martes, 31 de agosto de 2021

043 LAS CINCO LUCES DEL UNIVERSO (I)

 

El regreso de Avra a la contienda contra Golga había galvanizado a los demás Riders y a sus Dhars, pero la situación aún distaba de ser ideal.

Si bien el centurión dorado, acosado en todos los frentes por los cuatro Asters y sus Dhars, no había conseguido llevar a cabo ningún ataque de contundencia equiparable a sus primeras acciones en combate, tampoco habían conseguido los Riders un impacto claro contra él después de que Avra lo tumbase al suelo en su regreso.

De forma irritable, Golga había estado esquivando la mayoría de ataques de los Riders. Solo Athea había tenido algo de fortuna, con la velocidad de sus flechas siendo claramente superior a los reflejos del centurión garmoga.

Quizá esa fue la razón por la que centró su atención en la Rider Black, saltando hacia la posición elevada en la que ésta se hallaba encaramada al tiempo que su brazo izquierdo mutaba en una suerte de hoz dorada dispuesta a cercenar a la Rider.

Para, en mitad de su salto, ser interceptado por Sarkha. 

De los cuatro Dhars presentes era el único que podía prestar apoyo en el ataque. Adavante y Tempestas estaba aún incapacitados, y Volvaugr mantenía controlada el área para contener la presencia de drones garmoga.

El Dhar negro de pequeño tamaño descendió como una lanza desde las alturas y elevó su trayectoria en el último momento para embestir horizontalmente a Golga. El garmoga dorado se precipitó hacia la fachada del edificio más cercano, pero nunca la alcanzaría.

Antos se plantó en su camino, lanza en mano, y golpeó al centurión en el torso. El impacto de la lanza y la descarga de energía de la misma cambió de nuevo la trayectoria del ser, que ahora descendía en picado hacia el suelo.

Donde Avra Aster y su espadón le esperaban.

Golga salió de su aturdimiento e intentó cambiar de posición en el aire. Cuando el espadón azul de Rider Blue golpeó, el impacto no fue directo al tomar el garmoga dorado la hoja con sus manos. Cualesquiera que fuese su siguiente paso, hubo de abandonarlo al tener de repente impactando contra su torso el martillo de Armyos, lanzado por éste como una jabalina.

Golga salió despedido. Tocó tierra de pie, pero siendo arrastrado varias decenas de metros por el impacto del martillo aún contra su pecho. El centurión dorado sujeto el arma y apretó, fragmentando a Mjolnija hasta hacerlo pedazos que se disolvieron en el aire en esquirlas de luminoso cristal naranja.

"Vuestros juguetes comienzan a ser irrit..."

No terminó la frase. Armyos saltó frente a él y lo agarró por las muñecas para acto seguido asestarle un cabezazo.

Golga respondió con otro por su parte que quebró el visor del casco del Rider Orange, dejando sus ojos a la vista. La mirada normalmente serena de Armyos se clavó con furia sobre el garmoga.

"Nuestros juguetes como tú los llamas, son expresiones de nuestras almas, conductos de nuestro poder..."

Golga intentó zafarse, pero la presa con que Armyos sujetaba sus brazos parecía irrompible. El aire en torno a los dos comenzó a llenarse de ozono y pequeñas partículas de polvo empezaron a elevarse en el suelo al tiempo que un aura anaranjada cubría al Rider.

"Y puedes romperlos cuanto quieras. Siempre volverán. Aunque tampoco los necesitamos para lidiar con escoria como tú."

Golga pudo notar la energía creciente en torno a ambos. El centurión dorado redobló sus esfuerzos para zafarse y llegó a liberar uno de sus brazos a costa de arrancarlo de cuajo dejando su muñeca y su mano cercenadas bajo el agarre de Armyos. Pero ya era demasiado tarde. 

Rider Orange gritó. No un grito de dolor, sino de furia y concentración implacable.

La energía emergió del suelo. Un relámpago de color anaranjado, elevándose a las alturas con el grosor de un edificio, envolvió a los dos combatientes.

Cuando la energía cesó y el humo en la zona se disipó, los demás Riders pudieron ver a las dos figuras en pie en el centro de un cráter de suelo quemado y acristalado.

Armyos había retrocedido unos pasos. Esquirlas de color naranja caían de su cuerpo. Partes de su armadura parecían semidisueltas, dejando ver sus ropas de civil bajo ella. La mitad de su casco había desaparecido por completo, pero a pesar de ello no parecía tener heridas.

Golga por fin parecía haber sufrido un daño severo por primera vez en toda la contienda. El garmoga dorado estaba inclinado hacia delante. Su piel lucía quemaduras y partes de él parecían estar fundidas, presentando un brillo incandescente. Su brazo derecho, aquel que había dañado al intentar liberarse, había desaparecido casi por completo dejando un muñón ennegrecido cerca del hombro.

Avra fue la primera en llegar a la posición, situándose junto a Armyos.

"Mierda, lo has dejado para el arrastre", dijo con tono quejumbroso.

"Eso es algo bueno, Avra."

"Quería ser yo quien lo dejase para el arrastre", replicó la Rider Blue sujetando su arma con fuerza, "Le debo una a ese cabrón."

Antos y Athea aparecieron tras ella con un destello.

"Deberíamos capturarle vivo", dijo Antos.

"¿¡Qué!? ¿¡Por qué!?"

"Piénsalo, Avra", explicó Athea, "Es el primer garmoga que encontramos con capacidad de habla. Es la oportunidad de poder interrogar por fin a uno de ellos, saber qué es lo que buscan realmente..."

"Os oigo planear mi destino con mucha confianza", dijo Golga, alzándose, "Pero aún no hemos terminado."

Avra lo señaló con el dedo, indignada, "¡A callar gilipollas! ¡Está claro que no te quedan dos hostias!"

Golga no respondió, pero Armyos no pudo evitar pensar que de tener boca el ser estaría sonriendo en ese momento. 

Un enjambre de drones garmoga descendió de golpe sobre él. Con toda su atención centrada en el oponente dorado, los Riders casi habían olvidado que aún quedaban pequeñas agrupaciones de drones por la zona.

Los drones envolvieron a golga, hasta el punto de que era imposible percibir su figura bajo la masa de drones.

"¿¡Qué coj...!?", exclamó Avra.

"¿Lo están devorando?", preguntó Antos.

Los drones en torno a Golga comenzaron a fundirse, a fusionarse entre sí, con metálicos chillidos de dolor. Poco a poco la figura del centurión dorado volvió a ser visible y el destino de los drones garmoga estuvo claro.

"Creo que es más bien lo contrario, Antos", dijo Athea.

El brazo de Golga se había reformado. Lucía un color gris que estaba comenzando a tintarse en dorado por momentos. Los demás drones estaban adheridos al torso y demás extremidades del centurión, siendo absorbidos por su masa.

Los daños en la piel de Golga desaparecieron. Las quemaduras, la piel fundida, los cortes... todo. Para cuando el último dron fue consumido, Golga volvía a estar completo y sano, como si no hubiese estado envuelto en combate hasta hace apenas un minuto.

Entre los Riders presentes, paralizados por lo que acababan de presenciar, había caído el silencio.

"Creo que es hora de cerrar el telón," dijo el centurión dorado, "Habéis sido decepcionantes, pero al final parecía que por fin estabais resultando de interés. Pero ha llegado el punto y final, por ahora."

Avra atacó, saltando hacia él con un grito de ira.

Golga dio una palmada con sus manos. El impacto tronó como si hubiese estallado un explosivo, desatando una onda de choque sónica que no solo frenó en seco a la Rider Blue sino que además tumbó al suelo a los otros tres.

Sin mediar más palabras, con una velocidad vertiginosa, Golga retrocedió hasta la posición en donde se encontraba el portal garmoga y, tras una última mirada a los Riders, lo atravesó.

El portal garmoga se cerró tras él, dejando abandonados a las pocas docenas de drones y centuriones que aún quedaban en el lugar, de los que lo Dhars y el resto de patrullas de refuerzo del Concilio podrían dar buena cuenta. Pero eso no tranquilizó a los Riders. La presencia y ahora huida del centurión dorado había dejado muchas cuestiones en el aire.

Avra, tumbada boca arriba en el suelo, fue la primera en expresar su perplejidad, a su manera.

"¿¡Qué cojones acaba de pasar!?"

Otro detalle importante que los Aster no supieron en aquel momento fue que, en el instante en que Golga atravesó el portal, a mundos de distancia la Rider Green detuvo su combate propiciando un intento de ataque por parte de Alma al que respondería de forma contundente, dejando a la Rider Red de rodillas.

A propósito de lo cual...

