domingo, 20 de febrero de 2022

062 OH, VAYA

 

Avra hizo que Tempestas aminorase su velocidad de descenso tras atravesar las capas más altas de la atmósfera. A su izquierda en la distancia podía ver los destellos rojizos y anaranjado de los Dhars de Alma y Armyos. El resplandor purpura de Antos descendía a su derecha, varios cientos de metros por debajo tomando la delantera en dirección al centro urbano. Athea, como siempre, era casi imperceptible.

Avra había frenado sobre todo para orientarse y poder ver con claridad la posición de la quimera. El conjunto de nubes tormentosas que la rodeaban y los truenos constantes que la ensordecían no eran de mucha ayuda.

No ocurría siempre, pero si con la suficiente frecuencia para llamar su atención. Al menos Avra lo había notado otras veces y nada la hacía pensar que sus hermanas y hermanos ignorasen aquel fenómeno, pero siempre que una incursión garmoga se prolongaba cierto tiempo o llegaba al estado en que centuriones y quimeras aparecían entre la infestación, el clima de los planetas se inestabilizaba.

Si la presencia de los garmoga al iniciar su consumo y alteración del ecosistema era la causa de esto, se trataba de algo que nunca había podido probarse. Avra creía que la presencia de los Riders y los Dhar Komai también contribuía.

Después de todo, cinco individuos y sus respectivas bestias de combate emitiendo enormes descargas de poder taumatúrgico que muchas veces se materializaba en usos de fuerza que podían poner del revés la presión atmosférica no podían ser saludables para un ecosistema a largo plazo ¿verdad?

Dejando las nubes atrás y coordinando su mente con la de Tempestas para evitar que los fuertes vientos desviasen su rumbo, Avra finalmente se dirigió directa hacia la primera de las quimeras.

Kedolas, la criatura en cuestión, se había alejado de su punto de emergencia. Pero en vez de unirse a Vothua en su asalto al centro urbano parecía que el ser había optado por avanzar hacia el sur, hacia zonas boscosas donde los enjambres de drones garmoga que revoloteaban y corrían a su alrededor consumían toda la vida de la zona.

En el suelo, los drones eran ya tan numerosos que parecían una masa grisácea metalizada, como una marabunta devoradora. Caminando entre ellos podían verse las figuras de algunos centuriones garmoga. Sus chillidos y chirridos inundaban el aire, siendo solo superados por los ocasionales rugidos de la quimera.

El número de drones era tan denso a su alrededor que a cada paso que daba aplastaba a varias docenas. La biomasa de éstos era asimilada por Kedolas, y si bien no había aumentado su altura, las placas metálicas del dorso de la criatura parecían más densas y el número de púas sobre ellas se había multiplicado. Algunas de las más gruesas parecían rematar en ramificaciones de púas de menor tamaño.

Muy bien Tempestas, pensó Avra, Vamos a hacer nuestra entrada.

El Dhar azul rugió reconociendo inmediatamente las intenciones de Rider Blue.

De todos los Dhar Komai, Tempestas era el de aspecto más único. Desde la forma más antropomorfizada de Solarys hasta las más cuadrúpedas de los demás, todos contaban con alas, aunque estas fuesen implantes artificiales como en el caso de Volvaugr.

Pero Tempestas no poseía alas. Si bien éstas no eran indispensables para el vuelo de cualquiera de los Dhars, al poder hacer uso de su propia proyección de energía, si es cierto que ayudaban a hacer el proceso más llevadero, más eficiente en el consumo de energía y contribuían a ganar maniobrabilidad.

Tempestas en cambio debía mantener una constante proyección energética en torno a su cuerpo serpentino para volar, un ejercicio de precisión constante para poder maniobrar con la misma fluidez que sus congéneres alados que causaba que su cuerpo en el aire estuviese constantemente iluminado, envuelto en un aura de poder de un azul eléctrico que se veía reflejada en los filamentos cristalinos del mismo color que cubrían todo su cuerpo casi como si se tratasen de pelaje, llegando incluso a formar una suerte de melena leonina en torno a su cabeza de morro alargado.

