lunes, 20 de febrero de 2023

103 DÍA TERCERO (VI)

Desde la perspectiva de un observador externo podría parecer que los dos Dhar Komai, Solarys y Sarkha, volaban uno junto al otro a lo largo del hiperespacio al moverse a velocidades supralumínicas.

En realidad no era así. Dicha percepción sería lo más cercano que una mente racional limitada a las capacidades sensoriales tradicionales en la galaxia podría interpretar ante el manojo de átomos rompiendo todas las barreras de la física conocida para desplazarse de un extremo de la galaxia a otro con una diferencia de solo unas pocas horas. Aunque en la práctica poco importaba… Solarys no volaba realmente junto a Sarkha, pero el lazo psíquico que unía a las dos criaturas y por subsiguiente a sus Riders propiciaba que pudiesen transmitirse pensamientos de forma instantánea, como si de una conversación en persona se tratase.

Aunque en aquel preciso instante Alma estaba teniendo dificultades para hacerse oír.

“Athea”, llamó. La única respuesta fue el silencio.

“¡ATHEA!”, repitió, lanzando el equivalente psíquico a un grito o llamada de atención.

Tras unos instantes recibió respuesta cuando un quedo “¿Qué?” resonó en su mente.

“Athea, estás acelerando demasiado. Puedo sentir la tensión combinada de ti y de Sarkha.”

“…”

“Sé que quieres llegar cuanto antes a Occtei, pero vamos a necesitar a nuestros Dhars y si no reservas energías ahora Sarkha estará demasiado agotado cuando lleguemos.”

Alma pudo sentir algo parecido a resignación dominando el ánimo de su hermana a través del lazo que las unía, pero también la presión que Rider Black estaba ejerciendo sobre su Dhar Komai se relajó. La criatura casi exhaló de puro alivio.

“Lo siento”, dijo Athea con voz tensa, “Lo siento, Sarkha”, repitió con un tono más suave. Una oleada psíquica de afecto y reproche a partes iguales por parte de la draconiana bestia fue su respuesta.

“Sé que estás preocupada por Alicia”, dijo Alma, “Yo también lo estoy. Y por Iria, y el director Ziras, la gente de los Corps, todo el planeta…”

“No tienes que darme el discurso, Alma.”

“Solo… confía en ellas. Confía en que estarán a salvo.”

Athea sacudió la cabeza, “La flota conjunta está en Avarra. Occtei solo podrá contar con fuerzas auxiliares, las fuerzas de los Corps y las defensas planetarias estándar. La mayoría de las veces esas cosas apenas sirven contra una infestación garmoga. Sabes muy bien que el resultado será el mismo con Keket y sus esquirlas.”

“Alicia e Iria son capaces. Conocen los protocolos y los riesgos. Podrán apañárselas.”

“Mi hija tiene el mismo sentido patológico del heroísmo que tenía mamá y que heredamos nosotras”, dijo Athea, “¿De verdad te crees que se va a quedar quieta en un refugio o zona segura sin intentar ayudar a nadie?”

Alma suspiró, “Y si Iria ha recibido mis indicaciones seguro que la acompañará…”

“Espero que mantengan un mínimo de sentido común, pero entenderás que esté preocupada.”

 

******

 

“¡AAAAAAAAAAAAAAH!”

“¡DEJA DE GRITAR TANTO, ESTÁS ASUSTANDO A LA NIÑA!”

Esta es la imagen ante vuestros ojos.

Iria Vargas, enfundada en la bio-armadura Glaive, saltando de azotea en azotea sin poder reprimir gritos de pánico y vértigo al tiempo que sujeta en sus brazos a una exasperada Alicia Aster, quien a su vez sostiene en un abrazo a Syba, la pequeña niña gobbore de pelaje dorado a la que había rescatado hace unos minutos.

Y volando a cierta distancia tras ellas, observando la escena con algo similar al desconcierto, la unidad Janperson MX-A3.

Finalmente, las tres se posaron sobre la azotea de un edificio equipada con plataformas de despegue, pero no había el menor rastro de lanzaderas o naves monoplaza. El droide Janperson tocó tierra poco después de ellas.

