lunes, 1 de mayo de 2023

110 EL ÚLTIMO DÍA (VI)

 

“¿¡Como en los Cinco Infiernos han llegado antes!?”

El Mariscal Akam notó, de forma casi inconsciente, que su voz se tornaba casi quebradiza al gritar. Se preguntó si cierto nivel de histeria no estaría afectándole por todo lo sucedido en las últimas horas.

En contraste, el primer oficial mantuvo una voz calmada, firme y serena. Un notable ejemplo de profesionalidad.

“Los datos son inconclusos, señor. Dadas las coordenadas del avistamiento, los garmoga no deberían haberse manifestado en Occtei antes que nosotros.”

“La teoría prevalente es que han hecho uso de su capacidad para generar portales en algún momento de su viaje, pero no se han detectado rastros energéticos”, añadió el oficial de comunicaciones, “Aunque también es posible que hayan hecho uso de alguna ruta de navegación poco conocida, no están sujetos a las mismas limitaciones que tendría una nade o una flota.”

“¿Cuál es la situación del resto de la flota? ¿Cuántos han iniciado el traslado desde Avarra a Occtei?”, preguntó Akam, intentando aclarar sus ideas.

“Parte de la flota ya ha llegado al planeta, estaban iniciando un asalto en colaboración con las Fuerzas Auxiliares de los Rider Corps contra la pirámide cuando los garmoga llegaron, pero…”

“¿Pero?”

“Bueno, eso es lo extraño señor… los garmoga parecen estar centrando toda su atención en las esquirlas y en la pirámide.”

Akam luchó contra el impulso de llevarse las manos a la cabeza, dejando que su espalda chocase contra la parte de atrás de su asiento.

¿Qué demonios está ocurriendo realmente ahí abajo?

 

******

 

“En pie Rider Red. Segunda lección.”

Alma no pudo responder, absolutamente en shock ante la presencia de la Rider Green.

La Rider renegada, de la que apenas sabían nada salvo que junto con su Dhar Komai, Teromos, colaboraba junto a los garmoga y parecía tener alguna relación con los cambios recientes en su modus operandi. La Rider renegada que, honestamente, la humilló en combate en Pealea y a la que apenas pudieron hacer frente entre todos los cinco Riders combinados.

Y ahora estaba allí, tras meses sin dar ninguna señal de vida, deteniendo un ataque de Keket dirigido a Alma, salvándola el pellejo.

“¿Qué cojones…?”, fue lo que escapó de los labios de Alma Aster, casi como un susurro.

“Tu”, dijo Keket, saliendo de su propio ensimismamiento ante la repentina presencia de la Rider recién llegada, “Te conozco. Retazos de sombras y memorias rotas en los garmoga que devoré. Ellos están manchados por su esencia, pero tu…”

La lanza de Rider Green estalló en una explosión de color esmeralda que arrojó a Keket varios pasos atrás. El arma transmutó, tornándose en dos hojas gemelas, ligeramente curvas, casi como hoces con las que la Rider renegada se abalanzó contra la Reina Crisol con un movimiento en arco cortante.

Keket respondió con el propio destello dorado de su corona y el aura del mismo color envolviéndola como a un escudo. Su rostro volvió a verse marcado por la sorpresa y alarma cuando su aura protectora se quebró por el golpe de las hojas de la Rider Green. Ésta continuó su ataque al instante, propinando una fuerte patada en el vientre de la Reina Crisol que arrojó a Keket a docenas de metros a distancia, hasta estrellarse contra una montaña de escombros que horas antes había sido un rascacielos.

“Eres una portadora de la luz del Nexo”, dijo Rider Green, aún dirigiéndose a Alma, “Esa es tu segunda lección. Olvida el agotamiento y olvida que tu poder es limitado.”

El cuerpo de la Rider Green comenzó a brillar con un aura de un jade intenso. Ondas y jirones de energía solidificada bailaron a su alrededor.

“El Nexo nunca es limitado. Solo tu falta de voluntad.”

Y se arrojó de nuevo en dirección a donde Keket había comenzado a emerger con un grito de rabia y un enjambre de escombros de metal y roca flotando a su alrededor. Las hoces esmeralda de Rider Green brillaron de nuevo cuando la guerrera renegada juntó sus manos y sus armas se transmutaron esta vez en una espada.

Alma se dio cuenta, con cierta sensación amarga en su garganta, que era exactamente la misma técnica que ella había discurrido hace solo unos minutos cuando transformó su Calibor en unos guanteletes. Un recuerdo atravesó su mente como una puñalada.

Rider Green ya había hecho eso antes. Alma lo había presenciado en su primer enfrentamiento.

La Rider Red miró a sus guanteletes, inmersa en un mar de dudas.

¿Cuánto de esto ha sido idea mía y cuánto ha sido mi subconsciente buscando igualar a la rival que me ha derrotado?

Estaba tan absorta ante dicha revelación que ni siquiera sus agudos sentidos se percataron del grupo de esquirlas que, de forma bastante oportunista, caían hacia ella.

Un centenar de flechas los atravesó en distintos puntos de sus cuerpos, en una fracción de segundo. Al menos tres de las esquirlas estallaron por la fuerza de los impactos.

“¡Alma!”

La figura de Athea Aster, Rider Black, apareció junto a su hermana. Presentaba grietas en el pecho, donde había sido golpeada, de un color grisáceo y brillante, como si una tenue luz blanca estuviese atravesando la negrura nocturna de la armadura. Aparte de ese daño visible, el otro único signo de que Athea no estaba al cien por cien de sus capacidades era el jadeo entrecortado de su respiración al arrodillarse junto a Alma para ayudarla a ponerse en pie.

Notar las manos de su hermana sobre ella pareció sacar a Rider Red de su estado de shock.

