domingo, 18 de junio de 2023

115 EL ÚLTIMO DÍA XI

 

Am Kek cesó de existir, y Keket sintió su angustia a través del Canto. Su pirámide, el contenedor de todas y cada una de sus esquirlas en un único ente murió y sólo dejó tras de sí el Silencio.

La Reina gritó.

Salvar a Am Kek era ya imposible. De forma instintiva, su cuerpo potenciado por su restaurada corona intentó redirigir toda la energía de la singularidad en sí misma. El aura dorada envolvió un cuerpo en el que ahora residía una mente quebrada. De un modo u otro Keket también había desaparecido dejando atrás a una criatura desesperada y sola. La autoproclamada diosa había caído presa de su propia ceguera, no supo ver un peligro real creyendo que sus actuales enemigos seguirían los mismos patrones del pasado.

Pero era obvio que los Riders jugaban con otro set de reglas, sobre todo si no tenían miramientos en hacer uso de aliados como la maquina responsable de la implosión generada por la reacción taumatúrgica de su dispositivo nuclear y las energías primordiales del constructo piramidal fusionado con sus retoños.

Keket siguió gritando, aún cuando todo el cuerpo de Am Kek se disolvió en torno a ella, aún cuando la energía generada por la reacción que poseía su cuerpo comenzó a calentar el aire a su alrededor de tal forma que pronto se vio envuelta por una burbuja de plasma.

Su cuerpo, otrora de cristal negro se había convertido en una marea de colores dorados, naranjas y rojizos cambiantes. Cientos de diferentes tipos de radiación nacían y morían en su interior, nuevos elementos eran creados y destruidos en cuestión de segundos en el mismo corazón de Keket.

Un resquicio de su consciencia tomó nota de ello. Un rastro de personalidad intentando restablecer algo de control. Intentando sobrevivir.

El aire pareció plegarse en torno a ella al tiempo que sus gritos cesaron. Partículas y fragmentos aún en estado de semi-solidez de los restos del cuerpo de Am Kek comenzaron a caer al suelo mientras Keket se mantuvo a flote, brillando como una estrella recién nacida.

Su cuerpo se había asentado en una extraña fosforescencia azul y plateada que la hacía asemejarse a sus Crisoles, los pobladores naturales de su mundo de origen masacrados por los garmoga. Su corona dorada había ennegrecido hasta asemejarse al antiguo cristal de su cuerpo y había crecido fundiéndose a su cabeza como si fuesen tres afilados cuerpos asomando desde su frente y desde sus sienes. Sus ojos brillaban con una luz blanquecina, lechosa, como cubiertos por una capa de niebla. Sus manos eran la otra única parte que conservaba la antigua negrura acristalada de su cuerpo original, pero lucían agrietadas y con sus dedos convertidos en afiladas cuchillas. A decir verdad, todo su cuerpo estaba en un estado constante de reconfiguración, con minúsculas grietas abriéndose y cerrándose continuamente, exhalando pequeños restos de fosforescente radiación y energía apenas contenida.

Era también tres veces más grande que su estatura normal. Nada al lado del titán montañoso de kilómetros de envergadura que había sido Am Kek, pero una figura humanoide de unos seis metros de altura seguía siendo algo poco común en la galaxia.

¿Y los Riders y sus aliados? Hasta aquel preciso momento solo pudieron mirar...

“Las lecturas de energía son… esto es imposible. Quizá si sea una diosa después de todo”, dijo Max. La voz mecánica de la unidad Janperson tembló al hablar, como conteniendo genuino nerviosismo ante lo que sus sensores estaban presenciando.

“¿Qué es lo que estamos viendo exactamente?”, preguntó Alma Aster. La Rider Red había emergido de la cápsula de su silla-módulo y se encontraba de pie sobre la cabeza de Solarys.

“La implosión, la singularidad… la ha absorbido y contenido dentro de su cuerpo. Pero no es una contención perfecta… Veo dos posibles escenarios en nuestro futuro.”

“¿Los cuales vendrían a ser?”, preguntó Armyos. Al igual que su hermana, su silla-módulo estaba abierta, pero permanecía sentado en su interior, sobre el lomo de su Dhar Komai, Volvaugr.

