sábado, 15 de mayo de 2021

017 PESQUISAS Y FANTASMAS

 

A solas en su habitación, sentada en pose de meditación sobre su cama, un observador casual podría pensar que Athea Aster estaba teniendo una mañana más o menos relajada.

Nada más lejos de la realidad.

Habían pasado los dos días de gracia ("¡vacaciones!", como insistían Avra y Antos con esa peculiaridad infantil de sus personalidades que nunca había desaparecido del todo) y las rutinas volvían a asentarse.

Alma se encontraba en aquellos momentos en la sala de conferencias a distancia del Centro Gubernamental de Occtei, junto con el Director Ziras, atendiendo al comité frente al Senado del Concilio e informando de los hechos de Calethea 2.

Teniendo en cuenta que ni ella ni el director estaban de cuerpo presente en el edificio senatorial en Camlos Tor, la sede capital de la galaxia, atendiendo al comité mediante una holotransmisión, a Athea se le antojaba como mínimo potencialmente irritante que Alma no pudiese hacer lo mismo desde la sala de comunicaciones de los Corps.

Por supuesto, había consideraciones de protocolo y tradición que seguir, pero con ciento setenta y un años de edad a Athea aquellas formalidades le parecían una pérdida de tiempo.

Continuando su repaso mental a las situaciones de sus hermanas y hermanos, Athea sabía que aquella mañana Armyos había acudido de nuevo a los garajes para dedicarse a sus labores mecánicas. Mezcla de hobby y labor fundamental, era habitual que Armyos colaborase con el personal en la puesta a punto de los vehículos y lanzaderas auxiliares además de dedicarse a sus proyectos personales.

Avra por su parte estaría en las salas de entrenamiento, bien a solas haciendo uso de las simulaciones, o bien vapuleando a incautos cadetes bajo el pretexto de ejercicios de práctica. Al menos a día de hoy tenía más cuidado con ellos y no habían tenido que lamentar ninguna hospitalización seria en al menos un par de décadas.

Antos... sus rutinas eran difíciles de categorizar. Si en aquel momento no se encontraba flirteando (otra vez) con alguien del personal científico, lo más posible es que se encontrase junto a su Dhar. O puede que incluso hubiese abandonado el edificio para dar unas vueltas de incógnito por el centro de la ciudad, quién sabe.

Y Athea... meditaba. Más bien, daba vueltas a una serie de ideas constantes que pintaban una situación potencialmente alarmante.

Un supervisor de seguridad de los Corps comparó una vez a Athea Aster con un perro de presa. Si aquello era un cumplido o un insulto era algo que aún estaba en el aire, pero a la Rider Black no le importaba demasiado.

En cierto modo le daba parte de razón. Cuando se obsesionaba con algo no lo dejaba ir. Claro ejemplo, su situación actual respecto a Mantho Oth.

Tras recibir el mensaje informando de la imposibilidad de restaurar la copia de contenidos del disco duro de Pratcha, Athea se olió inmediatamente que algo no iba bien.

Su primer impulso fue presentarse en el Departamento Tecnológico para hablar con Oth en persona, pero su instinto le indicó que quizá aquello no sería buena idea y que convenía discreción. Esa sensación en el fondo de su estómago nunca le había fallado al lidiar con el peligro durante siglo y medio, así que confió en ella ciegamente.

Athea accedió a la base de datos de los Corps, pero no usando su propia ID personal, sino una identidad falsa que había creado hace ya bastante tiempo correspondiente a un empleado de nivel medio. No le servía de mucho más allá de poder curiosear en algunos archivos que no quería que fuesen rastreados a su terminal virtual personal, como era el caso.

Todo empleado tenía acceso al listado de personal, incluso uno de rango no especial como el de su identidad virtual falsa (más que un mero nombre y una contraseña, Athea había creado todo un perfil de datos y referencias para un individuo que no existía realmente).

Gracias a ello pudo constatar que Mantho Oth ya no formaba parte del personal de los Rider Corps desde el día anterior y que en su ficha aparecía marcado como "Traslado".

Traslado podía tener dos significados distintos. O bien Oth había sido movido a otra sede o puesto en los Corps, lo cual Athea pudo comprobar con rapidez que no era el caso, o bien había abandonado su trabajo para tomar otro propio o en una entidad privada.

La cuestión es que algo así no sucedía de la noche a la mañana. Desde luego, era algo que normalmente necesitaba más de tres días para formalizarse, salvo que se diesen circunstancias extremas, aunque ese no parecía ser el caso.

