miércoles, 31 de mayo de 2023

113 EL ÚLTIMO DÍA (IX)

 

No había demasiado tiempo para palabras, saludos o preguntas. No cuando una diosa más antigua que la civilización galáctica actual estaba intentando destrozarte a golpes y zarpazos.

En los preciosos segundos de paz que proporcionó la entrada en escena de los Riders restantes, Alma les transmitió mentalmente a través de sus lazos psíquicos con los Dhars todos los eventos relevantes de habían sucedido en las últimas horas, al menos desde su perspectiva. En tierra, con Alicia a su lado y un recuperado Sarkha, Athea hizo lo mismo, rellenando los huecos.

Huelga decir que un detalle en concreto fue especialmente chocante para los recién llegados Avra, Antos y Armyos.

“¿¡Que los garmoga qué?!”

La exclamación de Avra resonó simultáneamente en los lazos psíquicos y los canales de comunicación física entre los Riders, causando un incómodo efecto de eco.

“¡Ouch! Ese volumen, hermanita…”, dijo Antos.

“Podríamos pasar horas especulando sobre sus motivaciones, pero la Rider Green parece haberlos azuzado contra las esquirlas primero y contra ese gigante después”, explicó Armyos, “¿Cómo procedemos, Athea?”

Con Alma centrada en combatir de forma directa a Keket el mando había recaído sobre Athea, siendo la segunda mayor de la familia. Sobre la superficie, la Rider Black se encontraba subiendo de nuevo al lomo de su Dhar Komai, ayudando a la criatura a redirigir energía para regenerar la silla-módulo.

“Alma y la Rider Green se harán cargo de Keket. Nuestra prioridad es el gigante. Es a todos los efectos prácticos una esquirla y su objetivo es una asimilación directa del planeta accediendo al núcleo.”

“Cojonudo, así que centramos todo el fuego pesado en ese bicho del tamaño de una montaña”, dijo Avra. Casi podía oírse la anticipación en su voz.

“El problema real es Keket, pero para lidiar con ella tendríamos que ocuparnos de su sarcófago”, dijo Athea.

“¿La pirámide?”, preguntó Antos, “¿No podemos volarla como la otra que había en…”

“No”, replicó la Rider Black, “Aquella era un… facsímil, por decirlo de algún modo. Esta es un constructo unido a Keket. Hay un lazo que la une con el gigante y con la pirámide, esa especie de Canto que ha mencionado en ocasiones.”

“Como nuestros lazos psíquicos a través de los Dhars”, añadió Armyos, “Si conseguimos neutralizar la pirámide…”

“Dañará a Keket, lo suficiente para romper su concentración. Y eso podría contribuir a hacer más fácil terminar con la esquirla gigante”, continuó Athea, “Pero de momento tenemos que asegurarnos de que esa cosa no vuelva a hundir sus manos en la tierra…”

“Parece que Shin se está encargando de eso”, indicó Alicia. La hija de Rider Black seguía haciendo uso de la bio-armadura Glaive, pero parecía que por fin estaba llegando a sus límites. Athea observó con preocupación como una delgada capa de sudor estaba comenzando a perlar la frente de su hija y el rostro de la misma parecía estar comenzando a mostrar signos de no haber dormido un largo período de tiempo.

Y respecto a sus palabras… eran ciertas. Desde su primer asalto, el guerrero eldrea no había cesado de asestar golpe tras golpe contra el inmenso enemigo. Por desgracia, Shin carecía de capacidad de vuelo, así que tras cada salto para acometer contra Am Kek el supersoldado se veía obligado a básicamente descender en caída libre, lo cual lo dejaba vulnerable.

Am Kek era lento, pero paradójicamente rápido para una criatura de su tamaño. Ya fuese un movimiento calculado o por pura fortuna, en un momento dado el costado de su gigantesca mano alcanzó de lleno a Shin, arrojando al guerrero eldrea a miles de metros de distancia lejos del principal foco del conflicto.

“Maldita sea”, murmuró Athea, “Voy a subir con los demás. Alicia, ve a recoger a Shin y mantened las distancias. Y ve pensando en quitarte esa cosa, está empezando a quemar tus reservas…”

“Pero… podría ayudar…”

“Cariño”, comenzó Athea, “Aún con esa armadura ¿Te ves capaz de hacer algo contra esa cosa?”, preguntó, al tiempo que señalaba a la esquirla gigante. Am Kek había comenzado a arrodillarse de nuevo.

“No. Creo que no…”, musitó Alicia.

“Ve a recoger a Shin. Revisad la periferia y los puntos intermedios de la zona devastada. Es una posibilidad muy remota, pero si quedase algún civil superviviente en un área aislada o un bunker subterráneo…”

“Si queda alguien los sacaremos, mamá”, respondió Alicia, “Ve a hacer pedazos a ese monstruo.”

Athea asintió, lanzando una última sonrisa a su hija antes de que su casco se materializase de nuevo. La silla-módulo de Sarkha no se había regenerado por completo, pero dado que no iban a salir al espacio por el momento tendría que apañárselas.

El Dhar Komai de escamas de ébano y su jinete alzaron el vuelo en un vertiginoso despegue vertical. Para cuando se situó en posición, los demás ya había empezado sus ataques.

Avra fue la primera, riendo al hacer que su Dhar Tempestas comenzase a girar alrededor de Am Kek. Pronto, una auténtica tormenta de nubes y tornados se generó alrededor de la esquirla gigante. Los movimientos del ser se tornaron más lentos, más indecisos… era obvio que la tormenta había conseguido desorientarlo un poco pero no lo suficiente para frenarlo del todo. Sus manos se hundieron de nuevo en la superficie del planeta y sus dedos se tornaron raíces hundiéndose cada vez más hondo.

Armyos y Antos atacaron simultáneamente. Un gigantesco relámpago de energía anaranjada alcanzó de lleno a Am Kek en su costado izquierdo al tiempo que su costado derecho era bañado por una catarata de llamas de plasma de color púrpura, quemando su superficie. Pero el ser sólo cayó hacia adelante, aún aferrándose al planeta.

“¡Joder, no conseguimos hacerle daño de verdad!”, dijo Avra, “Y ataque más potentes que ese podrían mandar a la mierda medio hemisferio planetario…”

Athea se percató inmediatamente de cuál era el problema.