Así, quien lo viese descender de entre las nubes vería algo similar a una serpiente voladora, con solo dos cortos brazos como únicas extremidades, atravesando el aire con el ondular de un cuerpo bañado en relámpagos.

En su descenso, Tempestas comenzó a girar en círculos persiguiendo su cola hasta formar un aro con todo su cuerpo de veintiocho metros de largo. Siguió así, acelerando cada vez más y cargándose de energía hasta ser casi un halo de luz giratorio.

En el interior de la silla-módulo situada a la espalda del Dhar, Avra Aster pudo sentir la presión de la aceleración creciente. A un ser humano normal las fuerzas centrífugas ya le habrían causado daños irreparables, pero la Rider Blue solo sintió una ligera incomodidad.

La verdad, llevaba peor el mareo.

Apenas a dos centenares de metros del objetivo, la quimera Kedolas alzó su grotesca cabeza al percibir el resplandor azul que caía sobre ella. El ser rugió desafiante, y cientos de drones garmoga alzaron el vuelo a su alrededor como una nube de langostas.

Tempestas frenó en seco cuando ya solo quedaban cien metros para el contacto con la quimera, dejando de girar súbitamente y estirando su cuerpo. El aire se rompió con un sonido como el restallar de un látigo y una onda de energía salió emitida desde el Dhar hacia la grotesca abominación. Era una hoz cortante con el poder de mil relámpagos.

Quizá fuese una rudimentaria inteligencia, o el simple y puro instinto de una bestia al reconocer el peligro, pero en la última milésima de segundo Kedolas se inclinó a un lado. De esta forma, el ataque de Tempestas no la alcanzó de lleno en el centro de su torso sino en el costado. La quimera no salió ilesa, gritando de dolor a la par que su brazo derecho caía cercenado al suelo, bañando a los drones y centuriones garmoga que la rodeaban con la negrura de sus fluidos internos al ser derramados profusamente.

Pero no fue la muerte instantánea que Avra había buscado. Con una mueca irritada en su rostro oculto bajo su casco, la Rider Blue emergió de la silla-módulo de su Dhar.

De acuerdo chico, purga general de toda el área, todo cenizas. Yo me ocupo de la grande y fea, indicó Avra a través de su lazo psíquico.

Tempestas rugió una respuesta afirmativa y se dejó caer sobre la masa de drones, emitiendo por su boca una corriente de llamas y energía plasmática de color zafiro, incinerando a todas las bestias a su paso y dejando a la quimera rodeada por un cerco de llamas celestes.

Avra saltó de la silla módulo con un destello de luz, reapareciendo en el aire justo en frente a la quimera. En sus manos, recién materializado, se encontraba su espadón Durande.

"¡Mensaje especial, horrible hija de p...!"

Cortó sus palabras en seco al tener que girar sobre sí misma en el aire y cortar en dos al centurión garmoga que había saltado contra ella para interceptarla. No pudo hacer nada más que dejarse caer al ver como a media docena de ellos corriendo en su dirección mientras el resto de drones huía despavoridos.

Por el rabillo del ojo vio que Tempestas estaba lidiando también con diversos centuriones que trataban de aferrarse al Dhar cuando éste volaba bajo. Avra sabía que su Dhar Komai no tendría problemas con esa escoria, pero en su interior no pudo evitar sentir cierta congoja y la inundo un temor inesperado ante la idea de que uno de aquellos centuriones revelase un cuerpo dorado...

La imagen de Golga noqueando a Tempestas en Camlos Tor cruzó la mente de la Rider Blue y el temor se convirtió en rabia alimentada por el recuerdo.

Apenas tocó el suelo, Avra dejó un pequeño cráter a sus espaldas al lanzarse de lleno contra los centuriones garmoga que intentaban ensartarla con sus extremidades moldeadas en formas punzantes. Por el contrario, fue ella cargando a Durante de energía y alargando el filo del espadón quien se llevó a cuatro de ellos por delante con único un golpe tan fuerte que no solo los partió en dos sino que la descarga de energía desintegró las mitades cercenadas.

