jueves, 15 de julio de 2021

032 PEQUEÑA CAZADORA

 

Hace tiempo...

Dos figuras paseaban por el patio central del Templo de Elda.

Una era una mujer joven, alta, de tez morena y largos cabellos lisos. Vestía una prenda de una pieza similar a los uniformes de piloto usados en los cazas monoplaza, ajustado al cuerpo e ignífugo. Sus ojos verdes, con un ligero toque de azul, observaban cada detalle del jardín con atención.

A su lado, flotando sobre un soporte metálico bañado por el brillo de las runas que lo iluminaban, un pilar de cristal en cuyo interior parecía flotar o ser proyectado un rostro alienígena de aspecto humanoide. Una sonrisa serena marcaba un rostro que parecía más habituado a la seriedad.

"Tiene talento", dijo Amur-Ra.

"Si."

La plataforma flotante se detuvo y giró hasta dejar situado el rostro de Amur-Ra frente a la mujer. Habría podido moverlo independientemente dentro de su contenedor cristalino, pero el movimiento global de su soporte enfatizó la acción además de llamar la atención de ella.

"¿Has hablado con Eld Stephen-andr?", preguntó.

La mujer cerró los ojos y tomo aire, casi como si estuviera reuniendo fuerzas.

"Dos ejemplares de la segunda remesa son viables. Vamos a esperar unos años antes de comenzar los ritos de enlazamiento, pero... bueno, Stephen cree que el de la primera remesa está listo y dado el patrón genético..."

"Entiendo que estés asustada", dijo Amur-Ra, "Pero mi gente conserva todos los antiguos procedimientos y estaré contigo en todo momento cuando llegue la hora. Y si fracasas, puedo garantizar que no habrá malas consecuencias."

"El Nexo es caprichoso, pero no cruel... eso nos dijiste."

"Es una Fuerza viva. Exige respeto. Pero puede perdonar a los no iniciados. Vuestra gente desde luego va a lanzarse de lleno a lo más hondo del lago, pero contáis con la guía de todo el saber de los eldara. Nuestros ancestros y los de los otros Mayores fueron a ciegas en comparación."

La humanidad... eran un rompecabezas para Amur-Ra. Pese a sus semejanzas, tan extraños. Y lo que habían hecho, para bien o para mal, era algo que estaba dispuesto a presenciar. Signos y presagios habían determinado hace mucho parte del camino a recorrer.

Habían llegado hace unas tres décadas, desde más allá de las fronteras del borde exterior, provenientes de otra galaxia. El viaje había sido tan largo que solo unos pocos de sus miembros de gobierno recordaban las verdaderas causas. Habían transcurrido generaciones enteras en sus Naves Jardín.

El mero hecho de su llegada había sido visto por muchos como poco menos que una proeza milagrosa, y no únicamente por la locura que suponía un viaje intergaláctico independientemente de los motivos.

Por aquel entonces, el Concilio y el resto de la galaxia llevaba ya dos décadas de guerra contra la invasión de los garmoga.

Era mucho aún lo que no se sabía y, pese a que las esperanzas no se habían apagado, el hastío y el peso del trauma y los horrores del conflicto comenzaban a inundar los espíritus de los habitantes de la galaxia. No eran pocos quienes creían que lo ocurrido a los lacianos era cuestión de tiempo que sucediese a todos los demás. Los garmoga parecían cada vez más imparables.

Por ello la humanidad supuso una sorpresa. Era bien sabido que las bestias garmoga tenían control de casi todo el borde exterior de la galaxia en su totalidad. Que una raza hubiese podido cruzar ese cerco sin un encontronazo con dicho enemigo fue visto por muchos como una buena señal.

Otros eran más suspicaces, por supuesto. Pero la humanidad no tardaría en mostrar su valía.

Su primer contacto con los habitantes de la galaxia fue con una flotilla atliana. En cierto modo supuso algo afortunado. Las grandes semejanzas morfológicas entre las dos especies facilitaron la comprensión mutua. Un primer contacto con los eldrea o los narkassa hubiese sido muy distinto. Un primer contacto con los fulgara, dadas sus dificultades para interactuar con entes orgánico-corpóreos, hubiera sido potencialmente desastroso.

Muchos xenobiólogos se hubiesen llevado las manos (o apéndice correspondiente) a sus cabezas ante el hecho de que dos especies de galaxias diferentes fuesen tan semejantes, pero el universo tenía sus misterios y el número de formas de vida con rasgos comunes en la galaxia era ya considerablemente alto de por sí.