Al instante, Alicia saltó de los brazos blindados de Iria y posó a la niña en el suelo, arrodillándose junto a ella para comprobar que estaba bien. Syba temblaba un poco y tenía aún los ojos cerrados, pero al notar de nuevo los pies sobre suelo firme y las manos de Alicia posándose sobre sus hombros, comenzó a relajarse y a mirar de nuevo a su alrededor.

“Ooof.”

La Aster y la cachorra rescatada se volvieron al oír el quejido. Iria estaba de rodillas, con una mano apoyada en el suelo para evitar car de bruces. Desde diversos puntos de la armadura, sobre todo en las articulaciones, escapaban volutas de vapor. La esfera rojiza situada en la frente del casco de la Glaive emitía destellos intermitentes.

El silbido del vapor se entremezclaba con los tenues sonidos de dolor contenido de Iria Vargas.

“¡Iria!”, exclamó Alicia, “¿Qué está pasando?”

“La armadura…”, dijo la doctora, “La Glaive solo puede ser usada por tiempo limitado, antes de que empiece a consumir la energía vital del usuario. Y creo que ya me he pasado unos pocos minutos…”

Los ojos verdiazules de Alicia se abrieron alarmados, “¡Quítate esa cosa ahora mismo!”

Iria sacudió la cabeza “¡No! Prometí a tus… Tengo que llevarte a tu casa, a sitio seguro… Oh dioses, esto se siente como si un hierro candente en las entrañas…”

Alicia agarró a la atliana blindada por los hombros y comenzó a sacudirla, “¡Ya estamos en el borde exterior del área urbana! ¡De aquí al bloque de apartamentos protegido en que vivo es línea recta, tu amiguito robot puede llevarnos volando a todas! ¡Quítate esa cosa ya!”

“Estoy de acuerdo con el análisis de la señorita Aster”, intervino MX-A3. Eso sí, la unidad Janperson no estaba muy segura de cómo tomarse el calificativo de “amiguito robot”.

Iria bajó la cabeza y emitió un suspiro que se convirtió en un grito entrecortado cuando finalmente la Glaive comenzó a desmantelarse alrededor de su cuerpo, plegándose de nuevo hasta quedar únicamente una pieza de metal orgánico humeante que cayó al suelo frente a la arrodillada doctora con un ruido sordo.

La ropa de Iria Vargas estaba cubierta de pequeños cortes y manchas de sangre localizadas, como si hubiese sido arponeada por agujas en puntos específicos de su torso, brazos y cuello. Su piel estaba perlada por el sudor y el tono verde normalmente de gran viveza de su complexión atliana lucía mucho más apagado, como si estuviese más pálida. Sus ojos estaban marcados por profundas ojeras, como si no hubiese dormido en días. Respiraba sin dificultad, pero entrecortadamente, como cuando alguien termina de realizar un esfuerzo físico de gran intensidad.

Alicia la observó con atención al tiempo que la ayudaba a levantarse.

“Jod…”, comenzó a decir, interrumpiéndose de golpe al echar una mirada de reojo a Syba. La pequeña gobbore observaba la escena detenidamente.

“Caray”, corrigió, “Casi diría que esa cosa estaba bebiendo tu sangre, doctora.”

Iria se las apañó para soltar una risita, “Supongo que el consumir la energía vital del usuario es algo un poco más literal de lo que pensábamos…”, dijo, “Aunque tiene sentido, esa cosa está basada en una matriz garmoga y son notorios por la consunción literal del…”

“Los análisis para luego.”

“Ah, lo siento… Con los nervios y el cansancio tiendo a los desvaríos”, dijo Iria, al tiempo que miraba a su alrededor. En la lejanía se podía ver un bloque de edificios aislado del resto, “¿Tu casa?”

Alicia asintió, “Y refugio improvisado de gente a la que he estado encontrando las últimas horas huyendo desde el centro de la ciudad”, dijo al tiempo que se volvía para mirar a sus espaldas. El cielo seguía marcado por el destello de fútiles explosiones contra la monstruosa pirámide que cubría el firmamento, “Parece que la gente de los Corps y las fuerzas auxiliares siguen dándole guerra a esa cosa.”

“El avance de esquirlas a través de las calles y su llegada a la periferia sugiere que sus posibilidades de contención son de menos de un…”

“No nos des cifras, MX, la situación ya es bastante deprimente de por sí”, dijo Iria.

“Al menos permítame insistir en continuar con nuestro movimiento”, replicó la unidad Janperson, “A pesar de nuestra cercanía al refugio designado, ésta área abierta no es segura. Las esquirlas parecen centrarse a nivel de superficie, pero los datos que tenemos de su movilidad sugieren que no tendrán problema en alcanzarnos aquí si se lo proponen.”

“eFecTivaMente”, dijo una voz disonante, cortando el aíre como un cuchillo.

Todos alzaron la vista y en el aire, flotando sobre ellos, una esquirla los observaba. Syba comenzó a gritar al tiempo que se agarraba a las piernas de Alicia. Había algo parecido a la diversión en el frio rostro de la criatura de cristal, una satisfacción enfermiza y repulsiva cargada de engreimiento, “ha SiDo interesante vEr cOmo os mOvíaiS, coMo iNSectoS saltarines, pero PrONto sEréis Parte del CANTO.”

En la distancia, unos aullidos chirriantes delataban la cada vez más cercana presencia de más esquirlas convergiendo hacia aquella posición.

MX-A3 no dudó. Abrió fuego con toda potencia contra la criatura. La esquirla acusó los impactos y su levitación se cortó en seco, haciéndola caer sobre la azotea. Pero el ser no tardó en incorporarse y comenzó a avanzar hacia la unidad Janperson a pesar de todos los impactos de munición pesada que estaba recibiendo. El ser no dejó de sonreír en ningún momento. Alicia sabía que la esquirla era lo suficientemente rápida para  esquivar aquel asalto si lo desease, pero parecían tener un impulso de “jugar” con sus presas que bordeaba en el sadismo.

En el otro extremo de la azotea, otras figuras de cristal negro y grisáceo comenzado a aparecer, trepando.

“¡CORRAN!”, gritó la unidad Janperson.

Alicia tomó a Syba, pero cuando intentó agarrar por el brazo a Iria la doctora trastabilló y estuvo a punto de caer al suelo.

“No… no puedo correr…”, dijo, jadeando de agotamiento.

“¡Maldita sea, Iria!”

“Coge a la niña y marchaos… MX-A3 y yo…”, comenzó a decir Iria al tiempo que agarraba de nuevo la pieza bio-metálica que contenía la Glaive plegada, “Os ganaremos tiempo.”

Una explosión hizo temblar toda la superficie de la azotea. La unidad Janperson había descargado misiles de corto alcance contra las esquirlas, pero estas seguían avanzando hacia su posición. Pronto el androide tendría que recurrir al combate cuerpo a cuerpo.

Alicia sacudió la cabeza al observar la escena.

“No”, dijo, “Ni de coña te vas a volver a poner esa cosa.”

“Alicia…”

“No, vas a tomar a Syba”, dijo Alicia al tiempo que entregaba la pequeña gobbore a Iria, “Y MX-A3 os llevará a mi apartamento.”

“Alicia, qué…”

“Yo usaré la Glaive.”

“¡Alicia, no!”, exclamó Iria, “Ya has visto lo que me ha hecho, si no consigues salir de esta situación antes de superar el límite de tiempo… Los resultados serán los mismos en un ser humano…”

“Bueno, entonces es buena cosa que no soy una humana normal, ¿verdad?”

Una expresión de estupefacción seguida de frustración cruzó el rostro de la científica atliana como un relámpago emocional, “Oh… ¡OH! ¡Soy una idiota!”

“Si, los genios soléis serlo. Eres una idiota”, dijo Alicia al tiempo que tomaba la Glaive. Pudo sentir el resonar de la energía en la pieza de metal viviente, como si la estuviese llamando.

“Y yo soy una Aster.” 

jueves, 9 de febrero de 2023

102 DÍA TERCERO (V)

 

“¿¡DÓNDE ESTÁ!?”

