martes, 23 de marzo de 2021

004 LUMINISCENCIA

 

Ko Nactus no era tonto.

Ko Nactus también se vanagloriaba de tener un buen sentido de autoconservación.

Por eso, cuando Armyos Aster, Rider Orange, le dio la espalda para comenzar a charlar por radio o lo que quiera que usasen esas armaduras suyas como método de comunicación, ni se planteó por un momento intentar ninguna jugarreta. Ni una puñalada por la espalda ni volver a apuntarle con su arma. Nada.

Si, la tentación estaba ahí. Matar a un Rider, ser un asesino de leyendas... la reputación de un individuo así crecería a niveles sin precedente en la historia galáctica reciente.

Pero eso era otro motivo para no hacerlo. Alguien con semejante logro a cuestas caminaría toda su vida con una diana a la espalda, y a Ko Nactus le gustaba tener una vida lo más discreta posible. Ser un capitán pirata relativamente notorio ya le resultaba incómodo. Había pensado muchas veces en retirarse, o quizá en conseguir una identidad falsa, a ser posible tras fingir una muerte apoteósica que sí diese para hablar pero sin causarle dolores de cabeza.

Así que lo único que hizo el phalkata fue terminar de incorporarse del suelo y comenzar a alejarse lentamente por el corredor sin apartar la vista de Rider Orange. Armyos hizo un leve gesto con la cabeza, como reconociendo la presencia de Nactus y aludiendo a su acuerdo que era libre de largarse si no provocaba un enfrentamiento.

Nactus asintió en respuesta y echó a correr sin mirar atrás.

Vive y deja vivir, pensó Armyos, No creo que el buen capitán vaya a tener tan buena fortuna con la fragata o nuestros Dhars ahí arriba si intenta dejar el planeta. O quizá sí, quién sabe.

Materializando de nuevo su martillo por lo que pudiese pasar, Armyos se encaminó a buscar un acceso al subnivel 5 para seguir el rastro de Pratcha. Ya había avisado a Antos y Athea, que estaban solo unos niveles por encima. Avra dijo ir de camino, pero no aclaró donde estaba y los ruidos y gritos de fondo en su transmisión le indicaron a Armyos que más pronto que tarde iba a ser hora de tener otra charla seria con su hermanita en lo referente a daños colaterales. Su último contacto fue con Alma para informarla de la posición del laboratorio y de la posibilidad de que tuviesen que rastrear a Pratcha en la superficie.

La respuesta de su hermana mayor, resonando de forma simultánea en la línea de comunicación de los cinco, habría sido más sorpresiva si no la conociese tan bien: "Tengo cubierto ese problema. Que uno busque el laboratorio y asegure la posición. Los demás reuníos conmigo."

Armyos sonrió bajo su casco y aceleró el paso.

 

******

 

Los conductos de mantenimiento habían enlazado con uno de los viejos túneles mineros. Tiarras Pratcha y sus dos jóvenes ayudantes habían tenido que atravesar una sección parcialmente inundada antes de encontrar el acceso que buscaban, una angosta grieta en la pared rocosa que conectaba con un pequeño habitáculo o celda pobremente iluminado por fosforescencias naturales desde la cual se extendía un estrecho pasillo  hacia arriba con una escalerilla de metal oxidado muy insegura.

Al final del ascenso los esperaba una puerta metálica circular que a Pratcha le recordó a una vieja cámara acorazada. Axas y él procedieron a abrirla tirando entre los dos de la rudimentaria y casi inamovible palanca que ponía en marcha el antiguo mecanismo de apertura.

Con un chirrido desagradable que hizo pensar a Pratcha en el lamento moribundo de algún animal, el portón circular comenzó a abrirse hacía el exterior. La luz clara de la superficie de Krosus-4 entró a raudales cegándolos momentáneamente.

