jueves, 23 de junio de 2022

I08 INTERLUDIO: AMUR-RA

 

La memoria era un bien preciado para Amur-Ra.

Lo era aún más cuando uno había vivido tanto como él. Pues la memoria es finita, e incluso la más portentosa de las mentes comenzará a experimentar lagunas de olvido. Era algo especialmente importante a tener en cuenta cuando uno era más viejo que la mayoría de civilizaciones actuales de la galaxia.

Y aún con todo eso, Amur-Ra era relativamente joven. El más joven de los eldara.

Era un pensamiento que siempre retornaba a su mente de forma recurrente en cada ocasión que sus obligaciones y en ocasiones su ánimo lo llevaban a retornar a su mundo natal, Elderia.

La joya de zafiro de su sistema solar, cercana a los sectores internos del cuadrante Alef, y uno de los mundos más seguros del universo conocido. Y refugio de una gran mentira.

La Ascensión, el ritual que llevó a todos los miembros de las Cinco Mayores, las especies más poderosas y dominantes de la galaxia en su era, a abandonar sus cuerpos materiales y unir sus almas y espíritus al mismo Nexo. Según la tradición, la historia que toda la galaxia conoce, solo los eldara dejaron atrás de forma voluntaria a varios miembros de su especie como salvaguarda de la seguridad galáctica. Ocultos a ojos de todos los demás y con solo uno de ellos ejerciendo de embajador y lazo con los nuevos poderes galácticos, el Concilio en los últimos siglos.

La realidad es muy distinta. Amur-Ra es el último de los eldara aún corpóreo. O semicorpóreo, más apropiadamente dicho.

Y todo por una visión. Fragmentada, incompleta y casi indescifrable, pero una visión enviada por el mismo Nexo, algo que nunca dudó. Fue aquello lo que lo llevó finalmente a negarse a sí mismo la Ascensión. El Consejo de Ancianos accedió a ello, y también lo hicieron los líderes de las otras razas de las Cinco Mayores. Amur-Ra contó con el apoyo de los últimos Rangers en su decisión después de todo, y si bien las guerras ya habían terminado, las palabras de los viejos héroes aún tenían un peso estimable.

Así, los eldara ascendieron, dejando atrás una galaxia en manos de pueblos más jóvenes, y a uno de los suyos como un último guardián solitario y vigilante, atendiendo a los signos del porvenir.

En realidad no fue el único, al principio. Unos pocos más se habían echado atrás y decidido continuar sus vidas, habitando un mundo casi fantasma. Sabía que habían existido casos similares con otros miembros aislados de las Cinco Mayores, pero desconocía sus destinos.

Los miembros de su pueblo que se quedaron con él solo lo acompañaron unos pocos siglos, antes de dejarse sucumbir a la muerte natural, simplemente recorriendo un camino más largo al corazón de la existencia.

Habían pasado diez milenios aproximadamente, si sus cuentas no fallaban.

Para Amur-Ra los años pasaron muy rápido aquellos primeros siglos, aprendiendo a salvaguardar su cuerpo físico de las depredaciones del tiempo y proyectando su mente y alma en un receptáculo taumatúrgico, el pilar del cristal que el resto de la galaxia veía como su cuerpo de cara al público y que había llevado a no pocos a asumir que tal era la verdadera apariencia de todos los eldara.

Atesoraba las memorias, literalmente. Esa era la razón de sus visitas esporádicas a su mundo natal bajo los pretextos de reunirse con los ya inexistentes miembros restantes de su pueblo o pedir consejo o guía para sus labores.

Amur-Ra viajaba a Elderia para almacenar sus memorias en relicarios psíquicos que poder consultar en cualquier momento, para asegurarse de que nunca ninguna laguna surgida en su mente no pudiese ser suplida con el conocimiento salvaguardado.

Su última conversación con Alma Aster lo había impelido a ello. La presencia de Keket en la galaxia indicaba una incipiente aceleración de los acontecimientos. Recordó las nubes y sombras en su vieja visión y se planteo de nuevo si realmente estaban vinculadas a los garmoga o a la vieja Reina de la Corona de Cristal Roto.

Tales eran sus pensamientos cuando su nave, una esfera plateada que parecía forjada en metal líquido, tomó tierra en el último puerto espacial de Elderia, cercano a la residencia automatizada donde reposaban los archivos de memoria de Amur-Ra y su cuerpo natural, aletargado en el abrazo de las máquinas y hechizos que le mantenían vivo.

Supo inmediatamente que algo no iba bien en cuanto salió de la nave. No había nadie más presente, ninguna cosa, ruido o luz fuera de lugar. Todo estaba como debía estar, y aún así el viejo eldara pudo sentir una presión cayendo sobre él, la misma sensación que uno experimentaría en la nuca al saberse observado por un depredador.

Se detuvo en la pasarela que unía la zona de atraque de la nave con los accesos a la ciudadela. Amur-Ra cerró sus ojos y se concentró, dejando que su percepción trascendiera las barreras físicas y que resonase con las líneas de poder del Nexo que estaban entrelazadas con toda la materia de la galaxia.

Pudo sentirla, esta vez con claridad. Una presencia esperando en el corazón de su ciudadela, en la misma cámara que...

Está junto a mi cuerpo, pensó. No pudo evitar la puñalada de terror que sintió.

Se encaminó a su destino, sin acelerar su paso, sopesando que curso de acción tomar. Pero nada claro acudía a su mente más allá de la creciente presencia a cuyo encuentro acudía. Era consciente, de forma lógica, que físicamente ella estaba tan limitada por la materia como cualquier otro ser, pero sentía como si estuviese en todas partes en el interior de la ciudadela.

Finalmente, llegó ante la puerta de la cámara santuario. Ésta se abrió con un siseo y una oleada de vapor frío abandonó la estancia como une neblina serpenteante. Amur-Ra entró, y lo primero que vio fue el sarcófago sellado y semitransparente cubierto de runas, cables y escudos de energía en cuyo interior descansaba su cuerpo humanoide de piel púrpura.