“Tenemos que ser quirúrgicos”, musitó, “¡Armyos, Antos, Avra! ¡Olvidaos de la cabeza y el torso! ¡Atacad las extremidades!”

Sincronizados como si fuesen casi una sola mente, los cuatro Riders se repartieron sus nuevos objetivos. Antos y Avra se centraron en el brazo derecho mientras que Armyos y Athea darían cuenta del izquierdo.

“¡Antos! ¡Voy a centrarme en el hombro! ¡Tu ve a por el codo!”, exclamó la Rider Blue.

“¡En ello!”

“Intentaremos lo mismo en nuestro lado Armyos”, dijo Athea, “Yo me haré cargo del codo”

“¡Entendido!”

Los Dhar Komai volaron alrededor de Am Kek, insectos en comparación dada la tremenda diferencia de tamaño. Pero eran insectos capaces de destruir planetas y Am Kek apenas era una colina particularmente alta. Los Dhars exhalaron sus alientos de energía, cargados al máximo hasta el punto de que las llamas eran más un bisturí de plasma solido cortando todo a su paso, cercenando la superficie de la piel del gigante y llegando a lo más hondo de su cristalino organismo.

Am Kek sintió el dolor, y a un kilómetro de distancia Keket gritó de nuevo al sentir su agonía a través del Canto al tiempo que repelía un nuevo ataque conjunto de Alma y Rider Green.

“¡No! ¡NO!”, gritó, con una desesperación inusitada. Para su desgracia, su intento de intentar acudir en auxilio de su criatura fue frenado en seco por un lanzazo de Rider Green seguido de un golpe de la cola de Solarys que arrojó a la reina a la superficie, formando un nuevo cráter en su impacto.

Algo parecido a una mezcla grotesca entre un aullido y el sonido de cristal quebrándose resonó desde Am Kek.

Su brazo derecho explotó a la altura del codo. El antebrazo cayó, disolviéndose al ser consumido por la energía del ataque de los Dhars, al igual que la mano aún hundida en la tierra. En su lado izquierdo, fue el hombro lo que estalló en millones de fragmentos cuando Armyos invocó un fortísimo relámpago combinado con el aliento de su Dhar. El brazo entero cayó al suelo, inerte. Su color cristalino negro se tornó gris y dio la impresión de comenzar a consumirse, a disolverse.

“¡JA! ¡Ha funcionado!”, exclamó Antos.

Am Kek se incorporó. La esquirla gigante parecía desorientada, dando vueltas sobre sí misma con pasos que retumbaban y causaban temblores en el suelo. Pronto, para consternación de todos, nuevas extremidades comenzaron a formarse en los puntos donde habían sido cercenadas.

“¡Oh, venga ya! ¡No me jodas!”, exclamó una indignada Avra, “¡Esto no se va a terminar nunca!”

“No, fijados bien…”, indicó Antos.

Am Kek estaba regenerando sus brazos, si. Pero, aunque de forma casi imperceptible para el ojo humano pero no para los sentidos de los Riders y los Dhars, la esquirla gigante había decrecido de tamaño.

“Se regenera consumiendo su propia masa”, dijo Athea, “Si seguimos así llegará un punto en que será mucho más pequeño y no podrá seguir con el proceso…”

“¡EVACUAD POSICIONES!”, interrumpió de repente la alarmada voz de Armyos. Los demás se movieron al instante nada más oír la advertencia, y se percataron inmediatamente de la gigantesca sombra que había caído sobre ellos.

“¿Eso es…?”, comenzó un pasmado Antos.

“Lo es”, respondió Athea, su voz marcada de nuevo por la severidad.

La pirámide de Keket, su sarcófago, se había dejado caer desde las capas más altas de la atmósfera a una velocidad que un objeto de su masa sólo podría alcanzar en el vacío del espacio para al final frenar en seco justo sobre Am Kek. La esquirla se inclinó hacia adelante y con un movimiento lento y delicado, la pirámide se posó sobre su espalda. Tentáculos de cristal negro emergieron del constructo y se hundieron en el cuerpo y torso de Am Kek. La masa de ambos comenzó a fundirse y el cuerpo de Am Kek recuperó algo de la envergadura perdida al tiempo que en su pecho se formaba una apertura circular con un resplandor rojizo similar al que hasta ese momento se había encontrado sobre la cúspide de la pirámide.

Athea maldijo en voz baja. Lidiar con Am Kek llevaría tiempo pero era algo viable, como acababan de demostrar. Pero si la esquirla se había fusionado con la pirámide y había tomado las propiedades de indestructibilidad de las que el sarcófago había hecho gala…

En la distancia, pese a estar enzarzada en su propio combate con las Riders Red y Green, Keket se permitió una risa de desquiciado júbilo. 

 

lunes, 22 de mayo de 2023

112 EL ÚLTIMO DÍA (VIII)

 

Los garmoga fueron los primeros en despertar de su aparente letargo. Manteniendo las distancias durante toda la metamorfosis de las esquirlas, las abominaciones biomecánicas parecieron entrar en un nuevo frenesí cuando el gigantesco ser tomó su forma final.

El enjambre cayó sobre la esquirla gigante cubriendo casi toda la superficie del ser, sobre todo en torno a la cabeza y la parte superior del torso. Por unos instantes la negrura de su cuerpo acristalado se convirtió en una cobertura viviente de masa gris cambiante y mutable al tiempo que los garmoga intentaban devorarlo.

Pero lo que se estaba produciendo era justo el efecto contrario.

Miles de agujas emergieron del cuerpo de la esquirla. Como si todo su ser se hubiese convertido en un arbusto espinoso antropomórfico. Los garmoga fueron empalados, absorbidos y consumidos entre chirridos metálicos. Por cada una de las bestias que conseguía arrancar un pedazo del cuerpo de la gigantesca monstruosidad, un centenar más eran absorbidos sin miramientos.

Al margen de esa reacción, casi automática, la esquirla gigante no dio señal alguna de percibir la presencia de los garmoga.

El ser comenzó a arrodillarse, con una engañosa lentitud. Cuatro kilómetros de altura en movimiento pudieron sentirse en las vibraciones del aire a su alrededor y en el temblor que recorrió el suelo cuando sus rodillas chocaron contra la superficie.