Tiarras Pratcha fue el primero en salir y comenzó a empujar la puerta para cerrarla en cuanto los otros dos cruzaron el umbral justo tras él. Axas procedió a ayudarle dado que el viejo metal parecía resistirse. Se encontraban al amparo de una pequeña apertura en la roca de la montaña, una minúscula cueva poco profunda. A unos veinte metros en el exterior abierto se encontraba esperando la pequeña nave, apenas una lanzadera, que los permitiría huir del lugar.

Mientras Pratcha y Axas cerraban el portón, Dovat salió de la pequeña cueva mientras extraía cargas explosivas de su zurrón. Su intención era provocar un derrumbamiento que bloquease del todo el acceso para entorpecer a quien pudiese seguirlos.

Finalmente, con un último chirrido y un estertor de metal la puerta se cerró. Pratcha respiró hondo para recuperar el aliento. A su lado Axas jadeaba por el esfuerzo y reposaba su frente sudada sobre el metal. Pratcha le dio una suave palmada en el hombro y con un gesto de cabeza lo animó a ponerse en marcha. Axas asintió con una sonrisa y a pesar del cansancio comenzó a seguir al doctor.

En la apertura, Dovat esperaba. Paralizada. Pratcha supo inmediatamente que algo iba mal.

La joven atliana se encontraba justo al borde de la apertura en la roca, con la mano aún hundida en su zurrón y la mirada fija al frente con los ojos muy abiertos en una expresión de terror. No estaba totalmente inmóvil. Temblaba ligeramente.

Siguiendo la mirada de la muchacha Pratcha pudo ver inmediatamente la causa de su miedo y maldijo entre dientes. A su espalda pudo oír a Axas musitando un quedo "Oh, cielos, oh no..."

A veinte metros delante de ellos se encontraba la lanzadera que los permitiría huir de allí.

Frente a la lanzadera, esperando con una cristalina espada roja y brillante en mano, capa ondeando al viento, estaba Alma Aster.

Rider Red.

 

******

 

Cuando se separó del resto de su equipo en el hangar para iniciar el rastreo de la base, Alma tuvo una corazonada. Y parecía que su intuición la había servido bien.

La joven atliana fue la primera en asomar desde la apertura de la roca en la que se encontraba el portón, parando de golpe al percatarse de su presencia como una presa al darse de bruces con un depredador al acecho. Tras ella surgieron otro atliano cuyos rasgos denotaban parentesco con la chica a pesar de la diferencia cromática, y un humano de edad avanzada pero en buena forma, alto y corpulento vestido únicamente con un traje termal blanco de una pieza pero sin casco ni guantes.

Tiarras Pratcha frunció el ceño al verla. El doctor se adelantó posando una mano sobre el hombro de Dovat y empujándola suavemente hacia atrás junto a su hermano. La joven pareció relajarse al contacto. Pratcha dio un paso al frente, escudando a los dos atlianos y se plantó firme sin apartar la vista por un momento de Alma.

"Rider Red", dijo, casi a modo de saludo.

"Doctor Tiarras Pratcha", respondió Alma con una leve inclinación de cabeza, "Miembro de la unidad de desarrollo armamentística de los Corps, bioingeniero, biomecánico y acusado de robo y traición. Es un delito muy serio, doctor."

Pratcha volvió su mirada hacia el horizonte. En el cielo podía verse aún el resplandor de la batalla que todavía continuaba en órbita.

"¿Cómo ha...?"

"No es la primera vez que limpiamos una base enemiga, doctor. Siempre hay agujeros extra para salir, y de los tres que localicé este desde luego parecía el más viable", explicó Alma al tiempo que señalaba a la lanzadera.

"¿Es así como termina entonces?", preguntó Pratcha, "No esperaba que mi final fuese a llegar a manos de una leyenda."

Alma negó con la cabeza, "No tiene porque morir nadie, doctor. Nuestras órdenes son llevarle de vuelta, vivo."

Pratcha rió, una risa seca y sin humor, "Oh, por supuesto, pero eso no es verdad. Tengo muy claro lo que piensan hacerme. Tus órdenes... eso es de cara a la galería y para que las armas vivientes no hagáis preguntas incómodas, niña."