Y sentada al pie del mismo, con una pose extrañamente casual, no muy distinta de la de cualquier persona que estuviese esperando a una amistad para una cita o reunión, se encontraba Keket.

La Reina Crisol. La Reina de la Corona de Cristal Roto. 

Ante los ojos de Amur-Ra su aspecto era seguramente similar al que percibirían los humanos. Una figura femenina, hermosa, como una escultura de cristal negro que parecía absorber la luz a su alrededor. La negrura del mismo vacío, un pedazo de no-existencia dado forma. Las únicas marcas de color, el incandescente rojo de sus ojos y la ambarina transparencia de su corona quebrada en su frente.

Se levantó cuando lo vio llegar, con una sonrisa afilada.

"Saludos. Confieso que hay algo retorcido y entrañable en que aún quede alguno de los vuestros", dijo. Su voz era melodiosa, hermosa. Pero había una corriente de algo bajo la cadencia de sus palabras que habría hecho sangrar los órganos auditivos de muchas especies y gritar de pavor otras tantas, "Creo que ya me conoces, si me fío de la expresión de tu rostro... ¿Y tu nombre es?"

"Soy Amur-Ra, señora."

"Amur-Ra, Amur-Ra... temo que no me resulta familiar", replico ella al tiempo que comenzó a acercarse a él, "Asumo que nunca coincidimos en el campo de batalla."

"Nací mucho después de vuestra derrota, señora. Os conozco únicamente por las historias de mi madre y los registros de mi gente."

Keket bufó, llevándose una de sus manos a su mentón al tiempo que inclinaba la cabeza, "Mmm, derrota. Si, supongo que es una forma válida de llamarlo", concedió, "Es cierto que después de todo la Historia la escriben los que han quedado vivos para contarla, ¿no es así?"

"No sabría decirlo, señora", replicó Amur-Ra. Intentó retroceder lentamente, pero ella avanzó de nuevo hacia él con sorprendente velocidad, situándose justo enfrente de su rostro con una sonrisa juguetona y cruel en el suyo propio.

"¡Ah! ¡Pero si lo sabes, Amur-Ra! Después de todo, estoy aquí por una razón ¿Acaso no lo sabes?", preguntó al tiempo que su expresión se tornaba en una mueca de furiosa fealdad, "Conoces el Pacto, ¿cierto?"

"Tras... tras la Guerra de la Calamidad se determinó que era mejor ofreceros clemencia. Que forzar más el conflicto llevaría a consecuencias desastrosas. Vuestro imperio ya había sido neutralizado y se determinó que vuestro aprisionamiento era la mejor alternativa, sobre todo para poder permitir a los Rangers centrarse en..."

"Bien, bien, no sigas. Está claro que sabes parlotear tus lecciones de historia", interrumpió ella, dándole de nuevo la espalda al tiempo que agitaba exasperada sus brazos, "¡El Pacto, Amur-Ra! ¿Lo conoces o no?"

"Accedisteis a vuestro aprisionamiento si se garantizaba la seguridad de vuestro pueblo. La Comandancia de los Rangers se comprometió a ello."

Por unos instantes reinó el silencio entre los dos. Amur-Ra pudo ver como Keket, aún de espaldas a él, cruzaba sus brazos abrazándose a sí misma como si intentase combatir el frío.

"Me fié de ellos ¿sabes?", comenzó de nuevo la Reina Crisol, "Convertí mi trono en una tumba y dormí sabedora de que mi pueblo, mis hijos, estaban a salvo. Aún en mi sueño los sentía en el mundo sobre mí. Ya no eran un imperio, ni lo recordaban. Pero eran felices, en su mayoría. Los sentía nacer, vivir y morir. Crecer y declinar. Estuvieron a punto de alcanzar las estrellas de nuevo y una guerra absurda lo echó todo por tierra hasta que quedaron reducidos de nuevo a tribus, una sombra triste y mermada de sus antiguas glorias... pero estaban vivos."

Un sollozo apenas contenido hizo estremecerse a la Reina. Amur-Ra se sorprendió a si mismo notando que, de haber podido, habría puesto una mano sobre su hombro para consolarla. Pero cualquier simpatía que hubiese podido sentir se diluyó de nuevo abrumada por el miedo cuando Keket se giró para mirarlo.

Sus ojos rojos refulgían con una ira venenosa y cruel. Una presión de instinto asesino y furia inundó el aire.

"Estaban vivos... y entonces llegó una plaga de las estrellas, y no había ningún Ranger para frenarla. Y ahora mis niños han muerto y su sangre derramada me ha despertado", dijo Keket.

Una sensación indescriptible recorrió el alma de Amur-Ra. En su sarcófago, su cuerpo aletargado se estremeció.

"Los garmoga", musitó...

"Los garmoga, interesantes monstruosidades", repitió Keket con deje burlón, "Ah, la galaxia... He estado tocando cositas por aquí y por allá, curioseando con mis nuevas Esquirlas. Todo ha cambiado y al tiempo todo sigue siendo la misma escoria. Y pagan aquellos que no pueden defenderse... los míos."

"Vuestro pueblo... los registros de vuestro mundo y su localización exacta fueron borrados, incluso de los archivos de mi gente", explicó Amur-Ra, "Nunca pensé que... Lo siento, Keket-aika."

Ella lo miró, esta vez con una expresión indescifrable y en silencio por unos instantes antes de hablar de nuevo mientras comenzaba a caminar a su alrededor, como un depredador en torno a una presa.

"Estás siendo sincero", susurró, "En verdad."

"¿Debo considerar que los garmoga son vuestros enemigos, señora?", preguntó Amur-Ra.

La pequeña chispa de esperanza que portaba aquella cuestión fue extinguida en cuanto una rabia intensa se materializó en el rostro de la Reina, "Si, son mis enemigos. Y lo es toda la galaxia. ¿Por qué perdonar a aquellos que no pudieron prometer lo cumplido?"

"Las gentes de la galaxia son inocentes, señora. Los Rangers se disolvieron y..."

"¡ESO NO ES EXCUSA!", gritó, "¡Debían haber transmitido su legado! ¡Debían haber garantizado la salvaguarda de mi mundo, pero lo dejaron a su suerte y sujeto a los apetitos de nuevas abominaciones mientras el resto de la galaxia vive feliz como ganado ignorante de camino al matadero! ¿¡Y por qué se disolvieron para empezar, maldita sea!?"

"Tras la última guerra... su presencia ya no era necesaria. La galaxia y sus gentes debían seguir sus propios caminos, buscar la luz del Nexo por sí mismos. Una fuerza militar con ese poder invitaba al control y a la tiranía y todos renunciaron a su poder de forma voluntaria", explicó el eldara.

"¿Su presencia ya no era necesaria?", preguntó Keket. Había algo en su voz, en la forma en qué hizo la pregunta, que hizo estremecerse a Amur-Ra.

"En la última guerra pan-galáctica, él fue... Ellos consiguieron derrotarlo."

"Milenios. Han pasado milenios y aún no os atrevéis a decir su nombre", musitó Keket al tiempo que se situaba de nuevo ante Amur-Ra, "Los garmoga. Cuando los exterminé, toqué sus mentes, para escuchar su Canto, para aprender. Son criaturas muy curiosas. Creadas, no nacidas. Como un cruce de insectos hambrientos y niños pequeños que no pueden parar de pedir más, y más y más... pero eso no es lo interesante."

La Reina de la Corona de Cristal Roto miró fijamente a Amur-Ra, y había algo casi parecido a la lástima en sus ojos incandescentes, "Si los Rangers consiguieron derrotarlo, dime entonces Amur-Ra ¿Cómo es que he podido notar restos de su presencia en las mentes de los garmoga?"

"Eso... eso no es posible", replicó el eldara, pero supo inmediatamente que acababa de encontrar una nueva pieza del rompecabezas de su vieja visión. La verdadera oscuridad.

"Créeme o no me creas, me da igual", dijo Keket, acariciando con suavidad el cristal que contenía a Amur-Ra. Éste se estremeció y en el sarcófago cercano su cuerpo físico se convulsionó por un instante ante el contacto. "Voy a terminar con los garmoga, y con él. Y lo haré quemando a toda esta galaxia y a todas sus gentes para asegurarme, Amur-Ra. Pero a ti... a ti no te voy a matar. Todavía no, porque has sido sincero y eso puedo honrarlo."

Vivirás hasta el final, morirás cuando no quede nadie más que tú sobre las cenizas. Las palabras no fueron pronunciadas en voz alta, pero Amur-Ra pudo sentirlas con plena claridad.

Finalmente Keket se alejó de él. La Reina pasó a su lado y comenzó a caminar hacia la salida, con un andar lento pero seguro, sabedora de que él no podría hacerle nada en aquel momento y vivir para contarlo. Pero aún siendo consciente de ello, Amur-Ra sintió un impulso, la necesidad de dejar claro que la galaxia no iba a aceptar aquella situación.

"¡Keket-aika!", llamó.

La Reina detuvo su paso. Una ligera inclinación en su cabeza indicaba que estaba escuchando. Amur-Ra habló de nuevo.

"Los Riders te detendrán."

Keket giró su cabeza, posando de nuevo su mirada ante él, "Hicieron falta centenares de escuadrones de Rangers para derrotarme. Miles de vuestros coloridos guerreros con sus vehículos, naves y bestias, Amur-Ra", dijo.

La Reina sonrió, enseñando sus dientes, perlas cristalinas y afiladas.

"¿Que podrán hacer seis niños que apenas son una sombra de lo que eran sus predecesores y sus lagartijas voladoras?"

lunes, 13 de junio de 2022

076 LA BATALLA DE OCCTEI (VI)

 

Para Avra Aster la situación no era nada complicada.

Atacante enemiga ataca la base de los Rider Corps. Toca repartir una buena ración de hostias a atacante enemiga. Más sencillo imposible.

Quizá por eso le causaba una sensación extraña el hecho de que la oponente parecía estar a punto de caer en un ataque de pánico histérico si no estaba leyendo mal su lenguaje corporal. Ciertamente, vérselas con los Riders podría ser explicación más que suficiente para aquella respuesta emocional, pero Avra sentía que algo se le escapaba.

Decidió no darle más vueltas. La Rider Blue siempre pensaba mejor en el fragor del combate, por eso fue la primera en atacar, lanzándose de lleno contra Dovat, que procedió a esquivar sus acometidas y las de los demás durante el siguiente minuto.

Ahí es cuando las cosas se complicaron.

En un momento dado Avra se lanzó en línea recta contra Dovat, con su espadón refulgiendo en mano dispuesta a asestar un tajo directo a la guerrera atliana de armadura rojiplateada. Estando apenas a un metro y medio de ella, en milésimas de segundo y ya con su arma trazando un arco de impacto, un resplandor escarlata se interpuso entre las dos combatientes.

Con volutas y esquirlas de energía rojiza aún evaporándose en el aire, la recién materializada Alma Aster sujetó la muñeca de su hermana pequeña, deteniéndola en seco y frenando su ataque en el acto.

"¡Avra, espera! ¡Tenemos que intentar r...!", exclamó.

Pero la Rider Red no pudo terminar sus palabras. Con un grito de pánico Dovat entrechocó sus antebrazos formando una X ante sí, y produciendo una explosión de energía. Una onda de luz azulada pálida arrojó a las Rider Red y Blue por los aires, haciéndolas volar por encima de las cabezas de unos sorprendidos Antos, Armyos y Athea.

Su corto trayecto finalizó cuando ambas impactaron contra la fachada de uno de los rascacielos evacuados, quedando prácticamente incrustadas en la misma.

"Ugh... ¿qué ibas a decirme, Alma?", preguntó Avra.

"Que... que tenemos que razonar con ella", musitó Alma Aster.

"Pues ha ido de fábula el intento", gruñó la Rider Blue mientras intentaba separarse del edificio, "Teniendo en cuenta que cuando llegamos parecía que ibas a hacer caer la justicia de los Cinco Infiernos sobre esa tipa ¿qué es lo que ha cambiado?"

"Según Iria, está sufriendo Síndrome de Sincronización Berserker."

Cualquier atisbo de irritación o sarcasmo desapareció inmediatamente en Avra, "Mierda", susurró.

Mientras tanto, en la superficie los Riders restantes habían optado por proceder a la acción, sin esperar a que sus dos hermanas retomasen el combate.

Athea fue la primera en reiniciar el asalto con una oleada de flechas de energía negra que volaron directas hacia Dovat. La guerrera atliana consiguió esquivar un número notable, pero otras tantas impactaron, creando reverberaciones en el campo de energía que rodeaba su cuerpo hasta que este se disipó de golpe con un destello.

La luz de la esfera mórfica en su pecho seguía parpadeando rojiza, y Dovat sentía cada vez más una sensación de pesadez en sus miembros, como si estuviese moviéndose en el interior de un líquido más denso que el aire. Dovat trastabilló, tropezando y cayendo de espaldas.

Fue eso lo que de forma fortuita la salvo de recibir en su cabeza un impacto directo del Mjolnija de Armyos. Pese a todo, la fuerza del golpe fue tal que el desplazamiento de aire fue más que suficiente para arrojar a la atliana varios metros hacia atrás rodando por el suelo.

Directa a donde Antos se había tele-transportado con su lanza en mano.

Ya fuese porque buscaba solo reducir a su oponente o porque él también sentía de forma subconsciente que algo iba mal con su enemiga, el Rider Purple optó en el último segundo por desmaterializar su lanza Gebolga y limitarse a propinar un fuerte golpe sobre el torso de Dovat que la hizo detenerse de golpe y caer de lleno en el suelo.

El impacto fue tal que un pequeño cráter se formó bajo los dos.

Tumbada boca abajo, Dovat intentó levantarse con un lastimoso quejido. Su armadura parecía haber comenzado a emitir volutas de vapor luminiscente y la luz de la esfera de su pecho había dejado de parpadear, volviendo a tener un tono azulado aunque mucho más tenue de lo normal.

Su intento de incorporarse se frenó en seco cuando notó en la nuca el extremo del mango de la lanza de Rider Purple, que estaba en pie justo ante ella.

"Por favor, no te levantes", dijo Antos.

Armyos y Athea se estaban acercando a su posición cuando Alma y Avra volvieron a hacer acto de presencia, cayendo justo ante ellos desde lo alto. Avra hizo un gesto con su mano instándoles a detenerse mientras Alma prosiguió su avance hacia la caída Dovat, que seguía tumbada bajo la vigilancia de Antos.

"Dovat", comenzó, "Sé que estás asustada, y furiosa. Una emoción alimenta a la otra y se alternan en un ciclo cada vez más agudo. Pero puedes sobreponerte, céntrate en mi voz..."

Mientras Alma continuaba hablando al acercarse a su oponente, Athea nunca dejó de mantener su arco en posición, apuntando a Dovat desde la distancia. Al tiempo, Armyos bajó su martillo dejando que el arma se disipase en sus manos y se acercó a Avra.

"¿Qué es lo que está pasando?", preguntó extrañado el Rider Orange.

"Al margen de cuales fuesen sus intenciones iniciales, parece ser que Iria ha determinado que nuestra visitante está sufriendo Síndrome de Sincronización Berserker."

Todo el cuerpo de Armyos se puso en tensión.

"No tengo buenos recuerdos de eso... ese primer año fue..."

"Yo tampoco", dijo Avra, "Al menos nosotros ya tuvimos tratamiento. En cambio, mamá no..."

Un estruendo de fuselaje y cemento cortó sus palabras cuando el carguero pilotado por Ivo Nag y Axas se movió, separándose del rascacielos contra el que la nave había trazado un surco antes de detenerse al golpear el edificio adyacente.

El aire se llenó de un silbido cuando de la parte frontal interior del vehículo cayeron dos docenas de misiles de fragmentación directos a la plaza.

No impactaron directamente contras los Riders o la superficie, produciéndose las detonaciones en el aire varios metros por encima de ellos. Pero la fuerza de las ondas expansivas fue suficiente para dispersar a los Riders de sus posiciones mientras que Dovat apenas se desplazó al estar aún tumbada sobre el cráter que había formado su cuerpo tras recibir el golpe de antes.

Las bolas de fuego que bañaron el área también contribuyeron a la desorientación general.

A pesar del estruendo, una voz pudo oírse con claridad en el interior de la nave.

"¡ACABA DE BOMBARDEAR A MI HERMANA!", gritó Axas.

"¡Tu hermana está bien, y también lo estarán ellos!", replicó Ivo Nag, "¡No tenemos mucho tiempo, pollito, así que agarra un rifle y abre la puerta de carga trasera para recogerla!"

Axas decidió hacer caso a las instrucciones de Nag, a pesar de su furia.

"¡Un día de estos va a tener que contarme de donde ha sacado el tiempo, dinero y recursos para equipar un carguero con armamento propio de un destructor sin que nos enteremos, doctor!", exclamó mientras pulsaba el botón de apertura. Aunque las llamas ya se habían disipado en su mayor parte, o habían sido dispersadas por la propulsión de la nave al descender, lo recibió una oleada de aire caliente golpeando su rostro.

"¡Si, un día de estos!", replicó Ivo Nag con un graznido que bien podría haber sido una risa, "¡Ahora consigue que tu hermana salte aquí dentro y reza para que podamos darles esquinazo, porque estamos jodidos! ¡Los propulsores estándar funcionan y también el hipermotor, pero ese golpe de antes ha jodido el eyector principal."

Lo que significaba que la nave podía volar e incluso saltar al hiperespacio, pero carecía del propulsor necesario para superar la gravedad de un planeta y abandonar su atmósfera.

Y proceder a saltar al hiperespacio en cualquier parte que no fuese el vacío estelar del Mar Interminable, era una mala idea.

Efectivamente, estamos jodidos, pensó Axas al tiempo que intentaba aclarar su vista. Sus ojos estaban llorosos por el calor y los restos de humo y ceniza.

Aún con su visión borrosa pudo ver como la superficie de la plaza se había ennegrecido y estaba cubierta de restos de cemento y cristal. Ninguno de los edificios circundantes se había derrumbado, pero la onda expansiva había causado múltiples daños superficiales. El complejo de los Rider Corps parecía menos afectado a pesar de su mayor cercanía con el punto de impacto, seguramente dada su construcción pensada para funciones de defensa.

Pudo ver también a los distintos Riders dispersos por toda el área, levantándose sin daños aparentes pero claros signos de desorientación. Parecía que si bien unos cuantos misiles no eran suficiente para herirles realmente, el efecto de una onda expansiva seguía pudiendo desequilibrar sus sentidos, sobre todo si los había pillado por sorpresa.

Axas nunca sabría que en aquel preciso instante, Avra Aster se reprochaba a si misma con espinoso lenguaje el haberse olvidado de la presencia de su nave, entre otras cosas.

Finalmente, entre las volutas de humo y llamas disipándose, Axas pudo ver a su hermana y el rifle casi se le escapó de las manos.

Dovat ya no estaba caída en el suelo. Se encontraba de rodillas, envuelta de nuevo en una tenue aura azul e incluso desde lo alto Axas pudo apreciar que la luz de su esfera mórfica volvía a brillar con intensidad.

Pero lo que había causado estupor al joven atliano fue la presencia de Rider Black de pie junto a Dovat, con una mano sobre su hombro e inclinada sobre ella casi como si...

Le está susurrando algo al oído, se percató Axas, ¿Pero qué...?

El hilo de sus pensamientos, que sin duda traería consigo una marea de dudas y preguntas, se cortó de lleno cuando el rugido de los Dhars llenó el aire. Axas pudo oír a Ivo Nag expresando una acción anatómicamente imposible en una interjección de malsonante frustración.

Parecía que la desorientación sentida por los Riders había sudo suficiente para que a través de sus lazos psíquicos atrajese la atención de sus draconianos compañeros, que ahora descendían sobre ellos.

De repente, una columna de luz azulada bañó toda la plaza.

Axas retrocedió de nuevo hacia el interior del carguero y cuando sus ojos se despejaron pudo ver el rostro de su hermana cubierto por su armadura, sus enormes ojos casi insectoides mirándole desde una máscara plateada. De tamaño gigantesco.

Dovat había incrementado su masa de la misma forma que cuando combatió a la quimera garmoga de Cias, pero el joven atliano habría podido jurar que su hermana ahora era incluso más grande que en aquella ocasión. Su voz resonó amplificada, como si hablase a través de un potente altavoz.

"¡AXAS! ¡VUELVE A LA CABINA! ¡ABROCHAOS LOS CINTURONES!"

Axas obedeció tras presionar el control de cierre de la puerta de carga trasera. Mientras corría hacia la cabina sintió la nave moverse y temblar, movimiento acompañado por un sonido metálico sordo e intenso sobre el fuselaje exterior.

Supo instintivamente que su hermana estaba agarrando el carguero, como si la nave fuese un modelo de juguete para ella. Había llegado a la cabina de mando y se había atado a la silla de copiloto con el arnés de seguridad junto a un Ivo Nag con su plumaje erizado cuando todo el vehículo se inclinó hacia el lado izquierdo. De no haber estado sujetos habrían caído de sus asientos.

La voz de Dovat les llegó desde el exterior como un trueno, aún más intensa que antes.

"¡AGARRAOS BIEN!"

En el exterior, sobre el suelo quemado de la plaza, Athea Aster observó como Dovat cambiaba de tamaño a unos pocos pasos de ella al tiempo que sintió como sus hermanas y hermanos ya recuperados se acercaban.

Dovat, con una estatura que sin duda debía superar los ochenta metros, agarró el carguero de apenas unos treinta y siete metros de longitud que flotaba en el aire ante ella y lo colocó bajo su brazo izquierdo como quien sujetase un fardo o un paquete. La guerrera gigante lo hizo con inusitada delicadeza, al tiempo que el aura azul que envolvía su cuerpo se extendía alrededor de la nave, añadiendo una capa de protección extra.

Tras ello, saltó hacia arriba, con su brazo derecho extendido hacia adelante. Pese a la fuerza de impulso no hubo ninguna descarga de energía no movimiento súbito de masa de aire siendo desplazada que afectase a la superficie. Pese a la corta distancia a la que se encontraba de la atliana, Athea Aster no cayó arrojada al suelo.

Y Dovat subió y subió, como un proyectil. Sintió el poder de nuevo con claridad dentro de ella, el embotamiento en su mente de las últimas horas se había disipado.

Los Dhars, que bajaban hasta su posición, se apartaron de su camino por puro acto reflejo, como si pudiesen sentir que no podrían frenarla.

Dovat pudo sentir la mirada de Solarys cuando la Dhar Komai roja descendió pasando justo junto a ella, en direcciones opuestas.

De nuevo desde la superficie, los Riders pudieron ver que el prodigioso salto no parecía tener fin. Dovat aceleraba cada vez más en lugar de comenzar a descender. Pues, como estaba ya claro, no era un mero salto.

"Hum...", musitó Antos a espaldas de Athea, "Sabía lo del gigantismo por lo que vimos en las grabaciones, pero no que pudiese volar por sí misma."

"No creo que ni ella misma lo supiese hasta ahora", dijo Alma acercándose a Athea. La Rider Red se situó junto a su hermana sin apartar la vista de los cielos, donde Dovat era ya poco menos que un punto luminoso desvaneciéndose en el firmamento.