 

******

 

"Levántate, Rider Red. Ahora comienza la verdadera lección."

Las palabras resonaron en los oídos de Alma a pesar de que el dolor había enmudecido el mundo alrededor de ella.

Levántate, Rider Red.

El golpe de Rider Green había hecho algo más que quebrar su armadura en el vientre y hacerla caer de rodillas sin aire. Alma apenas podía sentir sus brazos. Estos eran como pesos muertos que anclaban su torso al suelo. Al dolor del golpe se unía también una creciente frialdad en su interior, como si su mismo espíritu hubiese recibido el impacto.

Su unión con el Nexo...

Levántate, Rider Red.

Las mismas palabras de Rider Green. Pero era otra voz, otra presencia en un lugar recóndito y apartado de su mismo ser. La conexión que unía su alma con el Nexo centelleó y Alma sintió como el frío se disipaba, el dolor disminuía y la fuerza volvía a sus extremidades.

Aún no estaba bien, no del todo. Se incorporó con dificultad, sus piernas aún temblorosas. Bajo su casco, la piel de su frente estaba perlada por el sudor y sus ojos inyectados en sangre. Y su armadura seguía quebrada, con líneas rojas encendidas agrietando su torso, brillando con un fulgor que de repente parecía más encendido.

Y pese a todo ello un aura roja de poder la envolvió y con un gesto de su mano, Calibor se materializó de nuevo con un destello carmesí persistente.

El suelo tembló bajo sus pies, un reverberar creciente que culminó en ese preciso instante con el volcán a sus espaldas expulsando un torrente de lava. Un resplandor escarlata bañó toda el área en que se encontraban.

De pie, espada en mano, Alma Aster dio un paso adelante, ignorando el dolor.

"Rider Green", dijo.

Su oponente había estado todo ese tiempo observándola, sin mover un músculo. Arrogancia, quizá. O una inesperada muestra de respeto. Puede que un extraño sentido de deportividad y honor, esperando a que su rival igualase su condición para el siguiente asalto.

Al final no importaba realmente. La Rider Green hizo un gesto de asentimiento. Había algo en su forma de moverse que dio a Alma la impresión de que la Rider esmeralda estaba satisfecha.

"¿Vas a dejar de contenerte ahora, niña?", preguntó Rider Green.

"No me he estado conteniendo desde que empezamos", dijo Alma.

"Oh, pero si lo has hecho", dijo Rider Green, "Puede que ni tú misma te hayas dado cuenta, pero en ninguno de tus golpes noté el poder que sé que contenéis."

La Rider Green alzó su mano derecha, mirándola. Cerró el puño, emanando una voluta de vapor verde.

"Tenemos el poder para quebrar mundos si lo deseamos, pequeña", explicó, "No hay límites para aquellos elegidos por el Nexo más allá de los impuestos por ellos mismos."

"Tú no has sido elegida por el Nexo", replicó Alma con un deje de furia en su voz.

"¿Oh? ¿Y entonces como explicas mi presencia? ¿Lo que soy?"

"No lo sé. No tengo ni idea de cuál será la causa de tu existencia, pero me niego a creer que el Nexo haya dado su poder a alguien que trabaja con los engendros que buscan devorar la vida de la galaxia."

"La verdad al respecto es muy complicada y muy sencilla", respondió Rider Green.

Súbitamente, se lanzó hacia adelante y golpeó con su espada. Alma vio venir el golpe y paró la embestida con Calibor. Con ambas hojas cruzadas, las dos Riders estaban cara a cara, sus rostros enmascarados frente a frente.

"Si quieres averiguarla... ¡Aplícate!", continuó.

El cuerpo de la Rider renegada emitió un aura de poder verde que lanzó a Alma hacia atrás, casi como si la hubiese golpeado físicamente. Rider Green saltó, alzándose en el aire y manteniéndose a flote por unos instantes de algún modo que Alma no supo explicar. No había signos de glifos o magia de levitación. Y si la Rider Green estaba usando su propio poder...

¿Puedo hacer yo lo mismo?, se dijo.

La espada de su enemiga brilló, cambiando nuevamente de forma en el cetro que portaba anteriormente. Rider Green lo hizo girar alrededor de sí misma, conformando esferas de energía del mismo color que su armadura. Estas comenzaron a orbitar alrededor de su cuerpo...

... antes de que con un gesto de su mano saliesen lanzadas como proyectiles hacia Alma.

Rider Red esquivó el ataque, moviéndose en zig zag antes de proceder a saltar en dirección a su oponente. Las bolas de energía impactaron en el suelo sin causar explosiones, pero penetrando la superficie dejando agujeros limpios.

En el aire, Rider Green detuvo el ataque de Alma con su cetro, pero la fuerza del impulso de Rider Red fue suficiente para hacerla caer de nuevo en la superficie. Ambas estaban de nuevo frente a frente, intercambiando ataques. El cetro de Rider Green mutó de nuevo en una espada, y la Calibor de Alma refulgió con el poder de su dueña cuando las dos armas chocaron de nuevo.

El filo de las dos hojas emitió un sonido que resonó casi como si las dos armas gritasen al tiempo que el resplandor de ámbas se intensificaba.  

El suelo tembló de nuevo, quebrándose. Su desestabilización acelerada por las descargas de energía arrojadas por Rider Green. Columnas de magma emergieron de las áreas de impacto que habían dejado y se alzaron alrededor de las dos combatientes, ascendiendo a los cielos.

En las alturas, sus Dhars se precipitaban una vez más uno contra la otra, uniendo sus rugidos a la orquesta natural de su entorno.

Las dos hojas se separaron de nuevo. Un brevísimo instante antes de retomar su mortal danza.


martes, 24 de agosto de 2021

042 SINERGIA

 

"Señorita Alcaudón, tengo entendido que me estaban buscando..."

La voz de Legarias Bacta sonaba cargada de nefasta autoconfianza. La voz de un cobarde de carácter ruin que de repente se sabía con una mano ganadora.

Meredith había oído muchas voces así en incontables ocasiones a lo largo de su vida y de su carrera. Sabía que dicho tono era poco menos que un preludio para algún ejercicio de poder o declaración de sádica superioridad que podría acabar con ella o Tobal Vastra-Oth muertos.

Así que Meredith Alcaudón no se dignó a dar una respuesta verbal al supervisor de los operativos que había estado cazando las últimas semanas y que había conseguido dar la vuelta a la situación en el último momento.

Lo que hizo fue agarrar el rifle del guarda que Tobal había tomado anteriormente y llevado consigo hasta ese momento y abrir fuego indiscriminadamente contra su oponente blindado.

El rifle era un modelo estándar pesado de proyectiles acelerados. Para una mujer de su tamaño no era fácil usarlo con precisión, pero en aquel momento solo necesitaba fuego de cobertura. No causaría daños serios a la mecha-armadura de Bacta salvo que tuviese muchísima suerte, pero incluso el cristal blindado que cubría la cara del piloto podría sufrir daños menores ante un arma de aquel calibre.

Y aunque no causase ni un rasguño, incluso entre los individuos más entrenados el recibir impactos de fuego dirigidos a tu rostro por cubierto que estés puede causar una reacción. Dicho razonamiento se probó acertado cuando Bacta alzó los brazos de su armadura mecánica en un amago de obtener más cobertura.

Al tiempo que abría fuego, Meredith se las apañó, con un poco de ayuda de su telequinesis tirando de botones de la ropa y cremalleras, para alzar a Tobal y arrastrarlo consigo hasta detrás de los contenedores metálicos más cercanos.

Fue algo por los pelos. En el momento en que dejó de disparar para agarrar mejor al enorme angamot y lanzarse con un salto tras el contenedor, Bacta lanzó otro misil que los pasó rozando, reventando la parte posterior del hangar y bloqueando el acceso por el que habían entrado.

Dicho acto también volatilizó al operativo noqueado por Tobal, pero a Bacta no pareció importarle lo más mínimo.

"Me ha costado muchos recursos, señorita Alcaudón", dijo Bacta, "Y además ha tenido la pretensión de intentar cazarme ¿Cree que haciéndose conmigo podría obtener algo útil contra mi organización?"

"Sé que dentro de los operativos eres solo un engranaje más, Bacta", replicó Meredith, "Pero basta con joder un engranaje para comprometer toda la maquinaría."

La única respuesta que recibió fue una salva de disparos. El brazo izquierdo de la mecha-armadura contenía un cañón rotatorio de descargas de energía plasmática. Pulsos de luz roja iluminaron el aire, agujereando partes de los contenedores tras los que se cubrían.