La diplomacia llevó a cabo sus labores con gran eficiencia y velocidad, y la humanidad no tardó en estar integrada en el marco galáctico. No tenían aún un mundo propio, pero tras las pruebas y ensayos pertinentes pudieron moverse libremente por cualquier mundo afiliado. Sus contribuciones a la guerra también ganaron una considerable buena voluntad por parte de las demás especies.

La humanidad alimentó los fuegos de la esperanza. Los garmoga, que habían mostrado gran resistencia a la mayoría del armamento energizado usado por las tropas del Concilio parecían caer con facilidad ante las armas de proyectiles sólidos acelerados de los humanos.

Durante veinte años tras su llegada, la humanidad reavivó el espíritu de lucha de la galaxia. Se salvaron mundos, y se hicieron avances en territorio que había sido tomado por las bestias.

Entonces los garmoga se adaptaron. Los primeros centuriones garmoga y, aún más grave, las quimeras comenzaron a ser comunes en sus incursiones. Las viejas estrategias no funcionaron, y las nuevas traídas por los humanos iban camino de terminar de forma similar, reducidas a medidas de contención temporal de un avance enemigo inexorable.

Fue en ese punto cuando la humanidad propuso una idea.

Un aspecto curioso de los humanos es que desconocían la magia, al menos fuera de un contexto de ficción. De algún modo, su galaxia de origen parecía carecer de un equivalente real al Nexo de Poder, aunque no tuvieron dificultad alguna en comprender y asimilar el concepto. Fue Amur-Ra, como embajador de los eldara, quien introdujo y educó a la humanidad guiándolos en sus primeros contactos con el Nexo, la magia y el pasado de la galaxia ligado al mismo.

De dicho pasado, ya desaparecido hace milenios, los humanos recuperaron una vieja idea que no se había puesto en práctica desde la Era en que los Cinco Mayores aún eran las especies dominantes de la galaxia.

Guerreros. Guerreros modificados o cultivados, criados para ser ligados al Nexo y su poder de una forma en la que ningún otro ser vivo lo estaba.

Amur-Ra, sabedor de las dificultades y peligros que conllevaba tal empresa, se dispuso a ofrecer su ayuda, y terminó siendo una pieza clave en el proyecto del que ahora formaba parte la joven mujer con quien se encontraba paseando en el Templo de Elda.

Un ruido leve en los arbustos a su izquierda llamó su atención, sacándolo de sus pensamientos. Ambos lo oyeron, pero fingieron ignorar el sonido. Amur-Ra sonrió de nuevo y esta vez la mujer devolvió la sonrisa.

"Este lugar ya era antiguo cuando mi gente era joven", dijo Amur-Ra retomando la conversación, "Los primeros eldara lo construyeron en los Días Luminosos, pero estuvo abandonado por un tiempo durante una guerra y hay... historias."

"¿Oh? ¿Qué clase de historias?"

Sin dejar de hablar, el eldara movió su plataforma flotante pasando frente a la mujer y rodeando el arbusto, "Bueno, se hablaba de criaturas peligrosas. Pequeños monstruitos que se ocultaban en los arbustos del patio para emboscar a viajeros incautos, y mucho me temo, amiga mía..."

El cristal de Amur-Ra comenzó a brillar con un destello azul, el aura que señalaba el uso de su telequinesis.

"... que una de esas criaturas se encuentra... ¡AQUÍ MISMO!"

El aura azul se intensificó. El arbusto se abrió de par en par como separado por manos invisibles y una pequeña figura humana envuelta en el aura telequinética de Amur-Ra fue alzada en el aire con un chillido de sorpresa mezclado con risas.

Era una niña, de unos cuatro años. Sus rasgos muy similares a los de la mujer. La misma piel oscura, cabellos negros lisos, y los mismos ojos verdes con un toque azulado.

"¡Ya sabías que estaba ahí, tío Amur!"

"Como le dije a tu madre, tienes talento pequeña cazadora", replicó el eldara al tiempo que depositaba a la niña con delicadeza junto a su madre en quién centró su atención en ese momento, "Pero creo que tu Alma aún necesita algo más de práctica, Aster Raseya-aika."

Raseya Aster frotó los cabellos de su hija de forma afectuosa, pero también limpiando restos de hojarasca "Con suerte, tendrá tiempo de sobra para ello."

"Tío Amur, ¿es verdad que mamá está criando dragones?"

"¿Dragones? Me temo que no entiendo, pequeña Aster Alma-kor."

"Es como llama ella a los... bueno, ya sabes", dijo Raseya, "La verdad es que es un apodo que usa mucha gente en el proyecto. Los dragones son seres de nuestra mitología y los sujetos de cría presentan muchas semejanzas morfológicas con ellos."