Por ello, Athea Aster se encontraba en aquel momento inmersa en su espacio mental particular, ordenando ideas en la soledad de su habitación.

Habría preferido hacerlo en la comodidad de la sala de prácticas de tiro, pero consideró que algo de discreción extra era necesaria, y las habitaciones de los Riders estaban exentas de vigilancia más allá de los sensores de seguridad mínimos.

Primero, presentó a Mantho Oth con un disco duro dañado con información relativa a las investigaciones del renegado Doctor Tiarras Pratcha.

Segundo, recibe en un plazo de tiempo anormalmente corto un aviso formal de que dicha operación había sido irrealizable y de que el disco duro había sido destruido.

Tercero, la impersonalidad del mensaje combinado con lo que sabe de Mantho Oth la lleva a la conclusión de que él no es responsable del mensaje.

Cuarto, dos días después Mantho Oth ya no está presente ni aparece listado en su antiguo puesto de trabajo del Departamento Tecnológico.

Primera opción: Oth procede a realizar el trabajo, es imposible, renuncia a su puesto sintiéndose avergonzado por su fracaso, abandona los Corps.

Breve, sencilla, tranquilizadora. Sin ningún sentido si uno tenía en cuenta no solo la profesionalidad de Oth sino el mero sentido común. Nadie abandonaría su trabajo por algo así.

Segunda opción: Alguien o algo impide que Oth proceda con la restauración del contenido. Ese alguien o algo informa a Athea del hecho. Ese alguien es una fuerza administrativa superior dentro de los Corps.

Algo así implicaría a un número de personas bastante elevado, desde los supervisores de Oth hasta el mismo Director Ziras. Preocupante.

Una variante de dicha opción presentaría la posibilidad de Oth teniendo éxito, pero los contenidos de los datos de Pratcha siendo algo extremadamente sensible que lleva a su categorización como material confidencial.

Pero de ser ese el caso, la habrían informado  de que la razón de no poder presentarle los hallazgos era debido a esa nueva situación, y no había sido así.

Y en ambas versiones, Oth termina desaparecido de su puesto. Eso desataba señales de alarma en un sentido o en otro. 

Athea no querría pecar de paranoica, quizá todo el asunto fuese un caso más de burocracia excesivamente sensitiva y torpe, pero una visita en persona a Mantho Oth comenzaba a figurar como una prioridad la mar de interesante para la Rider Black.

Su primer paso sería salir de la sede de los Corps.

Necesitaba averiguar la dirección de residencia de Oth y no quería arriesgarse a que dicha búsqueda figurase en los registros de red. Si había algún tipo de juego sucio en aquella situación, era mejor hacer uso de la red de una terminal pública como usuario anónimo. Los sistemas de conexión de alguna de las bibliotecas o centros de ocio locales podrían valer como alternativa. El flujo de información en esas terminales era tan grande y constante que incluso una vigilancia exhaustiva necesitaría de tiempo para rastrear algo.

Una vez supiese donde vive Mantho Oth, Athea Aster hablaría con él.

Asumiendo que esto no siga degenerando en algo salido de un vid sobre conspiraciones baratas y me lo encuentre muerto, pensó.

Habría querido decirse a sí misma que dicho pensamiento era un pobre intento de broma de mal gusto, pero de nuevo aquella intranquilidad vieja y familiar se asentó en su estómago.

 

******


Un día antes de que Athea Aster determinase su próximo paso a seguir, Meredith Alcaudón abrió los ojos tras una noche sin sueños. Como a ella le gustaba.

Por la pesadez en su cabeza y el brillo de la luz clara a través de las persianas, supo que ya pasaba del mediodía. Occtei teniendo un ciclo diario de veinticuatro horas era una bendición para la población humana.

El dolor en sus cervicales y hombros le indicó  que dormirse en su sofá una vez más no era una buena idea, por mucho que el quitarse la ropa para vestir algo más cómodo y meterse en la cama le pareciese un engorro la noche anterior al estar sumida en un estado casi febril de concentración.

Sintiendo crujir las vértebras de su cuello, Meredith se incorporó con un gesto de incomodidad al tiempo que estiraba sus brazos con un quejido. Se giró y aún semidormida echó un vistazo a su equipo.

En medio del estrecho salón-comedor de su pequeño apartamento, donde otros hubieran tenido un holovisor o una vieja pantalla plana de vids, se encontraba un frankenstiniano conjunto de cajas negras, computadoras y discos duros, conectados con procesadores externos. Una supercomputadora casera, construida a base de canibalizar y reformar componentes de otras.