"Soy más vieja que usted."

"Pero no más sabia."

Alma sacudió la cabeza. Aquella dialéctica no llevaba a ninguna parte, "Doctor Pratcha, lo mejor será que..."

Un grito de rabia y desesperación la interrumpió. Axas pasó corriendo al lado de Pratcha antes de que el doctor pudiese intentar frenarlo.

"¡Axas, NO!"

Pero el joven atliano hizo oídos sordos a la advertencia de su mentor y se lanzó directamente contra Alma al tiempo que extendía una corta hoja de silvacero retráctil que hasta ese momento había llevado colgada de la cintura. Axas se plantó frente a la Rider asestando un tajo horizontal que habría golpeado de lleno en el cuello de Alma si esta no se hubiese movido.

No es que una hoja de silvacero que ni siquiera tenía una carga plasmática o era una termoespada pudiese hacerle mucho daño de haber atinado el impacto, claro está. Pero desde muy jóvenes el entrenamiento había introducido en los Riders, mejor en unos que en otros, finos instintos para esquivar cualquier ataque que viesen venir sin importar lo débil o inútil que aparentase. Nunca era sabio subestimar a un oponente y no se podía asumir que no contase con un as en la manga.

Así que pese a la más que probable ausencia de riesgo, Alma retrocedió unos pocos centímetros con un movimiento casi imperceptible. La hoja de Axas pasó por debajo de su barbilla casi rozando su cuello. Lo que ocurrió a continuación sucedió en pocos segundos.

Alma abrió su mano dejando caer su espada, que se deshizo en una nube de luz roja. A continuación agarró el brazo extendido de Axas y tiró de él haciendo girar violentamente al atliano hasta que éste quedó desorientado frente a ella, momento en que Alma lo golpeó en el pecho con la palma de su mano izquierda.

El ruido sordo y quedo del golpe no delató la fuerza del impacto, que arrojó a Axas a unos pocos metros de distancia frente a la Rider. El joven se quedó en el suelo, aún vivo, pero retorciéndose de dolor.

"¡Axas!"

Dovat gritó el nombre de su hermano y corrió junto a él, la parálisis del miedo disipada por un instinto de protección y auxilio que Alma supo reconocer y respetar. La muchacha se arrodilló junto Axas, intentando calmarlo. Alzó la mirada y clavó unos ojos llenos de odio sobre la Rider Red... antes de fijarse en la hoja de su hermano en el suelo y hacer ademán de tomarla en sus manos.

Alma respondió materializando de nuevo su espada con un destello de luz rojiza. Dovat se detuvo, no tanto por la amenaza implícita como por la voz alta y firme de Pratcha.

"Dovat, no. Os matará."

"Ya he dicho que no tiene que morir nadie", reafirmó Alma.

Pratcha cerró los ojos y tomo aire, "Dovat."

La joven atliana volvió sus ojos ámbar hacia él. La forma en que había pronunciado su nombre tenía un tono de resolución y resignación que la alarmó.

"¿Doctor...?"

"Dovat, toma a tu hermano y subid a la lanzadera. Marchaos."

Pratcha tuvo que levantar una mano para interrumpir la cacofonía de negaciones y quejas de los dos hermanos. Sus ayudantes no tenían intención alguna de dejarle a su suerte, pero Pratcha insistió.

"Axas necesita asistencia médica, Dovat. Ese golpe ha tenido que partir unas cuantas costillas. Y si os quedáis, si intentáis intervenir, no puedo garantizar vuestra protección", Pratcha se volvió hacia Alma, "¿Solo me buscan a mí, cierto? Ellos no tienen nada que ver con esto, pueden irse."

Alma asintió, "Solo usted Doctor Pratcha, ellos son libres de marcharse. Puedo incluso enviar una señal a mi Dhar para que los escolte más allá de la zona de batalla."