“¿Athea?”, susurró.

“¿Se puede saber que te ha pasado? ¿Dónde has dejado tu cabeza?”

“Yo… sí, lo siento, tienes razón”, respondió Alma, recomponiendose.

En la lejanía, una explosión de color verde atrajo la atención de las dos. Keket y la Rider Green estaban rodeadas por sendas auras de energía al tiempo que se alzaban hacia las alturas, intercambiando golpes y acometidas con sus lanzas.

Los ojos de las dos Riders siguieron el combate y pudieron ver como la masa de esquirlas de Keket se encontraba bajo el asalto del enjambre garmoga. La situación parecía extrañamente igualada, con imágenes de pura pesadilla como drones garmoga intentando devorar a una esquirla al tiempo que esta intenta llevar a cabo el proceso de asimilación sobre el ser biomecánico simultáneamente, con grotescos resultados.

“Dioses…”, musitó Athea.

Aún más encima, la pirámide giraba sobre sí misma, lanzando descarga tras descarga de pilares de esquirlas contra la flota y disparos de energía desde su cúspide hacia los garmoga y hacia los Dhars. A Solarys y Sarkha se había unido Teromos, el Dhar Komai de la Rider Green.

“Están confusos”, dijo Alma, “Sobre todo Solarys, recuerda a Teromos como un enemigo, pero…”

“Todo esto… es surrealista”, dijo Athea, “Pero si me preguntas a mí, esa pirámide y las esquirlas son la prioridad ahora mismo.”

“Keket es la prioridad”, añadió Alma, “Pero eso significa tener que ignorar a los garmoga, por el momento. Me revuelve el estómago.”

Athea asintió, “No eres la única, y no descarto que quieran intentar algo si nos pillan con la guardia baja”, dijo, antes de lanzar una mirada significativa a su hermana, “Como estuvo a punto de pasarte hace unos instantes.”

Alma devolvió la mirada de Athea, “No volverá a ocurrir. Estaba…”, la Rider Red miró de nuevo sus manos, cubiertas por los guanteletes de energía de Calibor, “Acabo de tener una epifanía muy desagradable.”

“Pues cuando terminemos con esto nos sentaremos a charlar y si es necesario llamaremos a uno de los terapeutas de los Corps… si aún queda alguno con vida”, dijo Athea mirando las ruinas de la ciudad a su alrededor, “Pero ahora al ajo. Tú ocúpate de esas dos, algo me dice que podrás darles buen entretenimiento”, añadió, señalando a la Rider renegada y a la Reina Crisol aún enzarzadas en combate.

“¿Y tú?”

“¿Yo? Voy a copiar tu truco y hacer control de daños con las esquirlas”, respondió la Rider Black, “Y después veré qué puede hacerse con esa condenada pirámide.”

Alma quiso decir a su hermana que no era su “truco” después de todo, pero no tuvo tiempo porque la Rider Black procedió a iniciar su parte del plan en ese preciso instante. Alma casi se ríe… hace solos unos minutos Athea estaba expresando asombro de que Alma hubiera transmutado su arma pero ahora ella se disponía a hacer lo mismo.

Como si el mero hecho de saber que era posible bastase para que pudiese hacerlo. Como si…

El Nexo nunca es limitado. Solo tu falta de voluntad.

Athea extendió su mano y su arco, Saggitas, comenzó a brillar con un resplandor blanco en su contorno, acentuando la oscuridad de la que parecía estar formado por puro contraste. El arma pareció comenzar a fundirse en una masa informe al tiempo que energía de color oscuro comenzó a rodear el cuerpo de Athea Aster como si fuese una nube de humo.

Alma retrocedió un paso, notando el desplazamiento del aire cuando con un último destello de luz el arma de Rider Black adoptó su  nueva forma.

Sobre los dos hombros de Athea Aster descansaban lo que parecían dos enormes cañones giratorios anclados a una suerte de arnés compuesto por la misma energía oscura que abrazaba el torso de la Rider Black. Del punto en que los cañones y el arnés entraban en contacto emergían una suerte de brazos mecánicos que se acoplaron a los brazos de Athea a modo de exoesqueleto, rematados en dos mandos sujetos por las manos de la Rider Black.

Athea dio un paso al frente y miró hacia arriba. Como siguiendo su instinto, el cañón sobre su hombro izquierdo se inclinó hacia las alturas y la Rider presionó el botón del mando sostenido en la mano de ese mismo lado. En menos de un segundo el cañón comenzó a girar disparando cientos… no, miles… cientos de miles de proyectiles de energía oscura, la misma que sus viejas flechas. Lo hizo con una cadencia tal que ante un ojo humano normal parecería la emisión de un único rayo de energía.

La descarga de poder era antinaturalmente silenciosa. Y cortó de lleno la masa de enemigos que flotaba en lo alto. Docenas de esquirlas reventaron en pedazos al ser impactadas por cientos de fragmentos de oscuridad solidificada en décimas de segundo.

Muchos garmoga cayeron también en el fuego cruzado, sus restos fundiéndose al morir junto a los enemigos a los que estaban combatiendo.

Athea cesó su ataque. El cañón paró de disparar tan rápido como había empezado, siendo el único sonido un chasquido extrañamente metálico al frenar en seco pues no estaba hecho de metal en absoluto.

Un silbido de aprecio escapó de los labios de Alma.

La Rider Black se volvió ligeramente a un lado, mirando a su hermana con una sonrisa debajo del casco.

“Bueno, ha salido mejor de lo que esperaba. Pierdo algo de rapidez de movimiento, pero para lidiar con masas a distancia es sumamente efectivo”, dijo Athea, “Y como puedes ver, si me llevo por delante a algún garmoga pues tampoco pasa nada.”

 

 

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