"¡Iba a hacerle una cara nueva a vuestra amiga gigante y me habéis jodido la entrada en escena, cabrones!"

De repente, el sonido de un motor surgió de la nada. Avra se volvió para observar de donde procedía. Los dos centuriones garmoga más cercanos a ella extrañamente hicieron lo mismo, como si estuviesen perplejos ante aquella interrupción.

A toda velocidad desde lo alto, un aerodeslizador individual altamente modificado descendía con Shin como piloto. El guerrero insectoide pulsó un botón y el vehículo giró en el aire, alejándose al tiempo que Shin se dejaba caer libremente, impactando el suelo decenas de metros más abajo con fuerza suficiente para aplastar a múltiples garmoga y desequilibrar a drones y centuriones por igual.

Sin mediar palabras ni hacer ninguna señal de que se hubiese percatado de la presencia de Rider Blue, Shin saltó casi en vertical directamente contra Kedolas, atravesando el muro de llamas azules que rodeaban a la quimera.

La bestia rugió desafiante contra aquella minúscula figura que osaba atacarla.

La respuesta de Shin fue girar sobre sí mismo en el aire y golpear a Kedolas en la mandíbula con una patada ascendente.

El impacto retumbó como el estallido de un gran explosivo y Avra pudo sentir la fuerza residual del golpe alcanzándola de lleno y tumbando a los garmoga que la rodeaban.

La mandíbula inferior de Kedolas se cerró a la fuerza, quebrada en un instante, con dientes y pedipalpos cercenados y la sangre negruzca del ser comenzando a manar por su boca y hocico.

La patada de Shin no fue solo lo suficientemente fuerte como para que la cabeza de la quimera se sacudiese hacia atrás con un infausto crujido, sino que llegó incluso a causar que los pies de la criatura se separasen del suelo. El impacto la levantó de la superficie y la hizo volar unas decenas de metros antes de caer de espaldas al suelo, aturdida.

Desde el suelo, Avra observó al guerrero eldrea. Su cuerpo quitinoso brillaba esmeralda y sus ojos emitían un resplandor carmesí al tiempo que caía de nuevo sobre los garmoga, sin darles cuartel.

"Oh...", musitó Avra, "Oh, vaya..."

Bajo el casco de la Rider Blue se formó una sonrisa que habría helado la sangre de sus hermanas y hermanos, pero no por los habituales motivos violentos.

De estar su rostro al descubierto, el rubor en sus mejillas la habría delatado.

domingo, 13 de febrero de 2022

061 QUIMERAS

 

En los segundos en que los Riders descendieron sobre el planeta a lomos de sus Dhars, la información compilada por el ZiZ y los escuadrones de seguridad y evacuación locales referente a las quimeras garmoga les fue transmitida de forma instantánea a través de los sistemas de comunicación en sus cascos.

Con ayuda de su lazo psíquico entre ellos y los Dhars, los Riders pudieron asimilar en tan corto fragmento de tiempo una cantidad de datos de considerable densidad que pintaba con bastante gravedad la situación en Alirion.

Las dos quimeras iniciales habían surgido de forma casi simultánea y en la misma localización, con apenas un kilómetro de distancia entre ambas, en un parque y el corazón de una capital del interior del continente de Baliscea.

Como en todos los casos de quimeras garmoga precedentes, los seres presentaban morfologías distintivas que los distanciaban de la uniformidad de los drones y centuriones garmoga, luciendo elementos físicos que parecían sugerir que se trataban de rompecabezas vivientes elaborados con múltiples partes de otras formas de vida.

La primera quimera, designada Kedolas, era un ser bípedo de aproximadamente unos veintiuno metros de altura. De piel grisácea y metalizada, su cabeza se asemejaba en su forma a la de los roedores del planeta nativo de la humanidad, con orejas que serían descritas posteriormente por un técnico humano del ZiZ como similares a las de un murciélago. A pesar de dicha semejanza, ésta terminaba en su deforme hocico, en el que tres parejas de pedipalpos similares a los de los arácnidos goteaban un ácido corrosivo.

Su cuerpo era ancho y encorvado, de extremidades cortas y cubierta su espalda por una serie de plazas metálicas de las que emergían cientos de gruesas espinas, de mayor anchura en la parte superior del cuerpo y más finas según descendían por su lomo.

La segunda quimera había sido designada Vothua y era de mayor envergadura, con noventa y tres metros de altura. Su cuerpo recordaba al de un cefalópodo, consistiendo en una única cabeza flotante de gran tamaño, con un ojo garmoga insertado en su carne dejando atisbar la maraña de cables y tendones fundidos a ellos que recorrían su cuerpo bajo la piel. De la parte inferior de su cuerpo emergían únicamente tres grandes tentáculos de aspecto artificial, con un grosor de varias docenas de metros cada uno. Parecían casi cables de superficie gomosa injertados en su vientre, pero con un vistazo más detallado podía distinguirse una profunda segmentación. Dichos cables/tentáculos se arrastraban por el suelo cuando el ser se desplazaba, pero en ocasiones alzaba uno o dos y desde sus extremos emitía descargas de energía altamente destructiva.

Al menos tres cuartos de la ciudad eran ya irrecuperables.

La tercera quimera garmoga surgió también del subsuelo, pero ya a unos ciento setenta y dos kilómetros al norte de los dos primeros contactos, en un área rica en cráteres y colinas afortunadamente deshabitada. Los centros urbanos y de producción más cercanos pudieron ser evacuados sin demasiado problema.

Esta tercera quimera fue designada Simurna y contaba con la peculiaridad de poder alzar el vuelo. Con unos cuarenta y seis metros de altura y una notable envergadura de sus alas de unos doscientos sesenta y cuatro metros de punta a punta, el ser se había limitado a volar en círculos en torno al área de emergencia de donde había surgido y de la cual brotaban miles de drones y múltiples centuriones garmoga.

Morfológicamente el cuerpo de Simurna era similar al de un enorme gusano, cubierto en protuberancias y dotado de dos enormes alas membranosas que parecían cosidas por filamentos metálicos, como de cable o alambre, que se hundían y surgían de su carne. En su pecho destacaban tres orbes luminosos de un color blanquecino que parecían emerger como tumores incandescentes.

Hooko fue la cuarta quimera en emerger, solo unos minutos después de Simurna pero en el área oeste del continente a trescientos quince kilómetros del primer punto de contacto, cerca de una zona de producción industrial. Los daños materiales no habían sido tan graves como los daños ecológicos que el monstruoso ser causó al destruir varias factorías cargadas de productos químicos peligrosos.

El ser en cuestión presentaba la curiosa forma de una semiesfera negruzca de aspecto viscoso, con un ojo garmoga de aspecto artificial insertado en el centro de su cuerpo de forma similar al de Vothua. Parecía desplazarse sobre una masa de zarcillos o cortos tentáculos que serpenteaban de forma constante bajo su cuerpo. Su altura era escasa, con apenas unos quince metros, pero de la parte posterior de su cuerpo surgían dos enormes extremidades similares a los brazos de una mantis religiosa que se elevaban hasta alcanzar unos cuarenta y cinco metros aproximadamente.

Pese a su lentitud al moverse, se había constatado que dichas extremidades, rematadas en dos largas cuchillas, se movían a velocidades anormalmente altas, capaces de romper la barrera del sonido al golpear.

Finalmente, unos treinta y dos minutos después de la primera emergencia, la quinta y última quimera hasta el momento surgió del subsuelo en el extremo sur del continente, a unos diez mil kilómetros del punto de contacto inicial, siendo la más alejada de todas.

Designada como Goemagot, su morfología era humanoide, como una versión agigantada de los centuriones garmoga pero con notables diferencias. También era, con una altura de unos ciento trece metros, la quimera garmoga de mayor tamaño registrada hasta la fecha.