"Ah, ya veo", dijo Amur antes de dirigir su atención de nuevo a la pequeña, "Podríamos decir que si, Aster Alma-kor, tu madre está criando dragones. Y quién sabe, quizá un día tú puedas ser la jinete de uno."

Los ojos de la niña se abrieron como platos antes de bombardear verbalmente a su madre con preguntas ("¿de verdad? ¿cuándo? ¿puedo llamarlo Mordisco?"). Raseya intentó responder como buenamente pudo a su hija, y si en su sonrisa al hacerlo había una cierta marca de tristeza y temor por el futuro de su pequeña, ni ella ni Amur-Ra dijeron nada.

 

******

 

Siglo y medio más tarde, en el mismo lugar, dos figuras paseaban de nuevo por el mismo jardín.

Una de ellas era exactamente la misma, el viejo embajador de los eldara. Su soporte y su pilar cristalino habían cambiado, pero el mismo rostro flotante en su interior era reconocible.

La otra figura había sido una niña hace ciento sesenta y nueve años. Ahora, Alma Aster era una adulta de aspecto joven pese a contar con ciento setenta y tres años de edad. Uno de los muchos efectos derivados de su conversión en Rider.

"Hacía tiempo que no nos veíamos", dijo Alma.

"Tenía asuntos pendientes con la Alianza y los míos. Y los seis años de relativa paz que nos dieron los garmoga parecieron un buen momento", replicó Amur-Ra.

"Seis años de armisticio. Es obvio que han estado reagrupándose y aprendiendo cosas nuevas."

"Ziras Arthur-andr no es tan amigable conmigo como lo era Eld Stephen-andr, y mi relación profesional con el proyecto puede haberse visto reducida, pero sigue manteniéndome al día. He leído vuestros informes. Los garmoga haciendo uso posible de magia... era una mera cuestión de tiempo."

Alma se detuvo frente a un arbusto vagamente familiar. Estaba viejo, algo seco. Pero aún crecían flores carmesí en él.

"¿Algún consejo?", preguntó.

Amur-Ra miró a la Rider Red. Donde otros verían a la mayor guerrera de la galaxia, él seguía viendo a la pequeña criatura que correteaba entre él y su madre.

"Menos de lo que me gustaría darte", respondió con sincero pesar, "Sabes que mi gente sigue un camino marcado por signos y presagios. La toma de decisiones es tuya y solo tuya, pero hay cosas que ocurrirán de una forma u otra a su debido tiempo."

"Críptico como siempre, tío Amur", reprochó Alma.

"Tus hermanas, tus hermanos y tú estáis en medio de una madeja de mentiras y medias verdades. Enemigos ocultos y aliados inesperados. Ojalá pudiese decirte más y con más claridad, pequeña cazadora, pero comprometería tu propia capacidad de optar por tu propio camino."

"Si algo he aprendido todos estos años... es a no dudar de ti, Amur", dijo Alma "Pero a veces eres un dolor de cabeza andante."

"Técnicamente podría decirse que soy una cabeza andante y nada más", observó el eldara con una sonrisa triste.

Alma sacudió la cabeza conteniendo la curva de sus labios, "Aún con todo, agradecería algunas palabras sobre..."

Un pitido intermitente y agudo la interrumpió.

Un pequeño dispositivo en el cinturón del uniforme termal rojo de Alma parpadeaba con luz blanca al tiempo que emitía su llamada. De estar en la capital, Alma habría podido oír la alarma del cuartel de los Corps resonando por toda la ciudad.

En alguna parte de la galaxia había comenzado otra incursión garmoga.

"Debo marcharme, tío Amur", musitó Alma.

Si Amur-Ra hubiese tenido manos, en ese momento habría tomado las de la humana que tenía frente a sí, a la que consideraba casi una hija y tan importante como cualquiera de sus hermanos de sangre y espíritu.

"Persevera, Aster Alma-kor", dijo, "Ante todo lo que está por venir. Ese es mi consejo."

Alma asintió sin decir más, y salió del templo a la carrera al tiempo que un destello rojo iluminaba su cuerpo, envolviéndola en su armadura. El rugido de Solarys quebró el aire al descender para recoger a su Rider en el exterior del antiguo edificio.

Desde el patio ajardinado del Templo de Elda, Amur-Ra los vio ascender a los cielos como una fulgurante estrella fugaz roja.

Las respuestas aún tardarán en llegar pues la oscuridad es antigua, pero hoy se cruzarán líneas sin retorno, pensó el viejo eldara, Persevera, pequeña cazadora.

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