“La primera posibilidad es una estabilización plena. Keket consigue asimilar toda esa vorágine de energía mágica y radiación cósmica dentro de sí, consiguiendo un poder ilimitado”, comenzó Max.

“No me jodas, eso no es bueno”, interrumpió Avra, “¡Al final lanzarle el pepino atómico va a jorobarnos más de lo que estábamos!”

“Avra…”, intentó intervenir Athea, pero Max continuó hablando como si la Rider Blue nunca la hubiese interrumpido.

“Por fortuna para nosotros las posibilidades de eso son infinitesimales”, dijo Max.

“Ah, menos mal”, suspiró Avra.

“Es más probable que pierda totalmente el control, causando una desestabilización de la singularidad y un efecto cascada que derivaría en una nueva implosión consumiendo un setenta y cinco por ciento de la masa del planeta.”

“¡ESO ES PEOR, ME CAGO EN TUS MUERTOS!”

“¡AVRA!”

“MX-A3… lo siento, Max… ¿Alguna sugerencia?”, preguntó Antos.

“¿Aparte de una evacuación planetaria total?”

“Si, aparte de eso”, insistió el Rider Purple. Todo el hemisferio en el que estaban había seguido un proceso de evacuación, pero la mayoría de la población seguía en la otra cara del planeta a la espera de una resolución. El proceso de evacuación planetaria podría proseguir sin problemas, pero era imposible determinar si tendrían tiempo para salvaguardar a todo el mundo.

“Mmm, la contención es inadmisible, así que solo podríamos…”

“En caso de duda, arrojadla al espacio”, intervino Rider Green.

Todos se volvieron a mirar a la Rider renegada, que había seguido el ejemplo de Alma y se encontraba sentada sobre la cabeza de su Dhar Komai, Teromos. La Rider Green se limitó a encogerse de hombros ante el escudriñamiento de los demás.

“¿Qué? Solo digo que ahí afuera una implosión no causará el mismo daño material si solo tiene para absorber el vacío y restos de energía oscura. Si queréis estar seguros del todo movedla al espacio fuera del sistema solar…”

“Eso… eso podría funcionar´. Teóricamente”, dijo Antos, “El problema es cómo hacerlo… puede que un simple contacto físico con Keket pueda ser un detonante que la desestabilice.”

“Así que golpearla o intentar noquearla no sería buena idea”, dijo Avra.

“No podemos saberlo seguro”, dijo Antos, “Quizá si…”

“Pues alguien debería decírselo a Shin”, continuó Avra.

“¿Qué?”

Efectivamente, el supersoldado eldrea había hecho acto de presencia de nuevo en el campo de batalla, atravesando el aire en posición horizontal con su pierna extendida dispuesto a propinar una patada directa al cráneo de Keket. Fue cuestión de segundos. Aunque los Riders y sus Dhars reaccionaron al instante, la distancia era tal que no pudieron impedir el primer golpe. El pie de Shin golpeó de lleno a Keket.

La Reina Crisol acusó el golpe, su cabeza y cuello sacudidos por un latigazo al tiempo que el aire y plasma recalentado alrededor de ella se desplazaron con la fuerza del impacto. Pero aparte de eso, Keket no pareció sufrir ningún daño aparente ni se movió un centímetro de su posición. Es más, la Reina Crisol pareció actuar casi como si no hubiese sentido a Shin, ignorando al guerrero eldrea quien ahora caía libremente de nuevo hacia la carbonizada superficie  bajo ellos dispuesto a saltar de nuevo hacia su enemiga.

Cosa que habría hecho de no ser interceptado por Avra Aster.

Durante su vuelo, la Rider Blue hizo que su serpentino Dhar Komai, Tempestas, comenzase a girar sobre sí mismo. En el momento oportuno y aprovechando la energía generada por la fuerza centrífuga, Avra abrió la capsula de su silla-módulo y se desprendió de su Dhar al frenar éste en seco lanzando a la Rider como un misil humanoide bañado por un resplandor azul que embistió de forma directa contra Shin en un brutal placaje que los arrojó a ambos al suelo.

“¡SHIN!”