"La he ayudado", dijo Athea antes de que Alma tuviese que hacer ninguna pregunta, "Le dije algo que la ayudó a centrarse, creo que lo que buscaba."

Alma asintió, "Vamos a tener que hablar de esto", dijo.

"Solo tú y yo", dijo Athea con un tono que no dejaba la puerta abierta a discusiones, "Y ni una palabra al Mando."

"Muy bien."

A espaldas de las dos, Armyos, Antos y Avra habían desmaterializado sus cascos y se miraban entre sí con expresiones de perpleja preocupación. Pero aunque no tenían muy claro que se traían sus hermanas mayores entre manos, los tres Aster más jóvenes estaban seguros de que lo sabrían a su debido tiempo.

 

******

 

Dovat no se detuvo hasta que habían alcanzado una distancia considerable lejos de Occtei. Estaba bastante segura de que ninguna nave o patrulla les seguía el rastro.

Tras comprobar que el fuselaje externo de la nave carguero no presentaba daños serios ni nada que comprometiese su integridad estructural, Dovat disipó el campo de energía alrededor del vehículo al tiempo que comenzó a reducir la masa de su cuerpo a sus proporciones y tamaño habituales.

La puerta de carga trasera se abrió tras unos pocos minutos, con un Axas embozado en un viejo traje espacial, sujetando el cable de seguridad que lo mantenía agarrado a la nave como si le fuese la vida en ello.

Dovat entró al compartimento de carga de la nave junto a su hermano. Cuando la puerta se cerró tras ella y las luces pasaron de un rojo intenso al verde que denotaba la normalización de la presión del interior de la nave, la joven atliana dejó finalmente que su armadura se desmaterializase con un suspiro.

Por su parte, Axas se había quitado el casco del traje espacial y estaba en proceso de quitarse los guantes cuando su hermana lo envolvió en un abrazo, levantándolo del suelo debido a la diferencia de altura.

"¿Dovat? ¿Qué...?"

"Lo siento", dijo la muchacha con voz entrecortada, "Estaba tan segura de todo, creía que... pero lo único que he conseguido es poneros a vosotros y a un montón de gente en peligro y... Dioses, lo siento."

Axas devolvió el abrazo a su hermana. Tras unos pocos segundos de sollozos contenidos, Dovat lo bajó con delicadeza, posando sus manos sobre sus hombros como su tuviese miedo de soltarlo del todo. Axas sujetó una de las manos de su hermana y le dio un suave apretón.

"Tranquila. Estamos bien... estaremos bien...", dijo, "Parece que al final no valió de mucho lo de entrar y preguntar educadamente ¿verdad?"

Un amago de sonrisa amarga quiso formarse en los labios de Dovat, pero no lo consiguió del todo, "No. No llegué al archivo... Cinco infiernos, ni siquiera averigüé en que parte del edificio tenían sus archivos..."

"Así que volvemos con las manos vacías, polluela", interrumpió Ivo Nag. Dovat y Axas se volvieron hacia el viejo phalkata, que reposaba apoyado contra el marco de la portezuela que unía la zona de carga con el corredor que llevaba a la cabina de mando.

Una expresión pensativa dominó el rostro de Dovat, quien bajo la vista por un segundo antes de devolver la mirada a Nag y a Axas.

"Puede que no, doctor", respondió la atliana, "Al final sí que he encontrado algo."

El entendimiento brilló en los ojos de Axas, "Rider Black", dijo, "Cuando estaba junto a ti... la vi susurrándote al oído."

Dovat asintió.

"Me dio un nombre", explicó la joven atliana volviéndose de nuevo hacia Ivo Nag, su voz de nuevo recuperando su vieja determinación, "Una persona que podría haber recibido los datos del tío Tiarras."

"¿Y el individuo en cuestión es...?", preguntó Nag.

"Tenemos que encontrar a una mujer humana llamada Meredith Alcaudón."

domingo, 5 de junio de 2022

075 LA BATALLA DE OCCTEI (V)

 

Ivo Nag había perdido la cuenta de cuantas vueltas había dado ya Axas de un extremo a otro de la cabina de mando del carguero mientras esperaban noticias.

"Vas a desgastar la nave, pollito", dijo el viejo doctor phalkata con un tono ligeramente burlón, intentando atraer la atención del muchacho y quizá con suerte conseguir distraerlo de sus pensamientos. Estar alerta era importante en su situación, pero dejar que el nerviosismo e incertidumbre lo consumieran antes de poder entrar en acción siquiera era contraproducente.

Por desgracia, Axas hizo caso omiso y el joven atliano siguió su caminar en círculo, con sus manos en sus bolsillos y su mirada fija, casi sin parpadeos, centrada en el suelo ante sus pies.

Ivo Nag suspiró. La verdad es que no podía reprochárselo al muchacho, no cuando él mismo empezaba a notar esa desagradable sensación mezcla de incerteza e impaciencia que le había costado años aprender a dominar en situaciones mucho más tensas que aquella.

Desde que Dovat había entrado en el complejo de los Rider Corps, Axas y Nag habían optado por mantener la nave en modo estacionario en el cielo a un par de calles de distancia. Dicha localización, junto con la señal de señuelo que los identificaba ante el tráfico aéreo y patrullas locales como parte de un destacamento de mantenimiento, había permitido a Nag tomar la decisión de que podrían observar la situación a distancia con riesgos mínimos y saber cuando deberían intervenir o no.

Poco después de la entrada de Dovat, el edificio se había sellado y empezó a sonar una señal de alarma. Observaron como el complejo se vaciaba de trabajadores y personal civil a través de rutas de acceso que habían estado ocultas a simple vista en las áreas urbanas circundantes. Patrullas locales comenzaron el traslado de la ciudadanía de toda el área residencial inmediata.

Parecía que Dovat había conseguido causar una suficiente impresión ahí dentro, y Nag sabía que las cosas seguramente no estaban saliendo bien. Pero hasta que no tuviesen alguna señal de ella no podrían hacer mucho. El viejo phalkata se negaba a volar a ciegas, y le costó hacer entrar en un mínimo de razón a Axas, de ahí también parte de su actual frustración.

