al diablo con las consecuencias.

Era consciente hasta cierto punto de que debía poner freno a aquello, neutralizar a aquellas máquinas e intentar retomar la búsqueda de aquello a por lo que había venido, o toda su incursión no habría servido para nada, pero aquel instinto de combate la arrastraba.

Era algo embriagador que no conseguía controlar, y que ahora mismo la llevaba a intentar continuar luchando contra un oponente caído.

Si su cerebro pudiese verbalizar sus ideas en aquel estado se había preguntado a si misma qué demonios estaba haciendo, pero no podía.

Entonces, el suelo estalló a sus espaldas, apenas a un par de metros, en una explosión de polvos y fragmentos de cemento que la golpearon como inofensiva metralla.

Dovat se volvió y por un segundo la invadió el pánico, porque lo que tenía delante le recordó demasiado a los centuriones garmoga, aunque no tardó en darse cuenta de que la recién llegada era algo distinto.

Para empezar, era una figura visiblemente femenina y más menuda que cualquiera de los centuriones garmoga. La bio-armadura que la recubría estaba segmentada, con partes más blindadas de un gris oscuro en extremidades y torso y otras de un negro de aspecto más flexible y orgánico en las articulaciones, cuello y manos. En general, parecía una versión plenamente formada y sin deformidades de un centurión, con mayores rasgos de definición en su morfología y sin las alteraciones constantemente cambiantes.

Dos ojos cristalinos y blancos estaban fijados sobre ella y en la frente, coronada por una púa que emergía en vertical como un cuerno, reposaba una espera rojiza que a Dovat le recordó a la esfera mórfica de su pecho.

Antes de poder hacer nada, la recién llegada se lanzó contra Dovat a una velocidad igual o superior que la suya.

Dovat apenas pudo reaccionar antes de percatarse de que su nueva oponente no pretendía golpearla. La había empujado, abrazándose al torso de Dovat por la cintura, apretando con fuerza como una tenaza.

En ese momento Iria Vargas habló, con una voz que resonó metálica y cavernosa.

"¡Glaive! ¡Boost!"

Orificios se abrieron en el torso y piernas de la bio-armadura expulsando un chorro de vapor seguido de una descarga de energía. Ambas combatientes salieron despedidas en un ascenso vertical vertiginoso.

Dovat estaba desorientada. Su vista solo podía centrarse en la figura que la seguía agarrando por el torso en un abrazo inmovilizador. Podía sentir sus  brazos apretando y cortando su respiración.

Sintió también el cemento y metal atravesado y apenas vislumbró las distintas estancias que estaban cruzando en su ascenso. De repente todo se hizo blanco, sus ojos abrumados por una luz cegadora. Sintió en su armadura la brisa del aire como si tocase su misma piel desnuda y cuando sus ojos se recuperaron, pudo ver el azul del cielo.

Su nueva rival la había hecho salir al exterior, sacándola del edificio de los Corps.

"¡No! ¡NO!", gritó, pero Dovat apenas pudo hacer nada más antes de que Iria Vargas girase en el aire y la lanzase contra el suelo. La atliana de mayor envergadura chocó contra las placas decoradas de la superficie de la plazoleta que había ante la puerta de acceso principal para visitantes del complejo, la misma que había atravesado cuando llegó al lugar.

Rebotó con el impacto y voló otros pocos metros hasta incrustarse contra la fuente decorada con una escultura de bronce de uno de los Dhars.

Iria Vargas descendió, cayendo sobre sus rodillas a una decena de metros, visiblemente aún intentando acostumbrar sus movimientos y reflejos a las capacidades que le otorgaba la bio-armadura. Se llevo una mano de uno de sus oídos cubiertos, un acto de puro reflejo pues su casco ya había establecido las comunicaciones en el mismo momento en que ella lo había pensado.

"¡Director Ziras! ¡He conseguido sacarla del edificio, hay que..."

"Doctora, ya he redirigido a las tropas y toda el área en un radio de un kilómetro ha sido evacuada", interrumpió Ziras, "Estamos iniciando preparativos para desplazar a los ciudadanos y ampliar la zona, pero por el momento tiene ese espacio para reducir a la intrusa sin tener que preocuparse por pérdida de vidas."

Iria se levantó, notando que en su caída había dejado una enorme grieta en la superficie. Ante ella pudo ver a Dovat incorporándose en la fuente. El bordillo de ésta había sido destruido y el agua se derramaba libremente sobre la plaza.

Iria casi pudo sentir la ira que emanaba de la guerrera de la armadura plateada y roja. La joven doctora atliana tragó saliva.

"Eso está muy bien señor, pero no creo que vayamos a tener garantías en lo que respecta a daños estructurales o a mí misma."

sábado, 14 de mayo de 2022

072 LA BATALLA DE OCCTEI (II)

 

En la subsección de los laboratorios del complejo de los Rider Corps en donde reposaban las unidades trooper Janperson, Iria Vargas monitorizaba la actuación de éstas a través de los holomonitores enlazados a los sistemas de vigilancia.

La confrontación había comenzado... bien. No de forma ideal, pero parecía que MX-A3 al menos había conseguido pillar por sorpresa a la intrusa.

De todas formas, la situación seguía claramente incierta.

Cassius, el técnico de la subsección que la había ayudado a reactivar a los troopers ya se había retirado siguiendo los protocolos de evacuación, dejándola sola. Los laboratorios de aquella subsección nunca había sido sitios acogedores, pero vacíos de actividad resultaban siniestros. La doctora atliana intentó no hacer caso a los movimientos de las sombras bajo la luz enrojecida del sistema de alarma, centrándose en el combate que se estaba produciendo en los hangares varios niveles por encima de su posición.

Iria tenía esperanzas de que los droides fuesen suficiente para frenar a Dovat, si no del todo al menos para poder ralentizarla hasta que los Riders pudiesen regresar. Pero la doctora era consciente de que las posibilidades no estaban de su parte.

Era algo sutil, pero Iria había presenciado en múltiples ocasiones a los Riders en acción, dentro y fuera de situaciones de combate reales y simuladas, con una enorme variedad de rango de acción y variabilidad de parámetros.

Algo que le había permitido desarrollar una capacidad de percepción relativa a usuarios del poder del Nexo lo suficientemente inquisitiva como para poder percibir los indicadores de contención en los movimientos de la intrusa. Dovat no estaba ejerciendo sus habilidades al 100%, no lo había hecho ni siquiera tras la materialización de su propia armadura.

Si Dovat se decidía a desatar todo su poder estaba claro que los troopers Janperson llevaban las de perder, sobre todo porque MX-A3 no tenía posibilidad alguna de usar su armamento más potente sin comprometer todo el complejo y la ciudad a su alrededor. En ese sentido estaban atados de pies y manos de una forma de la que su oponente no tenía que preocuparse.

Lo que significaba que, dependiendo de los próximos minutos y si los Riders aún no aparecían, todo dependería de Iria.

No le hacía ninguna gracia.

 

******

 

Dovat emergió de entre las llamas de la lanzadera, sin ningún rasguño.

Podía sentir el calor y algo parecido a una caricia rasposa allá donde el fuego tocaba directamente su armadura, pero ningún dolor o incomodidad en absoluto.

Dio un vistazo rápido a su cuerpo y no pudo percibir ningún daño aparente más allá de los restos de suciedad inevitables tras chocar contra un vehículo y causar su explosión. La esfera mórfica en su pecho brillaba intensamente y parecía emitir un aura de poder que la rodeaba completamente.

Una vez más, Dovat no pudo evitar sentir un cierto sentido de la maravilla. Hace solo poco más de medio año la misma situación se habría saldado con su muerte y su cadáver apenas dejando restos identificables. Hoy caminaba entre las llamas y el metal fundido de la misma forma que cualquier otro ser sapiente lo haría en una mañana soleada a través de un parque.

Era muy difícil no experimentar una extraña sensación de euforia casi embriagadora.