“¿Avra Aster? ¿Qué…?” intentó preguntar el guerrero eldrea, desorientado y confuso por lo que parecía un asalto por parte de alguien a quien consideraba una aliada.

“¡No podemos golpearla! ¡Los cerebritos dicen que podría salirse todo de madre si la atacamos de forma directa!”

Sobre ellos, el resto de Dhars y la unidad Janperson rodearon a Keket, volando en torno suyo y manteniendo una distancia prudencial.

“¡Max!”, exclamó Alma, “¿Qué dicen tus sensores?”

“No parece haber ningún cambio significativo”, explicó la unidad Janperson, “El golpe de Shin no ha debido causar ningún desequilibrio serio. Aunque las lecturas de energía vuelven a salirse de las escalas…”

“La temperatura en torno a ella sigue creciendo”, dijo Athea, “Puede que no se haya producido ninguna desestabilización de toda la energía que contiene, pero la está manipulando de algún modo.”

“¿Estás segura?”, preguntó Armyos, “No parece estar consciente. Recibió esa patada directa a la cabeza y ni se ha inmutado.”

“Estar consciente y estar activo son dos cosas distintas”, dijo Antos, “Creo que está en alguna especie de trance, está concentrada, como si…”

SI”, dijo Keket.

La voz de la Reina Crisol resonó como proyectada por mil gargantas, con una intensidad tal que los Dhars acusaron el impacto sónico.

ASESINOS”, dijo, “OS HE ESCUCHADO. OS AGRADEZCO EL MOSTRARME EL CAMINO.

“¿De qué demonios está hablando?”, susurró Avra, observando la escena desde el suelo con Shin a su lado.

La Reina Crisol comenzó a moverse. Cada movimiento era lento y calculado, acompañado por un sonido similar al de cristales haciéndose añicos o huesos quebrándose. Nuevas grietas exudando energía se formaron a lo largo y ancho de su torso y cuello al girar sobre sí misma para seguir con su vista a sus enemigos. La forma en que sus ojos se entrecerraron denotaba tanto ira como dolor. No había forma alguna de asegurarlo, pero Alma tuvo la impresión de que en aquel estado el más mínimo movimiento era una agonía para Keket.

SOLO ME QUEDA LA VENGANZA. RECONSTRUIR MI IMPERIO, RECREAR A MIS RETOÑOS… TODO ESO SE HA PERDIDO. PERO SI NO PUEDO HACER ARDER TODA LA GALAXIA, AL MENOS ME ASEGURARÉ DE QUE SEA VUESTRO MUNDO QUIEN PAGUE.

Los sensores de Max se volvieron locos. El vuelo de la unidad Janperson se volvió errático.

“¡Tenemos que moverla! ¡Toda su energía interna…!”

No hablo más. Un pulso electromagnético emergió de Keket como una burbuja en expansión. Los Dhars y sus Riders sintieron una leve desorientación, pero Max quedó noqueado a efectos prácticos. La unidad Janperson habría caído a plomo contra el suelo de no haber sido recogida por Adavante, el Dhar Komai de Antos.

GRACIAS RIDERS”, continuó Keket, “SI SOBREVIVÍS, SABED QUE MI OSCURIDAD ERA UN VACÍO DE PAZ. LA QUE ÉL TRAERÁ SERÁ UNA NOCHE ETERNA OCULTANDO LAS FAUCES QUE OS DEVORARÁN.

“¿De qué está hablando…?”, musitó Armyos.

Por su parte, Athea pudo ver como la Rider Green se tensaba por un minúsculo momento al oír las palabras de Keket.

Pero no hubo tiempo para más palabras o cuestiones. Keket extendió sus brazos y todos se prepararon para un inminente ataque. Los dedos convertidos en garras de la Reina Crisol brillaron a la luz del sol naciente en el pecho de ella.

Y fue ahí donde las dirigió, al dirigir sus propias manos hacia su torso, atravesándose a sí misma con sus garras y emitiendo su garganta un gemido de dolor, que de forma retorcida sonó casi placentero. Las grietas se multiplicaron sobre el cuerpo de Keket y emisiones de energía en forma de haces de luz multicolor comenzaron a emerger de su cuerpo al tiempo que un remolino parecía formarse en su vientre, distorsionando su torso y el aire en torno a él…

La singularidad en su interior había arrancado de nuevo y la implosión que consumiría tres cuartas partes del planeta era inminente.