Extendió sus manos y clavó sus dedos en la tierra agrietada y quemada de lo que había sido el centro de la diezmada ciudad. Sus dedos se hundieron, y cientos de ramificaciones cristalinas nacieron de los mismos, clavándose también en el suelo. Era como si sus manos se hubiesen transformado en un grotesco sistema de raíces.

“Esperaba que los garmoga pudiesen ganar tiempo pero parece que no podrá ser… ¡Tenemos que frenarlo!”, exclamó Rider Green.

La Rider renegada volaba a toda velocidad en pie sobre el lomo de su Dhar Komai, Teromos. El enorme dragón verde parecía como siempre estar envuelto en una nube de gas tóxico de color escarlata.

A su lado volaban Alma Aster, Rider Red, y su Dhar Komai Solarys. Ambas unidas, casi fusionadas por el constructo de energía que las envolvía. Una armadura de luz solida conjurada a partir del mismo poder del Nexo que permitía a Alma normalmente materializar su arma, Calibor.

“¿Qué es lo que está haciendo exactamente?”, preguntó.

“Un proceso acelerado de la misma asimilación que habrían terminado realizando las esquirlas en una infestación normal”, explicó la Rider Green, “Esos dedos y esas púas están medrando como raíces y taladrando hacia el núcleo del planeta. Si lo alcanza llevará a cabo una reacción energética inmediata y Occtei y todo lo que hay sobre su superficie se convertirá en una extensión de ese ser y por lo tanto de la misma Keket.”

“Entonces debemos…”, comenzó a decir Alma, viéndose interrumpida súbitamente cuando Keket se materializó frente a las dos, golpeando con su lanza y generando un arco de energía dorada que golpeó de lleno a las dos bestias draconianas, desviándolas de su ruta y haciéndolas caer.

“¡Maldita sea!”, exclamó Alma.

Rider Green por su parte saltó desde el lomo de Teromos y se arrojó contra la Reina Crisol. El aspecto de Keket seguía alterado tras su invocación de la esquirla gigante. Su aspecto cristalino había dado paso a algo que parecía una sombra viviente, un desgarro de oscuridad antinatural caminando entre la materia de lo tangible.

El ataque de la espada de zafiro de la Rider renegada fue detenido con una mano desnuda.

“No dañareis a mi Am Kek”, dijo.

“Hum, así que esa cosa tiene un nombre”, replicó Rider Green.

“Os frenaré. A ti y a la guerrera roja.”

“¿Y qué hay de la sombra que está de nuestro lado?”

“¿Qué?”

De repente, un agudo silbido llenó el aire. Desde las alturas, casi desde el borde de la atmósfera, una diminuta forma oscura descendía a toda velocidad directa hacia la gigantesca figura de Am Kek.

Sarkha no era el más grande los Dhar Komai. Pero era el más veloz. Y con la energía acumulada por su aceleración, su ataque podía ser uno de los más devastadores y precisos, como los proyectiles de su jinete Athea Aster.

El Dhar descendió directo hacia la cabeza de  Am Kek para frenar de golpe a solo unas docenas de metros de su objetivo al tiempo que una bola de luz oscura escapaba de sus fauces e impactaba contra el cráneo del gigante.

La explosión no fue gigantesca pero si extremadamente poderosa. Lo suficiente para hacer que la enorme cabeza de Am Kek se sacudiese como si hubiese recibido un golpe directo. Fragmentos de cristal volaron dejando una profunda marca en el cráneo de la criatura al tiempo que esta se inclinaba ligeramente a la derecha. Pero no cayó, sus dedos siguieron agarrados a la tierra como anclas, hundiéndose más en la superficie del planeta que comenzaba a dar señales de cristalización a su alrededor.

Sarkha dio una vuelta en círculo en torno al gigante, acelerando de nuevo.

“Vamos a intentarlo otra vez, muchacho”, dijo Athea.

Keket presenció la escena conteniendo un grito de rabia. Arrojó a Rider Green y sin prestarle más atención la Reina Crisol voló hacia su criatura, interceptando al Dhar Komai de color negro. Keket golpeó con sus palmas y una onda de energía dorada explotó a su alrededor como una burbuja incandescente.

Sarkha fue alcanzado de lleno y comenzó a caer girando sobre sí mismo.

La fuerza centrífuga fue tal que en el interior de su silla-módulo, Athea golpeó la cobertura de la cápsula de contención hasta quebrarla. La Rider salió físicamente despedida de su Dhar, cayendo desorientada a gran altura y a una velocidad vertiginosa. Athea Aster habría golpeado de lleno el cuerpo de Am Kek, donde sin duda la aguardaba el mismo destino que los drones garmoga aún siendo consumidos. Por fortuna ese no fue el caso…

Algo chocó con fuerza contra ella y Athea sintió unos brazos abrazando su rostro. No pudo ver quien la sostenía pero quien quiera que fuese había volado o saltado con la suficiente velocidad y fuerza para interceptarla y desviarla. La Rider Black y la persona que la había salvado cayeron sobre el suelo, a centenares de metros del gigante, golpeando la superficie quemada y dañada aún cubierta por las ruinas y cimientos expuestos del centro de la ciudad.

Solo unos instantes tras el impacto Athea pudo recuperar la suficiente capacidad cognitiva para reconocer a quien la estaba sujetando aún. Una figura femenina, ligeramente más alta que ella, cubierta por los rasgos inconfundibles de la bio-armadura Glaive.

“Ouch… hola, mamá.”

Su hija, Alicia Aster.

“¡Alicia”, exclamó Athea. Su casco se disolvió en volutas de humo negro dejando su rostro al descubierto al tiempo que se incorporaba y tomaba a Alicia entre sus brazos. La Aster más joven devolvió el abrazo al tiempo que la armadura Glaive también se retraía parcialmente en torno a su cabeza y hombros.

“Creo que prefiero seguir siendo camarera, mamá”, dijo, “Esto de pelear contra monstruos es muy estresante.”

Athea se separó, sin dejar de sujetar a su hija por los hombros, mirándola fijamente, buscando la más mínima señal de daño, “¿Estás bien? ¿Te han herido?”, su voz normalmente calmada y estoica estaba comenzando a cobrar un matiz nervioso, “¿Qué te llevó a usar la Glaive? Esa cosa podría consumirte, es…”

“¡Mamá!”, interrumpió Alicia, “Estoy bien… estoy aguantando la Glaive mejor de lo que pensaba. No notó de momento que haya intentando consumir mi energía vital.”

