domingo, 23 de octubre de 2022

090 DÍA PRIMERO (IV)

 

Una Reina no debería mancharse las manos salvo que fuese absolutamente necesario.

Por ello Keket observaba desde una cómoda posición en órbita en torno al planeta conocido como Avarra, sin intervenir. En pie sobre la cúspide de su pirámide principal, disfrutaba del espectáculo que sus retoños le brindaban al lidiar con la flota del Concilio como si esta fuese un amasijo de frágil papel.

Ya dentro de la atmósfera  de Avarra, la segunda pirámide que sus esquirlas había construido en tiempo record se había tornado en un obstáculo para la flota conciliar. Si bien su presencia limitaba su impacto a un área específica del planeta, el alcance de sus ataques mantenía a raya a las flotillas de fragatas y destructores, dificultando la llegada de tropas a la superficie cerca de los puntos en que sus esquirlas si habían tomado tierra.

Esto forzaba al descenso de tropas del Concilio en áreas más distantes o directamente en el otro lado del planeta para luego proceder un largo traslado por tierra-aire.

Y mientras tanto sus esquirlas medraban en número. Podía sentir las voces de los recién llegados al Canto. La desorientación y violencia irracional inicial no tardaba en desaparecer (normalmente tras garantizar que otros recibieran su misma bendición) y ya solo quedaba una nueva Esquirla llena de alegría y agradecimiento por haber dejado atrás su condición de mera carne.

Y a la par que sus esquirlas crecían en número y tomaban el control, también buscaban.

Keket acarició con una mano temblorosa su corona quebrada. Una sonrisa de anticipación iluminó su rostro y por un instante la amarga frialdad de sus hermosos rasgos se suavizó. Cuando consiguiera encontrar su fragmento, cuando volviese a estar completa…

Su poder tardaría en crecer de nuevo a sus niveles originales, pues la herida aún tendría que sanar. Pero calculaba que actos que requerían un notable esfuerzo ahora se tornarían mucho más sencillos, permitiendo ganar tiempo hasta la completa regeneración de sus fuerzas. Para entonces esperaba haber tomado un puñado más de mundos, asentando la base para la reconstrucción de su viejo imperio. Con ello garantizaría contar con las tropas suficientes para purgar el resto de la galaxia, eliminar a esos garmoga, y finalmente podría…

Los pensamientos de Keket se interrumpieron de golpe. Su rostro se paralizó en un rictus de horror y dolor, un grito silencioso escapó de sus labios en la negrura del espacio.

Sintió como si el más afilado puñal atravesase su mente al mismo tiempo que una fuerza sobrehumana golpeaba su estómago. Su cuerpo tembló, y si hubiese estado en la superficie de Avarra y sometida a los caprichos de la gravedad la Reina de la Corona de Cristal Roto habría caído sobre sus rodillas emitiendo jadeos de pánica.

Sus esquirlas… tantas esquirlas…

Muertas.

Lo sintió a través del Canto. Sus gritos de pánico y dolor. No fue como en su mundo natal… cuando los garmoga devoraron a los pacíficos crisoles descendientes de sus esquirlas originales ella había dormido durante gran parte del ataque hasta que la sangre derramada de su pueblo la  despertó.

Allí el Canto estaba en silencio, quedando solo los ecos de loa moribundos. No había dolor, solo pesadumbre y luego ira. Pero esto…

Lo que sintió fue a millones de sus esquirlas estacionadas en C-606 apagarse de golpe, asustadas. Que la gran mayoría de ellas fuesen prácticamente recién nacidas o de muy pocos días de existencia acrecentaba el horror. Voces jóvenes y puras que apenas habían comenzado a contribuir a la gloria del Canto habían sido silenciadas de forma violenta y abrupta.

El eco de lo sucedido no solo la golpeó a ella… Sus tropas en Avarra parecían haber frenado de golpe por unos instantes. Los suficientes para que las naves del Concilio pudiesen conseguir ganar terreno y situar a sus fuerzas más cerca de los puntos de invasión, frenando el avance que hasta ese momento había sido imparable. Hasta la gran pirámide de ataque parecía haber aquejado aquella sobrecarga espiritual, y por unos minutos fue como un enorme blanco inmóvil, sin respuesta a los ataques enemigos. Era algo inaceptable.

Keket recuperó el pleno control sobre sus sentidos y estiró su agarrotado cuerpo. Una expresión de desencajada sorpresa seguía en su rostro.

¿Qué ha sido eso?, pensó, Todos a un tiempo, ¿cómo han…?

La Reina se concentró. Apartó su atención directa sobre Avarra y la tornó en sí misma, en su esencia más interna, en los ecos del Canto que resonaban en todo su ser. Y buscó respuestas.

Ecos de recuerdos y percepciones llegaron a ella como los fantasmas de los millones de voces acalladas. Vio llamas. Vio un mundo de azabache tornado en un mar de fuego multicolor.

Antes, los vio salir del hiperespacio, esquivando un ataque a duras penas, lidiando con las esquirlas más valientes que intentaron hacerles frente en torno a la órbita de aquel mundo, su primera conquista real tras despertar.

Esquirlas que cayeron ante el fuego de bestias draconianas.

Keket sintió una ola de irritabilidad aflorar ante la imagen. Los Riders, esos jóvenes facsímiles de los antiguos Rangers en los que Amur-Ra parecía tener tanta fe. Era imposible que esos advenedizos fuesen responsables de…

Luz. Destrucción.

La Reina fue golpeada de nuevo por la misma corriente de pánico y dolor intensos de sus súbditos muertos antes de que este se apagase de golpe. En esta ocasión pudo controlar mejor la inyección de emociones y ordenar las percepciones recibidas antes del silencio final. En esta ocasión pudo ver, y lo que vio supuso una sorpresa desagradable.

Han… han… el planeta… todo ello… pero los Rangers nunca… ¿Cómo es posible?

Keket comprendió enseguida el giro de la situación. Sus esquirlas habían asumido un modus operandi para los Riders que bebía de sus experiencias pasadas con los Rangers. Obviamente, esa había sido una aproximación errónea.

Los Rangers nunca habrían destruido un planeta.

Era algo anatema para ellos, inconcebible. Los Rangers siempre habrían intentando salvar el planeta, limpiarlo de enemigos. Aún cuando no hubiese una esperanza real y toda la esfera fuese ya un mundo crisol para sus esquirlas, los Rangers tenían la costumbre de bajar a la superficie a combatir, ya fuese cuerpo a cuerpo o haciendo uso de algunos de sus prodigiosos vehículos de combate.

A menudo fracasaban y los más pragmáticos se retiraban, pero fueron también muchos los que murieron en un intento de hacer posible lo imposible.

Pero los Rangers nunca destruirían un planeta. Aún estado éste poseído y mutado por fuerzas enemigas y sin inocentes vivos a los que proteger. En los días antiguos ello había permitido crecer al imperio de Keket. Una vez tomado un mundo, era suyo sin discusión. Tuvieron que ir directamente a por ella para frenarla.

Pero parecía que los Riders jugaban con otras reglas.

Keket intentó recuperar los vagos recuerdos e impresiones que había obtenido de los garmoga a los que había matado. No pudo conseguir nada en claro en sus retorcidos ecos sobre los Riders más allá de una vaga impresión psíquica de miedo primario.

Lo único de lo que ella estaba segura ahora mismo es que quizá los Riders se mereciesen una reevaluación.

Si estaban dispuestos a sacrificar mundos para frenarla, si tenían el poder para eliminar un planeta entero de aquel modo… puede ser que los hubiera subestimado.

Frunciendo el ceño, Keket plantó su mirada sobre el mundo de Avarra. No era momento para la mera contemplación. Con un impulso, la Reina de la Corona de Cristal Roto se lanzó contra el planeta. Buscaría ella misma la pieza de su corona, y cuando llegase el momento sería ella quien hiciese frente a los Riders.

Una Reina no debería mancharse las manos salvo que fuese absolutamente necesario.

 

******

 

“¿Estamos todos bien?”

La voz de Alma Aster resonó a través del lazo psíquico que unía a los Riders y a sus Dhar Komai.

Mientras esperaba una respuesta, los ojos esmeraldas de la Rider Red sentada de nuevo sobre la cabeza de su Dhar, Solarys, recorrieron el espacio vacío donde apenas treinta minutos antes se había situado un mundo.

Menudo desastre, pensó con amargura, Seguramente el Mando vea esto como una victoria, pero si la única forma de salvar la galaxia consiste en destruir parte de ella… que desperdicio.

La onda de poder desatado en la destrucción de C-606 se había propagado por todo el pequeño sistema solar. La estrella apenas había sufrido cambios, pero otros de los mundos en órbita habían visto sus trayectorias ligeramente alteradas y sus ejes sufriendo cambios en su inclinación y rotación.

Algunos asteroides con órbitas semirregulares en torno al sistema se habían visto desplazados y expulsados del mismo.

Por su parte, la fuerza del impacto de la energía desatada no dañó a los Dhars ni a sus jinetes, pero pese a haber tomado distancia para evitar un contacto directo, la descarga de poder bastó para noquear a los Riders y a sus monturas durante unos minutos.

“Yo me siento como si me hubiesen atropellado, y Tempestas casi igual”, dijo Avra Aster. La voz de la Rider Blue sonaba casi como un murmullo.

“El esfuerzo de canalizar todo ese poder combinado con la explosión ha sido un esfuerzo considerable para los Dhars”, añadió la voz de Armyos, “Y a nosotros nos ha dado de lleno la retroalimentación psíquica. Físicamente deberíamos estar bien, aunque me temo que nuestros dragones van a necesitar algo de reposo.”

“Si, Adavante está despierto pero parece que le pesan los parpados”, interrumpió Antos Aster.

“Yo he tenido que imbuir un poco de mi propia energía en Sarkha a través del lazo”, dijo Athea, “Ejercicios de fuerza bruta como ese son demasiado para él, no creo que podamos volar hasta al menos pasada una hora.”

“¿Dónde estáis situados?”, preguntó Alma, “Solarys ya puede desplazarse, aunque con lentitud. No me gusta la idea de que estéis flotando a solas a la deriva.”

“Agradezco la oferta para tener compañía mientras mi Dhar se recupera”, respondió Athea, “Pero aunque ya pueda moverse Solarys también debería reposar, o de lo contrario podría afectar a su rendimiento en las próximas horas.”

En ese preciso instante, un leve chasquido  alertó a la Rider Red de un contacto por radio a través de los sensores de su casco. Dicho contacto se extendió automáticamente al resto de Riders al responder.

“Rider Red presente”, dijo.

“Ahórrate las formalidades, Alma”, respondió la cansada voz del director Ziras, “¿Cuál es la situación en vuestro lado?”

“Controlada señor, enemigo eliminado, aunque hemos tenido que recurrir a una detonación planetaria global para ello.”

“Oh, mierda… al menos no era un mundo habitado ¿no?”

“No había registros de formas de vida sapientes”, dijo Armyos, “Y cualquier otra forma de vida ya había sido consumida.”

“Sigh… al menos tenemos las espaldas bien cubiertas para el informe. Eso y el hecho de que habéis tenido éxito…”

Alma notó el cansancio en la voz del director de los Rider Corps, “¿Cuál es la situación en Avarra?”, preguntó.

“El almirantazgo y la cancillería insisten en que tienen todo bajo control y dentro de las proyecciones esperadas”, respondió Ziras con un deje de sorna, “Pero los protocolos de evacuación planetaria se han puesto en marcha como si fuese una infestación garmoga de categoría alta. Y todo sugiere que la armada está sufriendo más daño del que inflige… Personalmente, he enviado a algunas de nuestras tropas auxiliares. No creo que puedan hacer mucho más que contención básica hasta que lleguéis allí.”

“Pues vamos a necesitar al menos una o dos horas”, dijo Avra, “Los Dhars han quedado para el arrastre y necesitan una siesta. Y si no están al 100% a saber cuánto tardaremos en llegar.”

“Al menos otro par de horas en el mejor de los casos”, añadió Athea tras hacer unos cálculos. Pese a estar en el mismo cuadrante C-606 y Avarra tenían una distancia considerable entre sí, desde los bordes exteriores hasta el círculo interno de la galaxia.

Aún con los Dhars recuperándose tras dos horas de descanso, aún distarían mucho de estar al mismo nivel que cuando comenzaron el combate. La duración del traslado podría ser… si, incluso en el mejor de los casos llegarían ya al día siguiente, en plena madrugada del hemisferio norte de Avarra.

Se hizo el silencio por unos instantes. En vez de una respuesta inmediata pudieron oír quedas voces y murmullos al otro lado de la señal, como si Ziras estuviese hablando con alguien más a través de otro dispositivo de comunicaciones antes de retomar el contacto con ellos.

“Intentaremos ganar dos horas para vosotros como mínimo”, respondió Ziras, “Acaban de informarme de que la situación en Avarra ha cambiado de nuevo. Keket ha hecho acto de presencia en la superficie…”

“¿Aumento de bajas?”, preguntó Alma.

“No ha atacado a la armada”, respondió Ziras, “Pero entre la población civil pendiente de evacuar y las tropas de auxilio… Aún no hay cifras y temo que va a ser difícil determinarlas. Keket ha convertido la ciudad-capital del planeta en un enorme cráter. Ella sola.”


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