El rostro de Keket estaba paralizado en una sonrisa. Era imposible para los demás saberlo, pero a efectos prácticos la Reina Crisol ya estaba muerta. Ajena a todo lo que la rodeaba. Por ello, no notó ni hizo ningún movimiento por zafarse de las enormes zarpas draconianas de escamas rojas envueltas en un aura carmesí que agarraron su cuerpo como si fuese una muñeca de trapo.

Y así, Alma Aster, Rider Red, y su Dhar Komai Solarys, volaron hacia las alturas más allá de la atmósfera, al vacío del espacio. Arrastrando consigo el cadáver de la otrora Reina de la Corona de Cristal Roto.

 

viernes, 9 de junio de 2023

114 EL ÚLTIMO DÍA (X)

 

Alicia encontró a Shin a un kilómetro y medio del centro del conflicto, incrustado en un enorme pilar de cemento, último resto en pie de los cimientos de una de las megatorres de la ciudad.

El supersoldado eldrea parecía haber quedado inconsciente por el impacto. Una tenue aura verde cubría su cuerpo y os daños superficiales en su exoesqueleto parecían estar regenerándose con cierta lentitud.

Alicia Aster saltó hasta su posición y, haciendo uso de las cuchillas de la bio-armadura Glaive, consiguió separar al guerrero de su prisión con suma delicadeza, procurando evitar causar más heridas al tiempo que lo tomaba en brazos y se dejaba caer al suelo. La bio-armadura amortiguó el impacto.

Alicia depositó a Shin en el suelo, tras constatar que no quedasen esquirlas rezagadas ni que hubiese ningún otro riesgo en el entorno. Se percató de que estaba en algún punto de lo que debió ser el sector sur de la megalópolis. Al mirar en esa dirección podía ver la periferia aún intacta. El bloque de apartamentos donde se encontraba su casa, a estas horas llena de refugiados seguía allí, en pie, invisible a todo mal.

Quizá debería llevarle allí para que se recuperé, pensó, Y bien saben los espíritus que yo también necesito un descanso…

Un sonido agudo cortó en seco el hilo de sus pensamientos. Sus ojos se posaron en una figura voladora que parecía provenir desde la periferia. Alicia reconoció al instante a Max, la unidad Janperson MX-A3 que había venido con la doctora Iria Vargas. El androide de combate volaba en dirección al centro del conflicto. En la lejanía, la gigantesca figura de Am Kek fusionada con la pirámide era aún monstruosamente enorme pese a la pérdida de masa sufrida. Los destellos de los constantes ataques de los Dhars y los Riders llenaban el cielo de coloridos resplandores, pero apenas parecían surtir efecto en aquella abominación.

Cerca, explosiones verdes, rojas y doradas marcaban las posiciones en las que su tía Alma, la Rider Green renegada y Keket estaban enzarzadas en su propio combate.

Alicia sabía que su madre, sus tías y sus tíos tenían poder de sobra para terminar con aquel ser. El problema era lidiar con aquel ser y garantizar que Occtei pudiese seguir siendo un planeta habitable tras hacerlo. Ya habían perdido la capital planetaria, el único motivo por el que el hemisferio no había sido tomado por las esquirlas fue por la llegada de Alma y Athea Aster. Todo el conflicto se había centrado en aquel punto singular del planeta para fortuna de los habitantes del resto de las otras capitales continentales.

Con todo aquello dando vueltas a su cabeza y su mirada posada sobre el androide, Alicia no pudo evitar preguntarse que se proponía la IA. Dudaba mucho que hubiese dejado sola a Iria y al resto de refugiados. Debía tener alguna razón de…

Y entonces un recuerdo, un dato trivial conocido por charlas con su familia al hablar de cosas que quizá no deberían con un civil, pasó por su mente con la delicadeza de una bola de demolición.

La unidad MX-A3 era la única Janperson con armamento nuclear incorporado.

Los ojos de Alicia Aster se abrieron como platos.

“Oh, joder… ¡Joder!”, gritó.