Donde un centurión garmoga habría lucido una triste aproximación al concepto de un rostro, con una o varias lentes rojizas emergiendo de su carne biomecánica a modo de ojos, la pie gris y metalizada de Goemagot se presentaba como una masa informe y fundida donde apenas se podían distinguir formas que recordasen a ojos o una boca, casi como una cara que estuviese cubierta por un grueso tejido cicatricial. 

Su torso humanoide era totalmente carente de brazos y su carne se plegaba sobre sí misma en espiral, como si alguien lo hubiese tomado y retorcido, dejando asomar protuberancias de metal afilado de las que rezumaba un fluido aceitoso de color negro.

Dicho fluido parecía rellenar las abundantes tumoraciones y gigantescas pústulas que proliferaban en la parte inferior del torso bajo el vientre, casi dando la sensación de que del ser colgaba un saco de huevos listos para la puesta. De dicha masa grotesca emergían dos piernas cortas y esqueléticas, casi escamosas y que remataban en pies cónicos de ancha base.

Pero el rasgo más visible y destacado de aquella abominación andante era el halo metálico que emergía de su espalda, a la que estaba anclado y unido por una maraña de cables que se fundían con la carne inflamada. El halo ascendía desde los hombros hasta cerrarse por encima de la cabeza del ser. Allí, el constructo circular presentaba una grieta que chisporroteaba de forma constante descargas de energía, emitiendo en ocasiones un plasma de color verdoso que caía sobre la cabeza y torso de Goemagot, incitando al ser a emitir rugidos de dolor con una boca invisible al quemarse su carne, sometida a la temperatura de algo casi tan caliente como un sol.

Su emergencia se había producido a unos setenta y dos kilómetros de un centro urbano poblado en la costa, hacia donde se dirigía de forma inexorable.

 

******

 

Las órdenes de Alma Aster fueron claras y directas en el último tramo del descenso.

"Antes de proceder a la purga de la infestación nuestra prioridad es neutralizar a las quimeras y sacarlas de juego lo más pronto posible. No sabemos si tienen más en reserva", explicó la Rider Red, "Avra, Antos. Vosotros junto con Tempestas y Adavante os ocupareis de las dos primeras quimeras en surgir. La versatilidad de Tempestas debería servir bien contra la primera quimera. Adavante siendo el segundo Dhar más grande se hará cargo de la designada como Vothua."

"Muy bien. Ya la has oído hermanito, yo me hago cargo del puercoespín más feo que pegarle a un padre y tú te ocupas del calamar", dijo Avra.

"Athea, tú te ocuparás de Simurna. Al tratarse de la única quimera voladora la mayor velocidad y maniobrabilidad de tu Sarkha será un buen contrapunto contra ella. Cuando hayas terminado con ese gusano volador y purgado la zona necesito que entréis en esos túneles e intentes localizar el portal que han usado", dijo Alma.

Athea asintió. Tenía sentido, pues Sarkha no solo era el más rápido de los Dhars sino también el más pequeño. De todos ellos era el más apto para desplazarse en las galerías subterráneas que las quimeras garmoga habrían formado para subir a la superficie.

"Armyos", prosiguió Alma, "La cuarta quimera será cosa tuya. Necesito que además de lidiar con ella tú y Volvaugr llevéis a cabo una esterilización total de la zona, no necesitamos una reacción en cadena con todos los productos químicos que esa cosa ha derramado."

"Considérala frita", replicó Armyos.

"Si eso era un intento de frase lapidaria, te ha quedado muy pobre", musitó Antos, aunque pudieron oírlo claramente a través de sus comunicadores. Avra soltó una risita.

Alma sacudió la cabeza con un leve suspiro, "Solarys y yo nos desplazaremos al sur del continente. Goemagot es la quimera más grande y Solarys es la Dhar que mayor castigo puede dispensar. Espero que no suponga demasiado problema."