“Aún así, entrar de este modo en combate…”

“No he entrado en combate, solo he saltado a coger a mi madre”, Alicia volvió su mirada hacia la monstruosa figura del tamaño de una montaña aún arrodillada en el suelo, “Además, no soy yo quien se va a poner a golpear a ese monstruo.”

Un grito retumbó en el área, como exclamado por mil voces.

“¡KAM-EN!”

Algo se movió bajo Am Kek, algo saltó directo hacia la criatura.

“¡¡KICK!!”

Kam-en, Shin, saltó desde la superficie como un cohete insectoide y golpeó con una fortísima patada vertical. Una vez más el gigante recibió un impacto sobre su cabeza, esta vez en su mandíbula inferior cortesía de la patada del supersoldado eldrea. El cuello de Am Kek restalló como un látigo cayendo todo su cuerpo hacia atrás. Esta vez sus manos si se vieron separadas de la superficie, dejando tras de sí zarcillos de cristal negros resquebrajándose al tiempo que su dueño comenzaba a caer aturdido…

“¡Tenemos que alejarnos, el impacto de algo de esa envergadura va a ser…!”, gritó Athea.

De forma súbita, formaciones cristalinas como púas y columnas emergieron de repente de la espalda de Am Kek, impactando contra el suelo tras él y manteniendo su torso en alto impidiendo que se derrumbase por completo.

Frente a la bestia, Shin descendía en caída libre, incapaz de volar por sus propios medios, pensando en cómo desplazarse lo más pronto posible a la retaguardia del enemigo y destruir aquellos pilares antes de que el gigante se incorporase de nuevo y continuase su labor.

Desgraciadamente, Keket no estaba de acuerdo con ese plan.

La Reina Crisol embistió en el aire contra el guerrero insectoide, sujetándolo por el cuello. El guerrero forcejeó intentando soltarse, pero la presa de Keket era demasiado fuerte.

“Así que tu eres la curiosa aberración inmune a la asimilación de mis esquirlas”, dijo la Reina, “Algo notable, pero estoy segura de que si aprieto un poco más podría reventar tu cabeza igual que si se tratase de un sucio grano lleno de…”

No terminó la amenaza. Una enorme figura draconiana carmesí embistió contra ella causando que soltara a Shin. El guerrero eldrea cayó al suelo al tiempo que recuperaba el aliento, girando sobre sí mismo para tomar tierra en una posición que le permitirse saltar de nuevo a las alturas lo más prontamente posible. Al tiempo que caía vio como la figura del Dhar Komai Solarys, envuelta en una suerte de armadura de luz que rodeaba toda su figura, arrojaba zarpazo tras zarpazo a Keket.

En un momento dado, la Reina Crisol consiguió detener uno de los golpeas agarrando la enorme garra de la bestia por unos instantes, como si aguardase algo, pero nada sucedió antes de ser golpeada de nuevo.

“Parece que Shin ya no es el único inmune a tu toque de la muerte, Keket”, dijo Alma Aster. La voz de la Rider Red resonó desde el interior de la silla-módulo de Solarys casi como si hablase a través de la propia dragona como si las dos fuesen un único ser, “Ahora podemos golpearte sin reservas.”

De haber tenido fluidos en su cuerpo, la Reina Crisol, habría escupido con desprecio, “¿Crees que así consigues algo? Mi poder sigue creciendo minuto a minuto. Mientras mi pirámide, mi sarcófago, corone los cielos de este mundo ningún daño que me causes será duradero. Y pronto mi Am Kek consumirá esta bola de barro y heces que llamas hogar.”

“Que patética mezquindad”, dijo Alma, “Esto es lo que eres realmente ¿no? Más allá de cualquier pretensión legítima que tu gente haya podido sufrir, al final del día eres una malcriada que toma lo que quiere y no puede asimilar que otros le planten cara.”

“¡Todo aquello que quiebra la armonía de la oscuridad del eterno vacio me pertenece por derecho de conquista!”, gritó Keket, “Vosotros, miserables corpúsculos de luz no podéis disputarlo, ni tampoco tu Amur-Ra ni su gente, ni vuestros predecesores los Rangers!”

Am Kek comenzaba a incorporarse de nuevo. En las alturas, el ojo sanguinolento de la pirámide de Keket brillaba con más intensidad que nunca arrojando ataque tras ataque a la flota. Y la Reina Crisol estaba envuelta de nuevo en un aura dorada nacida de su corona que contrastaba con la oscuridad que formaba su cuerpo.

“¡Soy soy la verdadera Tiniebla! ¡La última hija de las Calamidades!”, exclamó, “¡Yo y solo yo! ¡Ni el Anti-Dios y sus sequitos! ¡Ni el Imperio Máquina! ¡YO! ¡Yo soy la verdadera oscuridad!”

El aura dorada se disipó y una suerte de calma antinatural pareció caer sobre la Reina. Keket lanzó una mirada hacia Am Kek, pero Alma se percató de que no miraba al gigante sino a los restos del enjambre garmoga que continuaban intentando devorarlo fútilmente, “Solo yo. No él. Nunca él…”

Y entonces, el cielo estalló. Desde la oscuridad del espacio, por encima de la pirámide de Keket, tres gigantescos destellos de luz naranja, azul y púrpura colorearon las alturas. El ozono sobrecargó el aire y un relámpago naranja gigantesco con la envergadura que uno podría esperar del brazo de una deidad de tiempos antiguos embistió contra la pirámide sarcófago de Keket.

La Reina Crisol gritó, como si la electricidad recorriese su mismo cuerpo.

En el interior de su silla-módulo, Alma Aster oyó a través del lazo que unía a Riders y Dhars una voz inconfundible.

“¡Sentimos la tardanza!”, exclamó Avra Aster, Rider Blue, “¡Es que tuvimos que limpiar todo un planeta antes de venir a este!”


viernes, 12 de mayo de 2023

111 EL ÚLTIMO DÍA (VII)

 

“Yo haré control de perímetro, tu ve a atender a esas dos.”

Esas fueron las palabras de Athea Aster a su hermana Alma cuando las dos Rider Black y Rider Red se separaron de nuevo. La Rider de armadura carmesí hizo caso, asciendo a las alturas en busca de la verdadera amenaza al tiempo que esquivaba todo el caos a su alrededor.