 

******

 

Las carcajadas de Keket resonaron sobre el campo de batalla ante la imagen de su pirámide fusionándose con Am Kek. Se hicieron más agudas cuando la criatura comenzó a resistir con más aguante los ataques de los Dhar Komai. Era tal su histérica euforia que podría ponerse en duda si llegó a notar las ocasiones en las que Rider Red y Rider Green consiguieron golpearla de forma directa.

La Reina Oscura no acusó los golpes. Se limitó a seguir riendo.

Alma estaba empezando a hartarse cuando un chasquido de estática marcó el inicio de una señal de radio a través del sistema de comunicaciones implementado en los cascos de los Riders.

“Riders, soy Max. A mi señal necesito que despejéis la zona con prontitud”, dijo una voz con cierta resonancia metálica.

“Er… ¿Quién es Max?”, preguntó Avra.

“Unidad Janperson MX-A3. Max es mi nueva designación, sugerida por Alicia Aster en el evento de mi revelación como Inteligencia Artificial sapiente.”

“…vaaaaale”, repitió Avra.

“Espera, ¿cómo ha tomado consciencia de…?”, comenzó Antos antes de ser interrumpido por Armyos.

“¿Qué más da? Los sentidos de Volvaugr la están detectando, y si es de verdad la MX-A3…”, dijo Armyos.

“Todos mis sistemas están activos”, reitero el androide.

“Eso significa que vamos a jugarlo todo a una”, respondió Athea, “¿Riesgos?”

“El riesgo residual será mínimo comparado con el de los armamentos más antiguos dada la naturaleza altamente biodegradable del isótopo, pero la descarga de energía requerirá cierta distancia de seguridad.”

“Haced lo que dice, despejad la zona”, intervino Alma, “Nosotras mantendremos ocupada a Keket para que no interfiera.”

Los Dhar Komai trazaron un último círculo en torno al gargantuesco Am Kek antes de comenzar a alejarse. Tempestas, el Dhar de Avra, dio una vuelta sobre si mismo y lanzó una descarga de energía azul como un relámpago gigantesco contra el hombro del ser. Am Kek trastabilló hacia atrás, causando un nuevo seísmo localizado. Su torso se inclinó levemente, dejando a la vista la apertura circular emitiendo un resplandor rojo en su pecho.

Que atento había sido al dejar una diana tan clara. Eso es lo que Max habría pensado si no fuese porque todo el poder computacional de su mente electrónica estaba centrado en el lanzamiento del dispositivo nuclear anclado a su espalda y en optimizar la ruta directa que habría de seguir.

Lo concretó todo en milésimas de segundo y, tras pararse en seco en el aire al tiempo que se inclinaba hacia adelante, el misil salió disparado continuando su camino. Pese a su pequeño tamaño, no era menos potente que la mayoría de bombas nucleares de las antiguas guerras, el fruto del avance tecnológica optimizando sus herramientas más terribles.

Pese a no ser tan dañinas para los ecosistemas como sus primeras predecesoras, las armas nucleares seguían siendo un tema espinoso, un último recurso. Las atómicas reaccionaban de forma extrema con las energías taumatúrgicas del Nexo que impregnaban la galaxia y eran comunes los casos en que ello había derivado en singularidades o aperturas dimensionales extrañas.

Entre los humanos existía un viejo dicho de que la ciencia, al avanzar a cierto nivel, era indistinguible de la magia. Muchos tecnomagos, hechiceros y sabios de la galaxia asentirían ante dicha afirmación, considerándola poco menos que una verdad universal. La fisión del átomo, la ruptura de uno de los tejidos de la realidad para obtener una reacción de energía destructiva, era un acto primario. A nivel mágico, era algo que requeriría un poder absurdo para llevarse a cabo por medios tradicionales. La ciencia simplemente se había saltado los pasos intermedios: una compresión atómica seguida de una inyección de neutrones no necesitaba de rituales.

Por eso, por muy poderoso que fueses en el poder del Nexo, nunca deberías subestimar un poder que era el equivalente de reescribir un fragmento de la realidad a base de bofetadas.