"¿Qué hay de Shin?", preguntó Avra, "Mis lecturas indican que ha entrado en la atmósfera y que va camino del área del primer contacto donde estaremos Antos y yo."

"No forma parte de nuestra cadena de mando pero si podéis establecer comunicación directa con él y coordinaros, hacedlo. Mientras os ocupáis de esas quimeras estaría bien que él lidiase con los drones y centuriones a ras de suelo."

"¿Y si termina siendo un lastre o muerde más de lo que puede tragar?", preguntó Antos.

Alma calló por un instante antes de responder, con un tono grave y calculado, "Shin no es nuestra responsabilidad. Terminar con los garmoga es nuestra responsabilidad, salvar las vidas de civiles inocentes y apoyar a las tropas de evacuación es nuestra responsabilidad. Si Shin resulta no estar a la altura y se pone en peligro y podéis salvarlo sin comprometer esos parámetros, adelante. Pero si debéis elegir entre su vida o la de un habitante del planeta..."

"Entendido", replicó Avra, "Mas les vale al saltamontes portarse entonces, por el bien de su propio pellejo."

sábado, 5 de febrero de 2022

060 TITANES


Alirion.

Mundo de clase 5, o lo que es lo mismo, multiclase.

Múltiples industrias, abundancia de recursos, cuatro grandes masas continentales, población conformada por representantes de las primeras especies que conformaron el Concilio residentes desde hace ya tanto tiempo en el planeta que han conformado identidades culturales propias diferenciadas de las de sus mundos de origen.

Habían llegado al punto de determinar su autogobierno y contar con representación senatorial propia para su sistema, con el apoyo de mundos como Mon Caphe u Oomtas.

Se trataba de un planeta especialmente abierto al visitante y a quienes buscasen plantar raíces. Formando parte de los círculos internos de su cuadrante se garantizaba la legalidad y no eran comunes los abusos corporativos que podían encontrarse en planetas más alejados del centro de la civilización galáctica en los que era más sencillo hacer oídos sordos.

No es que Alirion fuese un paraíso, ni mucho menos. Había pobreza, delincuencia, desigualdades y las penurias comunes a cualquier civilización desarrollada hasta cierto punto que no hubiese llegado al inalcanzable e irreal nivel de una utopía. Pero no eran la lacra sistemática o la norma como sucedía en lugares más desafortunados de la galaxia.

Aún con sus problemas, Alirion era en términos generales un buen mundo para vivir y para criar una familia.

Por eso Inash Baenzu había aceptado la oferta de trabajo que lo había llevado allí junto con su familia.

Inash era un simuras. Nacido en el mismo mundo natal, Vaneuca.

Humanoides pisciformes, los simuras se vanagloriaban de ser una de las civilizaciones más antiguas de la galaxia, estando presentes desde los días previos al Concilio. Sus científicos eran también los responsables del actual estándar técnico para viajes supralumínicos que se utilizaba en toda la galaxia y que se había impuesto a otros métodos más antiguos.

Precisamente, su trabajo en Alirion estaba relacionado con el desarrollo de un nuevo tipo de hipermotor. Aunque llamarlo de esa forma era incorrecto, la verdad. La elaboración de un dispositivo que permitiría viaje instantáneo a base de plegar el espacio como alternativa a la vieja tecnología de portales de túnel o la poca fiabilidad y complicación de las variantes mágicas suponía un proyecto considerablemente atractivo.

Pero no todo era trabajo. Alirion era un lugar más relajado que Vaneuca. Podía estar allí con su esposa atliana y sus hijas adoptados sin tener que soportar el juicio constante de su familia. La mayor era una simuras como él, la pequeña era una atliana como su madre.

En aquel planeta podía pasar una de sus escasas tardes libres en el parque con sus pequeñas sin tener que aguantar el qué dirán de los vecinos.