Y fue en ese momento cuando Dovat salió de nuevo al exterior, y de forma muy clara en contra de su propia voluntad. Si algo tuvieron claro es que la misión había sido un fracaso en ese momento porque nada parecían indicar que la guerrera atliana hubiese llegado siquiera a los archivos.

"¿Quién demonios es esa?", susurró Axas, acercándose a las holopantallas de seguimiento de la cabina al tiempo que señalaba a la figura enzarzada en combate con su hermana.

Ivo Nag negó con la cabeza, indicando su desconocimiento. No conocía de nada el diseño de aquella armadura. No era una Rider y desde luego tampoco parecía tener nada que ver con las armaduras mórficas de serie. Si que pudo reconocer a los troopers Janperson, pero más que su presencia lo que lo preocupó fue la forma en que Dovat lidió con ellos.

"Creo que tu hermana está en apuros serios, pollito."

"Pero si parece que esté ganando..."

"No estoy hablando de su cuerpo, sino de su mente", aclaró Nag, "Observa como se mueve. Está furiosa, casi sin control... si sigue así va a terminar matando a su oponente, si es que no se ha llevado ya a alguien por delante dentro del complejo."

Axas asintió, deglutiendo para intentar suavizar su garganta presa de una repentina sequedad. Su rostro verde palideció antes de que pudiese ofrecer algún otro comentario u observación cuando vio a Dovat lanzándose de lleno contra la otra figura blindada.

Y entonces todo se tornó rojo con un resplandor cegador, y un rugido llenó el firmamento carmesí. Pero por encima del sonido del recién llegado Dhar Komai, lo que realmente penetró los oídos de Axas fueron los gritos de un alarmado Ivo Nag al tiempo que éste ponía el carguero de nuevo en marcha.

"¡Esa es Rider Red, pollito!", gritó el viejo phalkata, "¡Ahora sí que tenemos que sacar a tu hermana de ahí!"

 

******

 

Corre.

Esa era la palabra que se había estado repitiendo de forma constante en su cabeza desde que su golpe fue detenido en seco por la recién llegada Rider Red y un atisbo de razón había entrado de nuevo en sus sentidos.

¡Corre!

¡Quería hacerlo! Pero no podía. De forma no muy diferente a lo que unos minutos antes había sido experimentado por la doctora Iria Vargas, Dovat se encontró en aquel momento con una parálisis total de su cuerpo.

Su mente mandaba órdenes constantes de movimiento, pero los músculos se negaban a responder.

Y Rider Red no se había movido desde que había pronunciado aquellas palabras. Apenas habían sido segundos, pero parecía una eternidad y ni siquiera con todos sus sentidos aumentados Dovat podía predecir el más mínimo movimiento de la Rider.

Alma Aster estaba plantada frente a ella como una figura mitológica –en cierto modo lo era–, esperando a que el mortal ante sus ojos diese un paso en falso.

¡CORRE!

Dovat dio un salto hacia atrás.

Y entonces ocurrieron muchas cosas en muy poco tiempo.

Rider Red giró sobre sí misma, dándole la espalda y agachándose frente la otra guerrera caída para tomarla en brazos.

Justo en el preciso instante en el que el pedazo de suelo sobre el que había estado la Rider se vio destrozado por la ráfaga de proyectiles disparada por el carguero modificado pilotado por Ivo Nag y Axas, que en ese momento descendían sobre la zona.

¿¡Pero qué estáis haciendo!? ¡Os va a matar!, pensó Dovat, notando como el pánico tomaba de nuevo el control.

Dicho pensamiento apenas había cruzado su mente cuando cuatro nuevos destellos de luz multicolor inundaron el área entre ella y Rider Red, marcando la llegada del resto de los Riders con una descarga de energía que arrojó a Dovat de nuevo hacia el área de la fuente destrozada  y que desequilibró el carguero de sus compañeros.

"¡Cinco Infiernooooos!", exclamó Ivo Nag al tiempo que intentaba evitar que la nave chocase de lleno contra uno de los edificios.

Se limitó a rozarlo, pero la velocidad fue tal que dejó un surco profundo en la fachada de metal y plástico y los sensores de diagnostico de los sistemas de propulsión del carguero convirtieron el interior de la cabina de mando en una cacofonía de sirenas al tiempo que comenzaba a descender peligrosamente inclinada.

En la plaza frente a la entrada del complejo de los Rider Corps, Dovat se incorporó de nuevo y pudo ver a los cuatro Riders restantes en pie cubriendo a la Rider Red.

Por su parte, Alma Aster se levantó llevando a Iria Vargas en brazos, la cual parecía estar intentando protestar ante lo embarazoso de la situación. Alma se limitó a mirar a sus hermanas y hermanos, y luego a Dovat.

"Vuelvo enseguida", dijo, con voz queda.

Un destello azul vio la materialización de Durande, el gigantesco espadón de Rider Blue, en las manos de ésta.

"Tranquila, que los demás bien nos bastamos para entretener a la huésped", replicó Avra Aster.

Dovat vio las armas de los Riders aparecer de la nada, tomando forma en sus manos. Vio la nave en la que estaban su hermano y el viejo Ivo Nag, aún en al aíre, pero manteniéndose a duras penas y visiblemente dañada.

Cuando un destello azul marcó la presencia de Avra Aster, Rider Blue, apareciendo junto a ella dispuesta a golpearla con su espada. Dovat dejó que el pánico la abrazase.

Quizá funcionase mejor que la rabia que la había dominado unos minutos antes, quizá no.

La luz de la esfera de su pecho siguió parpadeando, y con los destellos de luz azulada comenzaba a intercalarse el rojo.

 

******

 

Alma Aster tomó a Iria Vargas en sus brazos. El peso de ella, su presencia, su respiración y el latido de su corazón eran lo único en que sus sentidos parecían querer centrarse.

Más allá de detener aquel golpe inicial a su llegada, su mente apenas se había parado a pensar en Dovat, y el reconocimiento de la presencia del resto de su familia había sido algo casi automático.

Alma Aster tomó a Iria Vargas en brazos y corrió al interior del Complejo de los Rider Corps, haciendo caso omiso del blindaje de sellado exterior que se había activado con las alarmas.

Finamente dejó a Iria Vargas bajar de sus brazos frente a la zona de recepción donde había empezado todo aquel conflicto, y la joven doctora pudo sostenerse en pie con piernas temblorosas, pero sin dejar de agarrar firmemente el torso de Alma.

"Uh... guau... ¿Acabas de hacernos atravesar una cortina de silvacero blindado de medio metro de grosor?", susurró la joven atliana.

"Iria..."

"Porque vas a tener que justificar eso en los informes y no sé yo si..."

"¡Iria!"

Iria Vargas calló y centró su vista en la mujer ante ella. Aún con su casco puesto, podía percibir la preocupación en la mirada de Alma Aster.

"Alma... estoy bien. No estoy herida. Has llegado a tiempo."

Notó como la tensión en los músculos de la Rider Red se relajó visiblemente. Las manos que nunca habían soltado sus hombros perdieron fuerza.

"Cuando entré en la atmósfera pude percibirte... te vi ahí tirada con ella delante, sin moverte..."

Iria llevó su mano derecha al lado izquierdo del casco de Alma. El casco de la Rider Red se desmaterializó en una nube de esquirlas rojizas disolviéndose en el aire y la mano blindada de Iria Vargas acarició la mejilla desnuda de Alma Aster.

"Estoy bien", dijo, "Nunca llegó a herirme, la armadura me protegió. Si no podía moverme era por el shock..."

Alma tomó en su propia mano la de Iria y frunció ligeramente el ceño con incredulidad, "¿Qué haces con la Glaive puesta?", preguntó.

"Medidas desesperadas, el director lo aprobó."

"Arthur y yo vamos a tener una charla sobre dar armas de destrucción masiva a no combatientes...", comenzó a refunfuñar Alma antes de que sus ojos se abriesen alarmados posando su mirada sobre la joven atliana, "¡Iria! ¡Tienes que quitarse esa cosa ahora mismo! ¡Si sobrepasas el tiempo de...!"

"Chssst", susurró Iria posando un dedo sobre los labios de Alma haciéndola callar en el acto, "Lo tengo todo controlado."

Las partes orgánicas de la bio-armadura Glaive refulgieron con una luz pálida e Iria Vargas se separó unos pasos de Alma al tiempo que las segmentaciones blindadas se desprendían de su cuerpo para acto seguido replegarse sobre sí mismas. Al final del proceso, la joven doctora atliana estaba de pie con su ropa de civil y su bata blanca y sin ningún daño aparente. La Glaive era de nuevo un pentágono de carne metalizada que flotó por unos segundos antes de caer inerte ante ellas.

El breve momento de tranquilidad cesó cuando el suelo tembló bajo sus pies y el estruendo del combate en el exterior se multiplicó.

"Creo que tienes que volver ahí afuera", dijo Iria.

"Iria, no..."

"Ni se te ocurra decir que no puedes dejarme. Sé que estás preocupada, pero te repito que estoy bien, y te necesitan ahí afuera."

"La doctora Vargas tiene razón. Yo puedo hacerme cargo de su seguridad", dijo una voz mecánica y disonante.

Alma se volvió para ver al recién llegado. A través del agujero que habían abierto en el blindaje acaba de entrar la forma flotante y mutilada de la última unidad trooper Janperson activa.

"¿MX-A3?", preguntó Alma.

"Los Riders son necesarios para reducir a la intrusa", explicó el androide, "Mi presencia en el combate no aporta ventajas significativas y mi principal armamento no puede ser usado sin comprometer a toda la ciudad. El parámetro a seguir más óptimo determina que yo escolte a la doctora de nuevo a un área segura mientras Rider Red colabora con el resto de su equipo."

"MX-A3 puede venir conmigo, Alma", dijo Iria, "Los laboratorios médicos aún están intactos y tienen un acceso de evacuación directa. Puede venir conmigo y así ayudarme a monitorizar la situación a distancia mientras comienzo sus reparaciones..."

Alma asintió, "Está bien... está bien. Iré con los demás y terminaremos esto."

"Alma", dijo Iria posando de nuevo su mano sobre la mejilla de la Rider y haciéndola girar su cabeza para mirarla a los ojos. Alma Aster vio la determinación y seriedad en la mirada de la joven atliana y prestó absoluta atención a lo que ésta iba a decir.

"Dovat está mostrando síntomas de Síndrome de Sincronización Berserker", explicó Iria. Una expresión de alarmada preocupación cruzó el rostro de Alma.

"Eso es..."

"Algo terrible, como tu bien sabes", continuó Iria, "Alma, no me importan las órdenes que haya podido dar el Mando al respecto, soy una doctora. Salvo vidas. Y tú eres una Rider y ese también debería ser tu trabajo ¿Estamos de acuerdo?"

La Rider Red asintió. Iria continuó hablando.

"Dovat no necesita un pelotón de ejecución. No necesita que te lances como un ángel vengador contra ella por lo que ha sucedido conmigo. Dovat es... esa chica necesita ayuda."

Iria Vargas acercó su rostro al de su novia. Sus ojos rojo oscuro fijos en las gemas esmeralda que eran los de Alma, cerrándose únicamente cuando sus labios se tocaron y todo el sonido de la batalla en el exterior alrededor de ellas pareció difuminarse.

El beso fue breve, pero no menos importante o sincero que cualquiera que ambas hubiesen compartido en el pasado.

"Ahora, sal ahí", dijo Iria, separándose de Alma Aster y dando una última caricia a su rostro antes de que éste fuese cubierto de nuevo por el casco de Rider Red en un destello de luz carmesí.

Era hora de poner punto y final a la situación.