El grito furibundo de Ogun-Mori al entrar en el laboratorio con la delicadeza de un animal de granja grande en una cacharrería habría sobresaltado a cualquier individuo, pero el doctor fulgara a cargo del departamento de desarrollo ni se inmutó. Ni siquiera apartó su mirada del monitor que vomitaba resultados de todo tipo que pocos podrían entender.

Ni se dignó a mover la cabeza, siendo la única señal de que su atención estaba en el recién llegado un aroma de ozono impregnando el aire a su alrededor. El resto de técnicos y asistentes, visiblemente más alarmados por la repentina entrada del CEO, se hicieron a un lado cuando esté avanzó hasta el fulgara como un proyectil dirigido, con una mirada de furia en su rostro insectoide.

“¿Dónde está Shin, doctor?”

El doctor se reclinó hacia atrás y suspiró. El fulgara era un ser de energía vistiendo un traje de contención. No precisaba de oxigeno. No precisaba suspirar. Pero lo hizo igualmente para mantener un mínimo las convenciones sociales en su interacción con otros. Y por puro hastío.

“Salvando tus relaciones públicas”, replicó el científico.

“Dejé muy claro…”, comenzó Mori, atragantándose en sus propias palabras, “La decisión de la comisión fue clara. Shin solo intervendrá en misiones contra los garmoga. La situación actual no nos concierne.”

“Puede”, replicó el científico, “Pero al resto de la galaxia le concierne bastante.”

Mori clavó su mirada en el fulgara, “Usted dijo…”

“Que Shin es un prototipo diseñado para ser efectivo contra un enemigo conocido y examinado a fondo. Que no sabemos nada de este nuevo oponente y que sería necio enviar a nuestra inversión más valiosa a algo que podría torcerse de múltiples formas por una cuestión de beneficios a corto plazo”, una risa quejumbrosa resonó a través del traje de contención como una descarga de electricidad estática, “Recuerdo muy bien las palabras que dije en la reunión, señor Mori. Me aprendí bien el guión.”

El fulgara se levantó, incorporándose plenamente sobre el CEO que de repente parecía mucho más pequeño a su lado. El traje de contención recortaba una figura intimidante incluso en el bien iluminado laboratorio.

“Y puede que estuviese de acuerdo con el principio base de no arriesgar mi obra. Eso fue antes de darme cuenta de que mi obra estaba creciendo por sí misma, expresando impulsos y un desarrollo de habilidades más acelerado de lo previsto”, explicó, “Así que cuando decidió marcharse por su cuenta, le di un pase de autorización para ello.”

La ira en el rostro del CEO eldrea había dado paso a una perplejidad incrédula.

“Pero… ¿por qué hubo de hacer algo así?”

“Como he dicho, para salvar a sus relaciones públicas”, dijo el fulgara. Con un gesto de la mano extendió la pantalla del holovisor mostrando distintos documentos, notas de prensa, análisis, graficas, etc. “Han cultivado la imagen de Shin como un nuevo héroe. La única verdadera alternativa a los Riders. ¿Qué cree que hará la galaxia cuando lo vea sentado en el banquillo sin hacer nada mientras los Riders están ahí afuera arriesgando de nuevo sus vidas contra una amenaza desconocida?”

“El departamento de marketing…”, comenzó Ogun-Mori antes de ser interrumpido de nuevo.

“El departamento de marketing está lleno de enanos mentales sin capacidad crítica que besan continuamente el suelo que usted pisa. Nunca le dirían que no a una de sus decisiones, solo intentarían venderla. Sin importar lo contraproducente que resultase.”

Con otro gesto de su mano, el científico fulgara apagó el holovisor, finalmente cruzándose de brazos ante Mori, “Yo, en cambio, no tengo problema alguno en señalar su idiotez.”

“Esto… ¡Esto es inadmisible!”, exclamó Mori, “Exijo que lo traiga de vuelta ¡Active el seguro de control!”

El doctor se inclinó hacia el CEO y susurró una única respuesta, “No.”