Mientras su esposa se ocupaba de su propio trabajo y sus pequeñas correteaban por el soleado parque de hierba azulada jugando con otros niños, Inash Baenzu se relajó con un buen libro. Uno auténtico, en papel real. Una réplica de los publicados antes de que todo se digitalizase. Eran la última moda, y resultaba interesante leer algo impreso y no proyectado en una pantalla o un holovisor.

Su lectura se interrumpió al notar una vibración en el suelo. Inash levantó la cabeza. Sus ojos negros y oscuros ligeramente saltones destacaban en su rostro escamoso y pisciforme de un pálido color azul.

La vibración crecía e Inash comenzó a escuchar los gritos, mezcla de miedo y excitación.

En el centro del parque había surgido una colina de la nada.

La tierra se elevaba, como empujada desde abajo, como si una burbuja enorme ejerciese presión. Pudo ver a los niños alejándose del lugar, incluidas sus hijas que corrían en su dirección. El temblor se intensificó y comenzó a estar acompañado de un ruido como un crujido ensordecedor.

Es un volcán. Tiene que ser un volcán, pensó, Antepasados, sed misericordiosos...

Pero otro pensamiento atravesó su mente con un escalofrío. Alirion era un mundo apenas sin actividad tectónica. La formación de volcanes era rara y estaba bien monitorizada. Era imposible que un volcán se conformase de forma espontanea en aquel planeta sin que hubiese al menos avisos y preparaciones por adelantado.

Tenía que ser otra cosa.

El libro cayó olvidado al suelo al tiempo que Inash comenzó a correr hacia sus hijas, agachándose para recogerlas en un abrazo.

El suelo se quebró y un mar de espinas grisáceas emergió de la fisura. Un rugido antinatural y extrañamente lastimero ahogó los gritos de terror de la gente que huía despavorida del lugar.

Inash echó a correr con sus hijas en brazos, pero pudo ver a aquella cosa de carne gris emergiendo del suelo del parque.

Debía medir unos veinte metros de altura, pero era difícil precisarlo. El ser caminaba encorvado, casi plegado sobre sí mismo como si su ancho cuerpo intentase formar una esfera. En un extremo se encontraba una cabeza como de roedor, con un hocico deforme en el que bailaban múltiples pedipalpos similares a los de un arácnido. Todo su lomo estaba cubierto por enormes espinas.

A sus pies, del mismo agujero del que había emergido, comenzaron a brotar drones garmoga como si la misma tierra los vomitase.

Oh no, oh cielos, aquí no...

Los gritos de pánico, tanto los exteriores como aquellos que resonaban en el fondo de la mente de Inash se cortaron de lleno cuando el sonido de una explosión y un nuevo retumbar en el suelo bajo sus pies estuvo a punto de hacerle caer.

"¡Papá!", gritó su hija mayor, su voz consiguiendo imponerse a los lloros de pánico de su hermana pequeña y al zumbido en los oídos de su padre. La muchacha señalaba al frente.

Inash vio la ciudad ante ellos y como en la lejanía se elevaba una bola de fuego y humo. Edificios caían, alimentando la nube de escombros de la cual comenzó a emerger una nueva figura de gigantesco tamaño.

Una cabeza, o un cuerpo similar al de un molusco cefalópodo, se elevaba flotando en el aire, arrastrando bajo si tres gruesos tentáculos de aspecto artificial. Enjambres de drones garmoga revoloteaban a su alrededor al tiempo que el ser alzó uno de sus apéndices y un haz de energía verdosa fue emitido, arrasando múltiples rascacielos.

Inash comenzó a correr de nuevo. Rezó. Rezó por sus hijas y por si mismo, porque pudiesen llegar a uno de los refugios o áreas de evacuación.

Rezó por su esposa, que aún estaba en la ciudad donde aquella otra monstruosidad había surgido.

Corrió y rezó. No podía hacer otra cosa.

 

******

 

Habían pasado cincuenta y cinco minutos desde el primer contacto. Cincuenta desde que sonaron las alarmas y las tropas auxiliares del planeta y los cuerpos de evacuación se movilizaron al tiempo que el ZiZ transmitía la situación a toda la galaxia.