Dovat mantuvo sus pensamientos centrados y miró al frente, fijando su atención en los tres androides. Estaba claro que eran poderosos y no debían ser subestimados, pero...

Estaba segura de que ella lo era mucho más.

Con estos no tendría que contenerse. Entrechocó sus puños y pudo sentir el poder concentrando desparramándose de entre sus dedos, ansioso por ser liberado.

"Muy bien. Está claro que vosotros no sois huevos."

Ocurrieron dos cosas en un segundo.

Primero, el droide central, el que compartía colores con la armadura de ella hizo un gesto casi imperceptible que a Dovat le pareció de sorpresa o de genuina confusión.

Segundo, una parte del interior de Dovat gritaba mortificada por la estúpida frase que había salido de sus labios al tiempo que daba gracias de que Axas no estuviese allí para oírla.

Finalmente, se limitó a lanzarse contra sus oponentes.

La velocidad del desplazamiento de Dovat fue tal que ni siquiera habría tenido que golpear para que los Janperson perdiesen el equilibrio.

El aire restalló con un sonido atronador y cuando Dovat frenó de golpe frente a la unidad MX-A3, la atmósfera desplazada ya había arrojado a las unidades A1 y A2 a unos pocos metros de distancia.

Pero Dovat no se detuvo ahí.

La atliana golpeó al Janperson MX-A3 en el centro del torso. No lo hizo con todas sus fuerzas pero sin duda con mucho más poder que en su primer asalto contra las máquina hace unos minutos.

El impacto generó otra onda de choque que esta vez sí arrojó a considerable distancia a las MX-A1 y A2. La primera voló hasta hundirse contra un vehículo de desplazamiento terrestre, con la fortuna de no hacerlo estallar. A2 salió disparada en trayectoria directa contra una de las paredes de cemento del hangar, formando un pequeño cráter.

La unidad MX-A3, recibiendo el impacto directo, salió despedida hacia atrás con una abolladura en el metal de su torso, un sonido seco y el chisporroteo de energía dorada escapando de sus sistemas. Todos sus dispositivos de percepción internos y externos se volvieron locos. No podía percibir la gravedad y sus sensores gritaban en el centro de su ser que se habían producido daños estructurales en el torso que podrían comprometer su capacidad motora.

La IA sintió a su espalda el inminente impacto contra las paredes del hangar y en una fracción de segundo reunió la suficiente entereza para hacer algo al respecto.

Dovat vio como el droide al que había golpeado frenó en seco apenas un instante antes de chocar contra el cemento, sosteniéndose en el aire con lo que parecían pequeños dispositivos anti-gravitacionales repartidos por sus extremidades y torso.

El golpe y el corte en seco de movimiento habían dejado sus marcas en la máquina. El torso de la MX-A3 presentaba una hendidura profunda en su lado izquierdo que parecía causar cierto encorvamiento en la postura del androide. Su brazo izquierdo también parecía levemente desencajado, al igual que su pierna derecha.

La forma en que sus ojos artificiales se centraron en Dovat hizo pensar a la atliana que aquella máquina la estaba mirando con una expresión de furia o irritación, pero eso no podía ser sino su imaginación ¿cierto?.

Con un sonido de chasquidos metálicos y un zumbido leve pero persistente, MX-A3 descendió flotando lentamente hasta tocar el suelo. Con un crujido, la hendidura en el metal de su torso comenzó a auto-repararse al tiempo que su brazo y pierna parecían reafirmarse en sus articulaciones con tirones de cableado metálico y filamentos que parecían moverse con mente propia.

Auto-reparación con nanomáquinas, pensó Dovat, Estas cosas son más avanzadas de lo que parecen.

Dovat determinó que el droide ante ella debía ser el más peligroso de los tres y se dispuso a rematarlo de forma definitiva. Esta vez sí que golpearía con todas sus fuerzas, a ver que...

Su corriente de pensamientos se vio interrumpida cuando un enjambre de pequeños misiles, no mucho más grandes que un dedo índice humano o atliano, volaron hacia ella desde sus flancos derecho e izquierdo. MX-A1 y MX-A2 no tendrían el mismo poder bruto ni la misma capacidad destructiva que MX-A3 pero seguían portando en sus cuerpos una considerable capacidad de armamento.