Meredith se arrojó al suelo y pudo ver los disparos pasando por encima de ella, atravesando el metal que usaban de escudo como si fuese mantequilla. Lo único bueno de todo aquello es que Bacta parecía tener una malísima puntería o, quizá lo más seguro, estuviese poco familiarizado con los controles de aquellas viejas armaduras de combate. Casi toda su potencia de fuego se estaba concentrando a media y gran altura, dejando sin tocar el suelo y las partes más inferiores de los contenedores tras los que se cubrían la mujer humana y su compañero angamot inconsciente.

Los trajes-mecha habían caído en desuso por su lentitud, su enorme envergadura y toda una cantidad de problemas mecánicos y logísticos a la hora de hacer frente a los garmoga. Pero aún eran terriblemente efectivos contra individuos de otras razas por lo que habían encontrado un hueco en el mercado negro y en círculos criminales.

Otro punto más o menos positivo de aquella oleada de disparos de Bacta fue que Tobal Vastra-Oth recobró el conocimiento. 

El angamot estuvo a punto de sentarse con un sobresalto, pero Meredith se las apañó para mantenerlo tumbado en el suelo y evitar que se convirtiese en uno de esos quesos con agujeros que solo había visto en holo-videos y fotografías.

"¿Q... qué ha...?"

"Bacta tiene un mecha militar pilotable", explicó Meredith susurrando, "No te levantes del suelo y arrástrate hasta el otro extremo de este montón de contenedores."

Tobal asintió. Viejos instintos de su pasado militar afloraron sin dificultad y procedió a desplazarse hacia el área menos afectada por los disparos de Bacta.

"Si sigue disparando a ese ritmo sufrirá un recalentamiento", dijo.

"No tendremos tanta suerte", respondió Meredith.

Casi como si los estuviera escuchando, Bacta cesó de disparar en ese preciso momento. El mecha comenzó a avanzar hacia los contenedores, con pasos lentos y torpes. Aunque solo podía oírlo y no verlo, Meredith dedujo que aquello probaba que Bacta tenía problemas dirigiendo al cacharro. Aún con la lentitud inherente de aquel modelo de mecha-armadura, Bacta parecía tener dificultades para dar más de dos pasos seguidos o no tener que redirigir su posicionamiento.

Sus gruñidos de creciente frustración lo confirmaban.

"¿Tienes alguna idea para lidiar con esa cosa?", susurró Tobal, "Porque lo que soy yo solo podría hacer algo con armamento pesado, y ni con esas habría garantías."

"No puedo usar la tecnopatía al estilo habitual. Es una máquina vieja y tozuda, y está llena de partes aún más viejas y tozudas con sus propios fantasmas", explicó Meredith, "Necesitaría mucho tiempo, mucha concentración y puede que hasta contacto directo para convencer a todas las partes. No, tendré que hacer algo menos sutil y más de fuerza bruta..."

"¿Me atrevo a preguntar?"

"Si sale bien... bueno, viviremos para contarlo. Eso es lo importante. Ahora, ¿ves los otros contenedores a nuestra izquierda?"

Tobal asintió. Desde donde estaban había a unos pocos metros otro grupo de contenedores metálicos de tamaño algo menor, pero suficiente para cubrirse. El problema sería atravesar el área al descubierto entre ambos.

Bacta abrió fuego de nuevo, convirtiendo la parte superior de la cobertura sobre ellos en una colección de agujeros incandescentes. Otro misil voló por encima de sus cabezas y se estrelló en el techo a unos metros de su posición, dejando caer abundantes escombros que por suerte no los alcanzaron.

"¿Aún puedes generar un escudo?", preguntó Meredith, alzando la voz sobre el ruido.

Tobal asintió, con el ceño fruncido, "Creo que sí, pero solo uno individual, no creo que..."

Meredith lo interrumpió poniendo el rifle en sus manos, "Es suficiente. Cúbrete y corre hacia los otros contenedores atrayendo la atención de Bacta. Apunta si puedes a las áreas entre las articulaciones en que los brazos se ensamblan con el torso y la cobertura de cristal del piloto. Hay sensores de apuntado y temperatura ahí que lo desorientarán si reciben impactos."

"Señorita Alca... Meredith, ¿qué es lo que vas a hacer?"

"Algo que solo hice en una ocasión y me dejó una semana en coma. Así que esperemos que me salga mejor esta vez ¡Ahora, ve!"

Tobal asintió. Glifos y runas flotantes aparecieron sobre él con un parpadeo y un resplandor dorado transparente recubrió su cuerpo. El angamot se alzó y lanzó a la carrera hacia el otro punto de cobertura, atrayendo inmediatamente la atención de Bacta. Disparó, intentando atinar en las áreas que había descrito Meredith, pero no fue fácil. El correr y los impactos de los disparos de plasma contra su escudo lo desequilibraban.

Simultáneamente, Meredith salió de la cobertura por el otro extremo de los contenedores apilados. Pudo ver a Tobal poniéndose a salvo. Pero lo más importante, pudo ver a Bacta distraído. Comenzó a correr hacia él, amplificando su tecnopatía al máximo y concentrando su telequinesis.

La telequinesis de Meredith Alcaudón estaba categorizada como un grado 1. Especializada en la manipulación de objetos de pequeño tamaño o masa reducida. Era algo de lo que había aprendido a sacar provecho, afinando su capacidad de control en el mundo de lo muy pequeño a niveles insospechados, y también como herramienta para ser subestimada por sus oponentes. 

Pero dicha categorización no era una limitación propiamente dicha. Meredith podía ir más allá de lo estipulado como las barreras del grado 1, pero habría consecuencias.

Un aura blanca comenzó a envolverla al tiempo que corría hacia Bacta. Sus ojos brillaron con el mismo resplandor. Su telequinesis y tecnopatía entraron en sinergia.

Legarias Bacta notó que algo iba mal cuando su flujo de disparo se cortó antes de tiempo, como si el cañón giratorio del brazo izquierdo de su mecha se hubiese encasquillado. Inmediatamente tras ello, un chirrido metálico llegó a sus oídos. 

El gobbore giró su cabeza dentro del habitáculo de pilotaje y pudo ver como todo el brazo izquierdo de su armadura se desmantelaba. Tornillos y ensamblajes soltándose, las coberturas de metal rajándose por puntos de soldadura, piezas de articulación internas separándose, los cañones y sistemas de armamento desmontándose...

Sucedió en segundos que parecieron durar una eternidad.

Meredith Alcaudón, envuelta en un aura telequinética y con su tecnopatía gritando órdenes a toda pieza del mecha de Bacta, flotaba sobre éste.

El brillo en sus ojos parecía iluminar su rostro y el interior de su cabeza de forma casi incandescente, dejando entrever la silueta de su cráneo bajo la piel. Un río de sangre caía de su nariz y las venas en su frente y cuello parecían hinchadas. Todos sus músculos aparecían también visiblemente tensados por el esfuerzo.

Todas y cada una de las piezas desgajadas del brazo izquierdo del mecha volaron por el aire, reajustándose y fundiéndose en nuevas formas, hacia la figura flotante de Alcaudón. Meredith había levantado su brazo izquierdo y las restos de metal comenzaron a envolverlo, ajustándose en torno a su extremidad como una reconstrucción más tosca y temporal del enorme brazo mecánico que habían sido antes.

Bacta había girado sobre sí mismo, intentando disparar un misil desde el lanzador de su otro brazo aún intacto, pero la tecnopatía de Meredith jugó en su contra. El arma detonó en el cañón del brazo derecho del mecha, reventándolo y agrietando el cristal de protección que cubría al gobbore. Escudada por su aura telequinética, Meredith apenas notó la explosión concentrada.

Bacta no tuvo tiempo de gritar o quejarse tras perder no solo el brazo derecho de su mecha sino también parte de su propio brazo derecho, pues en ese instante Meredith cayó sobre él, golpeando con su extremidad blindada reconstruida telequinéticamente. El impacto quebró el cristal de protección del módulo de pilotaje e impactó de lleno al supervisor de los operativos en su rostro.

Legarias Bacta se hundió en la oscuridad de la inconsciencia, con un hocico roto y un brazo dañado sin remedio. Su mecha-armadura cayó de espaldas, con Meredith Alcaudón quedando de pie sobre ella.

La luz de su aura comenzó a disiparse, sus ojos retornaron a su aspecto habitual, y la concentración de piezas de metal que envolvía su brazo izquierdo se desmanteló de nuevo, cayendo en pedazos.

Lo único que rompió el recuperado silencio eran sus jadeos entrecortados, y la voz queda de Tobal Vastra-Oth al salir de detrás de los contenedores, con expresión de asombro.

"Por todos los Ancestros..."

"Tobal", dijo Meredith. Su voz sonaba apagada y rasposa, como si hubiera estado gritando.

"¿Meredith?"

"Vas a sacar a Bacta de ahí dentro... vamos a coger esta lanzadera suya y dejar este planeta de una vez, esquivando a los garmoga y... oh, me temo tendrás que hacerlo todo tú..."

Se quedó callada un momento, llevándose una mano a la sien. Frunció el ceño en una mueca de dolor y cuando habló de nuevo su voz sonó incluso más quejumbrosa que antes.

"Porque yo voy a desmayarme ahora mismo."

Y así fue.

sábado, 21 de agosto de 2021

041 RIDER GREEN

 

Fueron solo segundos, pero Alma sintió como si el tiempo se hubiese parado.

La Rider de armadura verde detuvo su avance a unas decenas de metros delante de su Dhar Komai. Más de trescientos la separaban aún de Alma, pero para la Rider Red era casi como si estuviesen frente a frente.

El poder de la recién llegada, su presencia... se extendía por toda la zona como un aura opresiva.

La extraña extendió su mano derecha y su cetro dorado comenzó a brillar con un resplandor verde. El brillo cromático envolvió totalmente el objeto y este comenzó a encoger y cambiar de forma. Cuando la luz verde se disipó, en volutas de humo esmeralda, la Rider sostenía ahora una espada verde de filo curvado.

Por supuesto, pensó Alma con resignación.

Rider Red tomó posición de batalla. Con un destello carmesí, su propia arma Calibor se materializó en sus manos. En la distancia habría jurado que los hombros de su oponente habían temblado con una risa ligera.

Ocurrió en un parpadeo.

El Dhar Komai verde rugió y alzó el vuelo. Simultáneamente, Solarys con su ala ya casi recuperada del todo respondió en consecuencia, elevándose también a las alturas quizá algo más lenta de lo habitual en ella. El brillo de los ataques de ambos Dhars iluminó el cielo sobre sus Riders, casi como marcando el inicio de la contienda.

Alma fue la primera en atacar. No había razón alguna para dar cuartel al enemigo, razonó.

Rider Red corrió. Los tres centenares de metros que la separaban de su objetivo fueron atravesados en pocos segundos y Alma golpeó con decisión al situarse justo en frente de su enemiga.

La cual esquivó el golpe con facilidad con una simple torsión de su cuerpo. Y así fue con las acometidas posteriores de Alma. Cada embestida, cada tajo de su espada era esquivado de tal forma que su oponente parecía estar bailando con su hoja. Ni siquiera había hecho uso de su arma todavía.

Dando un salto hacia atrás, Alma volvió a distanciarse. Manteniéndose en posición de combate y con su guardia en alto, la Rider Red se permitió un ligero respiro y un intento de conversación.

"¿Quién eres?", preguntó.

La otra Rider inclinó levemente la cabeza a un lado, como extrañada por la pregunta. Encogiéndose de hombros, con una actitud extrañamente casual que no casaba para nada con la situación en que se encontraban, la mujer respondió. Su voz sonó distorsionada, como si pasase por algún tipo de filtro que le daba un matiz metálico y artificial. Pero era indudablemente una voz femenina y relativamente joven.

"Diría que es obvio, ¿no?", dijo, "Soy Rider Green."

Alma frunció el ceño. Sin darse cuenta estaba sujetando la empuñadura de su espada con más fuerza, sintiendo de repente una ola de furia.

"Entenderás que no puedo permitirte tomar ese nombre a la ligera. Y menos si estás colaborando con los garmoga."

"Ooooh", replicó la Rider Green con tono burlón, "¡Déjame adivinar! Aquí es donde me vas a dar un discurso sobre lo serio que es ser un Rider y como es un título que simboliza la lucha por el bien de la galaxia o algo similar ¿cierto?"

Alma no respondió. El único sonido que se podía oír era la lucha de los Dhars en el cielo sobre sus cabezas, el rumor del volcán y el silbar del viento.

"Bueno, querida", continuó Rider Green al tiempo que se inclinó en una parodia de reverencia, "Si no te gusta que haga uso del título de Rider... ven a quitármelo."

Alma replicó de la única forma que podía hacerlo. Saltando hacia adelante, con su espada trazando un luminoso arco rojo en el aire.

No podía ver su rostro, pero estaba segura de que la Rider Green sonrió.

 

******

 

Legarias Bacta estaba teniendo un mal día.

Su señuelo no había dado señales. Era de esperar en cierto modo. El trabajo del individuo conllevaba la posibilidad de morir como objetivo secundario si no conseguía eliminar a aquellos que le rastreaban. Pero seguía siendo una complicación que no ayudaba para nada a su dolor de cabeza.

Como tampoco lo hacía el ataque garmoga por el cual iba a tener que abandonar una de sus bases más defendibles y la incompetencia de los dos operativos de menor rango a su cargo que estaban con él en aquel momento.

El más joven, un varón humano, debía vigilar la puerta de entrada al hangar subterráneo mientras Bacta y la otra operativa, una vas andarte de piel rojiza, preparaban la pequeña lanzadera que saldría despedida a través del túnel de eyección hasta una apertura a un par de kilómetros de distancia de la ciudad, en terreno abierto.

Y de ahí, directos a las estrellas. Lejos de la infestación y de sus perseguidores.

Bacta consideró probada la incompetencia que atribuía a aquellos a su cargo cuando la puerta de acceso al hangar se abrió de golpe, con el joven humano volando por los aires con su rostro ensangrentado por una nariz rota.

Y como el arma que debía portar consigo estaba ahora en las manos de un alto angamot al que reconoció por sus archivos como Tobal Vastra-Oth, marido de uno de los últimos objetivos de su organización.

Pero Tobal no era quien preocupaba a Bacta. La mujer humana de baja estatura y ligera excedencia de peso que entró tras él, sin un arma y con sus manos en los bolsillos, sonriendo como una gata que acababa de cazar a un ratón... ella sí le preocupaba.

Antes de que nadie pudiese decir nada o de que el mismo Bacta pudiese dar la orden, la operativa vas andarte sacó una pistola de plasma y abrió fuego sobre los recién llegados.

Meredith Alcaudón se arrojó a un lado, situándose tras algunos de los grandes contenedores metálicos de carga repartidos irregularmente por el hangar.

Tobal Vastra-Oth alzó un escudo mágico. La energía dorada le protegió de los impactos, pero también le impedía devolver el fuego sin exponerse.

No le hizo falta. Desde su escondite Meredith concentró su telequinesis en la operativa. No tenía tiempo para algo tan gráfico y expeditivo como lo que había usado contra la pareja que había intentando asesinarla en su casa, así que se limitó a algo más rápido pero igual de efectivo.

Un pinzamiento telequinético en el nervio apropiado y la asesina vas andarte cayó  de bruces al suelo, inconsciente.

"¿Por qué no usaste eso con el guarda de la puerta?", preguntó Tobal.

"Porque saliste corriendo hacia él nada más verle y lo embestiste", respondió Meredith, "Y no quería cortarte el rollo. Ahora vamos a por..."

Legarias Bacta no estaba a la vista.

Meredith se alarmó, temiendo que su presa se hubiese escabullido durante el breve altercado, pero la lanzadera seguía en el raíl de lanzamiento. Quieta y callada, sin nada que indicase que sus sistemas estuviesen en marcha.

De repente, todos sus sentidos de tecnópata gritaron. Supo lo que iba a suceder apenas un instante antes de que ocurriese. Tuvo el tiempo justo para dar una orden.

"¡Tobal, ESCUDO!"

Una esfera de energía mágica dorada los envolvió a ambos en el preciso momento en que la estancia se vio inundada por un destello de luz y sonido ensordecedor precedido por el silbido de un proyectil de gran calibre disparado a gran velocidad.

Un misil, o algún tipo de granada, pensó Meredith.

La fuerza del impacto fue considerable. El escudo de Tobal aguantó unos segundos antes de resquebrajarse como un cristal. Los dos cayeron al suelo.

Meredith se incorporó lentamente, aturdida pero ilesa. Pudo ver a Tobal en el suelo junto a ella. El angamot no parecía tener heridas pero estaba inconsciente, seguramente por la retroalimentación de energía o el agotamiento mágico.

Con el humo y el polvo disipándose, la atención de Meredith fue atraída por un ruido metálico y el sonar de un andar pesado y mecánico.

Desde el otro extremo del hangar, Legarias Bacta hizo acto de presencia. 

Lo que vestía podría ser vagamente descrito como una armadura de combate mecanizada, pero era más un exoesqueleto o tanque humanoide, un traje-mecha estándar de las fuerzas de infantería pesadas del Concilio, aunque modificado y personalizado.

"Señorita Alcaudón, tengo entendido que me estaban buscando..."

 

******

 

Se está burlando de mí, y juraría que lo está disfrutando, se dijo Alma.

El combate no iba bien. Una vez más la Rider Green parecía contenta en limitarse a esquivar todos y cada uno de los ataques de Rider Red. No importaba que maniobras usase, ni que movimientos. Ni siquiera descargas de energía o expansión del rango de alcance de su espada... la jinete verde daba buena cuenta de todos ellos con movimientos rápidos y precisos con los que evitaba el más mínimo contacto.

En todo el tiempo que llevaban enzarzadas en combate, la Rider Green no había sufrido ni un rasguño.

Los únicos contactos físicos se habían producido entre los Dhars. 

Solarys aún no podía volar bien y el Dhar verde se aprovechaba de ello, pero la Dhar roja había utilizado su ventaja física en las ocasiones en que pudo ponerse a corta distancia, haciendo buen uso de su mayor corpulencia.

En cuanto a las Riders, lo peor de todo es que en ocasiones Rider Green hacía comentarios.

El tono burlón seguía presente, pero atenuado por lo que parecían sinceras opiniones sobre cómo tal o cual movimiento o maniobra de ataque podría ser mejorada, como cierta postura no era efectiva del todo, etc.

Era enervante, y Alma sospechaba que ese era el objetivo real de su oponente.

Que Alma tuviese la suficiente experiencia y buen juicio para poder apreciar que algunos de los consejos tenían sentido y eran genuinamente buenos lo hacía peor.

Entonces sucedió algo.

La Rider Green se detuvo por un instante, girando su cabeza como si mirase a la distancia. Como si su atención de repente estuviese en algo muy lejano.

Alma aprovechó la distracción. La hoja de Calibor atravesó el aire en dirección a la garganta de la Rider esmeralda.

Rider Green se hizo a un lado con un movimiento rápido y de gran ligereza hacia la derecha. Sin poder detener su impulso, la espada pasó justo por encima de su hombro izquierdo. El avance de Alma se detuvo en seco por dos razones. Una de ellas, porque ella mismo frenó para intentar reposicionarse. 

Cosa que no pudo hacer a causa de la segunda razón. La tenaza que ahora ejercía la mano izquierda de Rider Green sobre su muñeca, retorciéndola. Esto aflojó el agarre de Alma sobre su espada, y Calibor se deslizó de entre sus dedos, desmaterializándose en una nube de partículas rojas antes de tocar el suelo.

Rider Green se volvió de nuevo para mirarla, y cuando habló esta vez el tono burlón había desaparecido de su voz.

"Me temo que ha pasado la hora del entretenimiento, pequeña."

Sin mediar más palabra, Rider Green golpeó a Alma en su vientre. Una nube de energía y chispas de colores llenó el punto de impacto.

Ante los ojos de individuos normales habría parecido un único golpe con extraños efectos de pirotecnia. 

En cambio, el puño de Rider Green estaba envuelto en una fina capa de energía del mismo color que su armadura, y el puñetazo propinado en realidad había sido una rápida sucesión de fuertes golpes, casi imperceptibles en una fracción de segundo.

La nube de energía y chispas cromáticas eran el resultado de la descarga de poder de dichos golpes y de los daños sufridos por la armadura de Rider Red. El poder había sido algo tan concentrado y preciso que no hubo una descarga expansiva de energía afectando al entorno alrededor de las dos mujeres.

Rider Green soltó la muñeca de Alma, y esta cayó al suelo de rodillas, sin aliento y sintiendo arcadas. Nunca nada la había golpeado así en su vida. Ni siquiera en los entrenamientos con sus hermanas y hermanos.

Su armadura roja humeaba en el punto de impacto y presentaba visibles grietas. Brillaban con un resplandor incandescente.

Rider Green le dio la espalda y se alejó unos pasos. Casi como dejando espacio y dando tiempo a Alma para reponerse.

"Levántate, Rider Red", dijo, "Ahora comienza la verdadera lección."

miércoles, 18 de agosto de 2021

040 SEGUNDO ASALTO

 

La Sala de Control de los Rider Corps en Occtei siempre era un hervidero de actividad cuando los cinco Aster partían a alguna misión, pero en aquellos momentos el lugar parecía estar a un paso de caer en un ataque de histeria colectiva.

Al menos esa era la impresión que Arthur Ziras tenía en aquel momento.

Enlazados con el ZiZ y otros satélites de información y coordinación de datos del Concilio y su flota, los miembros de los Corps tenían acceso de primera mano a las situaciones que estaban viviendo los individuos para cuyo apoyo habían sido creados.

Por ello, estaban más o menos al tanto de lo que había ocurrido en los últimos minutos en el Mundo Capital, y Arthur Ziras, agarrado a su viejo comunicador personal, no estaba teniendo una conversación feliz.

"¡No! ¡Me importa un carajo! ¡Quiero a cazas en superficie como apoyo logístico contra ese mierdas dorado", exclamó, "Los Riders son capaces, pero siguen siendo cinco individuos, tenemos protocolos de actuación para estas cosas y por mucho que los senadores anden corriendo como ullums descabezados se supone que el Canciller Auxiliar y el Pa-Ogun de la flota deberían estar coordinando la defensa con poderes de emergencia, maldita sea."

Ziras cerró el dispositivo, mascullando entre dientes contra burócratas incompetentes cuando uno de los técnicos de monitorización se acercó corriendo a él. El muchacho era un simuras de colorida piel amarilla y roja que denotaba una producción natural de toxinas. Por ello, vestía un traje especial con escudos de aislamiento para la seguridad de quienes le rodeaban.

La decoloración de su piel, una suerte de análogo a la palidez nerviosa en los humanos, no denotaba que fuese portador de buenas noticias, algo que a Ziras no se le pasó por alto.

"¿Ahora qué?"

"Es sobre la situación en Pealea, señor, es..."

Arthur tuvo que reprimir el llevarse una mano a la sien y suspirar. Iba a tener que hacer unos cuantos malabarismos retóricos ante el Alto Mando para cubrirle las espaldas a Alma por haberse quedado atrás. Dicho eso, una parte de él no podía dejar de admirarla a pesar de los dolores de cabeza que le provocaría.

Pero tenemos lo que queríamos ¿no?, se dijo, No puedes crear héroes y esperar que no hagan absurdeces heroicas, como desobedecer órdenes prioritarias para salvar unos millones de vidas.

A pesar del constante murmullo de sus pensamientos, pudo oír con claridad la información que traía el técnico.

"El capitán Calkias de la Balthago ha lanzado un mensaje de emergencia. Parece ser que tanto lo que quedaba de su escuadrón en el área y Rider Red estaban haciendo buena cuenta del enjambre garmoga a pesar de su número cuando... bueno, hemos tenido que comprobarlo con fuentes extra, señor, pero..."

"Vaya al grano, muchacho."

"Parece que afiliado al enjambre garmoga hay... los garmoga tienen un Dhar Komai, señor. Uno no registrado."

Ziras conocía la expresión de "podía oírse caer un alfiler" para referirse a momentos en que una estancia llena de gente se sumía en un silencio absoluto tras alguna declaración que hubiese sido especialmente impactante de un modo u otro. Aquel momento se ajustaba de forma bastante aproximada a la situación.

"Repite eso, chico", dijo. Tenía que oírlo otra vez.

"Aproximadamente a los veinte minutos del inicio de la purga, un sector del enjambre garmoga se disgregó revelando que en su interior volaba un Dhar Komai verde, de unos cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco metros de envergadura. De momento aún no tenemos datos de si hay algún... piloto", explicó el técnico resistiéndose a usar el término Rider, "Las últimas lecturas indicaban que tanto el nuevo Dhar como Solarys con Rider Red se habían precipitado a la superficie de Pealea, a un archipiélago de islas volcánicas de formación reciente."

Bueno, hola tempestades de los vientos sembrados, pensó Ziras.

"¡Teniente Heynmas!", ladró. Un humano de mediana edad que había estado situado unos metros atrás, coordinando un equipo de monitorización de tropas, dio un paso al frente.

"¿Señor?"

"Se queda al mando de la supervisión hasta nuevo aviso, yo tengo que ir a tratar ciertos asuntos con el Mando. Asegúrese de que los palurdos de la capital se pongan las pilas de una vez."

"¡Si, señor!"

Heynmas no era muy imaginativo, pero tenía la capacidad suficiente para asegurar apoyo a los Riders, al menos en Camlos Tor. Lo de Pealea era otra historia.

Cuando Ziras salió de la sala, al pie de la puerta en el pasillo se encontraba la doctora Iria Vargas. La saludó con un gesto de la cabeza al tiempo que ella comenzó a seguirle.