Conectada a una ranura del cuerpo principal de aquel monstruo informático, se encontraba la micro-memoria que dos días antes le había proporcionado Mantho Oth, y aún no estaba cerca de poder descifrar mucho.

En el monitor, columnas de números y letras azules caían como una lluvia torrencial. Líneas de código en sucesión buscando restos de cualquier porción de información rescatable de los contenidos allí copiados.

Había intentando los procesos tradicionales de acceso por fuerza bruta, programas de desencriptación, algoritmos de desfragmentación, etc. Obteniendo pocos o nulos resultados, había recurrido a sus dones de tecnomaga.

La tecnopatía le permitía hablar con el espíritu de la máquina. Era algo que siempre resultaba desconcertante.

Las máquinas no estaban vivas, salvo que se tratasen de una verdadera IA, y esas no abundaban. Pero la magia sigue sus propias reglas y un objeto inanimado podía cobrar cierto simulacro metafísico de vida a lo largo de su existencia.

Los usuarios, fuesen de la especie que fuesen, atribuían rasgos a sus máquinas. Las dotaban de nombres, hablaban con ellas, en casos extremos mostraban empatía o afecto más allá del meramente adquisitivo. Desde la más humilde terminal de comunicación por cable hasta la más avanzada supercomputadora, pasando por vehículos, naves, maquinaría médica, escáneres, etc.

Toda máquina usada y concebida por una especie inteligente se veía bombardeada desde el primer día de su manufacturación por una ola de ideas, conceptos, creencias y proyección emocional. Un aspecto fundacional de toda forma de magia del universo, es que se fundamenta en la creencia. Si una suficiente cantidad de individuos creen en algo, ese algo se tornaría real, aunque fuese sólo parcialmente o como un simulacro de lo real.

Y un significativo número de la población de las especies sapientes de la galaxia creía con total sinceridad, aunque de forma consciente no se diesen cuenta de ello o lo negasen, que las máquinas e instrumentos tecnológicos de sus vidas diarias tenían peculiaridades afines a una personalidad.

Así nacen los fantasmas en la máquina. Tras años de exposición a ideas y respuestas emocionales, hasta algo no vivo puede tener un simulacro de vida. Y los tecnomagos podían establecer cierta comunicación.

La experiencia siempre requería concentración y esfuerzo. Era como nadar en un lago de brea.

La mayoría de mentes de la galaxia, aún siendo entre especies distintas, compartían elementos comunes. Si, había disonancias extremas en algunas especies, pero lo vivo reconocía a lo vivo. Por ello los telépatas podían hacer uso de su don más allá de su propia especie.

Los espíritus de las máquinas no podían ser descritos como una mente viva. Realmente no lo eran. Establecer contacto con ellos no era como enlazar con una mente alienígena ajena a la tuya. Era más bien como agarrar un cúmulo de ideas y sensaciones disonantes despersonalizadas, hechas de cristal y metal afilado, usando solo tus manos desnudas para intentar sacar algo en claro.

Con dispositivos con una función muy específica, como aquella micro-memoria, era relativamente más sencillo, pero seguía requiriendo tiempo y concentración. Por ello Meredith estuvo hasta bien avanzada la madrugada intentando encauzar al código para convencerlo de que se descifrase por sí mismo.

Por lo que veía en su monitor, había tenido un éxito parcial. Los datos estaban reorganizándose. Si el resultado final era satisfactorio o no era algo que aún estaba por ver.

Con un suspiro y un nuevo quejido, Meredith se levantó y se alejó del sofá y la computadora avanzando hacia la esquina del salón donde se encontraba una pequeña cocina y una encimera en la que la aguardaba una cafetera y una jarra de café, o al menos un brebaje que podía pasar pasablemente por café si no se estaba familiarizado con las particularidades de la cafeína.  

Decidiendo recalentar el líquido en vez de preparar una nueva remesa, Meredith Alcaudón se percató del parpadeo en la pulsera de comunicación de su muñeca derecha. Alguien había intentado llamarla durante la noche y dejado un mensaje tras no recibir respuesta.

En parte por la concentración de la noche anterior y por su agotamiento posterior, Meredith no se había dado cuenta de ello. Abrió el mensaje y reconoció el código binario, traduciéndolo de forma instantánea.

01010100 01100101 01101110 00100000 01000011 01110101 01101001 01100100 01100001 01100100 01101111

En el preciso instante en que sus ojos terminaron de leerlo, una explosión que solo pudo haber sido provocada por un disparo de un arma de proyectiles reventó la cerradura, y la puerta de su apartamento se abrió de golpe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario