lunes, 25 de octubre de 2021

049 TINIEBLAS

 

La luna de Valphos no tenía un nombre propio.

Como otras muchas, estaba designada con el nombre del planeta en torno al que orbitaba acompañado de un número, letra o símbolo para enfatizar su distinción en caso de existir más de un satélite natural. Un poco imaginativo Valphos-1 en este caso.

Resultaba más triste que recurriesen a dicha fórmula existiendo un único satélite.

Era una esfera pequeña, con un diámetro aproximado de mil quinientos setenta y dos kilómetros. Contaba, curiosamente, con atmósfera propia. Extremadamente tenue y pobre en gases que pudiesen sustentar vida, pero lo suficiente para producir su propia fenomenología atmosférica. Una manta de niebla cubría la superficie de forma casi perenne y eran frecuentes las tormentas de aire sin precipitaciones y de una fuerza sorprendente.

Por ello, instalaciones como la de la base lunar de investigación y comunicaciones de los malbassa habían sido construidas parcialmente hundidas en la roca de la montaña y el subsuelo para garantizar una mayor seguridad y gozar de un escudo natural frente al impacto de los elementos.

Parte de la base emergía de la montaña al exterior, como un armazón de metal macizo de color grisáceo. Las únicas notas de color eran el amarillo, naranja y rojo de señales de peligro, advertencias de proximidad, indicadores de posición, etc.

El lugar estaba envuelto por el silencio. El ruido de cualquier actividad común se había esfumado y solo el silbar del viento sonaba. Era noche en aquel lado de la luna, lo sería al menos por otras dos semanas. Al estar apagadas las luces de posición y los focos exteriores en torno a la entrada la oscuridad reinaba sin discusión.

Hasta que cinco destellos brillantes se materializaron en la superficie lunar, a unas pocas decenas de metros del acceso a la base.

El rugido de los Dhar Komai acompañó a la llegada de los Riders. Alma alzó la vista y observó a las bestias draconianas volando en círculos en torno a la montaña.

"Si después de todo hay garmoga implicados en esto al menos tendremos el perímetro cubierto", dijo.

Los cinco Riders iniciaron su avance hacia las puertas. La niebla bañaba sus piernas hasta las pantorrillas. Las leves auras de poder emanado por sus armaduras eran la única fuente de luz en la oscuridad y sus respiraciones el único nuevo sonido añadido al ulular del viento, junto con los chasquidos quebradizos de la finísima capa de hielo que cubría el suelo rocoso, agrietándose a cada paso que daban.

Avra comenzó a hablar con un acento exagerado en su voz, susurrando.

"Los cinco hermanos se acercaron al tenebroso lugar con paso incierto, incapaces de saber que aquel sería el último momento en que alguien volvería a verlos con vida..."

"Tienes que mejorar tu voz de narrador de video-serial antiguo, hermanita", replicó Antos, "Suenas más como una abuela constipada."

"Y una mierda, lo hago genial."

"Yo me compraría un audiolibro narrado por ti, Avra", dijo Athea.

"¡Ajá! ¿Ves? Athea reconoce el talen..."

"Sería una gran ayuda para conciliar el sueño", remató la Rider Black.

La carcajada apagada de Antos ahogó los gruñidos de protesta de Avra. Armyos se limitó a sacudir la cabeza con un leve suspiro. Alma no hizo ningún movimiento o gesto indicativo de nada, pero bajo su casco se había formado una leve sonrisa.

Finalmente estaban frente al acceso principal de la base. Una enorme puerta blindada de metal deslizante en sentido vertical. Alma hizo un gesto sobre el dorso de su mano derecha y un breve destello de luz proyectó una reconstrucción holográfica del complejo.

"Según los datos que nos ha proporcionado Tal-Sora este es el único acceso de entrada viable. Existen algunas salidas de turbinas para ventilación y una salida de emergencia, pero tienen razones para creer que las primeras han sido sembradas de explosivos y la segunda bloqueada con un derrumbamiento provocado", explicó Alma.

"Así que por conveniencia y rapidez, toca entrar andando por la puerta principal", dijo Armyos, "¿Cómo lo hacemos? ¿Delicadeza o a lo bruto?"

"Bueno, es una instalación que habrá costado a saber cuántos millones de lo que sea la moneda que usen los malbassa", dijo Antos, "Así que no creo que les haga gracia que reventemos la entrada."

"El problema es la carencia de energía. Si hubiese electricidad podría intentar piratear el acceso y abrir la puerta desde alguna terminal externa de mantenimiento", dijo Athea, "Así que tendremos que ser brutos y delicados al mismo tiempo."

"¿Levantar la puerta a peso?", preguntó Avra.

Alma asintió, "Levantar la puerta a peso... bueno, si puedo con mi Dhar de veinte mil toneladas, esto no debería suponer un problema."

"De todas formas, hagámoslo repartiendo el esfuerzo entre los cinco", dijo Athea, "Cualquiera de nosotros podría solo y sin gastar demasiada energía, pero mejor prevenir que curar y reservemos nuestro poder por si nos espera algo desagradable ahí dentro."

"¿Más desagradable que un enjambre garmoga?", preguntó Avra.

"Garmogas dorados, por ejemplo."

"Oh...", la voz de Rider Blue perdió su tono de bravata, "Si, eso sería malo."

 

******

 

La pesada puerta de metal no llegaba a las veinte mil toneladas, ciertamente, pero al contenerse y no hacer uso de todo su poder desatado incluso los Riders notaron algo de esfuerzo al elevar los cinco centenares de toneladas de metal chirriante.

Tras comprobar que la puerta se quedaba trancada sin volver a caer a su posición inicial, dejando abierta una ruta de salida en caso de ser necesaria, los Riders entraron a la instalación.

La oscuridad seguía siendo total, una vez más rota únicamente por la presencia de los cinco. Ni siquiera las luces de emergencia se habían activado. Gracias al resplandor de sus trajes pudieron apreciar el suelo cubierto por láminas de carbono y otros plásticos y una cámara estanca previa al siguiente acceso. Del techo colgaban toda clase de sensores e instrumentos. Un par de escalerillas, una a cada lado de la gran área de entrada, llevaban a una plataforma superior.

"Esta primera área es la zona de recepción y descontaminación", explicó Armyos, "Más adelante está la zona de controles de seguridad y las estancias de los guardas. Tras eso se encuentra el área del comedor y zona común. Por los datos que nos han dado es donde estaban la mayoría de rehenes y separatistas antes de que las comunicaciones se cortasen en seco y empezasen a recibir esas lecturas de energía extrañas."

"En los pisos superiores hay algunos laboratorios y estancias personales. En los niveles inferiores hay una suerte de almacén y, mmm...", dijo Athea.

"¿Athea?", preguntó Alma.

"Según los planos oficiales solo hay un almacén ahí abajo, pero comparad la distribución de las estancias con las lecturas energéticas previas al apagón."

"No veo que... ¡Oh! ¡Hay otra área ahí abajo!", dijo Avra.

"Me apuesto lo que sea a que es una zona de investigación restringida que no consta en los registros oficiales... siempre es algo así", dijo Antos.

"Muy bien", respondió Alma, "Armyos. Tú, Antos y Avra cubriréis este nivel. Aproximaos al área del comedor y comprobad cuál es la situación y si los rehenes siguen ahí. Athea, tú y yo bajaremos al nivel inferior. Quiero saber que hay ahí debajo."

"La zona de seguridad en la estancia siguiente tiene un montacargas, podemos bajar por ahí", dijo Athea.

"Y así, los cinco infelices cometieron el peor de los errores que puede cometerse en semejante situación ¡Se separaron, dejando sus almas a la merced de...!"

"Corta ya, Avra."

 

******

 

El descenso al área inferior no supuso ningún problema. La verdad, no habían encontrado ninguna dificultad por el momento, y eso era lo preocupante.

Ningún signo de vida o actividad, ningún civil rezagado o escondido, ningún separatista patrullando los pasillos en busca de rezagados. Era enervante.

Al tiempo que sus hermanos y hermana pequeña proseguían su avance en dirección al área de comidas y esparcimiento de la base, Alma y Athea descendieron en silencio dejándose caer por el hueco del montacargas que conectaba la zona de seguridad con la de almacenaje.

Es grande, pensó la Rider Red, debían traer por aquí equipo de gran tamaño o puede que incluso vehículos con cierta frecuencia.

Si la oscuridad en los pisos superiores era total, en el área inferior resultaba casi untuosa. El resplandor carmesí de la armadura de Alma si apenas iluminaba a unos pocos pasos más allá de donde se encontraba.

La armadura negra de Athea por su parte no tenía mejor suerte con el tenue resplandor blanquecino y grisáceo que la acompañaba, contrastando siempre con el aspecto de sombra viviente rodeada de luz que tomaba la Rider Black al emitir dicha energía.