"¿Cuánto ha oído de esa jaula de grillos, doctora?", preguntó Ziras.

"Lo suficiente para solicitar un permiso de atención de emergencia, señor", dijo Iria, "En caso de que los Riders precisen de asistencia médica y no sea plausible un traslado a tiempo a nuestras instalaciones, es mi deber acudir a ellos."

"Ahórrese las justificaciones normativas, doctora, sus intenciones son transparentes", replicó Ziras, no sin cierta simpatía, "Vaya junto a ella y ayúdela en lo que pueda ¿Irá con su equipo?"

"El resto de mi escuadrón médico se dispone a partir a Camlos Tor", respondió la joven atliana, "Esperaba obtener su permiso para acudir a Pealea con los... viejos prototipos."

"¿Los troopers del doctor Janperson?", preguntó Ziras, "Si está segura de que esos viejos cacharros pueden echar una mano, allá usted."

"Son más que aptos para cubrirme las espaldas frente a posibles drones garmoga. Y cualquier cosa que me permita centrarme en ayudar a Alma sin tener que preocuparme de una puñalada por la espalda es bienvenida."

"Bueno, tiene mi permiso. Espero no tener que cubrirle las espaldas burocráticamente también. La última vez que se intentó usar a esas latas andantes como refuerzo para los Riders terminamos con el triple de daños colaterales."

 

******

 

Camlos Tor. Los Jardines de Concordia eran un hervidero de drones garmoga que poco a poco estaba siendo purgado.

Y a pesar de ello, Antos Aster no podía sentir satisfacción ante un trabajo bien hecho. Lo que habría querido más que nada es unirse a Armyos y Athea cuando se trasladaron al otro extremo de la Pirámide Senatorial para prestar auxilio a Avra.

Siempre había tenido sus roces con su hermana pequeña, pero también era con la que pasaba más tiempo y la idea de que necesitase ayuda y él no poder acudir le dejaba un mal sabor de boca.

Pero alguien tenía que quedarse para minimizar el número de drones y centuriones garmoga. Y en cuanto Adavante hubiese despejado el área en torno al portal lo suficiente, Antos debía llevar a cabo el procedimiento que habían entrenado para poder cerrarlo sin una detonación de destrucción extrema en su lado.

Una de esas cosas más sencillas de describir que de realizar. Aunque en cierto modo, eso representaba en gran medida todas sus vidas.

El Rider Purple no dejó que sus pensamientos y descontento frenasen su efectividad, por supuesto. Su lanza había sido un baile continuo de enemigos ensartados, descargas de energía y réplicas arrojadas contra los drones de mayor tamaño, todo ello combinado con el uso de sus piernas y puños.

Más que pelear, Antos parecía estar sumido en una danza constante. Cada movimiento enlazaba con el siguiente de forma natural y orgánica, no había un paso en falso ni un movimiento malgastado. Cada golpe contaba, cada finta tenía un propósito.

Con los Dhars de sus hermanos manteniendo el área externa controlada y Adavante tornando el corazón de lo que unas horas antes había sido uno de los jardines y parques más hermosos del planeta en un mar de llamas púrpuras y rosáceas, Antos pudo ver por fin una oportunidad. El número de drones y centuriones se había minimizado lo suficiente y no parecía que salieran a mayor ritmo del portal.

Es ahora o nunca, pensó, Y cuanto antes cierre esa cosa, antes podré ir a ayudar a los demás.

La energía envolvió el cuerpo de Antos. Volutas de poder que asemejaban vapor púrpura y descargas eléctricas del mismo color. Una última llamarada de Adavante lo rodeó con un escudo de fuego que alejó a los garmoga de su posición inmediata, dándole unos preciosos segundos extra.

Antos saltó hacia adelante, en dirección al portal, atravesando las llamas. Con su mano izquierda, sosteniendo su lanza Gebolga, trazó un arco frente a sí que se vio atravesado por una descarga de plasma emitida por la lanza que terminó de diezmar a los garmoga que se interponían en su camino. Su mano derecha concentraba la energía generada, que en un instante se depositó en la palma de su mano, flotando como una esfera de poder puro.

Con el resplandor verde del portal a pocos metros delante de él, Antos Aster se dispuso a arrojar la bola de energía a través de aquel desgarro en el espacio para que su detonación en el otro extremo lo cerrase.

No pudo hacerlo.

En cuestión de milésimas de segundo pudo ver en su periferia algo dorado descendiendo desde el cielo a gran velocidad y embistiéndolo. Antos salió despedido, cayendo al suelo a metros de distancia. Su concentración rota. La esfera de energía en su mano se disipó con una descarga que lo dejó más aturdido que el golpe que acababa de recibir.

Frente al intacto portal garmoga, Golga se alzó como un guardián silencioso. Casi podría decirse que el centurión dorado emanaba un aire de satisfacción.

Instantes demasiado tarde, Armyos y Athea aparecieron tras él.

 

******

 

Armyos Aster era el conciliador del grupo. Tranquilo, afable y paciente. Athea Aster podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en que su hermano Armyos había estado realmente furioso.

La actual era una de dichas ocasiones.

Poco antes de llegar a la posición Norte para auxiliar a Avra hubo un breve debate sobre si llamar a los Dhar Komai, pero consideraron que era más pragmático que continuaran su labor de control del perímetro. Una cuestión de puro pragmatismo.

El pragmatismo había abandonado los pensamientos de Armyos tras ver el estado de Avra. El Rider Orange saltó de forma directa contra el autoproclamado Golga, un centurión garmoga dorado. Su mera existencia suponía la puesta en marcha de miles de señales de alarma en la cabeza de Athea.

El martillo de Armyos trazó un arco de descenso en el aire. El material acristalado y anaranjado del que estaba conformado, energía pura solidificada, chisporroteaba con electricidad apenas contenida. Armyos golpeó con todas sus fuerzas con la intención de aplastar a su dorado oponente.

Golga no se movió hasta el último segundo. Plantó los pies en el suelo y se inclinó hacia adelante alzando su brazo derecho. Con su mano, detuvo el impacto del martillo sujetándolo con firmeza. Tras él, la onda expansiva de aire y energía descargada dañó edificios y a drones garmoga que revoloteaban cerca, pero Golga no pareció aquejar el impacto más allá de una obvia tensión muscular en su brazo.

"Buen golpe. Sólido", dijo. Y tiró del martillo atrayendo a Armyos hacia él para propinarle un gancho de izquierda. 

El Rider Orange cayó hacia atrás. Sus dedos se deslizaron de la empuñadura de su arma y el martillo de deshizo en esquirlas anaranjadas que se disolvieron tras flotar unos instantes en el aire.

Golga avanzó, dispuesto a continuar su ataque, cuando de nuevo una oleada de flechas negras se clavó en distintos puntos de su torso y extremidades, frenándolo en seco.

Desde su posición, al pie de una Avra que comenzaba a recuperarse de su aturdimiento, Athea Aster observó como su oponente recibía una veintena de proyectiles de energía de su arco sin inmutarse.

Aparentemente.

Athea pudo verlo. Era sutil, pero estaba ahí. El centurión dorado aparentaba no sufrir daño alguno ante sus ataques, o al menos un daño tan nimio que no lo registraba como tal. Pero esa no era la realidad en absoluto.

La actitud del garmoga dorado no era sino otra forma de combate, más psicológica. Proyectar una imagen de invencibilidad, aparentar ser imparable e incapaz de sufrir daño. El impacto sobre el oponente era obvio, un desgaste constante derivado de un creciente sentimiento de futilidad al constatar que cualquier ataque que lanzase sobre Golga no surtiría efecto. ¿Para qué seguir peleando si no servía de nada?

Pero Golga si notaba los golpes. Athea pudo percibir cómo sus flechas lo dañaban. Era algo infinitesimal pero acumulativo. Sus movimientos eran ligeramente más lentos, su capacidad de reacción se veía afectada. Simplemente, tenía un umbral de resistencia altísimo, mayor que del de ningún otro enemigo al que Athea o cualquiera de sus hermanos y hermanas hubiese hecho frente.

Pero estaba segura de que no era invencible. Se trataría de una cuestión de desgaste y resistencia, pero Golga podía ser vencido.

Con ese aguante puede que necesite un millón de flechas para causarle daños serios, pensó, Sea pues, serán dos millones.

Pero antes de que pudiese disparar una nueva oleada de flechas y antes de que un repuesto Armyos pudiera contraatacar tras materializar de nuevo su arma, Golga se paró en seco, como escuchando un sonido que sólo él pudiese oír.

Y saltó. Un salto prodigioso, casi como si hubiese emprendido el vuelo, que lo elevó por encima de la pirámide en dirección al sur.