Cinco destellos de luz de distintos colores refulgieron en la órbita del planeta del cual ya surgía un éxodo de naves.

Los Dhar Komai y sus Riders habían llegado.

"Estableciendo comunicaciones con los escuadrones locales y el ZiZ ¿Qué tenemos?", preguntó Alma Aster desde el interior de la silla-módulo situada a la espalda de Solarys.

"Según los datos, estamos ante una infestación garmoga en el hemisferio sur, concretamente en el continente designado como Baliscea", explicó Antos, "Y la situación es... joder, tenemos que bajar ahí ya."

"¡Quimeras!", exclamó Avra, "¡Al menos cinco quimeras y contando!"

"No hubo presencia garmoga externa u orbital", indicó Armyos, "Y están saliendo desde el subsuelo... han tenido que abrir un portal en alguna cámara subterránea."

"Para emerger con quimeras formadas deben haberlo tenido abierto desde hace horas antes de subir a la superficie", dijo Athea con cierto deje de ira en su voz, "¿Cómo es que el ZiZ no detectó las fluctuaciones de energía?"

Alma frunció el ceño al tiempo que repasaba los datos transmitidos directamente a su casco. Emitió un suspiro de frustración "Aún no han implementado los nuevos sensores, parece ser que Alirion estaba designado como área de poco riesgo..."

"¿¡Incluso después de lo del Mundo Capital hace siete meses!?", estalló Antos.

"Ya se discutirá más tarde a quien habrá que pedir responsabilidades", dijo Alma, "La evacuación lleva buen ritmo y parece que la mayor parte de la infestación está siendo contenida por los escuadrones locales, pero es solo cuestión de tiempo que se vean superados. Las quimeras tienen prioridad, una para cada uno. Tras purgarlas seguiremos el procedimiento habitual y veremos si podemos localizar ese portal antes de que se coman todo un hemisferio."

Aunque no podía verlos, Alma pudo sentir a través de su lazo con los Dhars y con sus hermanas y hermanos como todos ellos asentían con firmeza.

No le hizo falta dar la orden verbalmente, los Riders descendieron sobre el planeta en dirección a la zona de mayor concentración de los garmoga con la celeridad del rayo.

Desde las naves de evacuación, aquellos que ya estaban a salvo vieron como si cinco columnas de luz cayesen de repente hacia Alirion iluminando todo con un colorido resplandor que parecía decir "Todo irá bien. Estamos aquí."

Inash Baenzu abrazó a su esposa con cuidado de no presionar el brazo fracturado que ésta había sufrido. No se unió a los vítores de los demás evacuados y de sus hijas, que habían olvidado por el momento el terror de la última hora al ver esperanzadas la llegada de los mayores héroes de la galaxia.

Se limitó a dar gracias en silencio a los espíritus de sus antepasados por haberle concedido el milagro de estar con su familia.

Un milagro que sabía había sido ya negado a miles de almas desafortunadas en la pesadilla en qué se había convertido aquel planeta.

 

******

 

Apenas un minuto tras la llegada de los Riders, una nave salió del hiperespacio en las capas altas de la atmósfera de Alirion. Había sido una pequeña fragata militar que había sido modificada considerablemente y renovada hasta el punto de que no podía encajar en ninguna de las categorías oficiales de las flotas del Concilio.

En su casco brillaba el símbolo de la Sentan Corp.

La nave giró proyectando un arco elegante al desplazarse. En su base, una portezuela para la eyección de cazas monoplaza se abrió y un vehículo cayó hacia la superficie del planeta, bañado en el brillo incandescente de la atmósfera siendo atravesada a velocidad terminal.

Era un aerodeslizador individual, similar a lo que los humanos denominaban motocicleta, aunque sin ruedas y capaz de desplazarse flotando en el aire gracias a tecnología de repulsión magnética. Había sido reforzado hasta el punto de que un descenso orbital era posible.

Montado sobre él, la figura verde y quitinosa de Shin descendía sobre Alirion.