Aparte del ruido de sus pasos sobre el suelo enrejado, el silencio opresivo solo era roto por el tenue goteo de agua condensada en alguna esquina del amplio almacén. Contenedores metálicos de gran tamaño, recambios para ruedas, vehículos de tierra y más material se desperdigaba con cierto caos controlado. Un signo inequívoco de un uso regular y reciente de la instalación hasta hace bien poco.

Athea dio una palmadita a Alma en el hombro, atrayendo su atención. La Rider Black alzó la proyección holográfica de los planos de la base que se proyectaba por su armadura desde el dorso de su mano al tiempo que señalaba a su izquierda.

"Treinta pasos dirección este. Si no hay una puerta al menos debería haber algo distintivo en la pared, puede que incluso un falso contenedor", dijo la Rider Black.

"Bien, echemos un vistazo."

"Estás nerviosa", observó Athea.

Alma se detuvo por un momento, pero finalmente optó por ser honesta, "Si."

"¿La misión o algo más?"

"Mentiría si dijese que los últimos meses no han sido un enorme dolor de cabeza, pero...", comenzó Alma, antes de detenerse y dejar que su mente se sumiese en lo ocurrido.

Tras el doble asalto garmoga a Pealea y la capital del Concilio en Camlos Tor hace siete meses, la situación de la galaxia se había enrarecido.

Para los Riders, había supuesto el hacer frente a oponentes claramente por encima de sus capacidades, algo que no había ocurrido jamás. Si los garmoga en conjunto habían estado ganando la guerra hasta ese momento, como Alma indicó en su día al director Ziras, era por puro desgaste y un masivo uso de sus grandes números. Pero casi todas las batallas directas de los Riders habían sido victorias. Quizá pírricas en el gran esquema de las cosas, pero victorias.

Lo sucedido contra Golga y la Rider Green había sido lo más parecido a una verdadera derrota real que Alma y sus hermanos habían sufrido en sus carnes en muchísimo tiempo. A pesar de las huidas de sus enemigos, no podían sacarse de encima la sensación de que habían recibido una victoria regalada.

Y si el centurión dorado Golga ya era una variable preocupante, la Rider Green había sido una metafórica bomba que había puesto patas arriba a los Corps.

Investigaciones internas, búsqueda de posibles datos de otros participantes en el proyecto original... pero nada había salido en limpio, aparentemente. Ni siquiera entre los registros de los centenares de Dhar Komai fallecidos había ninguno que recordase al Dhar esmeralda de la Rider renegada. La existencia del Dhar y su jinete eran un misterio.

La situación también había roto la frágil ilusión de seguridad de los mundos de los círculos internos. Antes del ataque a Camlos Tor la mayoría de incursiones e infestaciones garmoga se producían en las áreas periféricas de los cuadrantes de la galaxia. Las colonias, mundos aislados, mundos menores, mundos afiliados de poca importancia, los centros de recreo o negocio alegales de las grandes corporaciones, los nidos de indeseables...

Pero ahora nadie se sentía a salvo. Para mundos en donde hasta ese momento la guerra contra los garmoga era únicamente algo que salía en las transmisiones de noticias o en los rumores de viajeros y comerciantes, de repente la posibilidad de un ataque se había convertido en un temor muy real. 

Había mucha gente temerosa, y también furiosa, demandando soluciones que no podían existir.

No, no habían sido meses tranquilos, a pesar de que los Riders solo habían tenido que lidiar con otra incursión más desde entonces, sin apariciones del centurión dorado o la Rider esmeralda.

Athea casi podía sentir el peso de los pensamientos de su hermana. Ella misma cargaba con su propia losa y su propia madeja de situaciones en torno a todo aquello. Su mano hizo un amago de posarse de nuevo sobre el hombro de Alma, pero se frenó en seco cuando la Rider Red emprendió el paso de nuevo.

"No es solo todo eso", continuó Alma ajena al fallido intento de consuelo de Athea, "La situación con esta base... no sé por qué, pero tengo un mal presentimiento."

Athea Aster se limitó a bajar levemente la cabeza y a seguir el paso de su hermana, con un afirmativo silencio.

Los pasos de ambas las llevaron hasta el fondo del almacén. Había, efectivamente, una contenedor falso pegado a la pared, abierto de par en par y en su interior era visible una puerta deslizante. Contaba con un sensor para la detección de huellas desactivado como única herramienta de acceso.

Estaba entreabierta, y un quejido lastimoso desde su interior rompió el silencio de las tinieblas.

lunes, 18 de octubre de 2021

048 TENSIÓN

 

Había oído la última transmisión. Los llamaban terroristas, a él y a sus hermanos, y también al general. Pero Unval Namto no haría caso a los demagogos. Eran luchadores por la libertad, eso lo tenía clarísimo.