Antos, pensó Athea, Va a por Antos.

Athea notó una mano sobre su hombro. Se volvió y pudo ver a Avra, con su casco a medio formar cubriendo la mitad de su rostro.

"Id a por él."

 

******

 

Cuando Antos Aster pudo centrarse de nuevo tras el impacto recibido, lo primero que vio fue algo justo delante del portal que parecía un centurión garmoga de piel dorada, cubierto por flechas negras como un alfiletero viviente y esquivando golpes del martillo de Armyos como si jugase con él.

"Pareces furioso, Rider Orange. Eso te descentra, te hace lento y torpe", dijo la criatura.

Ah, genial, si hasta habla, pensó Antos, aún intentando asimilar la situación.

Levantándose, Antos materializó su lanza en sus manos y la arrojó contra el centurión dorado. El ser se volvió y con un único movimiento tomó la lanza con su mano y procedió a usar el impulso de esta para con un giro embestirla contra otra acometida de Armyos, parando en seco de nuevo al Rider Orange.

La lanza se deshizo para volver a formarse de nuevo en manos de Antos. Viendo que aquello no iba a funcionar de una forma, decidió probar algo distinto.

Adavante descendió sobre la zona, descargando un río de fuego púrpura.

"Esto no valió de nada cuando lo intentó la lagartija azul", dijo Golga, "¿Qué os hace pensar que funcionará ahora?"

El centurión dorado extendió su brazo izquierdo. Su cuerpo hasta aquel momento no había hecho gala de las habilidades cambiaformas y mutables de otros garmoga, pero eso cambió cuando su puño izquierdo se fundió y alargó convirtiéndose en un filo. Este se extendió a lo alto, como una fina aguja justo cuando Adavante pasaba sobre él.

Se clavó en la membrana de una de las alas del Dhar y el mero movimiento de éste al desplazarse causó que el corte fuese profundo. Adavante rugió de dolor y descendió de lleno estrellándose contra los escudos de la pirámide.

Antos cayó de rodillas llevándose una mano al costado. Sintió el dolor de su Dhar Komai como si fuese propio.

Por su parte, Golga se mantuvo de pie rodeado por las llamas, con los brazos abiertos como invitando a un nuevo ataque. Una provocación burlona, cargada de superioridad.

La respuesta fue un grito de rabia jubilosa que parecía resonar como venido del abismo.

Golga comenzó a girarse, pero supo inmediatamente que no le daría tiempo. La explosión de aire a su espalda fue el preludio de la descarga de energía cegadora seguida del golpe que impactó de lleno en su rostro como un asteroide sobre la superficie de un planeta.

La fuerza fue tal que Golga pudo sentir el puño de su oponente clavándose en la carne de su rostro sin rasgos. De haber tenido una mandíbula inferior ésta habría sido arrancada de cuajo. De haber sido un ser de constitución más débil, habría sido toda su cabeza, decapitada por un único golpe. Puede que incluso parte de su torso.

Por fortuna para el centurión dorado, su resistencia fue la suficiente para que el impacto solo lo arrojase al suelo a varias decenas de metros de distancia.

Sus reflejos fueron rápidos, y Golga comenzó a incorporarse apenas había tocado la calcinada superficie de los Jardines. Pero resultó llamativo que se quedase unos instantes de rodillas antes de levantarse del todo, llevándose la mano a su mentón en un gesto de dolor extrañamente humano.

En el lugar donde Golga se había alzado antes, entre los restos de las llamas de Adavante y envuelta en un aura de energía azul que no cesaba de moverse como un torbellino en torno a su cuerpo, se encontraba Avra Aster.

Su armadura seguía ensuciada por los escombros, los negruzcos fluidos de garmoga aniquilados y restos de su propia sangre, pero su casco se había reformado por completo, cubriendo de nuevo su rostro. La Rider Blue entrechocó sus puños y una pequeña descarga de electricidad azulada fue emitida por el impacto.

"Eh, hijo de la innombrable de Shadizar", exclamó, "Es hora del segundo asalto."

sábado, 14 de agosto de 2021

039 IMPLICACIONES

 

Si se lo preguntaseis, Tobal Vastra-Oth os habría dicho que preferiría mil veces estar de vuelta en casa, en Occtei, con sus hijos. Ayudándolos a sobrellevar el duelo por la pérdida de Mantho.

Pero al mismo tiempo jamás habría podido vivir consigo mismo si no hubiese hecho algo para saldar cuentas con los responsables de la muerte de su marido.

Eso lo había llevado a buscar a Meredith Alcaudón. Eso lo había llevado a Pealea. Y eso lo había llevado al momento particular en que la detective (¿socia? ¿compañera?) y él se encontraban en ese preciso instante: Bajo fuego cruzado de dos torretas automáticas en el salón de la residencia de una alimaña a la que intentaban cazar mientras el planeta alrededor de ellos se iba a la mierda por una infestación garmoga.

Afortunadamente los reflejos de Tobal Vastra-Oth fueron rápidos.

Cuando entraron en la casa modular de Legarias Bacta, las dos torretas emergieron de secciones ocultas, una en el suelo y otra en el techo. Tobal caminaba delante y pudo alzar rápidamente un escudo mágico estándar. Un disco de luz amarilla con runas y glifos flotantes chisporroteaba frente a su mano extendido, cubriéndolo a él y a Meredith Alcaudón de la lluvia de proyectiles.

Las torretas disparaban esquirlas de metal aceleradas cinéticamente. El escudo de Tobal no las repelía propiamente dicho, más bien las frenaba en seco haciendo que cayesen inertes a sus pies, sin riesgo de rebote en otras superficies.

Por desgracia el escudo consumía tanto energía mental como física de aquel que lo conjuraba y Tobal no estaba seguro de si podría mantenerlo más tiempo. El problema de aquel tipo de torretas es que su munición era básicamente un bloque de metal de tamaño medio del que seccionaban minúsculas partes, por lo que cada una podría tener perfectamente capacidad de disparo para varias horas antes de sufrir un recalentamiento.

Por suerte para él, no estaba solo.

Meredith Alcaudón se concentró, ignorando el ruido de los disparos y el resplandor del escudo mágico que debido a los impactos recibidos emitía destellos que refulgían por todas las superficies reflectantes de la estancia.

Los espíritus de las torretas eran como animales salvajes. Improntas de puro instinto básico y primario. Aún con todo, la limitada influencia que pudo ejercer su tecnopatía fue más que suficiente para redirigir la torreta del techo y su flujo de disparo a la torreta inferior, haciéndola estallar en pedazos. Tras eso, Meredith hizo uso de su telequinesis para mover los restos de metralla a los huecos del cañón de disparo de la torreta superior. Ésta reventó espectacularmente.

Tobal bajó sus manos y el escudo se desvaneció. Se inclinó hacia adelante unos instantes, con sus manos apoyadas sobre las rodillas en posición encorvada. Intentaba recuperar el aliento.

"Estoy... estoy bastante desentrenado en esto", dijo.

"No sabía que eras mago", observó Meredith.

"Técnicamente no lo soy, no tengo una licencia... pero cuando estuve en el ejército nos enseñaron hechizos de defensa básicos a todo recluta que tuviese un mínimo de talento. Escudos, curativos, ilusiones sencillas..."

Meredith asintió, "Me temo que tendrás que desempolvar algo más de ese viejo arsenal antes de que esto acabe. Sigamos, no nos queda mucho tiempo."

"¿Los garmoga?"

"No solo por ellos", explicó, "Siento algo en el subsuelo. Algún tipo de vehículo. Si no nos damos prisa nuestra rata se nos va a escapar."

 

******

 

El miedo no es una opción válida. Sentirlo es natural, pero un individuo no debe rendirse al miedo. Es una concesión a la derrota.

Las palabras de Amur-Ra, pronunciadas en una lección hace mucho tiempo, resonaron en el fondo de la mente de Rider Red.

Por ello, Alma Aster tomó las riendas de su miedo. No lo ignoró, ni lo reprimió. Lo moldeó y lo convirtió en un acicate para pasar a la acción. Cuando el Dhar Komai verde emergió de entre el enjambre de los garmoga, la Rider Red no permitió que la sorpresa inicial la paralizase más tiempo, y pasó al asalto.

Con sus mentes unidas casi en una por su alta sincronización, Solarys siguió los instintos de Alma y se lanzó de lleno contra el nuevo enemigo, emitiendo por su boca un rayo de plasma rojizo. El nuevo Dhar Komai verde lo esquivó con una maniobra rápida y elegante al tiempo que emitía su propio ataque. Un rayo de plasma esmeralda que Solarys evitó plegando sus alas y dejándose "caer". 