El misil penetró en el hueco del pecho de Am Kek. Sensiblemente menos blindado que su acristalada, casi rocosa superficie, el artilugio continuó adelante a pesar de las energías que lo rodeaban y amenazaban con consumirlo. Siguió hasta impactar de nuevo contra superficie sólida.

Y allí, en el interior del gigante y cerca de un corazón inexistente, detonó.

La fisión atómica y la energía emitida reaccionaron con el poder que sustentaba a Am Kek. El gigante se quedó muy quieto un instante… antes de comenzar a hincharse, como una enorme bola de cristal fundido. Un resplandor rojizo desde su interior comenzó a dejarse ver a través de la oscuridad del ser.

Keket comenzó a gritar, llevándose las manos al vientre y arañando como si estuviese intentando arrancar pedazos de sí misma.

“¡Monstruos! ¡Monstruos!”, exclamó. Su corona brilló con un resplandor dorado y la Reina Crisol se lanzó  directa hacia su criatura, dejando atrás a las dos Riders con las que había estado combatiendo hasta ese momento.

“¿Qué va a…?”, comenzó a preguntar Alma, aún unida a Solarys por la armadura luminiscente que habían conjurado.

“No nos importa”, replicó la Rider Green, subida a lomos de su Dhar Komai, Teromos, “Alejémonos, porque eso”, dijo, señalando a la burbuja incandescente del tamaño de una pequeña montaña, “puede terminar de dos maneras, y ninguna es buena si estamos cerca.”

Desde la lejanía, el resto de Riders y Max observaban los resultados del ataque.

“¿Funcionará?”, preguntó Athea.

“Las lecturas de energía de la esquirla fusionada con la pirámide de Keket son poco concluyentes”, dijo el androide, “Calculo que existe un 90.9975% de probabilidades de reacción taumatúrgica que deriva en…”

Am Kek brilló con un destello carmesí y la burbuja que había formado se deshinchó a tal velocidad que el aire alrededor llenó el espacio libre formado de forma huracanada y emitiendo un sonido como el del trueno. La criatura comenzó a encogerse sobre sí misma, como si un vacío la estuviese consumiendo desde dentro.

“…implosión”, terminó Max, “Una singularidad de corta existencia mientras se mantenga la fisión y consuma al contenedor.”

“Uh… ¿Seguro que terminará ahí y no la hemos jodido?”, preguntó Avra, inusualmente aprensiva.

“No”, replicó la unidad Janperson. Hubo una pausa de unos segundos antes de que añadiese, “Espero.”

“Ah, genial, cojonudo, de p…”

“Tranquila Avra”, dijo una nueva voz. Alma Aster y la Rider Green se habían acercado a su posición.

El resto de Riders se pusieron en guardia ante la presencia cercana de la renegada. Reverberaciones y gruñidos en tono bajo pero constante surgieron de las gargantas de todos los Dhars. En respuesta, Teromos, el Dhar Komai de la Rider Green se limitó a bufar, como si la situación fuese un divertimento para él.

Su jinete no dijo nada, pero Alma estaba casi segura de que la Rider Green debía estar sonriendo bajo su casco.

Sí, eso no le sentaba bien.

“Para haber llamado hermanos a los garmoga no pareces muy dolida de que ese enjambre que ha venido contigo haya sido aniquilado también”, dijo Alma.

Aunque lo disimuló en una fracción de segundo, Alma pudo percibir un rastro de tensión en la Rider Green y su Dhar. Antes de que ésta pudiese dar alguna respuesta, un sonido desgarrador atravesó el aire.

Keket estaba gritando.

“¿Pero qué…?”, comenzó Antos antes de tener que cerrar los ojos. Todos tuvieron la misma reacción, con sus Dhars dándose la vuelta violentamente en el aire cuando un enorme resplandor dorado envolvió al Am Kek a medio consumir.

El grito de Keket se intensificó. Ya casi ni siquiera podría describirse como un grito. Era un bramido, un rugir preternatural.

“Dioses”, musitó Armyos, intentando echar un vistazo, “Está… ¿Está absorbiendo la energía de la fisión?”

“No”, respondió Max. En la voz de la unidad Janperson los demás pudieron reconocer un matiz de nerviosismo y miedo.

“Está absorbiendo la singularidad.”