Dovat tenía que decidir si evitar aquel ataque o...

Quería ver. Quería ver qué pasaba.

La joven  atliana se detuvo de golpe y dejó que los misiles chocasen contra ella.

Múltiples bolas de fuego se formaron, alcanzando un volumen mayor que la previa explosión de la lanzadera y generando una onda expansiva que arrojó de nuevo al suelo a las unidades Janperson. MX-A3 tuvo que apoyarse contra la pared a su espalda y pudo ver las grietas formándose en el techo y soportes del hangar. El suelo tembló y parte del mismo se hundió formando un socavón en el punto de impacto.

El daño había sido tal que los sistemas antiincendios que habían estado hasta ese momento bañando el lugar con una lluvia artificial se cortaron de lleno salvo por algunas fugas entre las grietas de las paredes donde los tubos conductores de líquido se habían visto afectados.

Cuando las bolas de llamas se disiparon, dejando únicamente una cortina ardiente a nivel del suelo y una nube de humo ennegrecido MX-A3 concentró sus sensores en el centro del impacto.

Aquellos misiles habían sido probados en combate real con eficiencia notable al lidiar con los drones de los garmoga, incluidos aquellos de mayor tamaño. Pero la unidad Janperson sabía que su oponente actual estaba hecha de otra pasta.

Algo que fue demostrado cuando captó un leve sonido de entre el humo. Rocas moviéndose, y pasos.

Dovat emergió del cráter formado en el suelo del hangar, cubierta en restos de escombros y ceniza que eclipsaban los detalles de color rojo de su armadura haciéndola parecer totalmente de un gris oscuro y sucio. Solo la luz en su pecho y el dorado de sus ojos seguían relumbrando.

Una risa leve surgió de sus labios, creciendo hasta convertirse en una carcajada jovial.

"¡Eso ha sido...!", gritó, "¡No sé lo que ha sido, pero ha estado genial!"

 

******

 

Frente a los holomonitores, observando todo el desarrollo del combate, Iria llevó su mano temblorosa a la muñeca y activo su comunicador.

"¿Director Ziras?", preguntó.

"Doctora Vargas."

"¿Sigue en el complejo, señor?"

"El capitán es el último en abandonar el barco, doctora", replicó Ziras, "Además, esto me permite coordinar a las tropas si tienen que volver a intervenir."

"Si tienen que volver a intervenir me temo que tendremos bajas reales esta vez."

"Si, Dovat parece estar sufriendo los mismos síntomas que algunos de nuestros Riders experimentaron en sus primeros años."

"Las unidades Janperson no durarán mucho más si ella deja de contenerse... Señor, solicito su permiso para hacer uso personal del otro prototipo."

Se produjo un instante de silencio que duró una eternidad.

"Doctora, es consciente de los riesgos. No tendrá más de cuarenta minutos."

"Plenamente señor...  y convertiré esos cuarenta minutos en al menos cincuenta."

Arthur Ziras suspiró, resignado.

"Proceda a ello. La situación en Alirion parece... Sí, creo que podré solicitar el pronto regreso de los Riders", dijo Ziras, "Gánese ese tiempo doctora. Asumo todas las responsabilidades en caso de que el Mando decida ponerse quisquilloso si vivimos para contarlo. Tiene mi autorización para hacer uso de la bio-armadura Glaive."

"Muchas gracias, señor."

"Buena suerte muchacha. Y que ni se te ocurra morirte."

jueves, 5 de mayo de 2022

071 LA BATALLA DE OCCTEI (I)

 

Dovat no pudo evitar pensar que la situación comenzaba a tener ciertos tintes surrealistas y algo enfermizos.

Y no lo decía únicamente por el truco que su subconsciente le estaba jugando, recordándole constantemente todos los huevos rotos en su entrenamiento para aprender a controlar su fuerza y que estaba conjurando curiosas imágenes en su mente cada vez que tenía que dar un empujón o golpe contra algún atacante.