Garmoga y esquirlas.

Nubes plateadas y negras de abominaciones girando unas en torno a las otras despedazándose y fundiéndose entre sí a partes iguales. Esquirlas intentando asimilar a garmoga sólo para ser devoradas desde el interior por los voraces engendros biomecánicos. Garmoga intentando consumir a su presa solo para ser desmembrados y mutilados por acristaladas púas.

El grueso del encontronazo se situaba en torno a la gigantesca pirámide de Keket, su nave-tumba, en continuo estado de generación de nuevas tropas y descargas de energía a través de su cúspide. En las alturas, abandonando las capas superiores de la atmósfera, las esquirlas que dejaban atrás a sus recién llegados oponentes descargan sus ataques sobre la recién llegada flota del Concilio.

Los combatientes a cargo del Mariscal Akam no corrían mejor suerte en Occtei de lo que lo hicieron en Avarra. Si acaso, el conocer mejor el modus operandi del enemigo había marcado una pequeña diferencia y la pérdida de naves era menor. Pero seguía siendo una batalla de puro desgaste y ante un ejército con la capacidad de auto-replicación de las criaturas de Keket llevaban las de perder.

La llegada de los garmoga había supuesto un soplo de aire fresco. La ironía de tal situación era tan amarga como la bilis.

¿Y Keket? Keket estaba perdiendo la paciencia.

El Canto se estaba tornando disonante con todas las asimilaciones parciales o fallidas de garmoga por parte de desesperadas esquirlas. Su atención estaba dividida en múltiples frentes. Por un lado, guiar a sus retoños. Por otro, mantener una ofensiva constante con su santuario piramidal. Y finalmente, enzarzarse en combate cuerpo a cuerpo de forma directa, algo en lo que llevaba milenios sin implicarse.

La Reina odiaba admitir que quizá, solo quizá, había perdido algo de destreza.

Con su corona restituida su poder seguía creciendo, acercándose cada vez más y más a sus niveles originales. Podía sentirlo en ebullición dentro de sí misma. Pero era el uso de ese mismo poder de una forma básica y poco refinada lo que la estaba sirviendo en aquel instante. Si no fuese por los escudos y constructos de energía conjurados por la corona fundida a su cráneo, los ataques de aquella Rider verde que no había conseguido esquivar habrían causado ya serios daños.

La Rider Green… Keket solo conocía retazos de ella por los recuerdos absorbidos de los garmoga que había masacrado cuando atacaron su mundo natal y la despertaron de su letargo. Y era… extraña.

La percepción de los garmoga hacia ella parecía estar cubierta por algún tipo de velo. Percibían a la mujer de la armadura esmeralda como una suerte de aliada, pero al mismo tiempo cualquier intento de profundizar en los recuerdos de las criaturas respecto a la Rider Green solo producía un vacío, como si algún hechizo de ocultamiento u obnubilación estuviese haciendo efecto.

Pero si bien no podía acceder a recuerdos factuales y concretos sobre la Rider Green de las mentes de los garmoga que había matado, si tenía claro el extraño lazo emocional de las criaturas. Había una extraña y retorcida lealtad existiendo en un estado de tenue tensión con la marca de oscuro poder que los impregnaba, la marca que Keket había echado en cara a Amur-Ra y que había reconocido como un rastro de…

La Reina Crisol limpió su mente de pensamientos y elucubraciones cuando un haz de energía verde cortándose paso rozando cerca de su cuello. Una mera diferencia de una milésima de segundo fue lo que la salvó de la que habría sido sin duda la primera herida seria que habría recibido en cien siglos.

La Rider Green no cesó en su ataque, silenciosa y centrada. La guerrera hacía gala de una ferocidad contenida y calculadora que Keket no pudo sino admirar. Ambas siguieron intercambiando ataques en su lucha aérea, casi como danzando entre las nueves y los enjambres de sus respectivas criaturas.

En un momento dado, la lanza de jade de Rider Green fue arrojada como un haz de luz verde directo al corazón de Keket, cubriendo el oscuro cuerpo cristalino de la reina con reflejos glaucos pronto apagados por el resplandor dorado de su corona y el giro de su propia lanza disipando el ataque de su oponente.

La lanza de la Rider se materializó de nuevo en su mano antes de mutar una vez más en una espada con un destello de luz. En un parpadeo, Rider Green se situó junto a Keket y golpeó con su hoja. La Reina Crisol frenó el embiste con su lanza al tiempo que desató una descarga de energía desde su corona que hizo retroceder a la Rider renegada varias docenas de metros en el aire antes de detenerse, levitando.

Pero Keket no pudo bajar la guardia, cuando por el rabillo del ojo y desde abajo pudo percibir un resplandor carmesí ascendiendo hacia ella como un misil.

Keket actuó por puro reflejo y golpeó con su lanza hacia abajo. Alma Aster, Rider Red, se movió a un lazo sin frenar su ascenso y el arma de la Reina Crisol pasó casi rozando su torso bajo su axila izquierda, al tiempo que la Rider extendía ese mismo brazo, bañado en el resplandor casi volcánico de su Calibor reconvertida en guantelete.

Guantelete que salió disparado de su mano como un proyectil en forma de puño que acertó de lleno a Keket en el vientre, haciendo ascender a la Reina a las alturas solo para ser recibida por un golpe de espada de la Rider Green. El resplandor dorado en torno a su cuerpo fue la única señal de que los golpes no habían causado daño real, pese a ser considerablemente irritantes.

“Estoy…”

Keket giró sobre sí misma en el aire, invirtiendo su movimiento y lanzándose de nuevo contra la Rider Green.

“… comenzando…”

La Rider renegada golpeó de nuevo, y el poder cargado en su ataque fue tal que su espada brilló casi como un segundo sol por un instante.

“¡… a hartarme!”

Pero a pesar de toda la fuerza en su golpe, Keket tomó la hoja esmeralda con su mano, deteniendo el ataque. La fuerza del golpe se liberó a su alrededor causando una onda expansiva de presión atmosférica desplazada que se extendió durante varios kilómetros, despejando el cielo de nubes en torno al área en que se encontraban y desparramando a múltiples esquirlas y garmoga. Su cuerpo de cristal oscuro perdió todo brillo, como si fuese un desgarro del vacío del mismo espacio absorbiendo toda la luz a su alrededor.