Las mandíbulas insectoides similares a las de un saltamontes del eldrea se abrieron y cerraron incrédulas.

“¿Quién se cree que…? ¡Esta desp…!”

“Despídame y no tendrá a nadie capaz de mantener y replicar su producto. Mi obra, mi genio. Toda esta gente”, dijo el científico señalando al resto del personal que observaban la confrontación con interés, “son sólo extensiones extra de mi trabajo. Sin mí no tiene a nadie para replicar el proceso.”

El científico bufó, “Y la verdad, debería haberlo visto venir. Incluso en mi informe de proyecciones apunté a una situación como esta como un posible desarrollo del experimento. No puede crear un héroe y esperar que no haga heroicidades ¿Mmm?”

“Así que es todo por su absurdo sentido del altruismo, ¿no?”

“El de él. Shin es el altruista. Puede que lo hayamos reconstruido hasta el punto de que apenas parece un eldrea y que no conserve recuerdos claros de su vida anterior, pero el individuo que se presentó como voluntario para el proyecto lo hizo bajo el pretexto de que sería un héroe, y esa rasgo de voluntad nunca se ha podido borrar del todo. La mera existencia de esa obsesión altruista fue lo que lo mantuvo vivo y cuerdo en las últimas fases del proceso.”

“¿Y usted?”

“¿Yo? Yo soy un científico. Quiero ver de lo que puede ser capaz mi obra. Me preocupa el riesgo, pero las posibilidades, el potencial… es abrumador.”

“Loco. He contratado a un loco”, musitó Mori llevándose una mano a la cabeza. La excitación de la ira lo había abandonado, dejando a su cuerpo agotado. Uno de los asistentes le acercó una silla sobre la que se dejó caer.

“Al menos dígame dónde está… Necesitamos… Podemos usar esto, quizá un comunicado oficial…”

“No tengo ni idea de donde puede estar ahora mismo”, respondió el doctor, “Shin tomó su vehículo monoplaza supralumínico, pero ha desconectado su transpondedor. No hay manera de localizarle de forma concreta, así que no sabremos si ha acudido a Avarra o a Occtei hasta que llegué a su destino.”

“Espero que haya sido a Occtei”, musitó Ogun-Mori, “Avarra significaría una futura pesadilla burocrática por toda la presencia de la flota del Concilio.”

 

******

 

Alicia Aster disparó de nuevo, casi sin mirar a sus objetivos pero acertando igualmente a pesar del peso del rifle experimental y de estar sosteniendo el arma con una sola mano. Necesitaba la otra para sostener a la pequeña gobbore que se abrazaba a su torso como si fuese un salvavidas.

Los proyectiles acelerados no parecían causar daños serios a los seres cristalinos, pero la acumulación de impactos directos parecía aturdirlos lo suficiente para poder ganar unos segundos.

Alicia había tomado a la pequeña en brazos y echó a correr. Era más rápida que ningún otro ser humano normal en toda la galaxia, pero era consciente de que si lo deseaban esos seres no tendrían problemas en moverse a velocidades muy superiores.

Pero los sentidos de aquellos seres no parecían ser más excepcionales de lo habitual en la mayoría de especies. Si conseguía mantener a aquella pareja aturdida con ráfagas de disparos continuas al área del cráneo y el torso quizá pudiese ganar unos preciosos segundos que la permitirían escabullirse a algún escondrijo o callejón junto con su nueva acompañante.

Vamos, vamos, vamos.

El pensamiento martilleaba en su cabeza al tiempo que doblaba una esquina. Pudo ver un acceso a un callejón. Las dos esquirlas tras ella y la niña aún aquejando los impactos no parecían haberse percatado del cambio de dirección. Alicia entró al callejón y pudo vislumbrar una serie de viejos contenedores para residuos sólidos. Se escondió entre dos, abrazando a la pequeña al tiempo que chequeaba el nivelador de temperatura de su arma. El hueco era estrecho y angosto, pero permitía la suficiente movilidad si debía escabullirse de nuevo, manteniéndose en cuclillas con su espalda apoyada sobre uno de los contenedores. Centró toda su atención en el sonido en el extremo del callejón, intentando percibir los pasos de las esquirlas. Si las seguían, debería alzarse y correr de nuevo.

