martes, 20 de diciembre de 2022

097 DÍA SEGUNDO (VII)

 

La llegada de los Riders y sus Dhar Komai a Avarra había supuesto un respiro para la flota del Concilio. Y al aceptar tal hecho el mariscal Akam notó un sabor repugnante en su boca.

En un marco de diez minutos tras su llegada, los Dhars habían atraído sobre sí mismos la atención del enemigo, al tiempo que los Riders alcanzaban la superficie del planeta.

Los informes sobre lo que estaba ocurriendo ahí abajo eran incompletos y confusos. Parece que tras un encuentro con el objetivo principal, ésta había abandonado el planeta dejando atrás a un grupo de esquirlas que parecían ser algún tipo de fuerza de élite.

Se habían enzarzado en combate con los Riders y minimizado el impacto de estos en el planeta, paralizando el proceso de purga.

La buena noticia es que la marcha de la Reina había traído consigo la marcha del constructo piramidal de menor tamaño, abandonando el sistema solar de Avarra. Unos pocos destructores de la flota la habían seguido, intentando al menos determinar una ruta.

Mientras tanto, la situación actual había dado pie a un enfrentamiento entre los Dhars y el mayor constructo piramidal en las capas más altas de la atmosfera, con la flota del Concilio actuando a modo de cordón. Los ataques de energía y lanzamiento de pilares de esquirlas contra las naves cesaron, al menos de forma directa. Se pudo proceder a la evacuación y rescate de muchas de las fragatas y destructores más dañados.

La batalla entre las bestias draconianas de los Riders y aquella abominación de cristal negro parecía presentar paralelismos con la que se estaba produciendo en tierra, dado que ninguno de los dos bandos parecía conseguir una ventaja clara sobre su oponente.

La pirámide era de un tamaño inmenso y su principal ataque, aquel rayo de energía rojizo, era de una potencia inconmensurable. Pero a pesar de su relativa rapidez, los Dhars eran infinitamente más veloces que cualquier nave, contaban con más maniobrabilidad y podían esquivar las ofensivas del constructo de cristal oscuro sin demasiado problema. Tanto las de naturaleza energética como las de tipo más físico. De forma esporádica, la pirámide seguía lanzando desde su superficie pilares cristalinos afilados como gigantescas lanzas intentando ensartar a alguno de los Dhar Komai.

Por fortuna, las bestias draconianas habían tenido muy claro el peligro que representaban dichos ataques. El problema es que si bien podían mantenerse a salvo, su propio poder parecía no estar consiguiendo grandes avances contra aquella monstruosidad. La realidad era una mezcla de cansancio, aún no recuperados del todo tras lo sucedido el día previo, el temor a causar daños colaterales y que el constructo piramidal cristalino presentaba, paradójicamente, mayor resistencia que la corteza de un planeta común.

La situación parecía haberse enquistado.

Akam se sirvió otra copa de un licor de fosforescencia anaranjada al tiempo que se dejaba caer sobre la silla de su despacho. Lo invadió algo parecido a la vergüenza por dirigir toda la operación desde la seguridad de Camlos Tor y no estar en la flota con el resto de almirantes.

Llevándose una mano a su pisciforme frente, el simuras no pudo dejar vueltas de nuevo a como se había torcido todo.

No es que desease una nueva guerra y aún menos cuando toda la galaxia estaba envuelta en un conflicto de desgaste continuo contra la amenaza de los garmoga. Pero la situación estaba tomando un tono incierto.

Akam había oído muchas veces los mismos comentarios, y desde sus días en la escuela de oficiales tuvo muy claro que el equilibrio de poder en el espacio galáctico bajo el dominio del Concilio corría un grave riesgo de ser desestructurado.

La humanidad ganó mucha buena voluntad cuando entraron en la galaxia por primera vez tras al menos un milenio como nómadas en sus naves jardín en el espacio profundo. Su tecnología había ayudado a recuperar terreno perdido, y la creación de los Riders, reactivando antiguos rituales de eras pasadas, pareció reforzar el posicionamiento de los humanos como una nueva potencia.

Los Riders eran la mayor esperanza de la galaxia contra los garmoga, y habían demostrado en contadas ocasiones ser la opción más efectiva. Pero seguían siendo, en la práctica, agentes pertenecientes a una organización semiindependiente que operaba por su cuenta fuera de las estructuras establecidas durante siglos de gobierno democrático interplanetario. Armas de destrucción inimaginable cada uno de ellos por separado, al servicio de una especie que en menos de un siglo había pasado de ser unos recién llegados a tener voz y voto en las decisiones del Concilio Primarca.

Había mundos y especies afiliadas al Concilio que llevaban siglos esperando conseguir un puesto así. Los resentimientos de muchos habían crecido con el tiempo de forma lenta pero segura, pero las tensiones seguían atemperadas porque se seguía necesitando a los Riders.

Akam no era tan paranoico como para creer que los humanos estaban llevando a cabo algún tipo de invasión encubierta y toma del poder desde la sombra. Y aunque fuese ese el caso, al menos estaban siendo más amables al respecto que los lacianos en sus días imperiales.