Rider Green intentó zafarse, pero Keket mantuvo el agarre sobre su arma con su mano derecha. El rostro de la Reina Crisol había desaparecido, sólo eran visibles dos ojos blancos y muertos y su corona dorada sobre la sombra viviente en la que parecía haberse convertido su cristal.

“Hablaste de lecciones cuando salvaste a la Rider Red”, dijo, con una voz que sonó como una melodía disonante rasgando con uñas afiladas la misma alma de quien escuchase.

Sin soltar la espada de Rider Green y sin volverse, extendió su mano izquierda a su espalda con un ángulo antinatural, frenando en seco el puñetazo que Alma se disponía a propinarle. El poder carmesí de su Calibor se desperdigó también causando otra onda expansiva alrededor de las tres combatientes pero sin afectar en lo más mínimo a la Reina Crisol.

“Permitidme que sea yo quien os instruya ahora”, dijo.

Y golpeó a una Rider contra la otra, como si fuesen muñecas de trapo en sus manos antes de arrojarlas de nuevo a tierra, kilómetros más abajo. Las dos Riders cayeron en un ángulo que se habría saldado con ambas atravesando uno de los pocos rascacielos de la periferia de la ciudad aún en pie si no hubiesen sido interceptadas por sus Dhar Komai. Las descomunales formas de Solarys y Teromos recogieron a sus respectivas jinetes, envolviendolas en sendas auras protectoras.

“Creo que tenemos que coordinar mejor nuestros ataques”, dijo Rider Green.

Alma le lanzó una mirada incrédula a la Rider renegada, “No hables como si estuviésemos en el mismo bando”, dijo Alma. Se sorprendió ante el tono casi animalístico con el que sonó su voz. La ira y desconfianza de Solarys hacia la otra Rider y su Dhar estaba retroalimentando su subconsciente.

Rider Green rió quedamente.

“¿Pero acaso no lo estamos en este momento?”, preguntó, “Guarda tu ira contra mí para otra ocasión, Rider Red. Tenemos que matar a una diosa si queremos que el universo siga existiendo.”

Alma tuvo que contener una risa incrédula ¿La Rider renegada aliada con los garmoga abogando por el altruismo?

“Ya, porque si el universo desaparece tus monstruos no tendrán nada que devorar ¿no?”

“No son mis monstruos, Rider Red”, dijo la Rider Green, con un súbito tono severo en su voz, “Son mis hermanos.”

“¿Qu…?”

El comienzo de la pregunta que estuvo a punto de salir de los labios de Alma Aster se cortó en seco cuando un sonido ensordecedor inundó el aire. Un grito que estuvo a punto de causar que perdieran el equilibrio.

Keket estaba gritando. No de dolor o rabia. Era un llamamiento. Un grito antiguo, poderoso, que resonó a través del aire y que pudo ser escuchado en cualquier rincón del planeta. En aquellas áreas de Occtei en el hemisferio opuesto del planeta, donde refugiados y evacuados se preparaban para el abandono final de aquel mundo, millones cayeron de rodillas llevándose sus manos u otros apéndices a sus órganos auditivos por la intensidad del sonido.

Pero sobre todo, aquel llamamiento resonó en el Canto que unía psíquicamente a todas las esquirlas. Las abominaciones de cristal se frenaron por un segundo, antes de ponerse de nuevo en movimiento en una única dirección.

Sobre unos edificios en la periferia de la capital planetaria, Alicia Aster y Shin se encontraron de repente sin oponentes cuando las esquirlas comenzaron a volar hacia el centro de la ciudad.

En el otro extremo de los bordes de la megalópolis, Athea Aster constató el mismo fenómeno. Las esquirlas que no caían bajo sus proyectiles se movían alejándose en dirección opuesta a la que estaban siguiendo hasta hace unos instantes. Todo el desplazamiento expansivo hacia la periferia de la titánica urbe se revirtió. Todas las esquirlas volvían al centro.

“¿Qué demonios…?”, musitó. Tenía un terrible presentimiento.

Los garmoga, casi como si a un nivel primario reconociesen el peligro, se habían quedado quietos, su frenesí frenado y a la espera.

Todas las esquirlas del planeta, incluidas aquellas que se encontraban en órbita en torno a Occtei lidiando con la flota, confluyeron en el mismo punto, junto a su Reina. Miles, cientos de miles de esquirlas, millones. Comenzaron a chocar entre sí a espaldas de Keket con el sonido del cristal quebradizo. Sus cuerpos vibraron y aquella confluencia de cristales vivientes negros y grises siguió creciendo cuando más y más comenzaron a unirse a la masa central, convertida en una tormenta de oscura arena cuya envergadura medraba y ganaba solidez a una velocidad imposible de asimilar.

El grito de Keket cesó.

“Vacío”, dijo, casi con dulzura en su voz, “Haz que mi criatura crezca.”

Más y más esquirlas se unieron a la masa, embistiendo contra ella. La forma siguió creciendo y creciendo y adoptando de forma paulatina una forma más definida. Definitivamente humanoide, sin rasgos en su gigantesco rostro, una masa de arena negra y cristal pálido de kilómetros de altura comenzando a alzarse sobre el cráter de la megalópolis. Como una única esquirla de exacerbado tamaño, más alta que las montañas en la lejanía.

“Dioses…”, musitó Alma, no pudiendo creer lo que veían sus ojos. Ninguna quimera garmoga había alcanzado esas proporciones, jamás. No podía calcularlo con exactitud, pero aquel gigante debía medir al menos unos cuatro kilómetros de alto.

“Mmmf”, bufó Rider Green, “Ciertamente no hay nada nuevo inventado bajo ninguno de los soles del universo.”

“¿Cómo vamos a…?”, preguntó Alma, “Solarys es como una hormiga al lado de…”

“Una hormiga puede matar a un gigante”, replicó Rider Green, “No dejes que te lastre el miedo y la duda Alma Aster.”

Alma miró a la Rider renegada, una vez más sin poder aclarar sus ideas respecto a ella. Aliada de sus enemigos mortales, casi la había matado hace unos meses, ahora la estaba ayudando e incluso dando ánimos… No, dando lecciones.