No imagines sus cráneos resquebrajándose. No pienses en romperlos. Golpéalos como si fueses una pluma.

El mantra se repetía de forma continua en su mente, martilleando la idea de contención un segundo tras otro, tras otro y tras otro.

Pero aún golpeando con la fuerza de una pluma, el soldado al que la palma de su mano tocó salió despedido hasta chocar contra la pared con un crujido de huesos rotos.

Seguía vivo. Todos los individuos de distintas especies que habían intentando frenarla seguían vivos. Estaba segura de ello, sus sentidos no le mentían, pero recordaba cada fractura, cada golpe, cada caída e impacto. Sus oponentes vivirían, pero con un creciente nudo en su estomago Dovat había comenzado a darse cuenta de que muchos de ellos y ellas no volverían a andar sin ayuda o sin recurrir a caras intervenciones médicas.

Y pese a ello, seguía adelante.

En retrospectiva aquel asalto no era una buena idea. Hubiese querido poder negarlo, pero desde la muerte del tío Tiarras una parte de ella había estado furiosa. Un resentimiento contenido pero siempre presente para el cual había encontrado por fin una excusa.

Dar con el conocimiento que encontró Tiarras Pratcha era importante, pero ser la causa de una metafórica nariz rota en el rostro de la organización responsable de su muerte era lo que realmente había movido a Dovat a aquella situación, por reprochable que resultase.

Sabía que Axas estaba al tanto de ello, aunque sus intentos de detenerla habían sido atemperados por su propia inseguridad.

Estaba bastante segura de que Ivo Nag también veía claramente la futilidad de todo el asunto, pero el viejo phalkata seguramente creía que aquello era un buen sustituto para la terapia que sin duda los dos hermanos necesitaban.

Al final del día, Dovat había optado por tomar aquel rumbo y debía afrontar las consecuencias  y al menos... al menos intentar conseguir algo limpio de todo aquello. Encontrar los archivos de la sede de los Rider Corps y saquear todo el contenido posible.

No guardaba esperanzas de poder hacer una búsqueda específica o exhaustiva in situ. El mero hecho de encontrar las terminales de datos y los servidores estaba resultando una labor cada vez más complicada.

Como le había dicho a su hermano, en cuestión de combate no había nada que los soldados y guardas de las tropas auxiliares de los Rider Corps pudiesen lanzar contra ella que pudiese realmente causarle algún daño. Pero parecía que por cada escuadrón armado que dejaba arrastrándose lastimosamente por los suelos había ya otros dos listos para saltar contra ella a la más mínima oportunidad.

La situación comenzaba a resultarle agotadora, por diversos motivos. Primero, el no tener un respiro ni apenas la más mínima posibilidad de orientarse. Había estado avanzando y descendiendo niveles en las instalaciones siempre que podía. Intentaba hacer uso de los accesos, escaleras y conductos de elevación de ascensores y montacargas, pero si la situación no cambiaba empezaba a barajar la posibilidad de comenzar a reventar el suelo bajo sus pies y las paredes ante sus ojos en su intento de rastrear su destino.

La otra causa de su agotamiento no se debía tanto a la labor física que suponía enfrentarse a soldado armado tras soldado armado sino al hecho de tener que contenerse en todo momento al combatir. Era un problema que no experimentó la primera vez que la armadura se materializó en torno a su cuerpo en su lucha contra los garmoga, pero que ahora estaba comenzando a ser una preocupación seria.

No imagines sus cráneos resquebrajándose. No pienses en romperlos. Golpéalos como si fueses una pluma.

Desde luego, era algo mucho más complicado que sostener un huevo sin romperlo. Como si no tuviese ya bastante con sus propias dudas.

La esfera luminosa en su pecho brillaba con más intensidad que nunca. Una señal de toda la energía mantenida a raya solo por su fuerza de voluntad. Cuando más la contenía más parecía querer desencadenarse, como la promesa de furia que encerraba el agua contenida por una presa, o un animal enjaulado.

Todas y cada una de las fibras de su ser le estaban gritando, pidiéndole que desencadenase todo aquel poder sin miedo, pero Dovat sabía que contra sus oponentes actuales supondría una sentencia de muerte para ellos, y eso no era algo que creyese que su conciencia fuese capaz de afrontar los remordimientos y culpa que derivarían de ello. Tampoco nada garantizaba que pudiese quedar un edificio en pie o archivos que rescatar si se dejaba llevar.

En algún rincón de su mente, en una zona olvidada de su ser de la que la joven atliana no era plenamente consciente, una parte de Dovat deseaba que se presentase un reto ante ella.

Las espinas del resentimiento aún recordaban a los Riders como el brazo ejecutor de su tío. Habrían servido bien.

Por contra, el destino le ofreció algo distinto.

La estancia en la que Dovat acababa de entrar tras lidiar con un último grupo de soldados de los Rider Corps parecía un área de planificación y seguimiento. Hologramas de la galaxia y de distintos sistemas solares del espacio del Concilio flotaban sobre amplias mesas equipadas con equipos de comunicaciones y rastreo.

Las terminales computarizadas proporcionaron a Dovat un leve sentimiento de esperanza. Si se movía con la suficiente rapidez quizá podría usarlas para determinar en qué lugar concreto del complejo se encontraban los servidores de los archivos y...

Sus pensamientos se cortaron en seco con un estruendo.

Casi como una irónica burla de sus previos pensamientos respecto a abrirse paso como una bola de demolición, el suelo ante Dovat estallo en pedazos de cristal, plástico y cemento en tres puntos distintos, inundando la habitación con una espesa nube de polvo y escombros.

Dovat no tosió ni sintió ningún malestar, ni siquiera tuvo irritación en sus ojos, pero aún así se llevo una mano al rostro como escudo por puro acto reflejo.

Ante ella había tres figuras humanoides, pero mucho más grandes que cualquier humano o atliano. Eran incluso ligeramente más altas que ella. Con la nube de polvo disipándose, pudo ver con claridad que se trataba de tres seres artificiales, androides de algún tipo, con cuerpos blindados de tal forma que recordaba a una versión rudimentaria de las armaduras de combate mórficas.

Dos de los droides recién llegados estaban posicionados unos pasos atrás y a los flancos del droide más adelantado. Sus coberturas y blindaje eran de un gris metalizado, plateado, con tintes de color purpura en sus cabezas, brazos y torso. Se diferenciaban por la forma de sus sensores de visión en sus cabezas, que se asemejaban a los cascos de los Riders. Uno contaba con una suerte de única lente negra mientras que el otro parecía poseer dos ojos de forma ovalada de un azul brillante e intenso.

Frente a ellos, el tercer droide era de aspecto ligeramente más esbelto, pero toda su armadura denotaba una capacidad tecnológica superior. Sobre su hombro descansaba un dispositivo, similar a un pequeño cañón y a su espalda cargaba algo que parecía un estuche blindado marcado con un símbolo de peligro radioactivo. Su armadura era plateada con líneas de color rojas en su casco, torso, manos y piernas y la parte frontal de su casco parecía imitar rasgos faciales ligeramente humanoides que los otros dos no poseían.

Dovat no pudo evitar sentir cierta extrañeza al percatarse de la similitud cromática con su propia armadura.

Bueno, querías un desafío ¿no?, se dijo, Pues parece que por fin han decidido sacar los pesos pesados...

El droide más adelantado, el trooper Janperson MX-A3, alzo su mano derecha hacia Dovat, como apuntando hacia ella.

"Sospechosa 09031985, Dovat", dijo, con una voz mecánica y monocorde, "Recomendamos su rendición y cooperación en dicho proceso."

"No, me temo que no", susurró Dovat, y se movió.

En una fracción de segundo se había situado al lado izquierdo de la máquina humanoide. Golpeó directamente al casco.

MX-A3 trastabilló y retrocedió uno o dos pasos. Pero no cayó al suelo, ni salió arrojado por la fuerza del golpe. El trooper Janperson giró lentamente su cabeza hasta posar sus sensores de visión, similares a ojos humanos totalmente blancos y luminiscentes, sobre la atliana.

Dovat no sabría expresar con palabras lo que sintió en aquel momento. Una mezcla de sorpresa, nerviosismo y expectación. Aunque quisiera no habría podido hablar pues en ese preciso instante MX-A3 contraatacó.

La unidades Janperson no eran tan rápidas ni tan precisas como los Riders, y se había comprobado que el lidiar con altos números de enemigos causaba una sobrecarga al ser su capacidad de proceso cognitivo más rápida que su capacidad de movimiento físico. Pero seguían teniendo una velocidad más que adecuada para hacer frente a un enemigo individual.

Dovat sintió el golpe en su bajo vientre, quedándose sin aliento por el impacto a pesar de la protección de su armadura. Tardó un instante en darse cuenta de que estaba en el aire, desplazada por la fuerza del ataque. Para cuando dicho pensamiento cruzó su mente, su cuerpo ya había comenzado a hundirse en la pared a su espalda como si fuese una piscina de cemento y metal.

Dovat atravesó la pared en una explosión de fragmentos, cayendo a una suerte de hangar. Una hilera de lanzaderas y vehículos terrestres llenaban el lugar.

Dovat se incorporó nada más impactar contra el suelo, con un movimiento rápido y fluido. Fue algo afortunado pues nada más levantarse, la unidad MX-A1 cayó frente a ella con un ruido seco, agrietando el suelo bajo sus pies. El más antiguo de los trooper Janperson propinó un golpe con un amplio movimiento que la atliana esquivó inclinándose hacia atrás. Otras dos acometidas fueron esquivadas con sendas galas de flexibilidad por parte de Dovat hasta que finalmente optó por bloquear un tercer golpe, sujetando el puño del droide.

Pero antes de que la joven atliana pudiese contraatacar de alguna forma significativa, el trooper MX-A2 cayó desde lo alto situándose junto a su unidad hermana y golpeó a Dovat con una fuerte patada.

La joven atliana salió arrojada por los aires de nuevo, algo que estaba comenzando a encontrar irritante. Pero esta vez no chocó contra un muro sino contra una de las lanzaderas estacionadas en el hangar.

La armadura mórfica de la joven atliana la protegió cuando atravesó la nave como si estuviese hecha de mantequilla. La fortuna quiso que el impacto la arrojase de forma directa a la zona de motores, desequilibrando el impulsor. El vehículo estalló en una bola ardiente de llamas anaranjadas que se elevó hasta el techo del hangar.

Al sonido de la alarma que nunca había cesado desde la intrusión de Dovat se unía ahora la humedad del agua de los rociadores anti-incendios.

MX-A3 descendió desde el agujero en la pared hasta el hangar, situándose junto a los otros troopers Janperson. Las llamas de la nave, que la lluvia artificial no conseguía extinguir, se reflejaban en sus cuerpos metálicos. Hizo un gesto de asentimiento con su cabeza a MX-A1 y A2 que habría parecido extrañamente humano a un observador casual.

Las tres unidades detectaron el movimiento antes de oír el sonido del metal siendo doblado.

La figura de Dovat emergió caminando de entre las llamas de la lanzadera destruida, sin más daño aparente que restos de ceniza y polvo en su armadura mórfica. La luz azul de la esfera en su pecho brillaba aún con más intensidad que antes, hasta el punto de que un aura de energía parecía envolver todo su cuerpo. Las lentes doradas de su casco refulgían con un resplandor dorado.

"Muy bien", dijo.

Las tres unidades Janperson se colocaron en poses de combate, todos sus sensores de percepción centrados en la atliana.

Dovat estiró su cuello, con un chasquido de sus vertebras, al tiempo que entrechocaba sus puños. Pequeñas chispas de poder saltaron entre sus nudillos.

"Está claro que vosotros no sois huevos."

MX-A3 no pudo apenas procesar que podría significar tal extraña afirmación antes de que la guerrera de armadura roja y plateada se lanzase de nuevo contra ellos.