¿Por qué debían atarse al Concilio? ¿Por qué dejar que otros trazasen el destino de su mundo? No, no, eso no estaba bien. Los malbassa siempre se las habían arreglado solos y no tenían porqué someterse como una res más del rebaño que intentaba gobernar la galaxia solo porque unos políticos estuviesen ansiosos de conseguir riquezas y comercio.

Las colonias no lo habían tenido tan claro, y las protestas hacia el Mundo Capital habían sido constantes ¿Pero habían escuchado? Por supuesto que no. Y aún encima los burócratas tenían la desfachatez de indignarse cuando solo quedaba usar la fuerza como recurso.

Su hermana lo había llamado imbécil idealista. Según ella no contaban con tantos apoyos entre la población como creían, pero a su hermana le habían sorbido los sesos desde hace tiempo con la propaganda del Concilio, eso lo tenía clarísimo.

El general había dicho que en cuanto tuviesen a los politicastros contra las cuerdas y la instalación lunar tomada el resto del pueblo se levantaría. Le darían con la puerta en las narices al Concilio, y así los malbassa podrían trazar su propio camino, libres de interferencias de otras razas. Y si necesitaban algo del resto de la galaxia, pues lo tomarían por derecho.

Se preguntó cómo le iría al equipo en la superficie de la colonia. En la base lunar no habían encontrado mucha resistencia. Una estación de monitorización científica y de comunicaciones, con un nivel de vigilancia medio y fácil de superar si llevabas las armas más grandes. Y cielos, ellos las llevaban.

El general solo había dicho que aún tenía buenos amigos en la armada como explicación a todo el arsenal que había puesto a su disposición. Y lo del cañón... bueno, Unval no podía siquiera atreverse a deducir que maniobras y manipulaciones tuvo que llevar a cabo el viejo para conseguir aquella monstruosidad. Era la única parte del plan que lo ponía nervioso, pero el general le había garantizado que no sería necesario su uso.

Es solo para asustarlos, hijo. Eso había dicho.

Solo para asustarlos.

Bueno, los científicos y operadores que tenían retenidos parecían asustados, desde luego. El asalto había sido rápido, redujeron al cuerpo de seguridad sin tener que disparar a nadie, solo tiros de advertencia, y en menos de quince minutos habían tomado la instalación, con el laboratorio central siendo la única área aún sellada. Rapidez, limpieza y precisión, como le habían insistido siempre en la Academia. La pigmentación de sus tentáculos se tornó roja de orgullo.

Los rehenes estaban ahora en el piso superior, en el comedor. Era la estancia de mayor tamaño donde poder tenerlos a todos juntos. La mayor parte del equipo estaba con ellos mientras otros instalaban el cañón y pirateaban las comunicaciones.

Al destacamento de Unval le había tocado patrulla y vigilancia. Dos de sus compañeros estaba en aquel preciso instante descendiendo al último nivel de las instalaciones, al área de almacenaje, en busca de posibles rezagados. Unval se había quedado en el pasillo inmediatamente superior, al pie de las escaleras, para asegurar la posición y vigilar que nadie aislado de entre los rehenes intentase alguna heroicidad.

No estaba nervioso. Maldita sea, pues claro que no. Expectante, si. Entusiasmado. Bien, puede que algo tenso, pero era de esperar. Pero no estaba nervioso, no le importaba estar a solas en un pasillo mal iluminado atento al más mínimo ruido, eso lo tenía clarísimo.

No le hizo falta afinar sus sentidos para oír los disparos.

Vinieron de abajo, junto con un grito apagado, y el silencio fue inmediato pocos segundos después.

Intentó contactar con sus compañeros, hacer uso del comunicador, pero parecía que había interferencias. Eso era extraño, la señal de transferencia había sido limpia hasta...

Más disparos. Ahora arriba. Y gritos, muchos gritos. Como si una batalla se hubiese desatado en el área donde retenían a los rehenes. Quizá alguno de los guardas tenía un arma oculta o había conseguido hacerse con un rifle en un despiste, pero...

No, si fuese el caso ya lo habrían reducido. Pero los disparos y gritos continuaban. No podía distinguir las palabras, pero reconoció algunas de las voces de sus compañeros antes de que se cortasen en seco. Hubo ruido de pasos corriendo, parecía que los rehenes intentaban huir...

Ruido de pasos.

Desde abajo, desde las escaleras oscuras y mal iluminadas pudo oír el ruido de pasos ascendiendo. Había quedado atenuado por todo la escabrosa cacofonía de los pisos superiores, pero ahora que estaban más cerca Unval Namto podía escucharlos con claridad. Pasos firmes, de resonancia metálica.

Alguien –o algo– estaba subiendo las escaleras. Hacia él.

No estaba asustado, eso lo tenía clarísimo. Tomó su rifle con firmeza y apuntó. En cuanto el responsable asomase, y si no era uno de sus dos compatriotas... bueno, las esquirlas de metal con aceleración de masa subsónica de su rifle seguramente podrían dar buena cuenta de...

El crujir y chirriar del metal interrumpió sus pensamientos cuando el suelo de rejilla bajo sus pies se abrió como si fuese cartón. Algo agarró a Unval por los tobillos y tiró hacia abajo con tal fuerza que casi le arrancó las piernas en ese mismo momento. El joven guerrillero malbassa no tuvo tiempo de disparar, ni siquiera de apenas gritar más de sorpresa que miedo.

Cayó a la oscuridad bajo sus pies y sintió unos dedos rígidos tomando su rostro, y una sensación punzante y fría en la sien. No vio a la criatura que lo había agarrado antes de perder el sentido.

De poder hacerlo habría dado gracias por ello.

 

******

 

Cinco destellos de luz resplandecieron en el espacio entre un pequeño planeta y su luna. Junto a la flotilla de naves orbitando aquel mundo surgieron cinco bestias ya tan legendarias como sus jinetes.

Los Dhars habían llegado.

"Rider Red presente. Estamos en posición. Agradeceríamos un informe de la situación local si no es mucho pedir."

"Saludos Rider Red, aquí Tar-Sora del OSC, a bordo de la INS-Aitaprac. Como siempre un placer."

"Ah, agente Sora, el verdadero placer es volver a oír su voz ¿Va a estar muy ocupada después de esto o...?"

"Antos, por el amor de..."

"¡Puaagh! ¡Dile que pare Armyos, dile que pare!"

Emergiendo parcialmente de su silla-módulo en la espalda de Solarys, Alma Aster tuvo que hacer el esfuerzo de evitar llevarse una mano a la frente. Al brillo del sol que iluminaba aquel mundo, su armadura resplandecía con el rojo cristalino y casi orgánico que la caracterizaba, salvo por un par de líneas de un anaranjado incandescente en el costado izquierdo y el brazo.

Marcas de la batalla contra Rider Green hace siete meses que por algún motivo no se habían regenerado por completo al reformar su armadura.

Todos habían estado tensos desde lo de Camlos Tor y Pealea. Antos parecía haber recaído en su comportamiento más adolescente. Armyos comenzaba a dar señales de perder la paciencia, algo inusual en él. Avra estaba más agresiva y respondona que nunca. Y Athea...

Bueno, Athea era Athea. Su silenciosa hermana seguía retraída respecto al resto del grupo. En aquel momento, por ejemplo, se había limitado a suspirar en vez de a intervenir en la conversación.

Alma sacudió la cabeza, centrando sus pensamientos en la labor que tenía frente a sí, e impuso su voz sobre sus hermanos y hermanas.

"Centraos. Ya."

Los demás Riders callaron. En la línea de comunicación, Tar-Sora carraspeó.

"Gracias, Rider Red", dijo, "Bien, informe de situación. En los últimos tres años el mundo de Testos ha iniciado el proceso de afiliación para su entrada a formar parte del Concilio. Hubo problemas desde el principio. Sus habitantes, los malbassa, son muy individualistas. Parece ser que además su gobierno tenía aspiraciones de expansión colonial e imperiales que se vieron frenadas en seco tras la intervención de los eldrea y los fulgara hace cuatro años."

"Figúrate, quieres montar un imperio galáctico y descubres que ya está el cupo cubierto", dijo Antos.

"El Concilio no es un imperio galáctico", añadió Armyos.

"Semántica", replicó Antos, "Pero volvamos a la lección de geopolítica... ¿qué tiene que ver con nosotros, Agente Sora?

"A eso voy, Rider Purple. Bien, Testos entró hace poco en la última fase de negociaciones y la situación se ha radicalizado con el surgimiento de una facción separatista que busca sabotear el proceso. Parece ser que lo intentaron por la vía política y diplomática primero, pero..."

"Pero ahora han recurrido a las armas", dijo Avra, "¿Es eso? ¿Nos han llamado para lidiar con terroristas?"

"Me temo que la situación es más complicada", continuó Tar-Sora, "El mundo que podéis ver bajo vosotros es una colonia de los malbassa, Valphos. Fue elegida como punto final para las negociaciones y como territorio de compromiso neutral, una oferta de abrir las puertas a las voces discordantes. Pero a las 0042 de la jornada actual, hace cuatro horas estándar, los separatistas tomaron por la fuerza la sede de negociación, reteniendo como rehenes al Gobernante Planetario designado, a los representantes de la Cámara gubernamental de Testos y a los embajadores del Concilio presentes. Por suerte, nuestras tropas retomaron el control una hora después y la situación en Valphos es normal, sin pérdidas. El verdadero problema está en su luna."

"Desde que llegamos hemos estado detectando una estática muy extraña desde ese satélite, Agente Sora", dijo Alma.

"Si. La luna cuenta con una base de monitorización y comunicaciones, y otras instalaciones para experimentación. Sabemos que otro destacamento separatista la tomó de forma simultánea a las 0042, pero no sabemos el porqué. Tampoco hay ninguna comunicación ni señales de los rehenes o de los separatistas."

"¿Sabemos algo de la situación estructural de la base lunar?", preguntó Athea.

"Las lecturas preliminares nos muestran que la instalación está a oscuras, posiblemente sin sistema de soporte vital. Y como respuesta a cualquier intento de comunicación solo recibimos esa onda de estática en nuestros sistemas. Todo ello unido a unas inusuales lecturas energéticas y de radiación... Bueno, no sabemos qué ha pasado ahí, pero mis jefes dictaminaron que era lo suficientemente extraño para contactar con los Corps y solicitar vuestra presencia."

"¿Podría ser cosa de los garmoga?", preguntó Armyos.

"Puede. Pero creo que de ser ese el caso a estas alturas ya tendríamos un enjambre visible de camino al planeta", dijo Alma.

"Salvo que estén otra vez probando cosas nuevas para darnos por saco", observó Avra.

"La pequeñaja tiene razón..."

"Antos, me cago en tus..."

El Rider Purple continuó sin inmutarse antes las amenazas cada vez más coloridas de su hermana pequeña, "No podemos ignorar la posibilidad de que sean ellos sacándose un nuevo truco de la manga. Y si no son los garmoga... bueno, tampoco creo que debamos tomarlo a la ligera."

Alma asintió. Sus hermanas y hermanos no pudieron ver el gesto pero lo sintieron como si estuvieran justo al lado de ella.

"Agente Sora. Vamos a descender con los Dhars sobre la luna. Dígale a la flota que mantenga la alerta y que nadie más se acerque hasta que demos el visto bueno."

"Y si no damos señales de vida pasada una hora, bueno...", comenzó Antos.

"Que lancen atómicas", dijo Avra, "Para asegurarse."

"Recibido", dijo Tar-Sora, "Y buena suerte, Riders."

miércoles, 13 de octubre de 2021

047 ANTIGUA

 

El mundo tenía muchos nombres y ninguno.

El nombre que le daban sus habitantes, en su lenguaje significaba "hogar" o "nido". Luego estaba el nombre por el que fue conocido en un pasado remoto de la galaxia, ya olvidado. Y el nombre que tenía ahora, un código alfanumérico en las cartas de navegación más completas y de las que no todo el mundo gozaba su uso.

Aparte de eso, era un mundo olvidado por las mayores civilizaciones de la galaxia. Una roca perdida en su pequeño sistema solar, al margen de las grandes rutas de comercio, sin nada de interés.

Uno de tantos, olvidados, a su suerte. Las leyes del Concilio eran claras. Aún sabiendo de la existencia de una civilización, no se debía trabar contacto hasta haber sobrepasado cierto nivel de desarrollo tecnológico.

Los habitantes de aquel mundo estaban lejos de ello, aunque por razones que el mismo Concilio ignoraba.

La noche se acercaba, y el muchacho abandonó la aldea rumbo a la playa como solía hacer a esas horas. Buscaba alejarse de los glóbulos de luz con los que su gente iluminaba sus chozas, con intención de observar con claridad las estrellas.

Como todos los suyos, su cuerpo humanoide estaba compuesto por algo similar a un cristal azulado y rígido, de una fosforescencia brillante. En los puntos de articulación de sus brazos, piernas y dedos se tornaba en algo de aspecto y textura más gomoso, flexible. Su rostro habría parecido extrañamente familiar a algunas de las otras especies que habitaban la galaxia: dos ojos, boca, nariz... una escultura cristalina animada de forma antinatural, de rasgos que parecían tallados y que causaría rechazo y fascinación a partes iguales.

Era joven, apenas había dejado de ser un niño según la medida del tiempo y la madurez de su pueblo. No era aún un adulto formalmente hablando, por supuesto. Para ello aún faltaba tiempo. Aún había mucho que aprender, lecciones junto a los viejos guerreros y la chamán, y pruebas que afrontar antes de que la sagrada hoja de ébano de sus ancestros tallase el sello de la madurez en su pecho y la marca de su familia en su frente.

Ansiaba y temía las responsabilidades del futuro a partes iguales. Poder estar junto a sus hermanos en las cacerías, ser un igual capaz de mirar de tú a tú a los demás guerreros del pueblo... pero también echaría de menos aquellos momentos de libertad que solo la infancia cada vez más alejada podía darle.

Como aquellos paseos al anochecer, a los que no había faltado desde la muerte de su abuelo y a pesar de las protestas de su madre, que temía que su hijo se convirtiese en otro soñador.

Sus pies descalzos dejaron atrás la hojarasca púrpura y tocaron la arena negra de la playa. El mar era un líquido plateado y metálico que apenas reflejaba ya el leve resplandor anaranjado de un sol ya casi desvanecido en el horizonte. La negrura del cielo estrellado se cernía sobre él como un manto engarzado con miles de joyas brillantes.

Con el desvanecimiento final del sol costaba distinguir la línea del horizonte y donde terminaba el mar de su pequeño mundo y donde comenzaba el mar interminable de las estrellas.

Su abuelo le había contado historias, historias que un guerrero no debería saber, historias de los chamanes y los sacerdotes. Pero su familia era antigua, le dijo, y salvaguardaban la antigua memoria. Habían sido grandes entre los grandes, cuando su gente no vivía en ciudades sino en torres que tocaban los cielos y cuando cabalgaban en ingenios voladores y no en bestias domesticadas. Había sido hace tanto tiempo que ya ni siquiera quedaban ruinas.

En aquella época, le contó su abuelo, su gente había llegado incluso a visitar las estrellas. Habían sido héroes y conquistadores. Todos y cada uno de aquellos puntos de luz tenía un nombre, y muchos tenían mundos con otras gentes a las que ellos habían gobernado. Pero su pueblo creció en orgullo, se creyeron dioses, y fueron castigados.

Las otras tribus del universo llamaron a guerreros como ninguno que hubiesen visto. Seres aberrantes de armaduras brillantes y coloridas como la luz, cada uno de ellos con la fuerza de un ejército, jinetes de vehículos grotescos y bestias monstruosas. Del imperio de su gente solo quedó su mundo natal, su civilización arrasada, y los pocos que habían sobrevivido reducidos a una existencia como las de sus más primitivos ancestros, sin memoria de sus días de gloria.

Su mente insistía en que las historias de su abuelo eran fantasías, pero su corazón quería creer que eran la verdad. Amaba a su gente, amaba a su pueblo y amaba a su aldea. Pero la idea de que podrían haber sido más, mucho más, inflaba su pecho con una sensación ardiente que no atinaba a explicar.

Por ello, incluso tras la muerte del anciano, había continuado con sus visitas a la playa, rememorando cuando su abuelo se sentaba junto a él, a contarle historias. Y observaba las estrellas, en silencio.

Sus ojos, de un blanco fulgurante que destacaba en su cristalino rostro de zafiro, se posaron en la familiar vista del cielo nocturno, pero el muchacho frunció el ceño intentando comprender lo que estaba viendo ahora.

Faltaban estrellas.

No, algo las ocultaba. Algo en el aire, oscuro y denso las tapaba. Una nube, pensó... pero eran cada vez más las estrellas que se desvanecían y sus ojos atinaron a ver la sombra enorme de algo moviéndose en el cielo, cada vez más cerca.

Comenzó a oír un zumbido, y un chirriar metálico, antinatural.

Se levantó y corrió en dirección a su aldea, dispuesto a dar la alarma. Pero el resto de su pueblo ya había sentido el mismo aviso y tomado las armas, aún sin saber a qué se enfrentaban.

El muchacho dio un último vistazo mientras corría y esta vez pudo ver más cerca a la masa de criaturas que descendía desde las alturas, como vomitadas por el cielo nocturno.

El enjambre garmoga cayó sobre el pequeño mundo de nombre olvidado y memorias perdidas.

 

******

 

Había pasado menos de media hora, pero parecía una eternidad. El horror tendía a estirar la percepción del tiempo con un sadismo refinado.

El muchacho no había dejado de correr desde que salió de la playa.

Llegar a su aldea no supuso un refugio cuando los monstruos descendieron como una masa devoradora desde las alturas. Los guerreros habían luchado, pero las lanzas y arcos no eran rival para los caparazones de carne metalizada de aquellos engendros. 

Entre la matanza, el muchacho vio a su padre y hermanos mayores lanzarse contra las criaturas y ser empalados con pasmosa facilidad, sus torsos cristalinos quebrándose antes de ser desmembrados. Vio a su madre ser partida en dos de la ingle a los hombros tras intentar escudar a su hermana pequeña.

No vio lo que hicieron a su hermana. Había cerrado los ojos y continuó corriendo, como un cobarde, como un animal asustado. Pero aún oía sus gritos y el estertor cuando se silenciaron de golpe.

Pero no tenía tiempo para reproches, solo el egoísta instinto de supervivencia. Los chillidos de las bestias inundaban el aire. Corrió y corrió, y fue afortunado de que otros cayesen antes que él o intentasen plantar resistencia atrayendo la atención de aquellos demonios. La vieja chamán había intentado conjurar un escudo y su luz dorada fue como un faro para los monstruos. No duró mucho.

Su carrera lo llevó a entrar en la jungla cercana al linde norte de su aldea. Jamás había entrado allí solo, pues en la oscuridad entre los troncos plateados y las ramas púrpuras anidaban bestias depredadoras. Pero en aquel momento le parecían una alternativa favorable. La jungla fue también un escudo, pero solo de forma temporal.

No había vuelto la vista atrás ni una sola vez desde que abandonó la aldea, pero pudo sentir como algunas de las criaturas parecían seguir su rastro. Aquel chirrido metálico que emitían se acercaba junto con un zumbido casi magnético.

Siguió corriendo, con sus brazos y piernas pesando cada vez más, con su aliento jadeante acuchillando sus pulmones y los dos corazones en su pecho compitiendo de forma enfermiza para ver cual reventaba primero.

Notó algo rozando su espalda y un dolor cortante. Tropezó, le habían atrapado, le habían atrapado y...

Y en ese momento, el destino intervino. Para bien o para mal.

Un pedazo de suelo de la jungla, una porción de tierra blanda e inestable, cubierta por hojarasca. Un espacio evitado por los animales y alejado de los senderos, sobre el que ningún pie había pisado en siglos. El destino quiso que la carrera del muchacho lo llevase a ese punto exacto y que el suelo se desvaneciese bajo él.

Cayó, gritando. A cuánta altura, no podría decirlo. Habría sido suficiente para matarlo pero una vez más una cruel fortuna propició que solo se quebrase. Su espalda  rota y uno de sus brazos fragmentando, derramando fosforescente sangre azul.

Apenas estaba consciente, con su cerebro inundado por una marea de dolor e incapaz de moverse. Pudo sentir los chirridos cercanos de los devoradores venidos de las estrellas, descendiendo por el socavón hacia la caverna en donde había caído. En un último arranque de lucidez se percató de que no estaba sobre la roca de una cueva sino sobre una plataforma lisa y metálica, adyacente a una estructura artificial que descendía en pendiente. Una cornisa en la cara de una gigantesca pirámide negra cuya base se perdía en la oscuridad de la cueva.

También se dio cuenta de de que en el momento en que su sangre salpicó el metal, la estructura había comenzado a vibrar con cada vez mayor intensidad y una sensación de calor ardiente inundó su cuerpo. Hubo un siseo en el aire, como si algo cerrado a presión se hubiese abierto. Los demonios que le perseguían, una docena de ellos, habían frenado su descenso y revoloteaban a varios metros sobre él, casi con indecisión.

La consciencia comenzó a abandonarlo y su vista se nubló. Lo último que notó antes de que la oscuridad de la muerte se lo llevase fue una sensación en su rostro. Una mano suave, como la de su madre, acariciándolo. Casi con ternura.

Oyó un susurro de palabras en una lengua olvidada que aún así reconoció como suya.

Las sombras crecieron y sus ojos no vieron más, pero antes del final volvió a sentir el temblor de la pirámide y la caverna a su alrededor, y escuchó de nuevo los sonidos metálicos de los demonios que habían traído la muerte a su gente y reconoció la emoción que emitían los chillidos de aquellas bestias.

Dolor. Y miedo.

Sentían miedo.

Sonrió antes de morir.