“El Nexo nunca es limitado. Solo la falta de voluntad…”, dijo Alma. La Rider Red suspiró, “Eso fue lo que dijiste ¿no?”

“¿Lo has entendido ya?”

Alma miró a sus manos y cerró sus puños. El aura carmesí de Calibor se manifestó en torno a ellos y con un destello los guanteletes revirtieron a su vieja forma de espada. Alma la sostuvo, antes de dejar que se disipara, y entonces…

El mismo resplandor rojizo que conformaba Calibor en cualquier de sus dos formas, esa energía de constructo carmesí cristalina y semitransparente, se manifestó de nuevo. Envolvió completamente a Alma como una segunda armadura, pero no se detuvo ahí. Envolvió a Solarys, dotando a la Dhar de un aspecto propio de una bestia acorazada y duplicando su tamaño. La bestia draconiana recibió el cambio con efusividad, casi con euforia.

Rider Red y su Dhar Komai habían sido cubiertas por una segunda armadura de pura luz.

Rider Green observó todo el proceso y Alma casi pudo oír una sonrisa en su voz cuando la Rider renegada habló de nuevo.

“Muy bien. Tercera lección.”

lunes, 1 de mayo de 2023

110 EL ÚLTIMO DÍA (VI)

 

“¿¡Como en los Cinco Infiernos han llegado antes!?”

El Mariscal Akam notó, de forma casi inconsciente, que su voz se tornaba casi quebradiza al gritar. Se preguntó si cierto nivel de histeria no estaría afectándole por todo lo sucedido en las últimas horas.

En contraste, el primer oficial mantuvo una voz calmada, firme y serena. Un notable ejemplo de profesionalidad.

“Los datos son inconclusos, señor. Dadas las coordenadas del avistamiento, los garmoga no deberían haberse manifestado en Occtei antes que nosotros.”

“La teoría prevalente es que han hecho uso de su capacidad para generar portales en algún momento de su viaje, pero no se han detectado rastros energéticos”, añadió el oficial de comunicaciones, “Aunque también es posible que hayan hecho uso de alguna ruta de navegación poco conocida, no están sujetos a las mismas limitaciones que tendría una nade o una flota.”

“¿Cuál es la situación del resto de la flota? ¿Cuántos han iniciado el traslado desde Avarra a Occtei?”, preguntó Akam, intentando aclarar sus ideas.

“Parte de la flota ya ha llegado al planeta, estaban iniciando un asalto en colaboración con las Fuerzas Auxiliares de los Rider Corps contra la pirámide cuando los garmoga llegaron, pero…”

“¿Pero?”

“Bueno, eso es lo extraño señor… los garmoga parecen estar centrando toda su atención en las esquirlas y en la pirámide.”

Akam luchó contra el impulso de llevarse las manos a la cabeza, dejando que su espalda chocase contra la parte de atrás de su asiento.

¿Qué demonios está ocurriendo realmente ahí abajo?

 

******

 

“En pie Rider Red. Segunda lección.”

Alma no pudo responder, absolutamente en shock ante la presencia de la Rider Green.

La Rider renegada, de la que apenas sabían nada salvo que junto con su Dhar Komai, Teromos, colaboraba junto a los garmoga y parecía tener alguna relación con los cambios recientes en su modus operandi. La Rider renegada que, honestamente, la humilló en combate en Pealea y a la que apenas pudieron hacer frente entre todos los cinco Riders combinados.

Y ahora estaba allí, tras meses sin dar ninguna señal de vida, deteniendo un ataque de Keket dirigido a Alma, salvándola el pellejo.

“¿Qué cojones…?”, fue lo que escapó de los labios de Alma Aster, casi como un susurro.

“Tu”, dijo Keket, saliendo de su propio ensimismamiento ante la repentina presencia de la Rider recién llegada, “Te conozco. Retazos de sombras y memorias rotas en los garmoga que devoré. Ellos están manchados por su esencia, pero tu…”

La lanza de Rider Green estalló en una explosión de color esmeralda que arrojó a Keket varios pasos atrás. El arma transmutó, tornándose en dos hojas gemelas, ligeramente curvas, casi como hoces con las que la Rider renegada se abalanzó contra la Reina Crisol con un movimiento en arco cortante.

Keket respondió con el propio destello dorado de su corona y el aura del mismo color envolviéndola como a un escudo. Su rostro volvió a verse marcado por la sorpresa y alarma cuando su aura protectora se quebró por el golpe de las hojas de la Rider Green. Ésta continuó su ataque al instante, propinando una fuerte patada en el vientre de la Reina Crisol que arrojó a Keket a docenas de metros a distancia, hasta estrellarse contra una montaña de escombros que horas antes había sido un rascacielos.

“Eres una portadora de la luz del Nexo”, dijo Rider Green, aún dirigiéndose a Alma, “Esa es tu segunda lección. Olvida el agotamiento y olvida que tu poder es limitado.”

El cuerpo de la Rider Green comenzó a brillar con un aura de un jade intenso. Ondas y jirones de energía solidificada bailaron a su alrededor.

“El Nexo nunca es limitado. Solo tu falta de voluntad.”

Y se arrojó de nuevo en dirección a donde Keket había comenzado a emerger con un grito de rabia y un enjambre de escombros de metal y roca flotando a su alrededor. Las hoces esmeralda de Rider Green brillaron de nuevo cuando la guerrera renegada juntó sus manos y sus armas se transmutaron esta vez en una espada.

Alma se dio cuenta, con cierta sensación amarga en su garganta, que era exactamente la misma técnica que ella había discurrido hace solo unos minutos cuando transformó su Calibor en unos guanteletes. Un recuerdo atravesó su mente como una puñalada.

Rider Green ya había hecho eso antes. Alma lo había presenciado en su primer enfrentamiento.

La Rider Red miró a sus guanteletes, inmersa en un mar de dudas.

¿Cuánto de esto ha sido idea mía y cuánto ha sido mi subconsciente buscando igualar a la rival que me ha derrotado?

Estaba tan absorta ante dicha revelación que ni siquiera sus agudos sentidos se percataron del grupo de esquirlas que, de forma bastante oportunista, caían hacia ella.

Un centenar de flechas los atravesó en distintos puntos de sus cuerpos, en una fracción de segundo. Al menos tres de las esquirlas estallaron por la fuerza de los impactos.