Pratcha asintió. Miró una última vez a los dos hermanos, dando una orden silenciosa. Dovat tenía una expresión de rabia frustrada en el rostro mientras sostenía entre sus brazos a un lloroso Axas. Finalmente la joven cedió, bajó la cabeza y tomó a su hermano subiendo ambos a la lanzadera. En menos de un minuto y tras la recogida de la rampa de acceso, la pequeña nave comenzó a elevarse con un ligero zumbido.

Alma los observó alejarse primero hacia el horizonte antes de comenzar a ascender en vertical, al tiempo que mandaba una señal psiónica a su Dhar informándole de la pronta presencia de la nave en la órbita del planeta y de que debía escudarla de la batalla.

"Ha cultivado una lealtad fuerte en esos dos, doctor."

Pratcha bufó, "No he cultivado nada. Son buenos chicos, valientes... insistieron en venir conmigo hasta el final a pesar del riesgo."

"Me alegra que haya sido razonable. Los demás Riders ya deben estar a punto de llegar aquí, así que..."

"No pienso ir a ninguna parte."

Alma se le quedó mirando. Bajo su casco su rostro  sostenía una expresión de incredulidad. La Rider sacudió la cabeza, "Doctor Pratcha, por favor...", Alma suspiró, "A riesgo de sonar horriblemente condescendiente, si lo que busca es un enfrentamiento debe ser consciente de que no tiene ninguna posibilidad real, ¿Lo comprende, verdad?"

Pratcha sonrió, pero sus ojos ardían con un fuego que no estaba antes, "Voy a morir de todas formas, Rider Red. Que sea al menos en mis términos" declaró el científico al tiempo que levantaba su mano derecha.

Alma pudo ver que sostenía un objeto pequeño, no parecía un arma o explosivo. Se asemejaba más a una fina tarjeta de datos o a una llave electrónica. Algo no iba bien.

Con un gesto rápido Pratcha movió el objeto hacia su cintura. Alma no se había fijado demasiado en el dispositivo que el doctor tenía adherido a su traje termal en el lugar donde habría estado la hebilla de un cinturón, asumiendo por su aspecto que podía ser algún comunicador o similar. Pero las acciones de Pratcha en aquel instante señalaban que era algo más. Al mismo tiempo, todos los instintos de Alma se habían puesto a gritar y la Rider pudo sentir como se erizaban todos los pelos de su cuerpo.

Alma saltó hacia adelante, con su brazo izquierdo extendido, buscando agarrar la muñeca de Pratcha para detenerle. Recorrió los metros que los separaban en un parpadeo con un movimiento inhumanamente rápido, pero Pratcha necesitó menos que eso y la llave entró en la ranura del dispositivo con un limpio clic.

Antes de que los dedos de Alma rozasen al doctor, una explosión de luz blanca y brillante la lanzó por los aires con gran fuerza. Alma giró en el aire para caer sobre sus pies. La presión de la energía emitida la seguía intentando arrastrar hacia atrás, forzándola a clavar su espada en el suelo a modo de ancla para mantener su posición.

Donde había estado Pratcha había ahora una fuente de luz esférica y de gran luminosidad, casi como un sol en miniatura girando sobre si mismo. La energía emitida comenzó a disminuir y Alma pudo incorporarse. La intensidad de la luz se redujo y la esfera luminosa comenzó a deshacerse en nubes fosforescentes blancas y grises.

A falta de una mejor descripción, la luz comenzó a solidificarse, cristalizarse, envolviendo a la figura humana en el centro de todo.

Finalmente cesó, y Alma pudo ver de nuevo a Tiarras Pratcha.

El doctor estaba de pie, con las piernas firmemente plantadas en el humeante suelo quemado y cristalizado a su alrededor, los puños cerrados y la cabeza gacha.

Su cuerpo envuelto en una armadura blanca y gris, quizá algo más tosca pero no muy distinta de la de un Rider.

Tiarras Pratcha levantó su cabeza y clavó una mirada cubierta por un visor negro sobre la figura de Alma Aster.

Bien, pensó Alma, esto va a doler.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario