martes, 4 de mayo de 2021

014 CALMA

 

Por las viejas grabaciones del mundo natal que había visto, Gaea y Occtei parecían tener un cielo nocturno muy similar, diferencias entre constelaciones aparte.

Negrura, estrellas brillantes y una única luna de tamaño anormalmente grande en proporción al planeta, casi bordeando el límite de ser considerado un mundo gemelo. A Alma siempre le había resultado relajante observarla.

Por eso se encontraba allí, sentada sobre el tejado de la torre de observación más alta del complejo residencial de los Rider Corps. En vez de su habitual uniforme termal, la Rider Red vestía una camiseta roja holgada, pantalones cortos y estaba descalza. Pese a lo expuesto de su atuendo, las bajas temperaturas resultantes de estar sentada en el exterior nocturno a aquella altura no le suponían una gran molestia.

Había sido un día... complicado. Si, esa era sin duda la mejor palabra para describirlo. La misión en Krosus-4 para la captura del doctor Pratcha había sido llamativa desde el comienzo. Y la excursión casi inmediata a Calethea 2 poco después para lidiar con los retornados garmoga terminó de completar una caótica jornada.

Los Riders habían colaborado previamente con autoridades de diversos mundos a la hora de lidiar con amenazas locales siempre que no hubiese una infestación garmoga que requiriese su atención inmediata. Organizaciones terroristas, cultos fanáticos, sindicatos criminales interplanetarios... Pero una búsqueda y captura de un único individuo haciendo uso de los Riders era una reacción desproporcionada.

Apenas habían terminado sus ejercicios de la mañana cuando recibieron el aviso. Un doctor, miembro de la unidad de desarrollo armamentístico se había fugado con algo valioso que había alarmado a los miembros del Alto Mando y provocado que arrojasen sobre Pratcha a Alma y su familia.

Lo interesante es que no había sido algo de la noche a la mañana. Pratcha parecía llevar fugitivo varios meses y parece ser que solo los habían informado a ellos aquel mismo día una vez hubo seguridad de cuál era su localización.

La presencia de la llave mórfica ofrecía cierta explicación. Alguien del Mando o de Inteligencia sabía qué era lo que Pratcha tenía consigo y determinó que solo los Riders podrían lidiar con algo de aquel calibre. Pero...

No sabéis cuánto han mentido.

Las últimas palabras de Pratcha y los datos borrados de su computadora proporcionaban más cuestiones que respuestas. Alma raramente era dada a ver conspiraciones ocultas por todas partes (eso era más cosa de Antos).

Su vida había sido relativamente sencilla. Una infestación garmoga aparece, los Riders intervienen. Fin de la historia.

Sabía que la realidad no era algo tan en blanco y negro, y que los Corps tenían su historial de decisiones de ética discutible e incluso censurable. Los Dhar Komai, por ejemplo... Solarys y sus hermanos eran los únicos supervivientes de al menos un centenar de criaturas artificiales que nunca llegaron a desarrollarse de las formas apropiadas.

Ella y los demás Aster eran otra muestra de ello. Alma sabía que se habían intentando procedimientos similares para crear Riders en otros individuos pero parecía que solo en su línea familiar los procesos de alteración y aumentación corporal habían conseguido conjugarse exitosamente con la conexión al Nexo.

Su madre había sido una clave fundamental del proyecto, antes de su desaparición.

Algunos de los miembros más moralmente cuestionables del personal científico habían hablado de clonación, o incluso de programas de natalidad. Stephen Eld, el primer director de los Corps, había cortado en seco aquellas propuestas. Por lo visto Amur-Ra también había intervenido al respecto. Alma no sabía que fue lo que hizo el viejo eldara, pero debió ser algo serio y relacionado con su capacidad de autoridad en lo relativo al Nexo para cerrar algunas bocas. Hubo múltiples dimisiones aquellos días.

No sabéis cuánto han mentido.

Y aún con todo, las palabras de Pratcha seguían dándole vueltas en la cabeza. Sugerían que los Corps tenían incluso más cosas ocultas de las que habían contado a los Riders. No estaba segura de sí debería tratar el asunto con Ziras. Quizá debiera hablar con Amur-Ra. Hacía mucho tiempo que no tenían una charla.

La reactivación de actividades garmoga tras casi seis años de calma era un buen motivo para una reunión con el eldara.

Ja, calma.

Era un secreto a voces que los garmoga seguramente habían estado activos esos seis años, pero centrándose en infestar mundos de las fronteras exteriores o del cuadrante Guímel. Planetas deshabitados o sin vida inteligente. O puede que incluso en los sectores más aislados, civilizaciones primitivas que aún no habían alcanzado las estrellas. Las posibilidades de lo que los garmoga podrían haber estado haciendo en los rincones de la galaxia que no importaban a nadie era algo que le revolvía el estómago.

Y teniendo en cuenta lo sucedido en Calethea...

Lo del portal garmoga era algo aterrador que había alarmado a mucha gente. Alma no tenía ninguna prisa en lidiar con burócratas en estado de pánico cuando dentro de dos días tuviese que presentarse ante la comisión. Pero la realidad es que el hecho de que los garmoga hubiesen desarrollado portales era un cambio sustancial en las reglas del juego.

Sentaba también un precedente peligroso. Quizá no fuese el único cambio por venir.

El hilo de sus pensamientos se cortó cuando sintió una presencia ascendiendo por la escalinata hasta la claraboya que llevaba al tejado donde se encontraba. Alma se volvió y vio a Iria Vargas emerger por el acceso al tejado. La atliana de piel verde oliva sonrió a Alma.

"Sabía que estarías aquí, nunca falla", dijo, al tiempo que levantaba una bolsa, "¿Una ayudita?"

Alma se incorporó y tomó la bolsa al tiempo que Iria terminaba su ascenso y salía plenamente al exterior. Al contrario que la Rider, la doctora si aquejaba el frescor de la noche, vistiendo un abrigo largo sobre su ropa civil y un par de guantes. Un gorro lanoso cubría su cabeza.

Alma observó con curiosidad el interior de la bolsa. Dos vasos de acero inoxidable y lo que parecía un termo. La mirada que dirigió a Iria estaba cargada con una pregunta sin palabras.

"Es licor de hierbas caliente de Mon Caphe", explicó Iria, "La bebida alcohólica más fuerte que puede conseguirse de forma legal. Bueno, la que yo puedo conseguir de forma legal sin arruinarme."

Las dos se sentaron, observando las estrellas al tiempo que la doctora servía el licor. Entrechocaron los vasos en un brindis informal y apuraron su contenido. Iria tosió al sentir el ardor de la bebida en su garganta y apenas pudo tomar unos sorbos. Alma la bebió como si fuese agua, hasta vaciar el vaso. Se quedó un instante en silencio, frotando las puntas de los dedos de su mano izquierda.

"Pica un poco", dijo.

"No es fácil encontrar algo con lo que tu metabolismo y sentidos no pueda lidiar en segundos", dijo Iria frotándose las manos, "Sé que las vistas son geniales, pero en esta época del año podrías buscar un rincón algo más abrigado para tus épicas introspecciones de heroína solitaria."

Alma rió, "Deja que adivine, ¿te ha sugerido Antos esa particular descripción?"

"Con ayuda de Avra, pero la versión de ella tenía un vocabulario más pintoresco."

Un silencio cómodo se asentó entre las dos, hasta que Iria lo rompió con una nueva pregunta.

"¿Cómo te sientes?"

"Mejor. Apenas noto el cansancio."

"Sabes que no te estoy preguntando eso Alma. Soy tu doctora. Si, la última de una lista de a saber cuántos, pero conozco como funcionan vuestros cuerpos. A pesar del esfuerzo al que te sometiste hoy unas pocas horas de sueño serían más que suficientes para recuperarte, y siempre que no tengas que repetir en los próximos días alguna hazaña del mismo calibre no deberías tener problemas", la doctora tomó otro sorbo del licor, "Pero también os conozco bien, sobre todo a ti, y sé que por lo que ha ocurrido hoy no ibas a quedarte en tu habitación toda la noche si podías subir aquí a darle vueltas a esa linda cabecita que tienes."

"¿Tan predecible soy?", preguntó Alma con una leve sonrisa.

"Tienes como más de siglo y medio de edad. Eres un animal de costumbres", replicó Iria, "Pero ahora en serio ¿cómo te sientes?"

Alma se quedó callada, con su mirada centrada en el vaso que sostenía. Se dio cuenta de que su mano se había tensado y comenzado a apretar el metal, dejando una leve marca en su superficie.

"Creo... creo que asustada, Iria. Por primera vez en mucho tiempo. Asustada de verdad."

"¿Por lo del portal?"

Alma asintió, "No por el acto de cerrarlo. No. Los dioses saben que he hecho cosas más locas en mi carrera como Rider. Y he sentido nervios y miedo en combate antes, pero esto..."

"Creer que conoces bien a un enemigo, un enemigo que apenas ha variado en décadas, y que de repente aparezca con un nuevo as en la manga sin previo aviso te ha descolocado."

"Exactamente. Ese portal es como una enorme señal de alarma, Iria. De repente han cambiado las reglas del juego, o se han añadido nuevas reglas justo cuando creía que ya las conocía todas. Es como volver a la incertidumbre de los primeros días de la guerra."

"En realidad no ha cambiado nada."

Alma se volvió hacia Iria. La atliana miraba pensativa al cielo, con el ceño ligeramente fruncido.

"¿Perdona?", preguntó la Rider.

Iria suspiró, "Aquí es donde debería darte ánimos con un discurso alentador o alguna frase inspirada o ridículamente romántica, pero ya sabes que esas cosas se me dan de pena."

"Si, solo eres verbalmente pasional al hablar de cadenas de proteínas..."

"Chssst, no me interrumpas", dijo la atliana poniendo su índice sobre los labios de la Rider Red, "Mira, cuando digo que no ha cambiado nada... A ver, si, lo de ese portal es un cambio. Un cambio notable. Pero al final del día es solo otra cosa de la larga lista de bazofia que los garmoga arrojan a la galaxia ¿Entiendes lo que quiero decir?"

Alma asintió, indicando a Iria que continuase.

"Lo que quiero decir es que da igual si los garmoga ahora tienen portales. Da igual si mañana aprenden a teletransportarse, o desarrollan artillería o aprenden a cantar... da igual lo que hagan porque vas a estar siempre ahí para pararles los pies. Y corrígeme si me equivoco, pero si cerraste ese portal puedes lidiar con lo que te arrojen, sea lo que sea."

"Y luego dices que no se te dan bien los discursos alentadores."

"Este es un cinco y medio sobre diez, y raspado", replicó Iria, "Necesita más metáforas."

"También deberías mencionar a los demás, no soy la única que pelea contra los garmoga", dijo Alma.

"Ya, pero aquí y ahora eres la única que precisaba de mi sabiduría", dijo Iria al tiempo que daba unas suaves palmaditas sobre la cabeza de Alma. La Rider Red respondió acercándose más a la doctora y reposando su cabeza sobre su hombro.

Estuvieron así un tiempo las dos, sentadas en un silencio tranquilo y calmado, observando el cielo.

"Iria, gracias."

"No hay de qué, Alma... aunque si quieres darme las gracias de verdad creo que tendrás que llevarme a mi habitación. Este licor es más fuerte de lo que esperaba y no siento las piernas."

"Lo que querías era tener una excusa para que te llevase en brazos, ¿no?"

En respuesta, la atliana rió y levantó su vaso para un último brindis, "En mi defensa, me encantan tus brazos."

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