“¡Alma!”

La figura de Athea Aster, Rider Black, apareció junto a su hermana. Presentaba grietas en el pecho, donde había sido golpeada, de un color grisáceo y brillante, como si una tenue luz blanca estuviese atravesando la negrura nocturna de la armadura. Aparte de ese daño visible, el otro único signo de que Athea no estaba al cien por cien de sus capacidades era el jadeo entrecortado de su respiración al arrodillarse junto a Alma para ayudarla a ponerse en pie.

Notar las manos de su hermana sobre ella pareció sacar a Rider Red de su estado de shock.

“¿Athea?”, susurró.

“¿Se puede saber que te ha pasado? ¿Dónde has dejado tu cabeza?”

“Yo… sí, lo siento, tienes razón”, respondió Alma, recomponiendose.

En la lejanía, una explosión de color verde atrajo la atención de las dos. Keket y la Rider Green estaban rodeadas por sendas auras de energía al tiempo que se alzaban hacia las alturas, intercambiando golpes y acometidas con sus lanzas.

Los ojos de las dos Riders siguieron el combate y pudieron ver como la masa de esquirlas de Keket se encontraba bajo el asalto del enjambre garmoga. La situación parecía extrañamente igualada, con imágenes de pura pesadilla como drones garmoga intentando devorar a una esquirla al tiempo que esta intenta llevar a cabo el proceso de asimilación sobre el ser biomecánico simultáneamente, con grotescos resultados.

“Dioses…”, musitó Athea.

Aún más encima, la pirámide giraba sobre sí misma, lanzando descarga tras descarga de pilares de esquirlas contra la flota y disparos de energía desde su cúspide hacia los garmoga y hacia los Dhars. A Solarys y Sarkha se había unido Teromos, el Dhar Komai de la Rider Green.

“Están confusos”, dijo Alma, “Sobre todo Solarys, recuerda a Teromos como un enemigo, pero…”

“Todo esto… es surrealista”, dijo Athea, “Pero si me preguntas a mí, esa pirámide y las esquirlas son la prioridad ahora mismo.”

“Keket es la prioridad”, añadió Alma, “Pero eso significa tener que ignorar a los garmoga, por el momento. Me revuelve el estómago.”

Athea asintió, “No eres la única, y no descarto que quieran intentar algo si nos pillan con la guardia baja”, dijo, antes de lanzar una mirada significativa a su hermana, “Como estuvo a punto de pasarte hace unos instantes.”

Alma devolvió la mirada de Athea, “No volverá a ocurrir. Estaba…”, la Rider Red miró de nuevo sus manos, cubiertas por los guanteletes de energía de Calibor, “Acabo de tener una epifanía muy desagradable.”

“Pues cuando terminemos con esto nos sentaremos a charlar y si es necesario llamaremos a uno de los terapeutas de los Corps… si aún queda alguno con vida”, dijo Athea mirando las ruinas de la ciudad a su alrededor, “Pero ahora al ajo. Tú ocúpate de esas dos, algo me dice que podrás darles buen entretenimiento”, añadió, señalando a la Rider renegada y a la Reina Crisol aún enzarzadas en combate.

“¿Y tú?”

“¿Yo? Voy a copiar tu truco y hacer control de daños con las esquirlas”, respondió la Rider Black, “Y después veré qué puede hacerse con esa condenada pirámide.”

Alma quiso decir a su hermana que no era su “truco” después de todo, pero no tuvo tiempo porque la Rider Black procedió a iniciar su parte del plan en ese preciso instante. Alma casi se ríe… hace solos unos minutos Athea estaba expresando asombro de que Alma hubiera transmutado su arma pero ahora ella se disponía a hacer lo mismo.

Como si el mero hecho de saber que era posible bastase para que pudiese hacerlo. Como si…

El Nexo nunca es limitado. Solo tu falta de voluntad.

Athea extendió su mano y su arco, Saggitas, comenzó a brillar con un resplandor blanco en su contorno, acentuando la oscuridad de la que parecía estar formado por puro contraste. El arma pareció comenzar a fundirse en una masa informe al tiempo que energía de color oscuro comenzó a rodear el cuerpo de Athea Aster como si fuese una nube de humo.

Alma retrocedió un paso, notando el desplazamiento del aire cuando con un último destello de luz el arma de Rider Black adoptó su  nueva forma.

Sobre los dos hombros de Athea Aster descansaban lo que parecían dos enormes cañones giratorios anclados a una suerte de arnés compuesto por la misma energía oscura que abrazaba el torso de la Rider Black. Del punto en que los cañones y el arnés entraban en contacto emergían una suerte de brazos mecánicos que se acoplaron a los brazos de Athea a modo de exoesqueleto, rematados en dos mandos sujetos por las manos de la Rider Black.

Athea dio un paso al frente y miró hacia arriba. Como siguiendo su instinto, el cañón sobre su hombro izquierdo se inclinó hacia las alturas y la Rider presionó el botón del mando sostenido en la mano de ese mismo lado. En menos de un segundo el cañón comenzó a girar disparando cientos… no, miles… cientos de miles de proyectiles de energía oscura, la misma que sus viejas flechas. Lo hizo con una cadencia tal que ante un ojo humano normal parecería la emisión de un único rayo de energía.

La descarga de poder era antinaturalmente silenciosa. Y cortó de lleno la masa de enemigos que flotaba en lo alto. Docenas de esquirlas reventaron en pedazos al ser impactadas por cientos de fragmentos de oscuridad solidificada en décimas de segundo.

Muchos garmoga cayeron también en el fuego cruzado, sus restos fundiéndose al morir junto a los enemigos a los que estaban combatiendo.

Athea cesó su ataque. El cañón paró de disparar tan rápido como había empezado, siendo el único sonido un chasquido extrañamente metálico al frenar en seco pues no estaba hecho de metal en absoluto.

Un silbido de aprecio escapó de los labios de Alma.

La Rider Black se volvió ligeramente a un lado, mirando a su hermana con una sonrisa debajo del casco.

“Bueno, ha salido mejor de lo que esperaba. Pierdo algo de rapidez de movimiento, pero para lidiar con masas a distancia es sumamente efectivo”, dijo Athea, “Y como puedes ver, si me llevo por delante a algún garmoga pues tampoco pasa nada.”