En el fuego cruzado, la energía emitida por los dos Dhars se llevó por delante a múltiples concentraciones de drones garmoga.

Intentando un cambio de táctica, Alma llevó a Solarys a intentar flanquear al enemigo al tiempo que emitía esta vez descargas de energía en forma de bolas de plasma explosivo. Las detonaciones no llegaron a alcanzar de lleno al Dhar verde, pero la criatura notó las ondas expansivas, respondiendo a ello con un vuelo errático antes de lanzarse de lleno contra Solarys.

Quiere bailar de cerca, pensó Alma, Muy bien peque, concedamos el baile...

Solarys se abalanzó frontalmente contra el Dhar verde. En el preciso instante justo antes de que las dos bestias impactasen una contra la otra, emitió una última descarga de plasma guardada en reserva.

La bola de plasma carmesí estalló, pero el Dhar Komai verde no pareció aquejar la explosión. Acelerando más, la criatura atravesó las llamas de energía envuelta en un aura de poder esmeralda que parecía escudarla de la mayor parte del daño. Embistió directamente contra Solarys, agarrando a la Dhar roja con sus garras en un violento abrazo al tiempo que escupió una oleada, no de llamas, sino de gases verdes nocivos.

A través de su vínculo Alma pudo sentir el efecto inmediato en Solarys. Mareo, náuseas y una sensación de asfixia. Concentrándose, la Rider Red transmitió un poco de su propia esencia a su Dhar. Solarys estalló en energía rojiza y respondió a los gases con una llamarada de fuego escarlata.

Los dos Dhar procedieron a golpearse y darse zarpazos, sacudiendo sus alas y cayendo en círculo hacia la atmósfera del planeta.

El Dhar verde consiguió separarse por un instante y se volteó violentamente, golpeando a Solarys con su cola. Antes de recibir el impacto, Alma pudo ver a través de los ojos de su Dhar que en la espalda de su enemigo, entre las dos alas, brillaba como una gema engarzada lo que parecía ser la cápsula exterior de una silla-módulo.

Las implicaciones eran escalofriantemente obvias.

No puede ser, no puede ser, no puede ser...

Ignorando los pensamientos que amenazaban con desgarrar el equilibrio interno de su mente, Alma Aster impulsó de nuevo a Solarys, haciendo que la Dhar disparase de nuevo un rayo de plasma al enemigo. El Dhar verde respondió en consonancia con el mismo tipo de ataque. Pero en vez de esquivar el ataque de Solarys para intentar contraatacar como había hecho antes, dirigió su rayo de plasma de forma directa contra el de la Dhar Komai roja.

Los dos Dhars se mantuvieron suspendidos en su posición. Expulsando las emisiones de energía a través de sus bocas de forma continua, aportando más y más poder al ataque buscando superar el flujo de poder del enemigo.

Justo en el punto de intersección donde el rayo de plasma carmesí impactaba contra el rayo de plasma esmeralda, la energía comenzó a concentrarse y a crecer en inestabilidad, tornándose en una burbuja de luz blanca incandescente que comenzó a aumentar de tamaño hasta...

¡Mierda! ¡Solarys, corta el flujo y prepárate para...!

La burbuja estalló como una nova en miniatura.

Por unos instantes, en la superficie de Pealea quien hubiese mirado a los cielos habría podido creer que un segundo sol adornaba el firmamento como salido de la nada.

Solarys y Alma sintieron el impacto de la energía liberada de forma tan violenta casi de lleno, pero habrían recuperado su posición si no fuese por el segundo choque inmediatamente después. De algún modo, el Dhar verde había cortado su ataque unas décimas de segundo antes y se había lanzado contra Solarys, parcialmente impulsado por la misma onda expansiva.

Los dos Dhar cayeron, esta vez atravesando la atmósfera envueltos en llamas como dos estrellas fugaces. A pesar del aturdimiento, Solarys se las apañó para separarse de su asaltante golpeando al Dhar verde repetidamente en la cabeza con sus puños cerrados.

La Dhar Komai roja abrió las alas, intentando recuperar el equilibrio o frenar su descenso. pero era evidente que al menos una de las alas de Solarys había sido dañada. Con una mueca de dolor, Alma pudo sentirlo casi como si la extremidad fuese suya. Una sensación punzante y fría en el costado derecho de su cuerpo.

Rider Red dio instrucciones a Solarys y la Dhar envolvió su cuerpo en energía para amortiguar el impacto. Ahora parecía un fragmento de luz sanguinolenta en rumbo de colisión a la superficie.

La silla-módulo se abrió y Alma saltó, emitiendo un destello que la teletransportó al suelo. No fue todo lo grácil y exacta que hubiese querido, aún desorientada por la explosión y el vertiginoso descenso. Por ello la Rider Red apareció en el aire, a unos seis o siete metros de altura sobre el suelo y cayendo en línea horizontal unas decenas de metros antes de tocar tierra.

Tras ella, la Rider Red pudo sentir el impacto de Solarys al caer a cierta distancia, como un trueno.

Alma Aster se incorporó. Con un rápido vistazo constató que habían caído lejos de las áreas habitadas del planeta. El suelo era pedregoso, accidentado e irregular, y estaba cubierto por cenizas negras. Solarys se había estrellado contra la base de la ladera de lo que parecía ser un pequeño volcán activo, a juzgar por el resplandor anaranjado que surgía de su cima y las constantes emisiones de humo, gas y cenizas que oscurecían el cielo en el área.

Un área volcánica activa, posiblemente una isla.

De una nube de polvo gris y energía escarlata, Solarys emergió incorporándose lentamente y sacudiendo su enorme cabeza. Alma corrió hasta ella, sirviéndose de su lazo para comprobar su estado.

Como respondiendo a una pregunta silenciosa, Solarys asintió. Alma pudo sentir que su Dhar Komai estaba bien, pese al daño recibido en su ala derecha. La herida se estaba curando ya, pero requeriría un tiempo antes de que pudiese alzar el vuelo con seguridad.

Un segundo impacto en la superficie interrumpió sus pensamientos.

Alma se volvió y pudo verlo con claridad a pesar de estar a unos cuatrocientos metros de distancia, al otro lado de la pequeña llanura de piedra gris y cenizas. Una nube ennegrecida de polvo, con volutas de gas verde, marcaba el punto de impacto en el que había caído el Dhar Komai verde.

Curiosamente, ninguno de los enjambres o drones garmoga les habían seguido.

El Dhar Komai verde se incorporó. El gas del mismo color surgía de los huecos entre sus escamas, como una ponzoñosa descarga de poder. La sustancia se apelmazó en el suelo alrededor del ser, casi como si alterase el terreno en torno a su presencia.

Alma pudo verlo con más claridad. Su tamaño era casi el mismo que el de Solarys, la diferencia debía ser mínima, de apenas un par de metros en envergadura. Eso lo convertía en el Dhar más grande junto con la suya. 

Era algo más esbelto que Solarys, casi serpentino dada la longitud de su cuello y parecía caminar más inclinado hacia adelante, como si favoreciese una postura más cuadrúpeda en contraste con la más bípeda de Solarys. Su cabeza cornamentada recordaba en cambio a la de Adavante y su larga cola remataba en una punta afilada, de brillo metálico. Un claro injerto artificial, como las alas de Volvaugr.

El Dhar Komai verde rugió. A espaldas de Alma, Solarys respondió con su propio rugido al desafío. Pero la atención de Alma ya no estaba centrada en los dos Dhars.

Pudo sentirla. Cómo podía sentir a sus hermanos, pero de forma distinta, sin la familiaridad tranquilizadora. Cómo sintió la explosión de poder de Tiarras Pratcha, pero mucho más grande. Y esta vez contenida y controlada.

De entre las volutas de energía esmeralda y polvo volcánico al pie del Dhar Komai verde, Alma pudo ver una silueta humana emerger, caminando hacia la llanura en dirección a ellas.

Era una figura femenina. Alta y esbelta, pero irradiando poder a cada paso que daba. Portaba un largo cetro o bastón dorado, coronado por un adorno en forma de media luna u hoz.

Todo su cuerpo estaba cubierto. La armadura era de un verde brillante y vivo, casi luminiscente. De aspecto cristalino y orgánico, como una segunda piel o tejido muscular abrazando las formas del cuerpo que la portaba. Su casco, única pieza de aspecto más artificial, cubría totalmente su rostro, ocultando sus ojos tras un visor negro.

No era la armadura tosca de la llave mórfica de Pratcha. No era la armadura de aspecto casi textil metalizado que había visto en Dovat en las grabaciones de la incursión en Cias.

Era una armadura de Rider.