Pero no pudo oír nada, ningún paso. Solo los sollozos contenidos de la pequeña abrazada a su pecho.

Alicia tragó saliva. Acarició suavemente la cabeza de la pequeña, “Eh, eh… Ssshhhh, tranquila…”, susurró. Un pequeño rostro lupino de pelaje dorado, corto hocico y brillantes y llorosos ojos verdes se alzó para mirarla. Alicia intentó tranquilizar a la niña con una sonrisa, aunque no pareció funcionar.

“¿Cómo te llamas?”, preguntó.

“Syba”, respondió la cachorra gobbore, con un susurro tembloroso.

“Syba”, repitió Alicia, “Es un nombre muy bonito.”

“Significa ‘alma’. Me lo dijo mi mamá…”

“Alma ¿eh? Yo conozco a una persona que se llama así”, respondió Alicia. Su rostro se tornó serio aunque intentó evitar fruncir el ceño o reflejar miedo, “¿Tu mamá…?”

Un eco de angustia cruzó el rostro de la pequeña, que volvió a abrazarse a Alicia entre sollozos. Alicia Aster abrazó con más fuerza a la niña como si intentase escudarla del mundo, intentando tranquilizarla…

Y en ese momento, algo pesado cayó sobre el contenedor metálico a su espalda. Y una voz quebradiza, como uñas sobre pizarra, rompió el silencio.

“No LlOres pEquEÑa, tE reUniRÁs cOn tu maDre eN la GlOriA deL CanTo”, dijo la esquirla que había saltado sobre la estructura de metal y que ahora las observaba desde lo alto. La niña comenzó a gritar al tiempo que Alicia se movió, sintiendo como algo cortaba el aire a milímetros de donde había estado situada unas décimas de segundo antes.

Lo que las salvó de ser ensartadas fue la combinación de la rapidez de reflejos de Alicia Aster y el hecho de que la criatura la había subestimado de forma obvia. La esquirla no había esperado que un ser humano fuese capaz de moverse tan rápido.

Pero la esquirla era más rápida, y solo necesitaría un roce. Alicia sabía esto aún cuando alzó su rifle de nuevo, consciente de que en esta ocasión no tendría tiempo de disparar. La esquirla desapareció en un parpadeo, moviéndose a más velocidad de la que podía seguir el ojo humano, incluso uno potenciado como el de Alicia.

Y apareció a sus espaldas. Alicia pudo sentir el desplazamiento del aire detrás de sí e intentó girarse. Pero era tarde. Cerró los ojos abrazando a la cachorra y pudo oír el ruido afilado de un corte. Pero el dolor temido no llegó.

Solo el ruido seco de algo cayendo en el suelo y unos jadeos nerviosos.

Alicia se giró, abriendo los ojos como platos ante la escena que tenía delante. La esquirla estaba en el suelo, seccionada en dos partes desde el hombro hasta la zona de la ingle. Su cristal negro se había tornado de un gris oscuro y presentaba un aspecto quebradizo. En su rostro humanoide de facciones antinaturalmente simétricas había algo parecido a la sorpresa.

Los jadeos provenían de la figura recién llegada de pie entre ella y la esquirla, cubierta por una armadura de un gris similar al de los garmoga y que intentaba recuperar el aliento al tiempo que retraía una larga y afilada hoja que se extendía desde su antebrazo blindado.

“Joder. La he cortado. No puedo creer que… ¡Ay, dioses!”, musitó.

A pesar de la distorsión de la extraña armadura, Alicia reconoció la voz, “¿Doctora Vargas?”

Iria Vargas, cubierta por la armadura Glaive y primera no-Rider en dar muerte a una esquirla, se volvió hacia la humana y a la niña a la que ésta había intentando escudar, quien observaba a la doctora con un asombro que desplazó al miedo y al trauma por unos instantes de su mente infantil.

“Eh, hola”, dijo Iria, “Menos mal que he llegado a tiempo, sobrina honorífica.”