No, aún con todo el hervidero no creía que la realidad fuese tan grave, pero sí veía la posibilidad de que se llegase a caer en extremos en el futuro. ¿Y si el día de mañana se consiguiese derrotar completamente a los garmoga? ¿Se jubilarían los Riders? ¿Renunciaría la humanidad a semejante poder? Tácitamente se supone que los Rider Corps estaban al servicio de toda la galaxia, pero…

Akam suspiró tras tomar de un trago lo que quedaba de su licor. La amargura ardiente del líquido era más dulce que la sensación desagradable que llevaba sintiendo las últimas horas.

Al final del día, todo era una cuestión de orgullo. Esa había sido su obsesión, y su pecado.

Ante una nueva amenaza, Akam vio la oportunidad de probar que el Concilio y su gente aún eran la mayor potencia militar de la galaxia. No solo auxiliares glorificados para los Riders. No, podrían derrotar al oponente por si mismos. Los Riders apenas tendrían que mover un dedo. Después de todo, esto no era como los garmoga ¿no?

No, era peor. Se subestimó totalmente el poder real del enemigo desoyendo los consejos de los pocos que habían hecho frente a las esquirlas y las recomendaciones de la OSC. Hasta los mismos Rider Corps habían aconsejado cautela, pero Akam hizo caso omiso.

Recuperar el orgullo del Concilio ante la galaxia. Demostrar a los miles de trillones de vidas que dependían de ellos que tenían el poder para salvarlos aun cuando los Riders no estuviesen ahí.

El mariscal dejó la copa sobre su escritorio al tiempo que un ligero timbre indicó una llamada entrante a su terminal personal. Con una suave presión del dedo sobre los controles en la mesa, activó el comunicador.

“¿Si?”

“Señor Mariscal. Ha llegado una petición del Consejo Primarca y la Judicatura para un encuentro formal en el centro senatorial”, dijo la voz de su secretario, “Esperan que sea de inmediato.”

Akam se quedó mirando el vaso vacío con expresión sombría durante un instante.

“¿Señor?”, repitió la voz al otro lado de la terminal.

Un silencio tenso se apoderó de la estancia.

“Me temo que me será imposible acudir”, replicó finalmente Akam, “Me dispongo a partir a la primera línea del conflicto.”

Orgullo. Al final todo era una cuestión de orgullo.

 

******

 

En siglos venideros, los historiadores especializados en el estudio de la conocida como la Segunda Guerra Sombría (un nombre marcado por una clara hipérbole y exageración al ser un enfrentamiento de pocos días, en claro contraste con los siglos que duró su predecesora) no señalarían ningún hecho o hazaña de renombre al final de la segunda jornada del conflicto.

No es que las últimas horas del segundo día no estuviesen exentas de acontecimientos, pero comparado con la destrucción planetaria del primer día de la guerra y los sucesos sin precedentes que se producirían a partir del tercero, el segundo día pareció terminar envuelto en enfrentamientos continuos sin que se produjese una inclinación clara de la balanza del destino.

La realidad era otra, claro está. Son normalmente los sucesos más pequeños los que pueden marcar las mayores diferencias.

Por ejemplo, en una luna alejada del centro del conflicto se había producido un encuentro entre dos mujeres, Meredith Alcaudón y Dovat, cuyas consecuencias serían también cataclísmicas para la galaxia de un modo totalmente distinto.

En su mundo natal, Amur-Ra, embajador de los eldara, se había sumido en un trance de visiones intentando dilucidar la verdad que le había sido revelada por Keket. Con su corazón aprisionado por el temor a una antigua sombra, cuando consiguiese descifrar lo que ocurriría en los dos últimos días de la actual guerra ya sería demasiado tarde.

En la sede de la Sentan Corp, un héroe observaba las transmisiones del conflicto en el que le habían prohibido expresamente participar al tiempo que una idea comenzaba a tomar forma en un rincón de su mente que aún era suyo y únicamente suyo.

En algún apartado rincón en el borde exterior de la galaxia, en un cinturón de asteroides, una figura femenina envuelta en una brillante armadura verde tomó su lanza y se dispuso a partir. La acompañaron los chirridos de los miles de abominaciones biomecánicas que la seguían y el rugido de su propia bestia personal envuelta en una nube verde de ácido y podredumbre.

Y en Avarra, las palabras pronunciadas por Keket antes de su partida y de que arrojase a su Guardia Real contra los Riders nunca cesaron de resonar en la memoria de Alma Aster a cada minuto de la batalla.

Por ello os arrebataré lo que os resulta más querido. Un mundo por un mundo.

Esquivando un golpe de la esquirla de la Guardia Real de color rojo al tiempo que lanzaba una descarga de energía cortante con su espada Calibor, un nombre escapó los labios de Alma Aster dando forma a una terrible idea que recorrió su espinazo con un escalofrío.

“Occtei.”

Keket iba a atacar el mundo natal de los Riders y sede de los Corps.

 

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